Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

HENRY

No he dormido en cuatro días.

Han pasado cuatro días desde que Ellie me vio sin la prótesis. Cuatro días desde que le grité como un cabrón. Cuatro días evitándola como si fuese la peste porque no sé cómo mirarla a la cara después de haberme comportado como un monstruo.

Que es exactamente lo que pensaba que ella vería cuando descubriese la verdad.

A un monstruo.

Pero la expresión en su cara aquella noche no era de asco. No era de lástima. Era de… sorpresa. De preocupación, quizás. De algo que no supe identificar antes de perder la cabeza completamente.

Y ahora llevo cuatro días saliendo de casa antes de que se despierte y volviendo cuando ya se ha metido en su habitación. Cuatro días comportándome como un cobarde que no puede enfrentarse a las consecuencias de sus propios actos.

Ella no tiene la culpa de que me falte un trozo de pierna.

Ella no tiene la culpa de que uno de mis mayores miedos fuese que me viese así. Vulnerable. Roto. Menos que un hombre completo.

Y desde luego no tiene la culpa de que yo reaccionase como un gilipollas integral.

Iba a pasar tarde o temprano. Vivimos bajo el mismo techo. Vamos a tener un hijo juntos. ¿De verdad pensaba que podría ocultarlo para siempre?

Me paso las manos por la cara, sintiendo el cansancio acumulado en cada músculo de mi cuerpo.

Si no arreglo esto —si no lo arreglo pero ya— voy a perderla.

Y eso no es una opción.

Por eso he llamado a Marcus esta mañana y le he dicho que me tomo el día libre. Por primera vez en años. Porque hay cosas más importantes que el trabajo.

Como la mujer que lleva a mi hijo dentro.

Como demostrarle que puedo ser mejor que esto.

Son las nueve de la mañana cuando entro en la cocina. Ellie ya está ahí, sentada en la mesa con una taza de café descafeinado entre las manos, mirando por la ventana hacia el bosque. Lleva el pelo recogido en un moño despeinado y una camisa que le queda enorme.

Está preciosa.

Y no me mira cuando entro.

—Buenos días —digo, y mi voz sale más ronca de lo que pretendía.

—Buenos días —responde sin girar la cabeza.

El silencio se instala entre nosotros como un muro de hormigón.

Joder. Esto va a ser más difícil de lo que pensaba.

Me sirvo café y me siento frente a ella. Ellie sigue sin mirarme.

—Ellie…

—Si vas a disculparte otra vez, no hace falta —me interrumpe, y su voz suena cansada—. Ya lo has hecho. Por mensaje. Tres veces.

—No iba a disculparme.

Eso hace que finalmente me mire.

—¿Ah, no?

—Bueno, sí. Pero no solo eso.

Bebe un sorbo de café, esperando.

Respiro hondo.

—He pensado que podríamos empezar a preparar la habitación del bebé —suelto—. Limpiarla. Decorarla. Ir adelantando todo para que más adelante podamos comprar la cuna y lo demás.

Ellie se queda completamente inmóvil, con la taza a medio camino de sus labios.

—¿Qué?

—La habitación del bebé —repito—. Está al final del pasillo. Ahora mismo es un trastero, pero podemos…

—Espera —me interrumpe, dejando la taza en la mesa con un golpe—. ¿Me estás proponiendo que preparemos la habitación del bebé? ¿Juntos?

—Sí.

—¿Tú y yo?

—No veo a nadie más aquí.

Ellie abre la boca. La cierra. La vuelve a abrir.

—Yo… sí —dice finalmente, y las palabras salen atropelladas, como si tuviese miedo de que me arrepienta—. Sí, me encantaría. Sí.

Algo en mi pecho se afloja.

Pensaba que iba a mandarme a la mierda.

—Bien. Voy a ducharme y a cambiarme. Avísame cuando estés lista y vamos a la ferretería a por pintura y lo que necesitemos.

Me levanto antes de que pueda arrepentirme de esta locura, pero me detengo en la puerta.

—Ellie.

—¿Sí?

—Gracias. Por no largarte. Por seguir aquí.

Y entonces me voy antes de que pueda decir algo más. Antes de que pueda ver cómo me está mirando.

Antes de que pueda hacer algo todavía más estúpido. Como besarla.

Una hora y media después estamos en la ferretería de Livingston —la de Sunset Valley es demasiado pequeña— y Ellie está de pie frente a un expositor de muestras de pintura con una expresión de concentración absoluta.

—¿Qué te parece este? —pregunta, señalando un tono rosa pastel.

—¿Y si es niño?

—Tienes razón —coge otra muestra, esta vez azul cielo—. ¿Este?

—¿Y si es niña?

Ellie se gira para mirarme con el ceño fruncido.

—Eres imposible de complacer, ¿lo sabías?

—Solo quiero que la habitación sea perfecta.

Algo se suaviza en su expresión.

—¿Y qué sugieres tú, entonces?

—Algo neutro —digo, acercándome al expositor—. Algo que funcione para niño o niña. Todavía no sabemos qué es.

Ellie examina las muestras con esa concentración que reconozco. Se muerde el labio inferior mientras compara colores, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para no quedarme mirando su boca.

—¿Este? —pregunta finalmente, enseñándome un tono crudo, cálido, casi beige pero con un toque dorado—. Es bonito. Y neutro.

—Es perfecto.

—¿En serio? ¿No vas a poner ninguna pega?

—Es perfecto —repito—. Pero tiene que ser pintura al agua. Sin tóxicos. Porque vas a estar respirando los vapores mientras pintamos.

Ellie me mira con una expresión que no puedo descifrar.

—Vale —dice en voz baja—. Pintura al agua.

Cogemos los botes necesarios —la dependienta calculó la cantidad exacta después de que le dijese las dimensiones de la habitación— y luego pasamos al pasillo de papeles decorativos.

—Mira esta —dice Ellie, emocionándose frente a una cenefa con animalitos del bosque dibujados de forma tierna—. Tiene ciervos, osos, zorros… Es preciosa.

—La quieres.

—La quiero —admite, acariciando el papel con los dedos—. Pero es cara.

—Me da igual —la interrumpo, cogiendo el rollo—. Si la quieres, nos la llevamos.

—Henry.

—Sin discusiones, Cameron. La cenefa se va al carro.

Veo cómo se le iluminan los ojos, y eso hace que todo —la falta de sueño, la incomodidad de los últimos días, el miedo constante— valga la pena.

De vuelta en la cabaña, pasamos la tarde preparando la habitación.

Primero sacamos todo lo que hay dentro —cajas viejas, herramientas, mierda acumulada durante años— y lo llevamos al garaje. Luego limpiamos el polvo, barremos, fregamos el suelo hasta que brilla.

Y entonces empezamos a pintar.

Ellie insiste en ayudar a pesar de que le he dicho mil veces que se siente y descanse. Pero es terca como una mula, así que al final cedo: ella pinta las partes bajas, yo las altas.

La veo de reojo mientras trabaja, con una concentración absoluta, con la lengua asomando ligeramente entre los labios, y tengo que obligarme a concentrarme en la pared.

—No pensaba que fueses a estar tan implicado —dice de repente, sin dejar de pintar.

Me quedo quieto.

—¿Perdona?

—En esto —hace un gesto vago con el pincel—. En el embarazo. En el bebé. Pensaba que… no sé. Que ibas a ser más distante.

Las palabras no suenan a crítica. Suenan a sorpresa. Como si de verdad no esperase que me importase tanto.

Y eso me jode.

Me jode porque significa que le he dado razones para pensar que no me importa. Que he sido tan imbécil, tan cerrado, que ella ha asumido que mi implicación sería mínima.

Dejo el pincel en el bote con más fuerza de la necesaria.

—Quiero estar presente en absolutamente todo lo que implique el embarazo —digo, y mi voz sale tensa—. En cada cita. En cada momento. En cada decisión.

—Henry, yo no quería…

—Puede que tú no quieras que seamos pareja —la interrumpo, girándome para mirarla—. Puede que para ti esto solo sea un arreglo de conveniencia. Dos personas criando a un hijo juntas sin nada más.

Me acerco a ella, y puedo ver cómo se le abren los ojos.

—Pero ese bebé es el regalo más grande que me ha dado la vida. Y voy a estar a la altura. Aunque tú pienses que no puedo. Aunque pienses que soy un inútil.

—Yo nunca he dicho eso.

—No hace falta que lo digas —suelto—. Lo veo en tus ojos cada vez que me miras. La duda. La pregunta de si voy a ser suficiente. Si voy a estar ahí de verdad o si voy a salir corriendo.

Salgo de la habitación antes de que pueda responderme.

Antes de que pueda ver cómo me tiemblan las manos.

Antes de que pueda darse cuenta de que lo que realmente me aterra no es que piense que no soy suficiente.

Es que tenga razón.

ELLIE

Me quedo ahí de pie, con el pincel todavía en la mano, mirando la puerta por donde Henry acaba de salir como un huracán.

¿Qué acaba de pasar?

Repaso sus palabras en mi cabeza, intentando entenderlas.

Puede que tú no quieras que seamos pareja.

Espera.

¿Ha dicho que yo no quiero?

¿Eso significa que él… sí querría?

No.

No puede ser.

Tiene que ser solo por el bebé. Porque vamos a ser padres y piensa que lo correcto es estar juntos. Por obligación. Por responsabilidad.

No porque sienta algo por mí.

¿Verdad?

Me siento en el suelo, sin importarme que esté cubierto de plástico protector, y me llevo las manos a la cara.

No entiendo a Henry Wellington.

No entiendo sus cambios de humor. Sus momentos de ternura seguidos de frialdad absoluta. Sus gestos que me derriten —el café, las notas, apretar mi mano en la consulta— seguidos de silencios que me congelan.

No entiendo qué quiere de mí.

Y lo peor de todo es que mi estúpido corazón ya ha decidido.

Ya ha elegido.

Se ha enamorado de un hombre tan herido, tan roto, tan imposible que va a acabar destrozándome.

Y no puedo hacer nada para detenerlo.

Porque ya es demasiado tarde.