Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

ELLIE

Sage y Dominic llegan a las nueve de la mañana en punto.

Los he oído aparcar desde mi habitación y he tenido que hacer un esfuerzo consciente para no echarme a llorar otra vez.

Porque esto es real.

Esto está pasando de verdad.

Me voy.

Dejo la cabaña de Henry. Dejo esta vida que pensé que podíamos construir juntos. Dejo la esperanza de que algún día él pudiese quererme como yo lo quiero a él.

He pasado toda la noche despierta. Luego he hecho las maletas con manos que temblaban y el corazón rompiéndose un poco más con cada prenda que doblaba.

He sacado toda mi ropa del armario que Henry había vaciado para mí cuando llegué.

He recogido mis libros de la estantería.

Mis productos de baño del cuarto de baño que tiene cerrojo en la puerta, como pedí.

He borrado cada rastro de mi presencia en esta casa.

Excepto uno.

La camiseta de Henry que llevo puesta. Esa gris desgastada que huele a él y que me he puesto esta mañana porque soy masoquista y necesitaba sentirlo cerca una última vez.

Me la voy a quedar. Aunque sea patético. Aunque sea robar. Aunque me duela cada vez que me la ponga porque me recordará todo lo que podríamos haber sido y nunca seremos.

Oigo el golpe de las puertas del coche cerrándose, y luego pasos subiendo las escaleras del porche.

—¿Ellie? —la voz de Sage atraviesa la puerta—. ¿Estás lista?

No.

No estoy lista.

Nunca voy a estar lista para esto.

Pero abro la puerta de todas formas, porque quedarme aquí esperando a que Henry cambie es solo alargar la agonía.

Sage está de pie en el umbral con una expresión de preocupación tan genuina que se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas. Dominic está detrás de ella, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido en esa expresión seria que siempre tiene.

—Hola —consigo decir, y mi voz sale más ronca de lo que pretendía.

—Oh, cariño —Sage cruza el umbral y me envuelve en un abrazo tan apretado que casi no puedo respirar.

Y eso es todo lo que necesito para romperme.

Las lágrimas caen sin control mientras me aferro a ella, y Sage no dice nada. Solo me sostiene, acariciándome el pelo como imagino que hacen las hermanas de verdad, murmurando cosas sin sentido que de alguna forma lo arreglan todo.

—Ya está —susurra finalmente—. Vamos a sacarte de aquí. ¿De acuerdo?

Asiento contra su hombro, incapaz de hablar.

Dominic entra entonces, y su presencia llena la casa de una forma que me hace sentir extrañamente segura. Se acerca a mis maletas sin decir nada y las coge con una facilidad que me recuerda que antes de ser médico de pueblo fue cirujano de élite que levantaba pesas en un gimnasio privado.

—Yo me encargo de esto —dice con voz firme—. Tú sal con Sage cuando estés lista.

Y entonces nos deja solas.

Sage me aparta lo suficiente para mirarme a la cara, limpiándome las lágrimas con los pulgares.

—¿Estás segura de esto? —pregunta en voz baja—. Porque si no lo estás, si hay alguna parte de ti que quiere quedarse podemos esperar. Podemos hablar con Henry. Podemos…

—No —la interrumpo, y las palabras salen con más firmeza de lo que me siento—. No quiero hablar con él. No puedo seguir así, Sage. Me está matando.

Veo cómo se le oscurecen los ojos con comprensión.

—¿Te ha hecho daño?

—No —me apresuro a decir—. Es solo que no puede darme lo que necesito. Y yo no puedo seguir esperando a que pueda.

Sage asiente lentamente.

—¿Y el bebé? ¿Cómo lo vais a hacer?

—Podemos ser padres sin estar juntos —digo, y tengo que obligarme a creer mis propias palabras—. Mucha gente lo hace. No tiene por qué ser complicado.

Aunque ya sé que va a serlo.

Va a ser lo más complicado que he hecho en mi vida.

Criar a una hija con un hombre del que estoy enamorada pero que no puede corresponderme. Verlo todas las semanas cuando venga a visitarla. Compartir cumpleaños y Navidades y todos esos momentos importantes mientras finjo que no me duele que seamos solo dos extraños que comparten una hija.

Va a ser una tortura.

Pero es mejor que esto.

Mejor que vivir con él. Acostarme con él. Enamorarme más cada día mientras él mantiene su corazón bajo llave.

—Vamos —dice Sage finalmente, cogiéndome de la mano—. Vámonos antes de que sea más difícil.

Tiene razón.

Cada segundo que paso aquí hace que todo sea más difícil.

Miro hacia la habitación una última vez. La cama donde hemos dormido juntos. La ventana donde me he quedado mirando el bosque imaginando futuros que nunca van a pasar. El espacio que durante unas semanas se sintió como un hogar.

Y entonces me obligo a salir.

Dominic ya ha metido mis maletas en el coche y está esperando junto a la puerta del conductor con una expresión que no puedo descifrar.

—¿Lista? —pregunta cuando llegamos.

—Sí.

Pero antes de que pueda subir al coche, me giro hacia la cabaña una última vez.

Las ventanas reflejan el sol de la mañana. El humo sale de la chimenea. Los pinos la rodean como guardianes silenciosos.

Es tan hermosa que me duele mirarla.

Porque esta podría haber sido mi casa.

Henry podría haber sido mi hogar.

Pero no puede ser.

Así que me subo al asiento trasero del coche, me abrocho el cinturón, y no miro atrás mientras Dominic arranca y nos alejamos por el camino de tierra.

No miro atrás aunque cada fibra de mi ser me grite que lo haga.

No miro atrás aunque una parte de mí esté rogando que Henry venga y me pida que me quede.

Pero no lo hace.

Y cuando llegamos a la carretera principal y la cabaña desaparece entre los árboles, me permito llorar otra vez.

Llorar por lo que podría haber sido.

Por el amor que sentí pero que nunca fue correspondido.

Por la familia que imaginé pero que nunca va a existir.

Sage se gira desde el asiento del copiloto y me coge la mano, apretándola con fuerza.

No dice nada.

No tiene que hacerlo.

Solo me sostiene la mano durante todo el trayecto de vuelta a su casa, mientras yo miro por la ventana con lágrimas cayendo sin control y un vacío en el pecho que sé que nunca va a llenarse.

Porque he dejado mi corazón en esa cabaña.

Con un hombre que nunca va a poder amarlo.

HENRY

Llego a casa cuando el sol ya se ha puesto.

He pasado todo el día en la montaña, inventándome trabajo que no existía, posponiendo el momento de volver a la cabaña porque no sé cómo estar cerca de ella.

El camino de entrada está vacío cuando aparco. No hay luces encendidas.

Y algo en mi pecho se cierra como un puño.

Bajo de la camioneta con movimientos lentos, como si estuviese caminando hacia mi propia ejecución, y subo las escaleras del porche con piernas que pesan como plomo.

Entro, y el silencio me golpea como una bofetada.

Es un silencio diferente del que normalmente llena esta cabaña. No es el silencio de alguien que está en su habitación. No es el silencio de alguien que está a punto de salir a recibirte.

Es el silencio de un lugar vacío.

—¿Ellie? —llamo de todas formas, porque soy un idiota con esperanza.

Nada.

Solo me responde el eco de mi propia voz rebotando contra las paredes.

Me dirijo hacia su habitación con pasos que suenan demasiado fuertes en el silencio. La puerta está entreabierta, y cuando la empujo completamente, lo que veo confirma lo que ya sabía.

Se ha ido.

El armario está vacío. Las estanterías. El baño. No queda un solo rastro de que Ellie haya vivido aquí.

Excepto su olor.

Su perfume todavía flota en el aire. Esa mezcla cara de flores y algo dulce que se me ha metido en la piel durante todas estas semanas. Que se ha convertido en algo tan familiar como mi propio olor.

Y ahora se está desvaneciendo.

Me siento en el borde de su cama —de la que era su cama— y me quedo mirando la habitación vacía.

Sabía que esto iba a pasar.

Desde el principio lo sabía.

Sabía que tarde o temprano Ellie se daría cuenta de que merecía más. Más de lo que yo podía darle. Más de lo que un hombre roto como yo tiene para ofrecer.

Y ha hecho bien en irse.

Ha hecho lo correcto.

Porque yo solo iba a lastimarla más. Iba a seguir tomando lo que me daba sin poder corresponder. Iba a seguir escondiéndome detrás de excusas y miedos en lugar de ser el hombre que ella merece.

Ha hecho bien.

Pero joder, duele.

Duele tanto que no puedo respirar.

Me levanto de la cama y salgo de la habitación, cerrando la puerta detrás de mí porque no puedo seguir mirando ese espacio vacío sin que se me rompa algo por dentro.

Me dirijo a la cocina porque necesito tomar algo. Cualquier cosa. Un vaso de agua. Un trago de whisky. Algo que me ayude a tragar este nudo en la garganta que me está asfixiando.

Abro el armario donde guardo los vasos con manos que tiemblan, y cojo uno al azar.

Y entonces lo veo.

El bol donde comió el helado que yo le traje.

Y algo dentro de mí explota.

El vaso sale volando de mi mano antes de que pueda detenerlo, estrellándose contra la pared con un estruendo que resuena por toda la cabaña. Se hace añicos, esparciendo cristales por todo el suelo de la cocina como lágrimas congeladas.

—Joder —gruño, pasándome las manos por la cara—. Joder, joder, joder.

Me quedo ahí de pie, mirando los cristales brillando bajo la luz de la cocina, y la realidad de lo que acabo de hacer se asienta sobre mí.

He tirado un vaso contra la pared.

Como un puto adolescente con problemas de control.

Como alguien peligroso.

Y eso es exactamente lo que soy, ¿verdad? Alguien peligroso. Alguien que no puede controlar sus emociones. Alguien que no debería estar cerca de nadie.

Especialmente no cerca de Ellie.

Me obligo a respirar. Una vez. Dos veces. Tres.

Y entonces empiezo a recoger los cristales con las manos desnudas, sin molestarme en buscar guantes o una escoba.

El primer corte me atraviesa el dedo índice, y veo la sangre brotar con una claridad extraña. Roja. Brillante. Real.

Sigo recogiendo cristales.

Otro corte en la palma. Otro en el pulgar.

Merezco esto.

Merezco el dolor físico por todo el dolor emocional que le he causado a Ellie. Por ser demasiado cobarde para darle lo que necesita. Por estar demasiado roto para ser lo que ella merece.