CAPÍTULO 19
ELLIE
Las semanas empiezan a pasar en una rutina que no sabía que necesitaba.
Me despierto cada mañana y encuentro café recién hecho. Notas en la encimera con letra cada vez más legible, como si Henry estuviese haciendo un esfuerzo por escribir mejor. «He comprado esos yogures que te gustan. Los de fresa. Están en la nevera.» O «Hoy va a hacer frío. Ponte algo de abrigo.»
Gestos pequeños que se van acumulando como gotas de agua hasta llenar un vaso.
Un día llego a casa y hay un cojín nuevo en el sofá. Uno de esos ortopédicos caros que venden en tiendas especializadas.
—Para tu espalda —dice Henry cuando me pilla mirándolo con la boca abierta—. He leído que en el segundo trimestre empiezan los dolores lumbares.
Otro día encuentro vitaminas prenatales nuevas en el armario del baño. Las mejores del mercado.
—Las otras eran una mierda —murmura cuando le pregunto—. Estas tienen más ácido fólico.
Y así, día a día, Henry va demostrándome con actos lo que no puede decir con palabras.
Que le importo.
Que le importa el bebé.
Que está aquí. Que de verdad está aquí.
Y yo me estoy enamorando más cada día.
Lo cual es un problema monumental considerando que no somos una pareja. Que no nos tocamos. Que no nos besamos. Que lo único que hacemos es existir en la misma casa como dos imanes que se atraen, pero se repelen constantemente.
Es una tortura.
Por eso, cuando llega el momento de decirle lo de las clases de preparación al parto, estoy tan nerviosa que apenas puedo tragar la cena que él ha preparado.
—Henry —digo finalmente, dejando el tenedor en el plato.
Levanta la vista hacia mí, masticando despacio.
—¿Sí?
—Me he apuntado a clases de preparación al parto.
Se queda completamente inmóvil. Con el tenedor a medio camino de su boca. Mirándome con una expresión que no puedo descifrar.
—¿Clases de preparación al parto? —repite, como si necesitase confirmar que ha oído bien.
—Sí. Empiezan la semana que viene. Son los jueves por la tarde en Livingston. Y pensaba que… bueno… si quieres… podrías venir conmigo.
Henry deja el tenedor en el plato con un cuidado casi cómico.
—¿Quieres que vaya?
Me pongo roja. Puedo sentir el calor subiéndome por el cuello hasta las mejillas.
—No es obligatorio —me apresuro a añadir—. Solo pensaba que igual te interesaba por lo que me dijiste de que quieres estar en todo lo del embarazo. Pero si tienes trabajo o si prefieres no estar.
—Sí.
—¿Sí?
—Sí, quiero —repite, y hay tanta urgencia en su voz que me sobresalta—. Quiero. Quiero todo de nuestro bebé, Ellie. Todo.
Se pasa una mano por el pelo, ese gesto nervioso que reconozco.
—Gracias. Por… por pensar en mí. Por querer que esté ahí.
Y entonces sonríe.
No es una sonrisa completa. Es apenas una curva en la comisura de sus labios. Pero es real. Genuina.
Y hace que tenga que hacer un esfuerzo sobrehumano para no derretirme en un charco de baba en medio de la cocina.
Dios.
No soporto que haga estas cosas.
No me quiero enamorar más de él.
Pero parece que mi corazón tiene otros planes.
La primera clase de preparación al parto es exactamente lo que esperaba y nada de lo que imaginaba al mismo tiempo.
Llegamos al centro comunitario de Livingston un jueves por la tarde, y hay otras cinco parejas esperando en la sala. Todas se ven felices. Emocionadas. Como si estar aquí fuese lo más natural del mundo.
Henry y yo nos sentamos en las colchonetas que han dispuesto en el suelo, manteniendo una distancia prudencial entre nosotros.
Como si tuviésemos miedo de tocarnos.
La instructora —una mujer de unos cuarenta años con pelo corto y sonrisa perpetua— se presenta como Linda y empieza a explicar lo que vamos a hacer durante las próximas semanas.
Luego nos da las instrucciones de la clase de hoy.
—Hoy vamos a trabajar posiciones de apoyo —dice con entusiasmo—. Es muy importante que la pareja sepa cómo sostener a la madre durante el parto. Así que papás, necesito que os coloquéis detrás de vuestras parejas.
Me tenso completamente.
Henry también.
Puedo sentir su mirada clavada en mi nuca, pero no me giro.
—Vamos —dice Linda, haciendo gestos para que nos movamos—. No tengáis vergüenza. Todos estamos aquí para lo mismo.
Henry se mueve detrás de mí con una lentitud casi dolorosa. Puedo sentir el calor de su cuerpo incluso antes de que me toque, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para seguir respirando.
—Muy bien —continúa Linda—. Ahora los papás van a rodear a las mamás con los brazos, apoyándolas contra su pecho. Necesitáis sostenerlas con firmeza pero sin apretar demasiado.
Henry no se mueve.
—Wellington —susurro—. Tienes que…
—Lo sé —dice con voz tensa.
Y entonces me rodea con los brazos.
El aire se me atasca en la garganta.
Sus brazos me envuelven, grandes y fuertes, tirando de mí hacia su pecho hasta que mi espalda queda pegada contra él. Puedo sentir cada músculo de su cuerpo presionando contra el mío. El calor que irradia atravesándome la camiseta. Su respiración contra mi pelo.
Y algo más.
Algo duro presionando contra mi espalda baja.
Se me escapa un jadeo involuntario.
Henry se queda completamente inmóvil.
—Joder —murmura contra mi oído, y su voz suena estrangulada—. Lo siento. Lo siento mucho.
—No… —empiezo, pero no sé cómo terminar esa frase.
Porque la verdad es que no quiero que se disculpe. La verdad es que saber que me desea —que su cuerpo reacciona a mí a pesar de todo— hace que algo dentro de mí se encienda como una cerilla.
—Perfecto —dice Linda, paseándose entre las parejas—. Así es como deberíais sostenerlas durante las contracciones. Firmes. Seguras. Dejándolas apoyarse en vosotros.
Henry no dice nada. Solo me sostiene con esos brazos que parecen capaces de soportar el mundo entero, y puedo sentir cómo le late el corazón contra mi espalda. Rápido. Descontrolado.
Como el mío.
—Respirad juntos —instruye Linda—. Inhalad. Exhalad. Encontrad vuestro ritmo.
Intento respirar. De verdad que lo intento.
Pero es imposible concentrarme en nada excepto en la sensación de Henry envolviéndome. En su olor —cedro, aire fresco, algo puramente masculino— llenando mis pulmones. En su dureza presionando contra mí de una forma que hace que se me tense algo bajo en el vientre.
—Lo siento —vuelve a susurrar contra mi oído, y hay tanta vergüenza en su voz que se me parte el corazón—. No puedo… no puedo controlarlo.
Me giro ligeramente, lo suficiente para mirarlo por encima del hombro.
—No te disculpes.
—Ellie.
—Pensaba que con esta tripa no era atractiva —suelto en voz baja, y las palabras salen antes de que pueda detenerlas—. Que estaba… no sé. Hinchada. Gorda. Poco sexy.
Henry suelta un sonido que es medio risa, medio gruñido.
—¿Poco sexy? —repite, y su voz ha bajado hasta convertirse en algo oscuro—. Joder, Ellie. Muy a mi pesar, estás jodidamente follable. Nunca he visto a una mujer más sexy que tú. Y precisamente ahora…
Se detiene, apretando los brazos alrededor de mí.
—Ahora estás tan buena que me paso todo el día duro.
El calor me explota en las mejillas.
—Henry.
—¡Muy bien, parejas! —la voz de Linda corta a través de la tensión como un cuchillo—. Vamos a cambiar de posición. Ahora las mamás se van a apoyar de lado…
Henry me suelta tan rápido que casi me caigo. Se aparta, poniéndose de pie con movimientos bruscos, y puedo ver cómo se ajusta discretamente los pantalones.
No hablamos durante el resto de la clase.
No nos miramos.
Pero puedo sentir su presencia como un peso constante. Una atracción magnética que tira de mí sin importar cuánto intente resistirme.
Y cuando finalmente salimos del centro comunitario, cuando subimos a su camioneta y conducimos de vuelta a casa en un silencio tan cargado que podría cortarse con cuchillo, me doy cuenta de algo.
La convivencia entre nosotros se está volviendo cada vez más complicada.
Cada vez más peligrosa.
Porque hay un límite a cuánto puede aguantar una persona antes de romperse.
Y creo que los dos estamos muy cerca de ese límite.