Odio Salvaje (Sunset Valley 4) EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

De Scarlett.

Me incorporo tan rápido que el mundo da vueltas a mi alrededor, y tengo que parpadear tres veces para asegurarme de que no estoy alucinando.

Pero no.

Ahí está su nombre brillando en la pantalla, con esa foto que le hice hace dos años cuando vino a visitarme al pueblo. Se está riendo, con el pelo despeinado por el viento y las mejillas sonrojadas por el sol.

Scarlett Walton

Casi se me pasa la borrachera del susto.

Respondo con manos que tiemblan tanto que casi se me cae el móvil.

—¿Hola?

—Aiden —su voz atraviesa el teléfono como seda líquida, y joder, he echado tanto de menos ese sonido que me duele el pecho solo con oírlo—. Hola.

—Hola —consigo decir, aunque mi voz sale ronca.

—Justo quería llamarte —dice, y noto tensión en el tono de su voz—. Cuando he visto tu mensaje. Llevaba toda la noche pensando en ti.

El corazón se me para.

Literalmente se detiene durante un segundo completo antes de volver a latir como un loco.

—¿Sí?

—Sí.

Trago saliva, intentando humedecer la garganta que de repente se me ha cerrado completamente.

—He visto la noticia —suelto finalmente, porque alguien tiene que decirlo—. Del compromiso. Enhorabuena.

El silencio que sigue dura demasiado.

—Gracias —responde finalmente, pero su voz suena extraña. Hueca.

Otra vez se hace el silencio.

—Supongo que vas a invitarme a la boda —digo, y las palabras me salen más amargas de lo que pretendía.

—No te he llamado para invitarte a mi boda.

Me quedo completamente inmóvil.

—¿No?

—No —confirma, y ahora su voz suena diferente. Más firme—. Te he llamado porque… necesito pedirte un favor.

¿Un favor?

Por Dios, que no me pida que sea el padrino.

—Claro —digo, y tengo que obligarme a mantener la voz neutral—. Lo que necesites.

—Quiero escribir una novela. Sobre bomberos —dice, y las palabras salen atropelladas, como si las hubiese estado ensayando—. Y tú eres bombero. Y eres muy bueno en lo que haces. Y he pensado que quizás podrías ayudarme con la investigación.

—¿Investigación?

—Sí. Necesito pasar tiempo viendo cómo trabajas. Entrevistándote. Aprendiendo sobre tu día a día. Todo lo que hace un bombero. Las llamadas. Los rescates. La vida en el parque. Todo.

Frunzo el ceño, intentando procesar sus palabras a través de la niebla del alcohol.

—Por eso necesito quedarme unas semanas en Sunset Valley —dice en voz baja—. Contigo. En tu casa. Si no te importa. Para poder hacer la investigación correctamente.

Me quedo sin palabras.

¿Estoy soñando?

—¿Quieres quedarte conmigo? —repito, porque claramente estoy alucinando por el alcohol—. ¿En mi casa?

—Si no es una molestia —se apresura a añadir, y puedo oír nerviosismo en su voz—. Solo serían unas semanas. Un mes como mucho. Puedo pagar el alquiler. Y compraré comida. Y no seré un estorbo. Te lo prometo. Solo… necesito hacer esto antes de…

Se detiene.

—¿Antes de qué? —pregunto, aunque creo que ya sé la respuesta.

—Antes de la boda —termina con voz tan baja que casi no la oigo—. Antes de que mi vida cambie por completo.

Y hay algo en cómo lo dice que hace que se me revuelva el estómago.

No suena como una mujer emocionada por su boda. Suena como una mujer condenada a muerte hablando de su ejecución.

—Scarlett —empiezo, pero no sé cómo terminar esa frase.

—Por favor —dice, y hay súplica en su voz—. Sé que es mucho pedir. Sé que probablemente estás ocupado y que tener a alguien en tu casa durante semanas es un coñazo. Pero te prometo que no te molestaré. Solo necesito hacer esto. Necesito escribir este libro. Y tú eres el único que puede ayudarme.

—Estar contigo jamás será un coñazo.

Debería decir que no.

Debería inventarme una excusa. Decirle que no tengo espacio. Que estoy demasiado ocupado. Que tener a la mujer de la que estoy enamorado viviendo conmigo mientras se prepara para casarse con otro es literalmente la peor idea del universo.

Que voy a morir de la tortura.

Que no voy a sobrevivir a verla todas las mañanas, a compartir espacio con ella, a tenerla tan cerca y tan inalcanzable al mismo tiempo

Pero mi boca tiene otros planes.

—Sí

La palabra sale antes de que mi cerebro pueda detenerla.

—¿Sí? —repite Scarlett, y puedo oír la sorpresa en su voz.

—Sí —confirmo, porque aparentemente soy masoquista—. Puedes quedarte. El tiempo que necesites.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Oh, Aiden —dice, y hay tanta emoción en su voz que se me cierra la garganta—. Gracias. Muchas gracias. No sabes lo que esto significa para mí.

No sé qué responder sin revelarle lo mucho que me gusta, así que no digo nada.

—¿Cuándo quieres venir? —pregunto finalmente.

—¿El próximo fin de semana? ¿Te va bien?

El próximo fin de semana.

Joder. Esto está pasando de verdad.

—Me viene perfecto —miento.

—Genial —dice, y puedo oír la sonrisa en su voz—. Entonces nos vemos el viernes. Te mando los detalles del vuelo cuando los tenga.

—Scarlett.

—¿Sí?

No sé qué iba a decir. Quizás algo estúpido como «no te cases con él» o «quédate conmigo para siempre» o alguna otra declaración de borracho que habría arruinado nuestra amistad para siempre.

—Nada —digo finalmente—. Nos vemos el viernes.

—Nos vemos el viernes —repite.

Y entonces, justo antes de colgar, dice algo que hace que se me pare el corazón.

—Aiden.

—¿Sí?

—Yo también te echo de menos.

Y cuelga.

Me quedo ahí sentado, con el teléfono en la mano y sus palabras resonando en mi cabeza como un eco que no se apaga.

Yo también te echo de menos.

—Joder —susurro al vacío de mi apartamento—. ¿Qué coño acabo de hacer?

Le he dicho que puede quedarse aquí. Conmigo. Durante semanas.

La mujer de la que estoy enamorado. La mujer que va a casarse con otro. La mujer que es todo lo que siempre he querido y nunca voy a poder tener.

Va a vivir en mi casa.

Y yo voy a tener que fingir que soy solo su amigo. Que no me muero por tocarla. Que no fantaseo con besarla hasta que se le olvide el nombre de ese gilipollas con el que va a casarse.

Es una locura.

Pero ya he dicho que sí.

Y no puedo echarme atrás ahora.

Me tumbo en el sofá de nuevo, con el móvil apretado contra mi pecho como si fuese un salvavidas.

Y cierro los ojos, dejando que el alcohol finalmente me venza.

Pero justo antes de quedarme dormido, sus palabras vuelven a resonar en mi cabeza.

Yo también te echo de menos.

Y me permito soñar.

Soñar con un mundo donde esas palabras significan algo más que amistad.

Donde cancela la boda y se queda.

Conmigo.

Es un sueño imposible.

Pero es mío.

Y voy a aferrarme a él durante las próximas semanas.

Aunque me destruya cuando despierte.

FIN