CAPÍTULO 27
HENRY
El puñetazo me pilla completamente desprevenido.
Un segundo estoy abriendo la puerta de mi cabaña, preguntándome qué coño hace Dominic Kane aquí a las siete de la mañana, y al siguiente mi cabeza gira hacia un lado con tanta fuerza que veo estrellas.
El sabor metálico de la sangre me inunda la boca.
—¿Qué cojones haces? —pregunto, llevándome la mano al labio partido.
Pero antes de que pueda terminar la frase, Dominic me agarra de la camiseta y me empuja contra el marco de la puerta con una fuerza que no esperaba de un cirujano.
—Esto —dice con voz peligrosamente calmada— es por hacerle daño a Ellie.
La rabia me explota en el pecho como pólvora.
Le aparto las manos de un manotazo y doy un paso hacia él, cerrando los puños a los lados, listo para devolverle el golpe.
Pero entonces veo su expresión.
No es solo furia. Hay dolor ahí. Dolor real, profundo, del tipo que reconozco porque vivo con él cada día.
Y la rabia se desinfla como un globo pinchado.
Tiene razón.
—Me merezco el puñetazo —digo en cambio, pasándome la lengua por el labio partido—. Ese y probablemente diez más.
Dominic me mira con sorpresa que no intenta ocultar.
—¿Eso es todo? ¿No vas a pegarme?
—Quiero hacerlo —admito—. Pero tienes razón.
Dominic se pasa una mano por la cara, y puedo ver las ojeras bajo sus ojos. Como si él tampoco hubiese dormido demasiado.
—¿Puedo pasar? —pregunta finalmente—. O prefieres que sigamos discutiendo en el porche.
Me hago a un lado sin decir nada, y Dominic entra en mi cabaña con pasos decididos. Se queda de pie en medio del salón, mirando alrededor con esa expresión clínica que siempre tiene.
—Necesito café —dice, y no es una pregunta.
—Tengo en la cocina.
Lo sigo hasta allí, y Dominic se sirve una taza sin esperar invitación. Bebe un sorbo largo, hace una mueca —probablemente porque mi café podría despertar a un muerto— y luego se apoya contra la encimera.
—Ellie ha llorado durante toda la noche —dice sin preámbulos—. Sage ha tenido que quedarse con ella en su habitación porque cada vez que intentaba irse, volvía a derrumbarse.
Las palabras me atraviesan como cuchillos.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? —repite Dominic, y hay algo afilado en su tono—. Qué bien. Tus disculpas seguro que van a arreglar el corazón que le has roto.
—No sé qué quieres que te diga.
—Quiero que me digas por qué —explota finalmente, dejando la taza en la encimera con tanta fuerza que el café se derrama—. Por qué has dejado que se vaya. Por qué la has tratado como si no significase nada. Por qué eres tan jodidamente cobarde.
—Porque no me la merezco —suelto, y las palabras salen con una vehemencia que me sorprende a mí mismo—. Porque es demasiado buena para alguien como yo. Porque todo lo que toco lo destruyo. Porque…
—Porque te odias a ti mismo —me interrumpe Dominic—. Y prefieres sacrificar tu felicidad antes que arriesgarte a ser feliz.
—No es tan simple.
—Sí lo es —replica con firmeza—. Es exactamente tan simple. Y lo sé porque yo hacía exactamente lo mismo.
Me quedo completamente inmóvil.
—¿Qué?
Dominic suspira, pasándose una mano por el pelo en un gesto que reconozco como frustración.
—Cuando conocí a Sage —empieza, eligiendo las palabras con cuidado—. Pensé que estaba loco. Que no podía estar sintiendo lo que sentía por una chica de veinticuatro años. Una maestra de pueblo. Alguien tan diferente de mí que no tenía ningún sentido.
Bebe otro sorbo de café.
—Pero sobre todo pensaba que no me la merecía. Que alguien como yo —un cirujano obsesionado con el control, incapaz de conectar emocionalmente con nadie— no tenía derecho a alguien tan puro, tan bueno, tan jodidamente perfecto como ella.
Me mira directamente a los ojos.
—Así que hice lo mismo que estás haciendo tú. La alejé. Me comporté como un cabrón. Me convencí de que era lo mejor para ella.
—¿Y qué cambió? —pregunto, aunque no estoy seguro de querer saber la respuesta.
—Ella —dice simplemente—. Sage no me dejó huir. Me obligó a enfrentarme a mis mierdas. Me demostró que merecía ser amado a pesar de todos mis defectos. Que podía ser mejor. Que quería ser mejor. Por ella.
Se acerca a mí, acortando la distancia hasta que estamos frente a frente.
—Tú tienes que hacer lo mismo, Wellington. Tienes que sacarte la cabeza del culo y luchar por Ellie.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque no soy suficiente —exploto—. Porque estoy roto. Porque tengo pesadillas todas las noches. Porque mi compañero murió delante de mis narices y yo sigo aquí, respirando, viviendo, cuando él no tiene nada de eso.
Las palabras salen atropelladas, cargadas de todo el dolor que llevo guardando durante años.
—Porque no merezco ser feliz cuando Dylan está muerto.
Dominic me mira durante un momento que se siente eterno.
Y entonces dice algo que me desarma completamente.
—Tienes un problema psicológico.
—¿Qué?
—Un problema psicológico —repite con esa voz de médico que no admite réplica—. Culpa del superviviente. TEPT. Probablemente depresión también. Y necesitas ayuda profesional para superarlo.
—No necesito un puto psicólogo.
—Sí lo necesitas —me interrumpe—. Porque lo que estás haciendo ahora mismo —castigarte por sobrevivir, negarte la felicidad, destruir lo único bueno que tienes— no es noble. Es autodestructivo. Y va a matarte.
Se acerca más, y hay algo feroz en su expresión.
—¿Sabes lo que pensé cuando murió Isabelle? —pregunta, y su voz se quiebra ligeramente cuando pronuncia el nombre de su hermana—. Mi hermana. La mujer más dulce, más cariñosa, más inteligente del mundo. Madre de dos niños que la necesitaban. ¿Sabes lo que pensé?
No respondo. No puedo.
—Pensé que debería haber muerto yo en lugar de ella —continúa, y puedo ver el dolor desnudo en sus ojos—.
Que el universo se había equivocado. Que yo era el cirujano obsesionado con el trabajo, el controlador que no sabía conectar con nadie.
Y ella era luz pura. Amor incondicional. Todo lo bueno del mundo.
Se le quiebra la voz.
—Me pasé meses pensando eso. Odiándome por seguir vivo. Castigándome por cada momento de felicidad que sentía.
—¿Y qué cambió? —pregunto en voz baja.
—Me di cuenta de que no era mi decisión —dice simplemente—. Que Isabelle no habría querido que me convirtiera en un amargado que se niega el amor. Que la mejor forma de honrar su memoria era vivir. De verdad vivir. No solo existir.
Me mira con una intensidad que me atraviesa.
—Tu compañero Dylan —dice—. ¿Querría que pasases el resto de tu vida solo? ¿Miserable? ¿Negándote el amor cuando lo tienes justo delante?
La pregunta me golpea con tanta fuerza que tengo que apoyarme contra la encimera.
—Yo…
—No —me interrumpe—. No me respondas a mí. Respóndete a ti mismo. De verdad. ¿Crees que él querría esto para ti?
No.
Dylan no querría esto.
Dylan, que era todo sonrisas y bromas. Que encontraba alegría en las cosas más pequeñas. Que amaba su trabajo, a su familia, a la vida misma con una intensidad que siempre me asombró.
Dylan querría que yo fuese feliz.
—Tienes que ir a terapia —dice Dominic con firmeza—. Tienes que trabajar en esa culpa. En ese odio hacia ti mismo. Porque si no lo haces, vas a perder a Ellie para siempre. Y vas a perderte a ti mismo también.
—Es demasiado tarde.
—No lo es —me interrumpe—. Todavía no. Pero tienes que actuar ya. Tienes que luchar por ella.
—No sé cómo.
—Empieza por lo más básico —dice—. Dile la verdad. Dile que estás jodido pero que quieres arreglarte. Por ella. Por tu hija. Por ti mismo.
Se acerca a la puerta, y entonces se detiene.
—Ahora me voy a trabajar —anuncia, girándose para mirarme una última vez—. Sage y los niños también se han ido a la escuela. Lo cual significa que Ellie está sola en casa.
Me mira con una intensidad que me atraviesa.
—Si tienes el valor de luchar por lo que de verdad importa. Si tienes el valor de dejar de maltratarte y empezar a vivir. Está ahí. Esperando.
Y entonces sale, dejándome solo con sus palabras resonando en mi cabeza como campanas.
Me quedo ahí de pie, en medio de mi cocina vacía, con el sabor a sangre todavía en la boca y un torbellino de pensamientos dando vueltas en mi cabeza.
¿Y si tiene razón?
¿Y si lo que estoy haciendo —castigarme por sobrevivir, negarme el amor— no es honrar la memoria de Dylan sino desperdiciar el regalo que me dio?
Porque Dylan me salvó. Ese día, cuando el oso atacó, fue él el que llamó su atención. Él me dio la oportunidad de vivir.
¿Y yo qué he hecho con esa oportunidad?
Esconderme. Aislarme. Convertirme en una sombra de quien era.
¿Eso es lo que Dylan querría?
No.
La respuesta es tan clara, tan obvia, que no sé cómo no la he visto antes.
Dylan querría que viviese. Que amase. Que fuese feliz.
Y Ellie…
Ellie me está dando la oportunidad de hacer exactamente eso.
De vivir de verdad. De amar sin miedo. De construir algo hermoso de las cenizas de mi vida rota.
Pero tengo que dar el paso.
Tengo que sacar la cabeza del culo, como ha dicho Dominic, y luchar por ella.
Tengo que dejar de castigarme y empezar a vivir.
La pregunta es: ¿puedo hacerlo?
¿Puedo ser lo suficientemente valiente como para abrirme? ¿Para decirle la verdad? ¿Para pedirle que me dé otra oportunidad?
¿Puedo arriesgarme a que me rechace?
Me paso las manos por la cara, sintiendo el cansancio acumulado en cada músculo de mi cuerpo.
Y entonces pienso en Ellie.
En su risa. En su sonrisa. En cómo me mira como si pudiera ver todas mis grietas y no le importasen.
En cómo le habla a nuestra hija. En cómo su mano busca la mía cuando está nerviosa. En cómo se queda dormida contra mí con una confianza que no merezco pero que quiero merecer.
Pienso en Rose.
En mi hija que va a nacer en unos meses. Que va a crecer preguntándose por qué su padre no luchó por su madre. Por qué eligió la cobardía en lugar del coraje.
Y me doy cuenta de algo.
No puedo hacer esto solo.
No puedo ser el hombre que Ellie merece, el padre que Rose merece, si no arreglo primero lo que está roto dentro de mí.
Dominic tiene razón.
Necesito ayuda.
Necesito terapia.
Y necesito hacerlo ya.
Antes de que sea demasiado tarde.
Antes de que pierda a Ellie para siempre.
Cojo el teléfono con manos que tiemblan y busco el número del centro de salud mental del condado. Lo tengo guardado desde hace meses —mi madre me lo dio después de una de sus visitas preocupadas— pero nunca me atreví a llamar.
Hasta ahora.
Marco antes de poder arrepentirme.
Suena tres veces antes de que alguien responda.
—Centro de Salud Mental del Condado de Park, ¿en qué puedo ayudarle?
—Necesito —empiezo, y tengo que tragar saliva antes de continuar—. Necesito una cita. Con un psicólogo. Lo antes posible.
Hay una pausa breve.
—¿Ha tenido algún episodio reciente que requiera atención inmediata?
—No. Sí. No lo sé —admito, pasándome la mano libre por el pelo—. Solo… necesito hablar con alguien. Necesito ayuda.
La voz al otro lado se suaviza.
—Entiendo. Déjeme ver qué tenemos disponible. ¿Puede esperar un momento?
—Sí.
La música de espera me taladra los oídos durante dos minutos que se sienten como horas.
Y entonces la voz vuelve.
—Tengo una cancelación para el viernes dentro de dos semanas a las diez de la mañana. ¿Le vendría bien?
—Sí. Perfecto.
—Muy bien. ¿Nombre completo?
—Henry James Wellington.
—Perfecto, señor Wellington. Le espera la doctora Chen el lunes a las diez en punto. ¿Necesita la dirección?
—No, la conozco.
—Estupendo. Si necesita cancelar o cambiar la cita, llámenos con al menos veinticuatro horas de antelación. ¿Algo más en lo que pueda ayudarle?
—No. Gracias.
Cuelgo y me quedo mirando el teléfono en mi mano.
Lo he hecho.
He pedido una cita con un psicólogo.
Yo, Henry Wellington, el hombre más terco de Montana, he admitido que necesito ayuda.
Acabo de dar el primer paso.
Pero hay otro paso que tengo que dar.
Uno más difícil. Más aterrador.
Tengo que ir a buscar a Ellie.
Tengo que decirle la verdad. Toda la verdad. Sin esconderme. Sin huir.
El pánico me sube por la garganta como bilis.
¿Y si me rechaza? ¿Y si ya es demasiado tarde? ¿Y si le he hecho tanto daño que no puede perdonarme?
¿Y si voy hasta allí y me dice que se acabó? ¿Que solo quiere ser co-padres y nada más?
No sé si sobreviviría a eso.
Pero tengo que intentarlo.
Porque la alternativa es vivir el resto de mi vida preguntándome «¿y si…?»
Y eso sería peor que cualquier rechazo.
El miedo me paraliza donde estoy, con las llaves de la camioneta en la mano y el corazón latiéndome tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos.
Puedo hacerlo.
Tengo que hacerlo.
Por Ellie. Por Rose. Por Dylan, que me dio esta vida y merece que la viva plenamente.
Por mí mismo.
Me dirijo hacia la puerta con pasos que no se sienten míos, subo a la camioneta, y arranco el motor.
Y mientras conduzco hacia la casa de Sage y Dominic, hacia Ellie, solo puedo pensar una cosa.
Por favor.
Por favor que no sea demasiado tarde.
Por favor que me dé otra oportunidad.
Por favor que pueda ser el hombre que ella merece.
Aunque tenga que convertirme en alguien completamente diferente para lograrlo.