CAPÍTULO 24
ELLIE
Llevo tres días planeando esto.
Tres días observando a Henry. Estudiando sus patrones. Memorizando cada gesto que delata cuándo está a punto de perder el control.
La forma en que aprieta la mandíbula cuando me mira demasiado tiempo. Cómo se le oscurecen los ojos cuando me inclino y puede ver el escote de mi camiseta. El modo en que sus manos se cierran en puños cuando paso cerca de él y mi perfume lo envuelve.
Tres días preparándome mentalmente para lo que voy a hacer esta noche.
Para seducir a Henry Wellington.
Es viernes por la noche. Henry ha llegado a casa hace una hora, se ha duchado —puedo oler su jabón desde aquí, ese aroma a cedro que se me ha metido en la piel— y ahora está en el salón. Puedo oírlo moviéndose, el crujido del sofá de cuero cuando se sienta, el sonido de páginas pasando.
Estoy en mi habitación, de pie frente al espejo, mirándome.
Llevo puesta una de sus camisetas viejas. Una gris desgastada que me llega hasta medio muslo y que he sacado de su cesta de ropa limpia esta tarde. La tela huele a él, a su detergente, a esa mezcla de aire fresco y pino que siempre lleva pegada.
Y no llevo nada más.
Ni bragas. Ni sujetador. Solo esta camiseta y mi piel desnuda debajo.
Mi reflejo me devuelve la mirada con ojos muy abiertos y mejillas sonrojadas. Puedo ver cómo se me marcan los pezones a través de la tela, ya duros por la anticipación. Cómo el tejido se pega a mi tripa, ahora claramente visible.
Me muerdo el labio, sintiendo cómo se me cierra el estómago con nervios y excitación a partes iguales.
Puedo hacerlo.
Voy a hacerlo.
Respiro hondo tres veces, intentando calmar el corazón que me late tan fuerte que estoy segura de que va a salirse de mi pecho, y salgo de la habitación.
El pasillo está en penumbra, solo iluminado por la luz que viene del salón. Mis pies descalzos no hacen ningún ruido sobre la madera mientras avanzo despacio, deliberadamente, hacia donde está Henry.
Me detengo en el umbral del salón y lo observo un momento.
Está sentado en el sofá con las piernas estiradas, un libro abierto en el regazo, y esa expresión concentrada que hace que se le frunza el ceño.
Lleva puestos unos pantalones de pijama que cuelgan peligrosamente bajo de sus caderas, y nada más.
El pecho desnudo, los músculos marcándose bajo la piel cada vez que respira, el vello oscuro que desciende desde su ombligo hasta desaparecer bajo el elástico.
Es tan guapo que me duele mirarlo.
Y va a ser mío.
Esta noche, va a ser completamente mío.
Entro en el salón con pasos lentos, y Henry debe sentir mi presencia porque levanta la vista del libro.
Y se queda completamente inmóvil.
Puedo ver el momento exacto en que se da cuenta de lo que llevo puesto. De lo que no llevo puesto. Cómo sus ojos se deslizan desde mi cara hasta mi pecho —donde los pezones se marcan obscenamente a través de la tela— y luego más abajo, hasta mis piernas desnudas.
El libro se le resbala de las manos y cae al suelo con un golpe sordo.
—Cameron —dice, y su voz sale ronca—. ¿Qué haces?
—No podía dormir —lo interrumpo, caminando hacia la cocina que está justo al lado del salón—. Voy a por agua.
Paso por delante de él deliberadamente cerca, lo suficiente como para que mi perfume lo envuelva, y puedo oírlo tragar saliva.
Llego a la cocina y abro la nevera, inclinándome más de lo necesario para coger una botella de agua del estante inferior. La camiseta se me sube con el movimiento, dejando al descubierto la curva inferior de mi culo.
Puedo sentir su mirada clavada en mí como si me estuviese tocando con las manos.
Cojo la botella con dedos que tiemblan ligeramente —por nervios, por excitación, por la certeza de que esto va a cambiar todo— y me incorporo despacio. Muy despacio.
Cierro la nevera y me giro, apoyándome contra la encimera, y entonces abro la botella. Bebo un sorbo largo, dejando que una gota se escape y baje por mi barbilla hasta mi cuello.
Henry está de pie ahora. Ha dejado el sofá y está junto al umbral que separa el salón de la cocina, con las manos apretadas en puños a los lados de su cuerpo y una expresión en la cara que hace que se me acelere el pulso.
—Ellie —dice, y su voz suena como un gruñido bajo—. ¿Qué coño estás haciendo?
—Beber agua —respondo con toda la inocencia que puedo fingir—. Tenía sed.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No tengo ni idea —replico, bebiendo otro sorbo—. ¿De qué hablas?
Henry da un paso hacia mí. Sus ojos no se apartan de la gota de agua que sigue bajando por mi cuello.
—Estás jugando con fuego.
—¿Ah, sí?
—Sí —confirma, y su voz ha bajado hasta convertirse en algo peligroso—. Y si sigues así, te vas a quemar.
—Quizás quiero quemarme.
Dejo la botella en la encimera detrás de mí y me cruzo de brazos de forma deliberada, sabiendo que el gesto tensa la camiseta sobre mi pecho, haciendo que se me marquen todavía más los pezones.
Henry se queda mirando fijamente, y puedo ver cómo se le tensa la mandíbula.
—Esa es mi camiseta.
—Lo sé.
—¿Por qué la llevas puesta?
—Porque me gusta cómo huele —admito—. Huele a ti.
Veo cómo traga saliva.
—Ellie.
—¿Quieres que me la quite? —pregunto, llevando las manos al borde de la tela.
—No.
—¿No?
—No lo hagas —dice, pero hay súplica en su voz—. No me provoques más.
—¿Por qué no? —doy un paso hacia él—. ¿Qué va a pasar si lo hago?
Henry retrocede, manteniendo la distancia entre nosotros.
—Voy a perderte el control.
—Bien —replico, dando otro paso—. Piérdelo. Quiero que lo pierdas.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé —insisto—. Sé exactamente lo que estoy diciendo. Llevo días pensando en esto. En ti. En nosotros. En cómo fue aquella noche en tu camioneta.
Otro paso más. Estamos tan cerca ahora que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo.
—No estoy jugando, Henry —susurro—. No estoy intentando provocarte por diversión. Te deseo. De verdad. Y sé que tú también me deseas.
Señalo el bulto evidente en sus pantalones.
—Puedo verlo. Cada vez que estás cerca de mí. Cada vez que me miras. Te pones duro y luego huyes. Y estoy cansada de eso. Estoy cansada de quererte y no poder tenerte.
—Joder, Ellie.
—No —lo interrumpo, colocando una mano sobre su pecho desnudo y sintiendo cómo late su corazón, descontrolado—. Esta vez no vas a huir. Esta vez vas a quedarte y vamos a terminar lo que hemos empezado.
Henry me mira con una intensidad que hace que se me olvide cómo respirar.
—¿Y después qué? —pregunta con voz tensa—. ¿Después de que te folle hasta que no puedas caminar? ¿Después de que te haga gritar mi nombre? ¿Qué pasará después?
—No lo sé —admito con honestidad brutal—. Pero quiero averiguarlo. Contigo.
El silencio se extiende entre nosotros, tan cargado que casi chisporrotea.
Y entonces Henry hace la pregunta que sé que ha estado atormentándolo.
—¿No te da asco? —pregunta en voz baja—. Mi pierna. ¿No te da asco que me falte un trozo?
Y ahí está.
Su mayor miedo. Su mayor inseguridad. La razón por la que me mantiene a distancia a pesar de desearme.
Lo miro. Realmente lo miro. Veo el miedo desnudo en sus ojos. La vergüenza que intenta ocultar. La certeza absoluta de que voy a decir que sí. Que voy a confirmar que es menos. Que no es suficiente. Que está roto de una forma que no puede arreglarse.
Y algo dentro de mí se rompe también.
—Eres un idiota —digo con firmeza, subiendo mi otra mano hasta su cara y obligándolo a mirarme—. Un idiota integral si piensas eso siquiera por un segundo.
—Ellie…
—No —lo interrumpo—. Vas a escucharme y no vas a interrumpirme hasta que termine. ¿Entendido?
Henry asiente, y puedo ver cómo le late un músculo en la mandíbula.
—Eres el hombre más sexy que he conocido en mi vida —digo, y dejo que cada palabra se grabe en él—.
El más fuerte. El más cariñoso, aunque intentes ocultarlo detrás de toda esa hostilidad.
Eres brillante y divertido cuando te dejas serlo.
Eres un padre increíble para una niña que todavía no ha nacido.
Y el hecho de que te falte un trozo de pierna no cambia absolutamente nada de eso.
Deslizo mi mano desde su pecho hasta su abdomen, sintiendo cómo se le contraen los músculos bajo mis dedos.
—De hecho —continúo, bajando la voz hasta convertirla en algo oscuro—. Me pones todavía más cachonda sabiendo todo lo que has sobrevivido. Todo lo que has superado. Cada cicatriz que tienes me recuerda lo fuerte que eres. Lo valiente. Lo jodidamente perfecto.
Me pongo de puntillas, acercando mi boca a la suya hasta que nuestros labios casi se tocan.
—Así que si no puedes ver eso —susurro—. Si no puedes ver lo increíble que eres. Es tu problema, Wellington. No el mío.
Y entonces lo beso.
Henry se queda completamente paralizado durante un segundo eterno.
No se mueve. No respira. Solo está ahí, con mis labios presionados contra los suyos y mis palabras todavía flotando en el aire entre nosotros.
Como si acabase de decirle algo que ha roto todos sus esquemas.
Como si en vez de decirle algo bonito lo hubiese golpeado con un martillo.
Y entonces explota.
Sus manos me cogen de la cintura con tanta fuerza que me arranca un jadeo, levantándome del suelo como si no pesase nada, y me sienta en la encimera de la cocina con un movimiento que hace temblar los platos.
Se coloca entre mis piernas, separándolas con sus caderas, y me devuelve el beso con una intensidad que me deja sin aire.
No es tierno. No es delicado.
Es pura necesidad desesperada.
Me devora como si llevase años hambriento y yo fuese su primera comida en meses. Su lengua invade mi boca, reclamando, dominando, exigiendo una rendición que le doy sin pensarlo.
Enredo mis dedos en su pelo y tiro con fuerza, arrancándole un gruñido que vibra a través de todo mi cuerpo y se asienta bajo en mi vientre como fuego líquido.
—Llevo semanas soñando con esto —dice contra mis labios, y su voz suena destrozada—. Semanas imaginándome follándote en cada superficie de esta casa.