Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

HENRY

Estoy leyendo el mismo párrafo por cuarta vez cuando lo oigo.

—¡Henry!

La voz de Ellie atraviesa las paredes de la cabaña como un grito, urgente y agudo, y hace que se me caiga el libro de las manos.

Me levanto de la cama tan rápido que casi pierdo el equilibrio, con el corazón ya desbocado y el pánico trepándome por la garganta como hiedra venenosa.

Algo va mal.

Algo le pasa al bebé.

Salgo de mi habitación casi corriendo, ignorando el dolor que me sube desde el muñón hasta la cadera por el movimiento brusco, y cruzo el pasillo en tres zancadas.

—¿Ellie? —grito, llegando a su puerta—. ¿Qué pasa?

—¡Entra! —responde desde dentro, y hay algo en su voz que no puedo identificar.

Abro la puerta de golpe, preparándome para lo peor, y la encuentro sentada en medio de la cama con las piernas cruzadas y las manos sobre su tripa.

Y está sonriendo.

Sonriendo de oreja a oreja como si acabase de ganar la lotería.

—¿Qué…? —empiezo, pero no consigo terminar la frase porque el alivio me golpea con tanta fuerza que me deja sin aire.

—Se está moviendo —dice, y sus ojos brillan con una emoción tan pura que hace que se me cierre la garganta—. Henry, se está moviendo. Nuestra hija se está moviendo.

El mundo se detiene.

Se queda completamente inmóvil durante un segundo eterno en el que mi cerebro intenta procesar lo que acaba de decir.

Se está moviendo.

Nuestra hija se está moviendo.

—¿De verdad? —consigo preguntar, y mi voz sale ronca.

—De verdad —confirma, llevándose las manos a la tripa con una delicadeza que me parte algo por dentro—. Lleva unos minutos. Son como… no sé. Como mariposas. O burbujas. Es rarísimo pero precioso y quería que lo sintieras. Por eso te he llamado.

Da unas palmaditas al colchón junto a ella.

—Ven. Siéntate aquí.

Me acerco a la cama con pasos que no parecen míos. Todo mi cuerpo está en piloto automático, moviéndose sin que mi cerebro tenga que decirle qué hacer.

Me siento en el borde del colchón, tan cerca de ella que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo, y mis manos se cierran en puños sobre mis muslos.

Porque quiero tocarla. Joder, quiero tocarla tanto que me duele. Quiero poner las manos sobre su tripa y sentir a mi hija. Pero no sé si puedo. No sé si tengo permiso.

—¿Puedo? —empiezo, y tengo que tragar saliva antes de continuar—. ¿Puedo tocarla?

Ellie me mira con una expresión que no puedo descifrar.

—Claro que puedes. Es tu hija también.

Pero no me muevo.

Porque hay una diferencia entre poder y tener permiso de verdad. Y necesito que me lo dé. Necesito oírla decirlo.

—Ellie —insisto, y mi voz suena extraña incluso para mí—. ¿Puedo tocarte? ¿Puedo poner las manos sobre tu tripa?

Algo se suaviza en su expresión.

—Sí —dice en voz baja—. Puedes tocarme.

Levanto las manos con una lentitud que bordea lo ridículo, como si tuviese miedo de asustarla, y las coloco sobre su vientre con una delicadeza que no sabía que poseía.

La tela de su camiseta de dormir es suave bajo mis palmas. Puedo sentir el calor de su piel atravesándola. Y debajo…

Debajo está mi hija.

—Espera —susurra Ellie—. Igual tarda un poco. Pero ahora estaba muy activa, así que seguro que…

Y entonces la siento.

Un movimiento pequeño. Sutil. Como un aleteo diminuto bajo mi mano derecha.

Se me escapa un jadeo que suena demasiado roto.

—¿La has sentido? —pregunta Ellie, y puedo oír la emoción en su voz.

—Sí —consigo decir, aunque apenas puedo hablar a través del nudo en mi garganta—. Joder, Ellie, la he sentido.

Y entonces vuelve a moverse. Esta vez más fuerte. Un empujón decidido que presiona contra mi palma.

Las lágrimas me queman los ojos sin que pueda detenerlas.

—Es increíble —susurro—. Es… joder, no hay palabras.

—Lo sé —dice Ellie, y cuando la miro veo que ella también está muy emocionada—. Es lo más increíble que he sentido en mi vida.

Nos quedamos así, con mis manos sobre su tripa, sintiendo cada movimiento de nuestra hija. Minutos que se sienten como horas. Horas que se sienten como segundos.

Y entonces deseo hacer algo que no había planeado.

—¿Puedo? —empiezo, pero me detengo porque no sé cómo pedirlo.

—¿Puedes qué?

—¿Puedo besarla? —pregunto, y las palabras salen tan bajas que casi no las oigo—. A tu tripa. A ella. ¿Puedo?

Ellie se queda completamente inmóvil.

—Sí —dice finalmente, y su voz tiembla—. Puedes.

Me inclino despacio, bajando la cabeza hasta que mis labios rozan la tela de su camiseta. Y entonces beso su tripa con una ternura que no sabía que todavía existía en mí.

—Hola, cariño —susurro contra su piel—. Soy yo. Tu papá. Y quiero que sepas que ya te quiero. Aunque todavía no te haya visto. Aunque todavía no te haya conocido. Ya te quiero más de lo que pensaba que era posible querer a alguien.

Beso su tripa otra vez, y puedo sentir cómo se me nublan los ojos.

—Y voy a cuidar de ti —continúo—. Siempre. Voy a estar ahí para todo. Para tus primeros pasos. Para tu primer día de colegio. Para cada vez que necesites a tu papá. Voy a estar ahí.

La mano de Ellie se desliza en mi pelo, acariciándome con una suavidad que hace que se me rompa algo por dentro.

—Va a ser la niña más afortunada del mundo —dice con voz temblorosa—. Por tenerte como padre.

Levanto la vista hacia ella, y lo que veo en su cara hace que el aire se me atasque en los pulmones.

Hay lágrimas corriendo por sus mejillas. Pero está sonriendo. Una sonrisa tan hermosa, tan llena de algo que no me atrevo a nombrar, que hace que quiera besarla.

Pero no lo hago.

En su lugar, vuelvo a apoyar la mejilla contra su tripa, manteniendo las manos extendidas sobre ella, sintiendo cada movimiento.

—¿Te quedas un rato? —pregunta Ellie—. Así si vuelve a moverse puedes sentirla.

Debería decir que no. Debería volver a mi habitación. Debería mantener la distancia que nos mantiene seguros.

Pero las palabras no salen.

—Me quedo —digo en cambio.

Ellie se acomoda en la cama, tirando de las sábanas hasta cubrirse, y yo me tumbo junto a ella por encima del edredón. Mantengo una mano sobre su tripa, sintiendo los movimientos que ya son menos frecuentes.

—Se está calmando —murmura Ellie—. Creo que se está durmiendo.

—Buenas noches, Rose —susurro contra su vientre.

Ellie suelta una risa suave.

—¿Ya la has bautizado?

—¿No te gusta?

—Me encanta —admite—. Pero ¿y si queremos cambiar de opinión?

—No vamos a cambiar de opinión.

—Qué seguro estás.

—Lo estoy —confirmo—. Rose Wellington Cameron. Es perfecto.

Ellie se gira ligeramente para mirarme, y hay algo travieso en sus ojos.

—Aunque podríamos llamarla Gertrude.

Me quedo completamente inmóvil.

—¿Gertrude?

—Sí. Gertrude. O Mildred. O Brunilda.

—Estás de coña.

—¿Qué tiene de malo Brunilda? —pregunta, y puedo oír la risa en su voz—. Es un nombre con carácter.

—Es un nombre horrible.

—A mí me gusta.

—Mentira.

—Vale, mentira —admite, riéndose—. Pero tenías que ver tu cara.

Y entonces me río yo también.

Es un sonido oxidado, áspero, como si mis cuerdas vocales hubiesen olvidado cómo funciona la risa. Pero sale de todas formas.

—Eres imposible, Cameron.

—Y tú eres un gruñón, Wellington.

—Nuestra hija va a salir a ti, ¿verdad? —digo, volviendo a acariciar su tripa—. Va a ser una bocazas.

—O va a salir a ti —replica Ellie—. Y va a ser una cascarrabias que frunce el ceño todo el tiempo.

—Ojalá tenga tus ojos.

Las palabras salen antes de que pueda detenerlas, cargadas de una sinceridad que me deja expuesto.

Ellie se queda quieta.

—¿Mis ojos?

—Son preciosos —admito, porque ya he llegado hasta aquí—. Del color del cielo. Quiero que nuestra hija los tenga.

—Yo quiero que tenga tu nariz —dice Ellie en voz baja—. Y tu risa. Cuando te ríes de verdad, no esa risa sarcástica que usas como armadura. La real.

Algo en mi pecho se aprieta con tanta fuerza que me cuesta respirar.

—No me río mucho.

—Lo sé —responde—. Por eso quiero que ella lo haga por ti.

No sé qué decir a eso. Así que no digo nada. Solo sigo acariciando su tripa con movimientos lentos, sintiendo cómo Rose se va calmando hasta quedarse completamente quieta.

—Se ha dormido —susurra Ellie.

—Como su madre debería hacer —replico—. Es tarde.

—¿Tú también vas a dormir?

—Sí.

—¿Aquí?

La pregunta queda suspendida en el aire entre nosotros, cargada de algo que ninguno de los dos se atreve a nombrar.

—¿Quieres que me quede? —pregunto, preparándome para la decepción.

Pero Ellie me deja sin palabras.

—Sí —dice rápidamente, y luego añade en voz más baja—. Quédate. Por si vuelve a moverse.

Es una excusa. Los dos lo sabemos.

Pero no la cuestiono.

Solo me acomodo mejor en la cama, ajustando la almohada bajo mi cabeza, y mantengo la mano sobre su tripa.

Ellie apaga la luz, y la habitación se sume en la oscuridad. Solo la luz de la luna entra por la ventana, creando sombras plateadas sobre las paredes.

—¿Henry? —susurra Ellie después de un rato.

—¿Sí?

—¿Crees que será tranquila o movida?

—Movida —respondo sin dudarlo—. Como su madre.

—Yo creo que será seria —dice Ellie—. Como su padre.

—Joder, espero que no. Un gruñón en la familia es suficiente.

Ellie se ríe, y el sonido vibra a través de su cuerpo hasta el mío.

—¿Crees que le gustará el mar? —pregunta—. A mí me encanta. Podríamos llevarla algún día.

—Le va a encantar —digo, y puedo imaginarla. Una niña pequeña con ojos azules corriendo por la playa, riendo mientras las olas le mojan los pies—. Vamos a llevarla. Te lo prometo.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

El silencio vuelve a instalarse, pero es cómodo. Cálido. Como estar envuelto en una manta.

Es el momento más especial de mi vida.

Puedo sentir cómo la respiración de Ellie se va haciendo más lenta. Más profunda. Su cuerpo se relaja contra el mío, y su mano se coloca sobre la mía, la que sigue sobre su tripa.

—Gracias por quedarte —susurra, y su voz suena cada vez más relajada.

—Gracias por llamarme —respondo.

Pero creo que no me oye. Porque su respiración ya tiene ese ritmo constante que significa que se ha quedado dormida.

Y yo me quedo ahí tumbado, con la mano sobre su vientre, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, escuchando cómo respira.

Y pienso en Rose.

En nuestra hija que va a nacer en unos meses. En cómo va a cambiar todo. En cómo ya lo ha cambiado todo.

Pienso en Ellie durmiendo contra mí, confiando en mí lo suficiente como para quedarse dormida a mi lado.

Y pienso en lo mucho que quiero esto.

Esta vida. Esta mujer. Esta familia que estamos construyendo juntos.

Pero también pienso en Dylan. En cómo murió por mi culpa. En cómo no merezco tener algo tan bueno cuando él no tiene nada.

En cómo tarde o temprano voy a joder esto también.

Porque eso es lo que hago. Joder las cosas. Destruir lo bueno. Convertir el oro en ceniza.

Debería levantarme. Debería volver a mi habitación. Debería mantener la distancia antes de que sea demasiado tarde.

Pero no puedo moverme.

No puedo apartarme de este momento. De esta mujer. De esta paz que no he sentido en años.

Así que me quedo.

Me quedo ahí tumbado, con Ellie durmiendo contra mí y mi mano sobre nuestra hija, y por primera vez desde el accidente no tengo pesadillas.

No sueño con el oso. No sueño con la caída. No sueño con Dylan gritando mi nombre.

Solo sueño con esto.

Con Ellie. Con Rose. Con un futuro que brilla tan intenso que me ciega.

Un futuro que quiero con una desesperación que me aterra.

Porque sé —con la misma certeza con la que sé que el sol sale cada mañana— que no lo merezco.

Que soy un hombre roto intentando sostener algo perfecto.

Y que cuando todo se desmorone —porque siempre se desmorona— voy a ser yo quien lo destruya.

Como siempre.

Pero esta noche…

Esta noche me permito fingir que quizás, solo quizás, puedo tener esto.

Que puedo ser el hombre que Ellie y Rose merecen.

Aunque solo sea en sueños.