Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

ELLIE

La ecografía de las veinte semanas es diferente.

No sé exactamente qué esperaba, pero cuando Margaret nos hace pasar a la sala de exploración y me dice que hoy vamos a ver al bebé con mucho más detalle, algo en mi estómago se aprieta con una mezcla de emoción y nervios que me deja sin aliento.

Henry está a mi lado, tan cerca que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo, y cuando me tumbo en la camilla, su mano busca la mía automáticamente.

Como si fuese lo más natural del mundo.

—Muy bien —dice Margaret con esa sonrisa suya que ya conozco—. Hoy vamos a poder ver mucho más que la última vez. Y si queréis, podemos saber el sexo del bebé.

Se me para el corazón.

Miro a Henry, y él me mira a mí.

—¿Quieres saberlo? —pregunto en voz baja.

—¿Tú quieres?

—Te he preguntado primero.

Henry aprieta mi mano.

—Quiero saber todo lo que pueda sobre nuestro bebé. Así que sí. Quiero saberlo.

Me giro hacia Margaret, y las palabras salen antes de que pueda detenerlas.

—Sí. Queremos saberlo.

Margaret sonríe todavía más si es posible.

—Perfecto. Vamos allá.

Aplica el gel —de nuevo frío, todavía me arranca un jadeo— y empieza a mover el transductor por mi vientre.

Y esta vez…

Esta vez puedo verlo.

No es solo una mancha blanca con forma de judía. Es un bebé. Un bebé de verdad. Puedo ver la cabeza, redonda y perfecta. Los brazos, diminutos, moviéndose. Las piernas…

—Oh Dios —susurro, y las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas.

—Es precioso —dice Henry, y su voz suena tan rota que me parten el corazón—. Nuestro bebé es precioso.

Margaret señala la pantalla, explicando cada cosa que vemos. El corazón, latiendo fuerte. Los riñones. El estómago. La columna.

—Todo se ve perfecto —dice finalmente—. Un bebé completamente sano.

Y entonces mueve el transductor un poco más abajo.

—Vamos a revisar el sexo.

—Sí —decimos Henry y yo al mismo tiempo.

Margaret sonríe.

—Enhorabuena. Vais a tener una niña.

El mundo se detiene.

Una niña.

Vamos a tener una niña.

Me giro hacia Henry, y lo que veo en su cara hace que se me rompa algo por dentro.

Tiene los ojos llenos de lágrimas. Brillantes. A punto de desbordarse.

Y está mirándome como si acabase de darle el universo entero.

—Una niña —susurra, y su voz se quiebra en la última sílaba—. Vamos a tener una niña.

—Sí —consigo decir, aunque apenas puedo hablar a través del nudo en mi garganta.

Henry se inclina hacia mí, apoyando su frente contra la mía, y nos quedamos así. Respirando juntos. Llorando juntos. Conectados por algo que va más allá de las palabras.

—Gracias —dice finalmente—. Gracias por darme esto. Por dármela a ella.

Y entonces me da un beso en la frente.

Suave. Tierno. Lleno de algo tan puro que me duele.

Margaret carraspea discretamente, y nos separamos, pero Henry no me suelta la mano.

No la suelta mientras Margaret imprime las fotos. No la suelta mientras salimos de la consulta. No la suelta hasta que llegamos a la camioneta.

—¿Quieres ir a comprarle algo? —pregunta de repente, con las llaves en la mano—. A nuestra hija. Algo pequeño. Para empezar.

Nuestra hija.

Las palabras me atraviesan el pecho como flechas.

—Me encantaría.

La tienda de ropa de bebé en Livingston es un caos de colores pastel y peluches gigantes.

Y Henry está completamente perdido.

Lo veo deambular entre los expositores con una expresión de concentración absoluta, tocando bodies diminutos con dedos que parecen demasiado grandes para algo tan delicado.

—¿Este? —pregunta, enseñándome un pijama rosa con conejitos bordados.

—Es precioso.

—¿Y este? —coge otro, esta vez con ositos.

—También.

—Los quiero los dos.

—Henry, no podemos comprar toda la tienda.

—¿Por qué no? —me mira con esa expresión terca que reconozco—. Es nuestra hija. Se merece todo.

Y ahí está otra vez. Ese Henry que me desarma completamente con gestos que no esperaba.

Terminamos comprando cinco conjuntos, dos mantas, un peluche de ciervo que Henry insiste en que es perfecto, y un gorrito diminuto que hace que se me salten las lágrimas otra vez.

—¿Son para vosotros o para regalo? —pregunta la dependienta en la caja, metiendo todo en una bolsa con cuidado.

—Para nosotros —responde Henry antes de que pueda hacerlo yo—. Para nuestra hija.

—¡Enhorabuena! —dice la mujer con entusiasmo—. ¿Cuánto tiempo lleváis casados?

Henry y yo nos miramos.

Y ninguno de los dos la corrige.

—Gracias —dice Henry simplemente, cogiendo la bolsa.

Salimos de la tienda en silencio, y no hablamos de ello. Del hecho de que nos han confundido con un matrimonio y hemos dejado que lo crean.

De lo bien que se ha sentido.

Cuando llegamos a la camioneta, me quedo ahí de pie, con las fotos de la ecografía en la mano, y una idea empieza a formarse en mi cabeza.

—¿Henry?

—¿Sí?

—¿Quieres que vayamos a ver a tus padres? —pregunto—. Para enseñarles las fotos. Seguro que les vuelve locos saber que van a tener una nieta.

Henry me mira con una expresión que no puedo descifrar.

—¿Quieres ir?

—Sí. Son los abuelos de nuestra hija. Merecen saberlo.

Algo se suaviza en su cara.

—Gracias —dice en voz baja—. Por ser tan generosa. Con mis padres. Conmigo.

—Son tu familia —replico—. Y ahora también son la familia de nuestra hija.

Henry asiente, y puedo ver cómo se le tensa la mandíbula con emoción.

—Vamos entonces.

El jardín de los Wellington está en silencio cuando llegamos. Es media tarde de un miércoles, y probablemente Dorothy esté preparando la cena mientras Daniel lee el periódico en el salón, como siempre.

Henry aparca la camioneta en el camino de entrada, y antes de que pueda abrir mi puerta, Henry ya está dando la vuelta corriendo para abrírmela.

—Puedo abrir mi propia puerta —protesto cuando me ofrece la mano para ayudarme a bajar.

—Lo sé.

—Estoy embarazada, no inválida.

—También lo sé.

Pero no aparta la mano. Solo me mira con esa expresión terca que me dice que no va a ceder.

Suspiro y acepto su ayuda, bajando de la camioneta con más cuidado del necesario solo para que deje de mirarme así.

Y entonces Henry hace algo que me desarma completamente.

Se inclina hacia mi tripa.

—Mamá es una gruñona —dice con voz tierna, hablándole a mi vientre—. Pero vamos a cuidarla muy bien, ¿verdad, cariño? Tú y yo vamos a asegurarnos de que esté siempre bien.

Se me escapa un jadeo.

Henry levanta la cabeza, y nuestros ojos se encuentran.

Estamos demasiado cerca.

Tan cerca que puedo ver las motas doradas en sus ojos verdes. Tan cerca que puedo sentir su respiración contra mi cara. Tan cerca que puedo oler su colonia mezclándose con el aire frío.

Y llevamos demasiado tiempo conteniéndonos.

Puedo verlo en cómo se le oscurecen los ojos. En cómo su mirada baja a mis labios. En cómo se inclina hacia mí, acortando la distancia milímetro a milímetro.

Y entonces me está besando.

Es diferente de los otros besos. Más lento. Más deliberado. Como si estuviese saboreándome. Como si tuviese todo el tiempo del mundo y quisiera usar cada segundo en memorizar cómo sabe mi boca.

Sus manos me sujetan la cara con una delicadeza que contrasta con la intensidad del beso, y yo me derrito contra él, olvidando dónde estamos, olvidando todo excepto esto.

Excepto él.

—¡Henry!

La voz de Dorothy nos separa como un latigazo.

Me aparto de Henry tan rápido que casi tropiezo, y puedo sentir cómo el calor me sube por todo el cuerpo hasta las raíces del pelo.

Dorothy está en la puerta de la casa, con las manos en las caderas y una expresión entre divertida y sorprendida.

—Hola, mamá —dice Henry, y su voz suena perfectamente calmada, como si su madre no acabase de pillarle besándome en medio del camino de entrada—. Hemos venido a enseñaros las ecografías. Vais a tener una nieta.

Y así, sin más, desvía la atención de lo que acaba de pasar.

Dorothy suelta un grito que probablemente se oye hasta en el pueblo.

—¿Una niña? ¿Vais a tener una niña?

—Sí —confirmo, sacando las fotos con manos que todavía tiemblan—. Mira.

Dorothy baja las escaleras del porche corriendo y coge las fotos de mis manos con una emoción que me hace sonreír a pesar de todo.

—¡Daniel! —grita hacia dentro de la casa—. ¡Ven aquí ahora mismo! ¡Vamos a tener una nieta!

Y mientras Dorothy sigue gritando y emocionándose, mientras Daniel sale de la casa con expresión confundida, mientras Henry me pasa un brazo por los hombros en un gesto que parece tan natural que me duele…

No puedo dejar de pensar en el beso.

En cómo me ha saboreado como si fuese algo precioso.

En cómo sus manos me han sujetado como si fuese algo frágil que no quiere romper.

En cómo, por un momento, he sentido que quizás —solo quizás— soy algo más para él que solo la madre de su hija.

Y eso me aterra más que nada.

Porque no sé cuánto tiempo más voy a poder seguir fingiendo que esto no me está destrozando por dentro.

Que vivir con él sin poder tenerlo no me está matando.

Que cada día que pasa me enamoro más de un hombre que probablemente nunca va a corresponderme.

Dios.

¿Cómo se supone que voy a sobrevivir a esto?