Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

ELLIE

Han pasado dos semanas desde aquella noche en la cocina.

Dos semanas en las que Henry y yo hemos caído en un patrón que me está destrozando lentamente desde dentro.

Nos acostamos juntos. Casi todas las noches. A veces en mi cama. A veces en la suya. Una vez contra la pared del pasillo porque no pudimos llegar más lejos.

El sexo es increíble. Devastador. El mejor que he tenido en mi vida.

Henry me conoce de formas que yo misma desconocía. Sabe exactamente dónde tocarme para hacerme gritar. Cómo moverme para que vea estrellas. Qué decirme para que me corra tan fuerte que olvide mi propio nombre.

Pero después…

Después siempre pasa lo mismo.

Se aparta. Se viste. Se va.

Como si nada hubiese pasado. Como si no acabásemos de compartir algo tan íntimo que debería significar más que solo liberación física.

Y yo me quedo ahí, sola, con mi cuerpo todavía vibrando y mi corazón rompiéndose un poco más cada vez.

Porque me he dado cuenta de algo que me aterra.

Amo a Henry Wellington.

Completamente. Irremediablemente. Desesperadamente.

No es solo deseo. No es solo atracción. No es solo que me haga sentir cosas que nunca había sentido.

Es más que eso.

Es cómo cuida de mí sin que tenga que pedírselo. Cómo le habla a nuestra hija todas las noches antes de dormir. Cómo me mira cuando piensa que no me doy cuenta, con una ternura que desaparece en cuanto nuestros ojos se encuentran.

Es todo eso y más.

Y él no se permite sentir lo mismo.

Él no quiere acercarse a mí de esa forma. No quiere que sus sentimientos se involucren en nuestra relación.

Para él esto es solo sexo. Conveniente. Dos personas que viven juntas aliviándose mutuamente porque es más fácil que tener una relación.

Nada más.

Y eso me está matando.

Son las siete de la tarde y estoy sentada en la mesa de la cocina, con un plato de comida que he preparado enfriándose frente a mí, esperando a que Henry llegue a casa.

Como todas las noches.

La puerta se abre finalmente, y lo oigo quitarse las botas en la entrada. Sus pasos pesados acercándose. El sonido de llaves cayendo sobre la mesa del recibidor.

Y entonces aparece en el umbral de la cocina, con el uniforme de guardabosques todavía puesto y esa expresión cansada que siempre tiene al final del día.

—Hola —dice, y su voz suena neutral. Distante.

—Hola —respondo—. He hecho pasta. Tu plato está en el horno, manteniéndose caliente.

Henry asiente, me da las gracias y se dirige hacia el horno, sacando el plato y sentándose frente a mí.

Comemos en silencio.

Un silencio que se ha vuelto demasiado común últimamente. Donde antes había conversaciones —triviales, sí, pero conversaciones al fin y al cabo— ahora solo hay este vacío incómodo.

Porque ya no sabemos cómo hablarnos sin acabar en la cama.

Y cuando estamos en la cama, no hay palabras. Solo gemidos y jadeos y promesas susurradas en el calor del momento que desaparecen en cuanto termina.

—¿Cómo ha ido el día? —pregunto finalmente, porque el silencio me está asfixiando.

—Bien. El tuyo.

—Bien también.

Vuelve el silencio.

Henry sigue comiendo, sin levantar la vista del plato, y algo dentro de mí se rompe.

No puedo seguir así.

No puedo seguir fingiendo que esto me parece bien. Que me conformo con migajas cuando lo que quiero es todo.

—Henry —digo, y mi voz sale más firme de lo que me siento—. Tenemos que hablar.

Deja el tenedor en el plato y finalmente me mira.

—¿De qué?

—De esto. De nosotros. De lo que sea que estamos haciendo.

Algo se cierra en su expresión.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que llevamos dos semanas acostándonos juntos —suelto—. Y no hemos hablado ni una sola vez de lo que significa. De si esto va a algún lado. De si tú sientes…

Me detengo, porque las palabras se me atascan en la garganta.

—¿Si siento qué? —pregunta, y su voz ha bajado hasta convertirse en algo peligroso.

—Algo —termino finalmente—. Si sientes algo por mí o si esto es solo conveniente para ti.

El silencio que sigue es tan denso que podría cortarse con cuchillo.

Henry se levanta de la silla con movimientos bruscos, y puedo ver cómo se le tensan los hombros.

—No hagas esto, Ellie.

—¿Hacer qué? —pregunto, levantándome también—. ¿Preguntarte si sientes algo por mí? ¿Querer saber si esto significa algo para ti?

—Ya sabes lo que significa.

—No —replico, y puedo sentir cómo la frustración me sube por la garganta como bilis—. No lo sé. Porque nunca me dices nada. Nunca hablas de lo que sientes. Solo me follas y luego te vas como si no hubiese pasado nada.

Henry se pasa las manos por la cara.

—Ellie.

—Dime la verdad —lo interrumpo, y puedo oír cómo me tiembla la voz—. ¿Sientes algo por mí? ¿Algo más allá del deseo? ¿O solo soy conveniente porque vivo aquí y estoy embarazada de tu hija?

—No es eso.

—Sí o no, Henry —insisto—. Es una pregunta simple. ¿Sientes algo por mí?

Veo cómo se le tensa la mandíbula. Cómo aprieta los puños. Cómo algo cruza su rostro que desaparece tan rápido que casi pienso que lo he imaginado.

Y entonces dice la peor cosa posible.

—No puedo darte lo que quieres.

Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago.

—¿Qué?

—No puedo darte lo que quieres —repite, y hay algo en su voz que suena hueco—. Lo que sea que estás buscando… no puedo dártelo.

—No te estoy pidiendo que…

—Sé lo que me estás pidiendo —me interrumpe—. Y no puedo. Lo siento.

Se gira hacia la puerta, alejándose de mí, y algo dentro de mí se rompe completamente.

—¿Eso es todo? —pregunto, y las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas—. ¿Ni siquiera vas a intentar explicarte? ¿Vas a largarte como haces siempre?

Henry se detiene en el umbral, con la espalda hacia mí, pero no se gira.

—Es mejor así.

—¿Mejor para quién? —exploto—. ¿Para ti? ¿Porque es más fácil huir que enfrentarte a lo que sientes?

—No siento nada.

Las palabras me atraviesan como cuchillos.

—Mentira —susurro—. Estás mintiendo.

—Piensa lo que quieras —dice, y entonces sale de la cocina.

Lo oigo cruzar el salón. Coger las llaves. Abrir la puerta principal.

—¿Adónde vas? —grito, corriendo hacia el recibidor.

—Fuera —responde sin mirarme—. Necesito aire.

—Henry, espera.

Pero no espera.

Sale por la puerta y la cierra detrás de él, y un segundo después oigo el motor de su camioneta arrancando.

Me quedo ahí de pie, en medio del recibidor vacío, con las lágrimas corriendo por mis mejillas y un dolor en el pecho que no tiene nada que ver con el embarazo.

Se ha ido.

Le he preguntado directamente si siente algo por mí y se ha ido.

Lo cual es respuesta suficiente, ¿no?

Me apoyo contra la pared, y me permito llorar.

Llorar por lo estúpida que he sido. Por creer que esto podía ser más. Por enamorarme de un hombre que claramente no puede corresponderme.

Por pensar que quizás, solo quizás, podría tener lo que siempre he querido.

Una familia. Un hogar. Amor real.

Pero Henry no puede darme eso.

No va a dármelo.

Y yo no puedo seguir haciendo esto.

No puedo seguir viviendo en esta casa, acostándome con él, enamorándome más cada día mientras él mantiene las distancias como si yo fuese un problema que resolver.

No puedo seguir rompiéndome por alguien que no me quiere o siente que no puede quererme. Lo mismo me da.

Me separo de la pared con piernas que apenas me sostienen y camino hacia mi habitación. Cojo el teléfono de la mesita de noche con manos que tiemblan, y marco el número de Sage antes de poder arrepentirme.

Responde al tercer tono.

—¿Ellie? —dice, y puedo oír la sorpresa en su voz—. ¿Estás bien?

—No —admito, y mi voz se quiebra—. No, no estoy bien.

—¿Qué ha pasado? ¿Es el bebé?

—El bebé está bien. Soy yo la que no lo estoy —me detengo, respirando hondo—. Sage, ¿puedo volver? ¿A vivir con vosotros? Sé que es mucho pedir y que ya habéis hecho tanto por mí, pero no puedo seguir aquí.

—Claro que puedes volver —responde inmediatamente, y hay tanta calidez en su voz que me hace llorar más—. Siempre tienes sitio aquí, Ellie. Siempre. ¿Qué ha pasado con Henry?

—Yo… —empiezo, pero no sé cómo explicarlo sin revelar demasiado—. Ha quedado claro que esto no va a funcionar. Vivir juntos. Pensé que quizás podríamos, pero no. No puede ser.

Oigo cómo Sage suspira al otro lado de la línea.

—Lo siento mucho, cariño. Mi hermano es un idiota.

—No es un idiota —la corrijo, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Es solo que no puede darme lo que necesito. Y no es su culpa. Es la mía por esperar algo que nunca iba a pasar.

—No es tu culpa —dice Sage con firmeza—. Gracias por intentarlo. Por intentar estar cerca de él. Ojalá entrase en razón. Ojalá se diese cuenta de lo afortunado que es de tenerte. Ojalá se diese cuenta de que a pesar de todo se merece ser feliz.

Pero no va a hacerlo.

Y yo no puedo seguir esperando a que lo haga.

—¿Cuándo quieres que vayamos a recogerte? —pregunta Sage.

—Mañana. Si es posible.

Antes de que cambie de opinión.

—Mañana a primera hora estaremos ahí —promete—. Dominic y yo. Te ayudaremos con tus cosas.

—Gracias, Sage. De verdad.

—Para eso están las amigas —responde—. Y Ellie, vas a estar bien. Tú y tu niña. Vais a estar bien.

Quiero creerla.

Dios, cómo quiero creerla.

Pero cuando cuelgo el teléfono y me tumbo en la cama, con la mano sobre mi tripa y el sonido del silencio llenando la cabaña vacía, no puedo evitar sentir que acabo de renunciar a algo que nunca voy a recuperar.

Porque Henry no va a venir a buscarme.

No va a decirme que se ha equivocado. Que me quiere. Que no puede vivir sin mí.

Va a dejarme ir.

Como siempre supe que haría.

Y yo voy a tener que aprender a vivir con eso.

Aunque me mate en el proceso.

Me acurruco bajo las sábanas, todavía con la camiseta de Henry puesta porque soy masoquista, y dejo que las lágrimas caigan sobre la almohada.

Mañana empiezo de nuevo.

Mañana vuelvo a casa de Sage y Dominic.

Mañana me alejo de Henry y de esta vida que pensé que podíamos construir juntos.

Pero esta noche…

Esta noche me permito llorar por lo que podría haber sido.

Por el futuro que imaginé donde nos despertábamos juntos cada mañana. Donde nos besábamos antes de que él se fuese a trabajar. Donde cenábamos hablando de nuestro día. Donde criábamos a nuestra hija juntos no por obligación, sino porque queríamos.

Donde éramos una familia de verdad.

No solo en papel.

Sino en el corazón.

Pero ese futuro nunca va a pasar.

Y tengo que aceptarlo.

Aunque me rompa por dentro.

Me quedo dormida con las lágrimas todavía húmedas en mis mejillas y el sonido de la camioneta de Henry volviendo horas después, cuando ya es casi de madrugada.

Oigo sus pasos en el pasillo. Cómo se detiene frente a mi puerta. El silencio que se extiende durante tres segundos eternos.

Y luego sus pasos alejándose hacia su habitación.

Y sé que ha tomado su decisión.

Igual que yo he tomado la mía.

Mañana me voy.

Y esta vez, no voy a mirar atrás.

Aunque me cueste todo lo que tengo no hacerlo.