CAPÍTULO 21
HENRY
Me estoy volviendo loco.
Literalmente, completamente, irremediablemente loco.
Me despierto cada mañana con una erección tan dura que me duele, con las sábanas empapadas de sudor y el nombre de Ellie en los labios como una plegaria que no puedo dejar de repetir.
Sueño con ella todas las noches. Con su piel.
Con sus gemidos. Con cómo se sentía apretándome cuando me corrí dentro de ella aquella noche en la fiesta.
Y luego salgo a la cocina y ahí está.
Real. Preciosa. Inalcanzable.
Con el pelo recogido y una de mis camisas viejas que le llega hasta medio muslo, moviéndose por la cocina como si fuese su casa. Como si perteneciese aquí. Conmigo.
Y su tripa.
Joder, su tripa.
Ya se nota. Una curva suave bajo la tela de la camiseta que me recuerda constantemente que lleva a mi hija dentro. Que su cuerpo está cambiando por nuestra niña. Que cada día que pasa está más hermosa, más radiante, más jodidamente perfecta.
Y yo me pongo duro solo con mirarla.
Es patético.
Soy patético.
Pero no puedo evitarlo. No puedo controlar cómo reacciona mi cuerpo cuando la veo preparando el desayuno, tarareando bajito una canción que no reconozco, con el sol de la mañana creándole un halo dorado alrededor de la cabeza.
Así que hago lo único que puedo hacer.
Me mantengo alejado.
Intento irme a trabajar antes de que se despierte. Vuelvo tarde, cuando ya se ha metido en su habitación. Encuentro excusas para estar fuera de casa los fines de semana. Corto leña hasta que me duele todo el cuerpo. Me ducho con agua fría dos veces al día.
Y no funciona.
Nada funciona.
Porque incluso cuando no está cerca, está en mi cabeza. En mis pensamientos. En cada puto segundo de cada día.
Por eso, cuando llego a casa el viernes por la tarde y la encuentro sentada en el sofá con el portátil en el regazo, casi me siento aliviado cuando dice lo que está pensando.
—Dios —murmura sin levantar la vista de la pantalla—. Me muero por un helado de rosas.
Me detengo a medio camino de la cocina.
—¿Helado de rosas?
—Sí —dice, y se relame los labios de una forma que hace que se me tense todo el cuerpo—. He visto que hay una heladería artesanal en Bozeman que los hace. Y no puedo dejar de pensar en ello. Es como si mi cerebro solo pudiese procesar: helado de rosas. Helado de rosas. Helado de…
—Voy a por él —la interrumpo antes de que pueda seguir lamiéndose los labios así.
Ellie levanta la vista con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? No. Estás loco. Bozeman está a más de una hora de aquí.
—Y eso qué tiene que ver.
—Que no voy a dejar que conduzcas dos horas solo porque a mí se me ha antojado un helado —dice, cerrando el portátil con un golpe—. Si alguien tiene que ir, debería ser yo. Es mi antojo.
—Ni de coña.
—Henry.
—Ni de puta coña te vas a montar en un coche sola y vas a conducir más de dos horas —la corto, cruzándome de brazos—. Embarazada. Por la tarde. Por carreteras de montaña que no conoces.
—Sé conducir perfectamente.
—No he dicho que no sepas. He dicho que no vas a hacerlo.
Ellie se levanta del sofá con esa determinación que reconozco y que me vuelve loco.
—No puedes decirme lo que puedo o no puedo hacer.
—Puedo y lo estoy haciendo.
—Eres imposible.
—Y tú estás embarazada de mi hija —replico, acercándome a ella—. Ya estás haciendo lo más importante por los dos: gestarla. Llevarla dentro. Cambiar tu cuerpo por ella. Así que yo voy a hacer algo por vosotras dos.
—Henry, es solo helado.
—Me da igual si es helado o si son diamantes —la interrumpo—. Voy a ir a por ese puto helado y no se hable más.
Ellie abre la boca. La cierra. La vuelve a abrir.
—Eres un cabezota.
—Y tú eres terca como una mula. Estamos empatados.
—No tienes que…
—Voy a ir —repito con firmeza—. Ponte cómoda. Vuelvo en dos horas.
Me dirijo hacia la puerta antes de que pueda seguir protestando.
—¡Henry!
Me detengo con la mano en el pomo y me giro.
—¿Qué?
—Gracias —dice en voz baja, y hay algo en sus ojos que hace que se me cierre la garganta—. Por cuidarnos así.
Mierda. Me va a volver loco.
—No me importa ir.
Y no me importa. Porque ir a Bozeman significa dos horas en el coche. Dos horas lejos de ella. Dos horas donde no tendré que luchar contra el impulso de cruzar la distancia que nos separa y besarla hasta que se le olvide su propio nombre.
Dos horas de respiro antes de que haga algo de lo que me arrepienta durante el resto de mi vida.
Como acostarme con ella otra vez.
Me marcho antes de que pueda cambiar de opinión.
—Vuelvo en un par de horas.
El trayecto a Bozeman debería calmarme.
No lo hace.
Porque lo único que hago durante esos ciento veinte minutos es pensar en Ellie. En cómo se ha relamido los labios. En cómo su lengua ha asomado ligeramente, húmeda y rosada, dejando un rastro brillante que me ha hipnotizado durante tres segundos eternos.
En cómo quiero ser yo el que lama esos labios.
Joder.
Aparco frente a la heladería y entro con una determinación que probablemente asusta a la pobre dependienta.
—¿Tenéis helado de rosas? —pregunto sin preámbulos.
—Sí —dice la chica, pestañeando—. ¿Cuánto quieres?
—Un kilo.
—¿Un… kilo?
—Sí. Un puto kilo. Es para mi… —me detengo, porque no sé cómo llamar a Ellie. ¿Mi compañera de piso? ¿La madre de mi hija? ¿La mujer de la que estoy enamorado pero que no puedo tener?— Para la madre de mi hija —termino finalmente—. Está embarazada. Tiene antojos.
La chica sonríe con una expresión que dice «qué mono eres.»
Si supiera lo equivocada que está…
—Claro. Ahora mismo te lo preparo.
Cuando salgo de la heladería con la bolsa isotérmica en la mano, ya son las ocho de la tarde. El trayecto de vuelta se me hace eterno, con el aire acondicionado a tope para que el helado no se derrita y mis pensamientos dando vueltas y vueltas alrededor de la misma cosa.
Ellie.
Siempre Ellie.
Llego a casa cuando ya ha oscurecido, y las luces de la cabaña brillan entre los pinos como un faro guiándome a casa.
A casa.
¿Cuándo fue la última vez que sentí que tenía un hogar?
Entro por la puerta principal, y el olor a algo delicioso cocinándose me golpea inmediatamente.
—¿Henry? —la voz de Ellie llega desde la cocina—. ¿Ya has llegado?
—Sí.
Aparece en el pasillo con un delantal puesto sobre la camiseta, con las mejillas sonrojadas por el calor de la cocina y esa sonrisa que hace que se me olvide cómo respirar.
—¡Has vuelto! ¿Has conseguido el helado?
Le enseño la bolsa como respuesta.
Y entonces pasa algo que no esperaba.
Ellie cruza la distancia entre nosotros corriendo —bueno, tan rápido como puede con la tripa— y me besa.
Es un beso rápido. Casto. Solo un roce de sus labios contra mi mejilla.
Pero me quema como si me hubiese marcado con un hierro al rojo vivo.
—Gracias —dice, cogiendo la bolsa de mis manos con una emoción que parece completamente desproporcionada para un helado—. Gracias, gracias, gracias. Eres el mejor.
Y entonces vuelve corriendo a la cocina, dejándome ahí de pie con el corazón desbocado y la mejilla ardiendo donde me ha besado.
Tengo que hacer un esfuerzo consciente para no llevarme la mano ahí. Para no tocar el lugar donde sus labios han estado.
Joder.
Estoy tan jodido.
Me obligo a moverme, a seguirla hasta la cocina, donde ya ha sacado el helado de la bolsa y lo está sirviendo en un bol con una cuchara.
—Huele increíble —dice, oliendo el helado como si fuese perfume caro—. ¿Quieres probar?
—No, gracias.
—¿Seguro? Está buenísimo.
Se mete una cucharada en la boca, y sus ojos se cierran con placer.
Y entonces gime.
Es un sonido bajo, gutural, que vibra a través de toda la cocina y hace que se me tense cada músculo del cuerpo.
—Dios —murmura, lamiéndose los labios—. Esto es… madre mía. Esto es lo mejor que he probado en mi vida.
Se mete otra cucharada, y vuelve a gemir. Más fuerte esta vez. Más largo.
Y yo me pongo tan duro que me duele.
—Tengo que… —empiezo, retrocediendo hacia el pasillo—. Tengo que ducharme. Llevo todo el día trabajando y…
—¿Seguro que no quieres? —me interrumpe, ofreciéndome la cuchara con una inocencia que me está matando—. De verdad que está increíble.
—Estoy seguro.
Salgo de la cocina antes de que pueda insistir. Antes de que pueda ver el bulto obsceno en mis pantalones. Antes de que pueda darse cuenta de lo mucho que me está afectando verla comer ese maldito helado.
Prácticamente salgo corriendo, ignorando el dolor que me sube desde el muñón hasta la cadera, y me encierro en mi habitación como un adolescente huyendo de la tentación.
Pero no me dirijo a la ducha.
Me dirijo al lavabo.
Cierro la puerta con pestillo, me bajo los pantalones y los bóxers de un tirón, y libero mi erección que ya está goteando.
No debería hacer esto.
No debería masturbarme pensando en Ellie cuando está a metros de distancia, comiendo helado en mi cocina, completamente ajena a lo que me está haciendo.
Pero no puedo evitarlo.
Cierro la mano alrededor de mi polla con un apretón que bordea el dolor.
Y empiezo a moverme.
Rápido. Duro. Sin ternura.
Cierro los ojos y la veo. Ellie en el sofá, con las piernas abiertas y esa tripa preciosa entre nosotros.
Ellie gimiendo mi nombre mientras la follo contra la encimera de la cocina.
Ellie de rodillas, con esos labios perfectos envolviendo mi polla, mirándome con esos ojos azules mientras me la chupa hasta dejarme seco.
—Joder —gruño, apretando más, bombeando más rápido.
Me imagino a mí mismo devorándola. Quitándole esa camiseta. Besando cada centímetro de su piel. Lamiendo su coño hasta que grite mi nombre. Hundiéndome dentro de ella y llenándola hasta que no sepa dónde termino yo y dónde empieza ella.
La presión se acumula en la base de mi columna, caliente y urgente, y sé que no voy a durar mucho más.
Me inclino sobre el lavabo con una mano, mientras la otra sigue moviéndose en mi polla con una velocidad brutal, y entonces exploto.
El orgasmo me atraviesa como un rayo, arrancándome un gruñido que tengo que ahogar mordiéndome el labio. Me corro sobre el lavabo en oleadas interminables, con su nombre resonando en mi cabeza como un mantra.
Ellie. Ellie. Ellie.
Cuando finalmente termino, me quedo ahí apoyado, jadeando, con el corazón latiéndome tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos.
Y entonces me veo en el espejo.
Tengo el pelo despeinado. Los ojos oscuros. Las mejillas sonrojadas. Soy la imagen de un hombre completamente destrozado por una mujer que no puede tener.
Me limpio, me subo los pantalones, y me lavo las manos mientras la realidad se asienta sobre mí como una losa de cemento.
Estoy jodido.
Completamente, irremediablemente jodido.
Porque esto no es solo deseo. No es solo atracción física. No es solo que Ellie Cameron sea la mujer más hermosa que he visto en mi vida y que mi cuerpo reaccione a ella como un adolescente en celo.
Es más que eso.
Mucho más.
La quiero.
Estoy enamorado de ella.
De su risa cuando habla con mi madre. De cómo se muerde el labio cuando está concentrada.
De cómo le habla a nuestra hija cuando piensa que no la oigo, con esa voz llena de amor y promesas.
De cómo es fuerte y vulnerable al mismo tiempo.
De cómo me mira como si pudiera ver directamente mi alma y no le diese miedo lo que encuentra ahí.
Estoy enamorado de Ellie Cameron.
Y eso me aterra más que nada que haya enfrentado en mi vida.
Porque no puedo tenerla. No puedo decirle lo que siento. No puedo arrastrarla más profundo en mi desastre de vida.
Ella merece más. Merece a alguien completo. A alguien que no se despierte gritando en medio de la noche. A alguien que no tenga que luchar cada día contra los fantasmas de su pasado.
Merece a un hombre mejor que yo.
Pero el problema es que no quiero que esté con otro.
La idea de Ellie con alguien más —tocándola, besándola, criando a nuestra hija mientras yo observo desde fuera— me llena de una rabia tan visceral que tengo que apretar los puños contra el lavabo para no romper algo.
Es mía.
Ella es mía y nuestra hija es mía y esta vida que estamos construyendo juntos es mía.
Aunque no me la merezca.
Aunque esté destinado a joderlo todo.
Me obligo a respirar. Una vez. Dos veces. Tres.
Y entonces salgo del baño con las piernas todavía temblando y la certeza de que estoy completamente perdido.
Porque ya no hay vuelta atrás.
Ya no puedo fingir que esto es solo un arreglo de conveniencia. Dos personas criando a un hijo juntos sin sentimientos de por medio.
La amo.
Y tarde o temprano voy a tener que decidir qué coño voy a hacer al respecto.