CAPÍTULO 26 #2
Cuando termino de recoger todos los cristales, tengo las manos sangrando y un vacío en el pecho que ninguna herida física puede llenar.
Me lavo las manos bajo el grifo, viendo cómo el agua se tiñe de rosa mientras arrastra la sangre, y me obligo a pensar con claridad.
Necesito saber que está bien.
No voy a acercarme a ella. No voy a suplicarle que vuelva. No voy a hacerle más daño del que ya le he hecho.
Pero necesito saber que está bien. Que ella y el bebé están bien. Necesito saber dónde se está quedando.
Solo eso.
Y luego la dejaré en paz.
Como debería haber hecho desde el principio.
Cojo el teléfono con manos que todavía sangran ligeramente y busco su número.
Marco.
Suena una vez. Dos veces. Tres.
Buzón de voz.
Su voz grabada me atraviesa como una flecha.
«Hola, has llamado a Ellie Cameron. Deja un mensaje y te llamaré en cuanto pueda.»
Cuelgo sin dejar mensaje.
Vuelvo a marcar.
Esta vez suena cinco veces antes de ir al buzón.
Cuelgo otra vez.
Pero llamo una tercera vez. Porque soy un desesperado patético que no sabe cuándo rendirse.
Suena dos veces, y entonces alguien responde.
Pero no es Ellie.
—¿Wellington? —la voz de Dominic atraviesa el teléfono como un cuchillo—. ¿Se puede saber qué coño quieres?
Me quedo completamente inmóvil.
—Yo. Necesito hablar con Ellie.
—Pues Ellie no quiere hablar contigo —replica, y puedo oír la furia contenida en cada palabra—. Así que te voy a pedir amablemente que dejes de llamarla y la dejes en paz.
—Solo necesito saber que está bien.
—¿Ahora te importa si está bien? —suelta una risa amarga—. Qué conveniente, Wellington. Qué oportuno que te preocupes por ella ahora que se ha ido.
—Dominic.
—No —me interrumpe—. No quiero oír tus excusas. No quiero oír cómo justificas haberla tratado como una mierda. Ellie era la mejor amiga de mi hermana. Mi hermana, que está muerta. Y tú la has hecho llorar tanto que apenas puede respirar.
Cada palabra es como un puñetazo.
—Lo sé —consigo decir—. Lo sé y lo siento. Pero solo necesito… joder, Dominic, solo necesito saber que está bien. Que el bebé está bien. Solo eso. Te juro que no voy a acercarme a ella. Voy a dejarla en paz. Solo… dime que está bien.
El silencio al otro lado de la línea se extiende durante tres segundos eternos.
Y entonces Dominic habla, y su voz ha perdido parte de esa furia.
—Está aquí —dice finalmente—. Está bien. El bebé está bien. Ahora déjala en paz, Wellington. Déjala que se recupere de ti.
Y cuelga.
Me quedo ahí de pie, con el teléfono en la mano y las palabras de Dominic resonando en mi cabeza.
Déjala que se recupere de ti.
Como si yo fuese una enfermedad. Un virus del que tiene que curarse.
Y quizás lo soy.
Dejo el teléfono sobre la encimera y me quedo mirando por la ventana hacia la oscuridad del bosque.
Debería ir a dormir. Debería intentar descansar. Debería hacer algo productivo con las próximas horas.
Pero sé que no voy a poder dormir.
Sé que en cuanto cierre los ojos van a volver las pesadillas.
El oso. La caída. Dylan gritando mi nombre.
Pero esta vez será peor. Esta vez las pesadillas incluirán a Ellie alejándose de mí.
Llorando por mi culpa. Desapareciendo hasta que no quede nada excepto el olor de su perfume desvaneciéndose en el aire.
Y no puedo enfrentarme a eso.
No esta noche.
Así que hago lo único que sé hacer cuando el dolor se vuelve insoportable.
Me dirijo al cobertizo donde guardo el hacha y la leña, y empiezo a cortar.
Es casi medianoche. La oscuridad es casi total excepto por la luz del porche que apenas alcanza hasta donde estoy. La temperatura ha bajado hasta rozar la congelación, y puedo ver mi aliento formando nubes blancas en el aire.
Pero no me importa.
No siento el frío. No siento el dolor en el muñón que protesta por el esfuerzo. No siento nada excepto la necesidad de moverme, de hacer algo, de destruir algo que no sea mi propia vida.
Levanto el hacha por encima de mi cabeza y la dejo caer sobre el tronco con toda la fuerza que tengo. El golpe resuena entre los pinos, y la madera se parte limpiamente.
Otro tronco. Otro golpe. Otro.
El sudor empieza a empaparme la camiseta a pesar del frío. Los músculos me arden. Las manos me duelen donde los cristales me cortaron.
Pero sigo.
Porque si paro, si me detengo aunque sea un segundo, voy a tener que enfrentarme a la verdad.
A que he perdido a Ellie.
A que la he alejado yo mismo.
A que ella ha hecho bien en irse porque yo no puedo darle lo que necesita.
Y esa verdad me está matando más que cualquier dolor físico.
Así que sigo cortando leña bajo las estrellas, con el frío mordiéndome la piel y el vacío comiéndome por dentro, hasta que el agotamiento me vence y tengo que detenerme.
Me apoyo contra el hacha, jadeando, con el cuerpo temblando del esfuerzo, y levanto la vista hacia el cielo nocturno.
Las estrellas brillan con una claridad brutal. Miles de ellas. Millones. Un universo entero que sigue girando sin importar que mi vida se haya desmoronado.
Y me pregunto si Ellie está mirando las mismas estrellas ahora mismo.
Si está pensando en mí.
Si está llorando todavía.
Si se arrepiente de haberse ido.
O si está aliviada de finalmente haberse liberado de mí.
No tengo respuestas.
Solo tengo este vacío. Este dolor. Esta certeza de que he jodido la única cosa buena que me ha pasado en años.
Y no tengo ni puta idea de cómo arreglarlo.
O si siquiera debería intentarlo.
Porque quizás lo mejor que puedo hacer por Ellie es exactamente lo que estoy haciendo.
Dejarla ir.
Dejar que sea feliz sin mí.
Dejar que críe a nuestra hija sin tener que cargar con el peso de mi mierda emocional.
Es lo correcto.
Lo sé.
Pero joder, duele tanto que no sé cómo voy a sobrevivir a esto.
Me obligo a soltar el hacha y camino de vuelta a la cabaña con pasos pesados. Entro, cierro la puerta detrás de mí, y me quedo de pie en medio del salón vacío.
La casa se siente diferente sin ella.
Más fría. Más oscura. Más vacía.
Como mi vida antes de que apareciese.
Y me doy cuenta de algo que me aterra.
No sé cómo volver a vivir sin ella.
No sé cómo despertar cada mañana sabiendo que no está aquí. Que no voy a verla cocinando con mi camiseta puesta. Que no voy a poder poner la mano sobre su tripa y sentir a nuestra hija moviéndose.
No sé cómo sobrevivir a esto.
Pero voy a tener que aprender.
Porque esta es mi realidad ahora.
Y tengo que aceptarla.
Aunque me muera en el proceso.