CAPÍTULO 28
HENRY
La casa de Sage y Dominic está en silencio cuando aparco en el camino de entrada.
Me quedo sentado en la camioneta un momento, con las manos aferradas al volante y el corazón latiéndome tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos.
¿Qué coño estoy haciendo?
He venido aquí sin plan. Sin saber qué voy a decir. Sin saber si Ellie siquiera va a querer verme después de cómo la he tratado.
Pero Dominic tiene razón.
Tengo que luchar por ella.
Tengo que intentarlo.
Bajo de la camioneta antes de poder arrepentirme y subo las escaleras del porche con pasos que suenan demasiado fuertes en el silencio de la mañana.
Llamo a la puerta con los nudillos, y el sonido resuena como un disparo.
Espero.
Cinco segundos. Diez. Quince.
Y entonces oigo pasos al otro lado. Ligeros. Descalzos.
La puerta se abre.
Y ahí está Ellie.
Con el pelo recogido en una trenza de la que se le escapan mechones rubios. Tienen los ojos rojos e hinchados. Las mejillas manchadas por lágrimas que todavía no se ha limpiado.
Y se queda completamente inmóvil cuando me ve.
—Henry —dice, y su voz sale quebrada—. ¿Qué haces aquí?
No respondo con palabras.
No puedo.
Porque verla así —rota, llorando, sufriendo por mi culpa— hace que se me rompa algo por dentro que no sabía que todavía podía romperse.
Cruzo el umbral y la envuelvo en mis brazos antes de que pueda detenerme.
Ellie se tensa contra mí. Completamente rígida. Como si no supiese cómo reaccionar a esto. A que yo la esté abrazando sin que ella me lo haya pedido.
—Lo siento —susurro contra su pelo, y las palabras salen atropelladas—. Joder, Ellie, lo siento tanto. Siento ser un cabrón. Siento estar asustado de mis propios sentimientos. Siento no estar preparado para conocer a alguien como tú.
Ellie no se mueve. No me devuelve el abrazo. Solo está ahí, tensa como una cuerda a punto de romperse.
—¿Qué me estás queriendo decir? —pregunta finalmente, y su voz suena peligrosamente calmada—. ¿Has venido hasta aquí para disculparte otra vez? ¿Para decirme que lo sientes pero que no puedes darme lo que necesito?
—No…
—Porque si es así —me interrumpe, y puedo sentir cómo empieza a temblar entre mis brazos—. Si has venido a hablar conmigo para no abrirte a mí, para seguir escondiéndote detrás de tus excusas, puedes irte a la mierda, Henry Wellington.
—Te amo —suelto, y las palabras explotan entre nosotros como una bomba.
Ellie se queda completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Te amo —repito, apartándome lo suficiente para mirarla a la cara—. Estoy enamorado de ti, Ellie. Completamente. Irremediablemente. Desesperadamente enamorado.
Las lágrimas empiezan a caer por sus mejillas otra vez, y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no limpiarlas con los pulgares.
—Llevo enamorado de ti desde que te vi por primera vez —continúo, y las palabras salen sin control ahora—. Desde que apareciste en ese pasillo empapada y preciosa y me ofreciste la mano y yo no tuve el valor de cogértela. Me miraste como si fuese el mayor idiota que habías conocido en tu vida.
—Lo eras —murmura Ellie, y puedo oír algo que suena peligrosamente a una risa ahogada.
—Lo era —confirmo—. Y sigo siéndolo. Pero estoy intentando ser mejor. Por ti. Por nuestra hija. Por mí mismo.
Ellie me mira con esos ojos azules llenos de lágrimas, y puedo ver la duda ahí. La incertidumbre. El miedo de creerme y que vuelva a romperle el corazón.
—¿Cómo sé que esta vez es diferente? —pregunta con voz temblorosa—. ¿Cómo sé que no vas a volver a alejarte?
—Porque voy a abrirme a ti. Porque te amo. Porque voy a contarte algo que nunca le he contado a nadie —digo, cogiéndola de la mano—. Ni siquiera a mi familia. Sobre el accidente. Sobre cómo perdí la pierna. Sobre por qué he estado tan jodido todos estos años.
Veo cómo se le abren los ojos.
—No tienes que hacerlo.
—Quiero hacerlo —la interrumpo—. Necesito que lo sepas. Necesito que entiendas por qué he sido tan cabrón contigo. Por qué he estado tan asustado de dejarte entrar.
Ellie asiente lentamente, y entonces me lleva hacia el salón. Nos sentamos en el sofá, tan cerca que nuestras rodillas se tocan, y ella espera.
Respiro hondo.
Y empiezo a hablar.
—Era el mes de julio. Yo tenía veintitrés años. Dylan Matthews era mi compañero. Tenía veintiocho años, casado, con dos hijos pequeños. Era el mejor hombre que he conocido en mi vida.
Las palabras salen lentas al principio, como si tuviese que arrancarlas de algún lugar profundo dentro de mí.
—Estábamos patrullando una zona de alto riesgo cerca de un precipicio. Era un trabajo rutinario. Nada especial. Dylan iba delante, yo detrás. Estábamos hablando, relajados. Y entonces apareció la osa.
Puedo ver la escena en mi cabeza con tanta claridad que es como si estuviese ahí otra vez.
—Era una Grizzly hembra con dos cachorros. Los cachorros estaban detrás de nosotros. Ella nos vio como una amenaza. Nos atacó.
Ellie me aprieta la mano, y ese simple gesto me da la fuerza para continuar.
—Dylan gritó. Me dijo que no me moviese. Empezó a hacer ruido, a agitar los brazos. Es el protocolo estándar. Intentando alejar a la osa de mí porque él estaba más cerca de los cachorros.
Me paso la mano libre por la cara.
—Pero yo no podía quedarme ahí parado viéndolo. Así que corrí hacia él. Intenté ayudar. Y fue… fue el peor error de mi vida.
—Henry.
—Tropecé —continúo, sin dejarla interrumpirme porque si paro ahora no voy a poder terminar—. Perdí el equilibrio. Estaba justo al borde del precipicio. Intenté agarrarme a algo. No pude. Caí.
El recuerdo me golpea con tanta fuerza que tengo que cerrar los ojos.
—Fueron como diez metros. Quizás más. No lo sé. Solo sé que mi pierna se estrelló contra las rocas y el dolor… joder, Ellie, el dolor era tan intenso que pensé que me estaba muriendo.
—Pero no moriste —dice Ellie en voz baja.
—No. Pero Dylan sí.
Abro los ojos y la miro.
—La osa lo atacó mientras yo estaba ahí abajo, inútil, incapaz de hacer nada excepto oír sus gritos. Y entonces el silencio. Ese silencio horrible que significaba que ya no estaba gritando. Que ya no estaba respirando.
Las lágrimas me queman los ojos.
—Llamé por radio. Pedí ayuda. Pero llegaron demasiado tarde. Cuarenta y cinco minutos después. Tardaron cuarenta y cinco minutos. Y cuando llegaron hasta donde estaba Dylan… ya no había nada que hacer.
—Lo siento —susurra Ellie—. Lo siento muchísimo.
—Yo también —digo, y mi voz se quiebra—. Porque Dylan tenía una esposa esperándolo en casa. Dos hijos que necesitaban a su padre. Una vida. Y yo… yo no tenía nada. No tenía a nadie que me esperase. A nadie que me necesitase. Debería haber sido yo el que muriese, no él.
—No digas eso.
—Es la verdad —insisto—. Dylan se interpuso para protegerme. Llamó la atención de la osa deliberadamente para que yo pudiese escapar. Y murió por ello. Mientras yo sobreviví porque caí por un precipicio. Irónico, ¿verdad?
Ellie me suelta la mano y me coge la cara con ambas manos, obligándome a mirarla.
—Escúchame bien —dice con voz firme—. No fue tu culpa. Fue un accidente. Dylan hizo lo que cualquier buen compañero habría hecho. Lo que tú habrías hecho por él si las posiciones se hubieran invertido.
—Pero…
—Y la caída te salvó la vida —continúa, sin dejarme interrumpir—. Es horrible, irónico, pero cierto. Estabas atrapado abajo mientras la osa atacaba arriba. Eso es lo que te mantuvo con vida.
—No cambia el hecho de que Dylan murió por mi culpa.
—Dylan murió por una casualidad del destino. Quiso proteger a su compañero —me corrige—. Haciendo su trabajo. Siendo el hombre valiente que era. Y sé —lo sé sin conocerlo— que no querría que pasases el resto de tu vida odiándote por sobrevivir.
Las lágrimas se me escapan ahora sin que pueda detenerlas.
—Querría que vivieses —dice Ellie, y su voz se quiebra también—. Que de verdad vivieses. No solo que existieses. Querría que fueses feliz. Que amases. Que construyeses una vida que valiese la pena.
—No sé cómo hacerlo —admito, y es la verdad más honesta que he dicho en años—. No sé cómo dejar de sentir que no merezco ser feliz.
—Por eso necesitas ayuda —dice Ellie con suavidad—. Ayuda profesional. Alguien que te enseñe a perdonarte. A dejar de castigarte por algo que no fue tu culpa.
—Lo sé —respondo—. Por eso he pedido cita con una psicóloga. Me han dado cita dentro de dos semanas.
Veo cómo se le abren los ojos con sorpresa.
—¿Has pedido cita? ¿Con una psicóloga?
—Sí.
—Henry —empieza, y hay tanta emoción en su voz que me parte el corazón.
—Porque quiero estar contigo —la interrumpo—. De verdad estar contigo. No solo vivir juntos. No solo criar a nuestra hija juntos. Quiero ser tu pareja. Tu… lo que sea que quieras que sea. Pero para eso tengo que arreglar primero lo que está roto dentro de mí.
Me paso las manos por el pelo, sintiendo cómo me tiemblan.
—Tengo que ir al puto psicólogo porque esto es más fuerte que yo. Tengo que aprender a dejar de odiarme. Tengo que aprender que no es malo ser feliz. Que Dylan no querría que me pasase la vida castigándome.
La miro directamente a los ojos.
—Y quiero hacer todo lo que esté en mi mano para ser el mejor para vosotras. Para ti y para Rose. Quiero ser el hombre que merecéis. Aunque me lleve años lograrlo.
El silencio que sigue a mis palabras me pone de los nervios.
Ellie me mira con una expresión que no puedo descifrar. Con las lágrimas cayendo por sus mejillas. Con los labios temblando. Con las manos todavía en mi cara.
—Dime algo —suplico—. Lo que sea. Aunque sea que me vaya a la mierda. Solo di algo.
—Te amo —dice finalmente, y las palabras salen como un susurro.
El mundo se detiene.
—¿Qué?
—Que te amo —repite, más fuerte esta vez—. Estoy enamorada de ti, Henry Wellington. Y ha sido una tortura vivir contigo sabiendo que tú no sentías lo mismo.
—Yo siempre he sentido lo mismo —la corrijo—. Siempre. Solo que era demasiado cobarde para admitirlo.
—Eres un idiota.
—Lo sé.
—Un idiota integral.
—También lo sé.