CAPÍTULO 17
ELLIE
Han pasado tres días desde la cita con la matrona.
Tres días en los que Henry y yo hemos bailado alrededor del elefante en la habitación con una habilidad que merecería un premio.
No hablamos del beso.
No lo mencionamos. No lo analizamos. No reconocemos ni siquiera que pasó.
Simplemente… seguimos adelante.
Desayunamos juntos en silencio. Cenamos compartiendo las noticias del día como dos compañeros de piso educados. Nos cruzamos en el pasillo y nos saludamos con gestos de cabeza.
Como si no me hubiese besado en medio de una consulta médica con una pasión que todavía siento quemándome los labios cada vez que lo recuerdo.
Como si yo no le hubiese devuelto ese beso con cada gramo de mi ser.
Como si ese momento no hubiese significado absolutamente nada.
Y quizás no significó nada para él.
Quizás solo fue la emoción del momento. El subidón de escuchar el latido del corazón de su hijo por primera vez. Una reacción instintiva que no tiene nada que ver conmigo y todo que ver con el bebé.
Lo cual está bien.
Perfectamente bien.
No me importa en absoluto.
Mentira.
Me importa tanto que me está volviendo loca.
Son las diez de la noche y estoy en mi habitación, intentando relajarme, cuando me doy cuenta de que el mando del televisor se ha quedado sin pilas. He estado pulsando botones durante cinco minutos como una idiota antes de aceptar la derrota.
Me levanto de la cama y salgo al pasillo, descalza y en pijama —unos pantalones de algodón y una camiseta vieja que ya me está quedando pequeña por el pecho—, y me dirijo hacia la habitación de Henry.
La puerta está entreabierta.
Hay luz dentro.
Levanto la mano para llamar, pero entonces lo veo.
Y el mundo se detiene.
Henry está de pie junto a la cama, de espaldas a la puerta, poniéndose el pantalón del pijama.
Y hay algo extraño.
Algo que mi cerebro tarda un segundo en procesar.
Está apoyándose contra el borde de la cama de una forma rara, con todo el peso en una sola pierna. La izquierda está plantada firmemente en el suelo, completa, musculosa.
Pero la derecha…
La derecha no está ahí.
No está.
Termina justo debajo de la rodilla, envuelta en gasa blanca, y puedo ver cómo todo su cuerpo se inclina ligeramente hacia la izquierda para compensar el equilibrio mientras se sube el pantalón.
Le falta un trozo de pierna.
A Henry le falta un trozo de pierna.
Se me escapa un jadeo antes de que pueda detenerlo.
Un sonido pequeño, casi imperceptible.
Pero Henry lo oye.
Se gira tan rápido que pierde el equilibrio, y tengo que ahogar otro jadeo cuando lo veo tambalearse. Se agarra al poste de la cama con una mano, recuperando la estabilidad, y me mira con una expresión que nunca había visto en su cara.
Furia.
Pura, ardiente, devastadora.
Pero hay algo más debajo. Algo que reconozco porque lo he sentido demasiadas veces en mi propia piel.
Vergüenza.
—¿Qué coño haces aquí? —su voz sale como un gruñido, bajo y peligroso.
—Yo… lo siento —tartamudeo, dando un paso atrás—. La puerta estaba abierta y yo…
—¿Y has pensado que era buena idea quedarte mirando?
—No he… Estaba en el pasillo y…
—¡Estabas espiándome! —explota, y el volumen de su voz hace que me encoja—. ¿Qué pasa, Cameron? ¿Querías ver al monstruo? ¿Querías confirmar que el padre de tu hijo es un puto inválido?
Las palabras me golpean como bofetadas.
—Henry, no…
—Lárgate —me interrumpe, señalándome con un dedo tembloroso—. Vete de aquí. Ahora.
—No eres un monstruo…
—¡He dicho que te largues!
El grito resuena por toda la cabaña, tan lleno de dolor y rabia que me quedo paralizada.
Nos miramos durante un segundo eterno. Puedo ver cómo le late un músculo en la mandíbula. Cómo tiene los puños apretados a los lados. Cómo su pecho sube y baja con respiraciones agitadas que suenan demasiado rápidas.
Y puedo ver algo más.
Puede ver el miedo en sus ojos.
Miedo de que lo vea como algo menos. Como algo roto. Como algo que no merece ser amado.
—Henry —empiezo, dando un paso hacia él.
—No —me corta, levantando una mano—. No te acerques. No me mires así. No me tengas pena.
—No te tengo pena.
—Mentira —suelta una risa amarga—. Puedo verlo en tus ojos. La lástima. El asco. La decepción de descubrir que el padre de tu hijo es un…
—Para —lo interrumpo, y mi voz sale más firme de lo que me siento—. Para ahora mismo.
—¿Por qué? ¿Porque la verdad duele? Pues acostúmbrate, princesa. Porque esto es lo que hay. Esto es lo que soy. Un hombre roto que…
—No eres un hombre roto —exploto—. Eres un hombre que sobrevivió a algo horrible. Hay una diferencia.
—No la hay.
—Sí la hay —insisto, dando otro paso hacia él a pesar de que me está mirando como si quisiera que desapareciese—. Y si no puedes verla, es tu problema. No el mío.
Henry aprieta la mandíbula con tanta fuerza que puedo oír cómo le crujen los dientes.
—Sal de mi habitación.
—Henry…
—¡Sal! —grita, y hay tanta desesperación en su voz que me duele escucharla—. Por favor. Solo vete.
Y es ese «por favor» lo que me rompe.
Porque no es una orden. Es una súplica.
Una súplica de un hombre que está tan avergonzado, tan expuesto, que lo único que quiere es que deje de mirarlo.
Así que hago lo único que puedo hacer.
Retrocedo hacia el pasillo, sin apartar los ojos de él, y cierro la puerta despacio.
Me quedo ahí de pie en el pasillo oscuro, con el corazón latiéndome tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos, y las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas.
No por lo que he visto.
Sino por el dolor en su voz.
Por la vergüenza en sus ojos.
Por el miedo de que yo lo vea como algo menos cuando la verdad es que lo único que veo es a un hombre que ha sobrevivido a algo que habría destruido a cualquier otro.
Un hombre fuerte.
Un hombre valiente.
Un hombre al que amo.
Y esa afirmación me golpea con tanta fuerza que tengo que apoyarme contra la pared.
Estoy enamorada de Henry Wellington.
Completamente, irremediablemente, estúpidamente enamorada.
Y él piensa que lo veo como un monstruo.
Mierda.
Vuelvo a mi habitación con piernas que apenas me sostienen y me meto en la cama, pero no duermo.
No puedo dormir.
Solo puedo pensar en la expresión de su cara. En cómo se tambalea sin la prótesis. En cómo ha gritado con una desesperación que me ha atravesado el pecho como una bala.
Y en cómo voy a arreglar esto.
Porque tengo que arreglarlo.
De alguna forma.
Aunque no tenga ni idea de cómo.