CAPÍTULO 24 #2
Sus manos se deslizan bajo la camiseta, subiendo por mis costados con una lentitud tortuosa, y cuando sus pulgares rozan la parte inferior de mis pechos, me arqueo hacia él buscando más contacto.
—Henry —jadeo—. Por favor.
—¿Por favor qué? —pregunta, deteniéndose justo antes de tocarme donde más lo necesito—. Usa tus palabras, cariño. Dime exactamente qué quieres.
—Tócame —suplico, y no me importa lo desesperada que sueno—. Toca mis pechos. Por favor.
—¿Así? —pregunta, cerrando finalmente las manos alrededor de ellos.
El placer me atraviesa como un rayo.
—Sí —jadeo—. Dios, sí.
Henry me amasa con una firmeza que bordea el dolor, pellizcando los pezones entre sus dedos hasta que estoy gimiendo sin control.
—Los tienes tan sensibles —murmura, bajando la cabeza para tomar uno en su boca—. ¿Es por el embarazo?
No puedo responder. No puedo hacer nada excepto arquearme contra él mientras su lengua se enrosca alrededor de mi pezón, chupando, mordiendo suavemente, enviando descargas de placer directamente a mi centro.
—Respóndeme —ordena contra mi piel.
—Sí —consigo jadear—. Todo está más sensible. Todo el tiempo.
—Joder —gruñe, pasando al otro pecho y dándole el mismo tratamiento tortuoso—. Eso significa que puedo hacerte esto…
Muerde con más fuerza, y el grito que se me escapa es medio dolor, medio placer.
—Y sentirlo aquí.
Su mano se desliza entre mis muslos, encontrándome empapada y palpitante.
—Estás tan mojada —dice con admiración oscura—. ¿Esto también es por el embarazo?
—Es por ti —admito, porque ya no tiene sentido seguir mintiéndonos—. Todo es por ti, idiota.
Henry levanta la cabeza para mirarme, y lo que veo en sus ojos hace que se me corte la respiración.
Hambre. Pura, cruda, devastadora.
—¿Sabes lo que me haces? —pregunta, deslizando un dedo por mi entrada sin llegar a penetrarme—. ¿Tienes alguna puta idea de lo duro que me pones solo con existir?
—Enséñamelo —lo desafío.
Henry me coge de las muñecas con una mano —solo una, porque es lo suficientemente grande como para sujetarme las dos— y me las coloca por encima de la cabeza, inmovilizándome contra los armarios que tengo detrás.
—No te muevas —ordena—. Mantén las manos ahí.
—¿Y si no quiero?
—Entonces paro —dice con simplicidad devastadora—. Y te dejo así. Mojada. Necesitada. Sin alivio.
Trago saliva.
—Eres un capullo.
—Lo sé —confirma con una sonrisa oscura—. ¿Vas a ser buena?
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, voy a ser buena.
—Buena chica.
Me suelta las muñecas, pero mantengo las manos donde están, y Henry baja la mirada con aprobación.
—Ahora —dice, deslizando ambas manos por mis muslos—. Vamos a ver cuántas veces puedo hacerte que te corras antes de follarte.
—¿Cuántas…? —empiezo, pero pierdo el hilo del pensamiento cuando mete dos dedos dentro de mí de golpe y me hace alcanzar las estrellas.
El grito que suelto resuena por toda la cocina.
—Una —cuenta con satisfacción, bombeando dentro de mí con un ritmo que es todo menos delicado.
—Dios —jadeo, luchando contra el impulso de bajar las manos y agarrarme a él.
—Cada mañana —dice, añadiendo un tercer dedo que me estira hasta el límite—. Me despierto duro pensando en ti. En cómo gemiste mi nombre aquella noche. En cómo te sentiste apretándome cuando te corriste.
Su pulgar encuentra mi clítoris y presiona, y el placer se intensifica hasta volverse casi insoportable.
—Cada noche —continúa, bombeando más rápido—. Me masturbo en la ducha imaginando que eres tú la que me toca. Que es tu boca la que está alrededor de mi polla. Que son tus manos las que me hacen correr.
—Henry —jadeo, sintiendo cómo el orgasmo se acerca como una avalancha.
—Y cada segundo que paso cerca de ti —gruñe, curvando los dedos dentro de mí hasta encontrar ese punto que hace que vea estrellas—. Tengo que luchar contra las ganas de arrancarte la ropa y follarte hasta que grites mi nombre y todo el pueblo sepa que eres mía.
El orgasmo me golpea como un tren.
Mi cuerpo entero se convulsiona, apretándose alrededor de sus dedos con tanta fuerza que duele, y las oleadas de placer me atraviesan una tras otra sin piedad.
—Eso es —dice Henry con satisfacción oscura—. Córrete en mis dedos. Déjame sentir cómo me aprietas.
Cuando finalmente bajo del precipicio, estoy temblando tanto que tengo que agarrarme al borde de la encimera para no caerme.
Henry retira sus dedos despacio, arrancándome un gemido.
—Podría pasarme horas comiéndote y nunca sería suficiente —dice cuando termina.
—Entonces hazlo —lo desafío, aunque mi voz sale temblorosa—. Cómeme.
Henry sonríe. Es una sonrisa oscura, prometedora, que hace que se me erice toda la piel.
—¿Estás segura? Porque una vez que empiece, no voy a parar hasta que me supliques que no puedes más.
—Estoy segura.
—Buena chica.
Se inclina y cumple su promesa.
El primer contacto de su lengua me arranca un grito que probablemente despierte a los animales del bosque.
Me lame con lentitud tortuosa y luego repite el movimiento una y otra vez hasta que estoy gimiendo sin control.
—Tan dulce —murmura contra mí—. Tan jodidamente dulce.
Hunde la lengua dentro de mí, y el placer es tan intenso que bajo las manos instintivamente, enredándolas en su pelo.
Henry levanta la cabeza inmediatamente.
—He dicho que no te movieras.
—No puedo… necesito agarrarme a algo…
—Agárrate al borde de la encimera —ordena—. Las manos ahí. O paro.
Obedezco con un gemido frustrado, y Henry vuelve a su tarea con renovado entusiasmo.
Me devora como si fuese lo único que necesita para vivir. Su lengua se mueve dentro de mí, follándome con una precisión que me está volviendo loca, mientras sus manos me sujetan las caderas.
—Henry —jadeo—. Estoy cerca otra vez.
—Lo sé —dice contra mí—. Puedo sentir cómo palpitas. Cómo te aprietas. Vas a correrte en mi boca, ¿verdad, cariño?
—Sí.
—Hazlo entonces —ordena—. Córrete. Ahora.
Y mi cuerpo obedece.
Este orgasmo es todavía más intenso que el primero, arrancándome sollozos mientras me convulsiono contra su boca. Henry no se detiene, prolongando cada segundo hasta que estoy suplicándole que pare porque es demasiado, demasiado intenso.
Solo entonces se aparta, besando el interior de mis muslos con ternura inesperada.
—Tres —cuenta, levantándose con los labios brillantes por mi humedad—. Vamos a por el cuarto.
—No puedo más…
—Sí puedes —me interrumpe, cogiéndome en brazos con facilidad sorprendente.
Me lleva al salón y me tumba en el sofá, siguiéndome hacia abajo hasta que su cuerpo cubre el mío completamente.
—Una cosa más —dice, mirándome con seriedad repentina—. ¿Estás segura de que puedo follarte con seguridad? Con el bebé.
—El médico dijo que sí —lo tranquilizo—. Que es completamente seguro.
—¿Segura?
—Segurísima —confirmo—. Ahora deja de hablar y fóllame.
Henry gruñe, bajándose los pantalones lo justo para liberar su erección, y entonces la siento. La punta presionando contra mi entrada.
—Mírame —ordena—. Quiero que me veas cuando te llene.
Abro los ojos que no me había dado cuenta de que había cerrado, y lo encuentro mirándome con una intensidad que me quema por dentro.
—Quiero que sepas exactamente quién te está haciendo sentir así —dice—. Quién es el único que puede tenerte así.
Y entonces se hunde dentro de mí.
Lento esta vez. Centímetro a centímetro. Dejándome sentir cada pulgada mientras me estira, me llena, me completa de una forma que va más allá de lo físico.
—Joder —gruño, arqueándome contra él—. Henry.
—Dime cómo se siente —exige, deteniéndose cuando está completamente dentro—. Dime lo que te hago sentir.
—Llena —jadeo—. Me siento tan llena. Tan completa. Como si estuvieses hecho para mí.
—Porque lo estoy —dice con voz feroz—. Estoy hecho para ti. Esta polla está hecha para tu coño. Para llenarte. Para hacerte gritar.
Empieza a moverse entonces. Despacio al principio, casi con reverencia, como si estuviese memorizando cada sensación.
Pero yo no quiero que lo haga lento.
Quiero que me folle hasta olvidar mi nombre.
—Más rápido —suplico—. Más fuerte. No voy a romperme.
—¿Estás segura?
—Estoy embarazada, no enferma —replico—. Fóllame como quieres follarme de verdad.
Algo salvaje se enciende en sus ojos.
—Ten cuidado con lo que pides —advierte.
Y entonces se suelta.
Me folla contra el sofá con embestidas brutales que hacen que todo el mueble se sacuda. Profundo. Duro. Sin piedad.
—Así —jadeo, clavando las uñas en sus hombros—. Henry, sí, así.
Henry baja la cabeza para morder mi cuello, justo donde el pulso late descontrolado, y el dolor mezclado con el placer hace que vea estrellas.
—Eres mía —gruñe contra mi piel—. Dilo.
—¿Qué?
Se detiene completamente, enterrado hasta el fondo dentro de mí, y me mira con ojos que arden.
—Di que eres mía —repite—. Quiero oírlo salir de tu boca.
—Soy tuya —jadeo, porque en este momento es la verdad más absoluta del universo—. Toda tuya.
—Joder, sí —gruñe, y vuelve a moverse con renovada ferocidad.
Una de sus manos se desliza entre nuestros cuerpos, encontrando mi clítoris y frotándolo en círculos que son perfectos, devastadores, exactamente lo que necesito.
—Córrete —ordena—. Quiero sentirte apretándome cuando te corras en mi polla. Quiero sentir cómo me ordeñas.
El orgasmo me golpea como un tsunami.
Mi cuerpo entero se convulsiona, cada músculo tensándose hasta el punto de dolor, y el grito que se me escapa es tan fuerte que estoy segura de que se oye hasta la carretera.
Henry gruñe en mi boca, sus embestidas se vuelven erráticas, y entonces lo siento. El calor de su liberación llenándome, marcándome desde dentro, mientras se derrama con sacudidas que parecen no terminar nunca.
—Ellie —jadea mi nombre como una plegaria—. Joder, Ellie.
Se derrumba sobre mí, con cuidado de no aplastar mi tripa, apoyando la frente en mi hombro mientras ambos intentamos recordar cómo respirar.
El silencio que nos envuelve es pesado. Cargado. Lleno de cosas que ninguno de los dos se atreve a decir.
Deslizo mis dedos por su pelo, húmedo por el sudor, y siento cómo late su corazón contra mi pecho. Tan rápido como el mío. Tan descontrolado.
—Ha sido… —empiezo.
—Increíble —termina por mí, levantando la cabeza para mirarme.
Y por un momento —un momento perfecto, suspendido en el tiempo— veo algo en sus ojos que hace que se me pare el corazón.
Algo que se parece peligrosamente al amor.
Pero entonces parpadea, y desaparece, reemplazado por esa expresión cerrada que ya conozco demasiado bien.
Se retira de mí despacio, y el movimiento me arranca un gemido. Me ayuda a sentarme, y entonces se sube los pantalones con movimientos que son casi bruscos.
—Deberías dormir —dice sin mirarme—. Es tarde.
Y ahí está.
La distancia volviendo a instalarse entre nosotros como un muro.
—Henry.
—Buenas noches, Ellie.
Se va antes de que pueda detenerlo. Antes de que pueda decirle que no quiero que esto sea solo sexo. Que quiero más. Que lo quiero a él.
Me quedo ahí sentada en el sofá, con su liberación todavía dentro de mí y mi cuerpo vibrando de placer, y me doy cuenta de algo que me aterra.
Acabo de conseguir lo que quería.
Me he acostado con Henry otra vez.
Ha sido el mejor sexo de mi vida.
Pero sigo sin tenerlo de verdad.
Y no sé si algún día lo voy a conseguir.