CAPÍTULO 16
ELLIE
Me despierto con el olor a café recién hecho.
Durante un segundo —ese momento confuso entre el sueño y la vigilia— no sé dónde estoy. Luego la realidad se asienta: estoy en la cabaña de Henry Wellington. En mi habitación. En la cama más cómoda en la que he dormido en meses.
Y alguien ha hecho café.
Me incorporo, frotándome los ojos, y miro el reloj de la mesita de noche. Son las ocho y media de la mañana. He dormido casi diez horas seguidas, algo que no me pasaba desde… no sé ni desde cuándo.
Me pongo una sudadera sobre el pijama y salgo de la habitación descalza, siguiendo el aroma a café que me llama como un canto de sirena.
La cocina está vacía.
Pero la cafetera está encendida, manteniéndolo caliente, y hay una taza limpia junto a ella. Y al lado de la taza, una nota escrita con letra masculina y un poco descuidada.
Me acerco y la cojo con dedos que tiemblan ligeramente.
He ido a trabajar. El café está hecho. Es descafeinado ya que no puedes tomar café normal.
Hay galletas en el armario del centro. Esta tarde cuando salga iré al supermercado.
Dime qué te gusta desayunar y lo compro.
Espero que no sean esos cereales azucarados porque no creo que sean buenos para el bebé.
H.
Me quedo ahí de pie, con la nota entre las manos, y algo en mi pecho se aprieta con tanta fuerza que me cuesta respirar.
Es un gesto tan pequeño. Tan simple. Café y una nota.
Pero nadie ha hecho algo así por mí nunca.
Nadie se ha preocupado de que tuviese café esperándome al despertar. Nadie se ha preocupado de preguntarme qué me gusta desayunar. Y desde luego nadie se ha preocupado por lo que es bueno o no para mi bebé.
Nuestro bebé.
Me llevo una mano al vientre, todavía plano, donde no hay nada que ver todavía. Pero está ahí. Creciendo. Una vida diminuta que Henry ya está protegiendo sin haberla conocido siquiera.
Y eso hace que algo dentro de mí se derrita completamente.
Me sirvo una taza de café y abro el armario del centro. Ahí están las galletas. De mantequilla. Las caras. Las que cuestan el triple que las normales pero que saben a gloria.
Me como tres seguidas, de pie en la cocina, con la nota todavía en la mano.
Y tomo una decisión.
Otra decisión impulsiva, porque parece que así es como funciono con Henry Wellington. Por impulsos. Sin pensar. Haciendo cosas que normalmente nunca haría.
Como mudarme a su casa.
Como fijarme en un hombre que nunca va a corresponderme.
Como lo que estoy a punto de hacer ahora.
Hoy tengo mi primera cita con la matrona del condado. Es en Livingston, a casi una hora de aquí, porque Sunset Valley es demasiado pequeño para tener ese tipo de servicios. La cita es a las once. Lo cual me da tiempo suficiente para ducharme, vestirme, conducir hasta allí…
Y pasar por la caseta de guardabosques de camino.
Para decírselo a Henry.
Por si quiere venir.
El corazón me late tan fuerte mientras conduzco que estoy segura de que va a salirse de mi pecho.
Mis manos sudan contra el volante. Y tengo que repetirme una y otra vez que esto no es gran cosa.
Que solo estoy siendo educada. Que es el padre del bebé y tiene derecho a estar en las citas médicas si quiere.
Que no tiene nada que ver con el hecho de que una parte de mí —una parte enorme, aterradora— quiere desesperadamente que venga. Que esté ahí. Que vea a nuestro bebé en una pantalla por primera vez.
Que no va a importarme si no quiere o le parece una tontería.
Lo que no es cierto.
Aparco junto a la caseta y salgo antes de poder arrepentirme.
Henry está de pie junto a la puerta, hablando por radio con alguien. Lleva el uniforme de guardabosques —pantalones verdes oscuros, camisa del mismo color con el logo del servicio de parques— y tiene el ceño fruncido en esa expresión concentrada que reconozco.
Cuando me ve, se queda completamente inmóvil.
Dice algo por la radio —no lo oigo— y luego se la engancha al cinturón y baja las escaleras del porche.
—¿Ellie? —pregunta, y hay preocupación en su voz—. ¿Estás bien? ¿Le pasa algo al bebé?
—No, no. Todo está bien —me apresuro a decir—. Solo… he venido a decirte algo.
Se acerca más, y puedo ver cómo se le tensan los hombros.
—¿Qué pasa?
—Hoy tengo cita con la matrona —suelto de golpe—.
En Livingston. A las once. Es la primera revisión.
Y pensaba que… quizás… si querías… podrías venir.
No tienes que hacerlo. Es solo que mencionaste que querías estar en todo lo del embarazo y pensé que igual te interesaba pero si no puedes o no quieres no pasa nada porque sé que tienes trabajo y…
—Sí.
Me quedo con la boca abierta.
—¿Sí?
—Sí, quiero ir —repite, y hay algo en su expresión —¿emoción?, ¿alegría?— que nunca había visto antes—. Joder, Ellie, claro que quiero ir.
Se saca el móvil del bolsillo y marca un número sin apartar los ojos de mí.
—¿Marcus? —dice cuando alguien responde—. Necesito que me cubras esta mañana. Sí, ahora. No, no puedo esperar. Es importante. Muy importante.
Hay una pausa mientras la persona al otro lado habla.
—Mi… la madre de mi hijo tiene cita médica —dice, y las palabras salen con una intensidad que hace que se me cierre la garganta—. Es la primera revisión. Voy a estar ahí. Gracias, tío. Te debo una.
Cuelga y me mira.
—¿A qué hora has dicho?
—A las once.
—Perfecto. Tenemos tiempo de sobra. Ahora vuelvo.
Se mete en la caseta y sale poco después sin el uniforme. Se ha puesto unos vaqueros oscuros y una camisa de franela que hace que parezca salido de un anuncio de colonia cara.
—¿Vamos en tu coche o en el mío? —pregunta.
—Yo… no sé. En el que prefieras.
—En el mío. Conozco mejor las carreteras. Luego venimos aquí y recogemos el tuyo.
No discuto. Solo lo sigo hasta su camioneta y me subo al asiento del copiloto.
Y durante todo el trayecto hasta Livingston, no puedo dejar de pensar en cómo ha reaccionado. En la emoción genuina en su voz. En cómo ha llamado a su compañero sin dudarlo ni un segundo.
En cómo me ha llamado la madre de su hijo con un orgullo que me ha atravesado el pecho como una flecha.
Quizás Dorothy tenía razón.
Quizás Henry sí siente algo.
Aunque sea solo por el bebé.
La consulta de la matrona está en el segundo piso de un edificio de ladrillo rojo en el centro de Livingston.
Llegamos con veinte minutos de adelanto, y ahora estamos sentados en la sala de espera, rodeados de otras parejas embarazadas que nos miran con curiosidad mal disimulada.
Probablemente porque Henry está sentado tan rígido en su silla que parece que le hayan metido una barra de hierro por la columna. Y porque no para de tamborilear los dedos contra su muslo en un ritmo nervioso que me está volviendo loca.
—¿Estás bien? —pregunto en voz baja.
—Perfectamente —responde sin mirarme.
—Porque pareces a punto de vomitar.
—No voy a vomitar.
—¿Seguro?
—Seguro.
Pero sigue tamborileando con los dedos.
Le pongo la mano sobre la suya, deteniéndolo, y Henry se queda completamente inmóvil. Me mira entonces, y hay algo en sus ojos verdes que hace que se me olvide cómo respirar.
—Gracias —dice en voz baja—. Por invitarme. Por dejarme estar aquí.
—Es tu bebé también.
—Lo sé. Pero… gracias de todas formas.
—¿Ellie Cameron? —la voz de una enfermera rompe el momento.
Nos levantamos al mismo tiempo, y cuando echo a andar hacia la puerta, Henry me pone la mano en la espalda. No me empuja. No me guía. Solo… está ahí.
La sala de exploración es pequeña, con una camilla en el centro y un ecógrafo junto a ella. La matrona —una mujer de unos cincuenta años con pelo gris y sonrisa amable— nos recibe con calidez.
—Hola, Ellie. Soy Margaret —dice, estrechándome la mano—. Y tú debes ser el papá.
—Si. Soy Henry —dice él, y puedo oír el orgullo en su voz cuando añade—. Henry Wellington.
—Encantada de conoceros a los dos —Margaret señala la camilla—. Ellie, túmbate aquí, por favor. Vamos a echar un vistazo a ese bebé.
Me tumbo en la camilla, y el papel cruje bajo mi espalda. Henry se queda de pie junto a la puerta, como si no supiese dónde colocarse.
—Puedes acercarte —dice Margaret con una sonrisa—. No muerdo.
Henry se acerca lentamente y se coloca junto a la camilla, pero mantiene las manos metidas en los bolsillos.
—Muy bien —dice Margaret—. Voy a necesitar que te subas la camiseta y te bajes un poco los pantalones. El gel va a estar frío, lo siento.
Hago lo que me pide, y cuando el gel toca mi piel, el frío me arranca un jadeo involuntario.
Y entonces siento una mano cerrarse alrededor de la mía.
Levanto la vista y Henry está ahí, mirándome con una intensidad que hace que se me pare el corazón. Ha sacado la mano del bolsillo y me la ha dado sin que yo se la pidiese.
Le aprieto los dedos, y él me devuelve el apretón.
Margaret empieza a mover el transductor por mi vientre, mirando la pantalla con expresión concentrada. El sonido del ecógrafo llena la sala —un zumbido bajo, constante— y yo no puedo apartar los ojos de la pantalla.
Al principio no veo nada. Solo formas grises y negras que no significan nada.
Y entonces Margaret sonríe.
—Ahí está —dice, señalando la pantalla—. ¿Lo veis?
Y lo veo.
Es diminuto. Tan pequeño que apenas puedo distinguir la forma. Pero está ahí. Una mancha blanca con forma de judía en medio de toda esa oscuridad.
Mi bebé.
Nuestro bebé.
—Oh Dios —susurro, y las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas.
La mano de Henry aprieta la mía con tanta fuerza que casi me duele.
—¿Ese es…? —su voz suena estrangulada.
—Ese es vuestro bebé —confirma Margaret—. Y ahora vamos a escuchar el latido del corazón.
Toca algo en el ecógrafo, y de repente la sala se llena de un sonido.
Thump-thump-thump-thump-thump.
Rápido. Fuerte. Constante.
El latido del corazón de nuestro bebé.
Y entonces todo desaparece.
No hay sala. No hay matrona. No hay nada excepto ese sonido y la mano de Henry apretando la mía y el calor que me sube por el pecho hasta la garganta.
Me giro hacia Henry sin pensar que se ha inclinado para estar a mi altura, y él se gira hacia mí al mismo tiempo.
Y no sé quién se mueve primero. Quizás sea yo. Quizás sea él. Quizás seamos los dos.
Pero de repente su boca está sobre la mía y estamos besándonos con una intensidad que no tiene nada que ver con el deseo y todo que ver con esto. Con este momento. Con ese latido que llena el aire como una promesa.
Es un beso lleno de felicidad pura. De asombro. De algo tan grande que no cabe en palabras.
Henry me besa como si fuese lo más importante del mundo. Como si este momento —este instante perfecto— fuese todo lo que necesita para respirar.
Y yo le devuelvo el beso con todo lo que tengo.
—Ejem.
El carraspeo de Margaret nos separa como si nos hubiesen echado agua fría.
Me aparto de Henry tan rápido que casi me caigo de la camilla, y puedo sentir cómo el calor me sube por el cuello hasta las mejillas.
—Lo siento —murmuro.
Margaret sonríe con una expresión que dice «he visto esto mil veces.»
—No os disculpéis. Me encantan los padres primerizos. Siempre son los más emocionados. Con el siguiente todo será menos intenso.
Henry está completamente rojo. Tiene las orejas del color de un tomate maduro y no me mira.
Nos hemos soltado las manos.
Margaret vuelve su atención a la pantalla, ignorando diplomáticamente lo que acaba de pasar, y continúa con la exploración.
—Todo se ve perfecto —dice después de unos minutos—. El bebé mide exactamente lo que debería medir para las semanas que llevas. El latido es fuerte y constante. No veo ninguna complicación.
Las palabras me golpean con un alivio tan intenso que me marean.
—¿Está bien? —consigo preguntar—. ¿De verdad está bien?
—Está perfectamente —confirma Margaret con una sonrisa—. Tienes un bebé muy sano ahí dentro.
Y entonces siento algo.
Una mano deslizándose en la mía otra vez.
Miro hacia el lateral y ahí está Henry, con los dedos entrelazados con los míos, apretándolos con una fuerza que me dice todo lo que no puede decir con palabras.
Levanto la vista hacia él, y lo que veo en su cara me parte el corazón.
Tiene los ojos brillantes. Húmedos. Como si estuviese a punto de llorar, pero estuviera conteniéndose con toda su fuerza.
Y está mirando la pantalla como si acabase de ver algo sagrado.
—Voy a imprimiros unas fotos —dice Margaret, levantándose—. Podéis llevároslas a casa.
Sale de la sala, dejándonos solos con el sonido del latido todavía llenando el aire.
Henry no me suelta la mano.
Yo no suelto la suya.
Nos quedamos ahí, mirándonos, con ese sonido rítmico conectándonos de una forma que va más allá de las palabras.
—Gracias —dice finalmente, y su voz sale rota—. Por dejarme estar aquí. Por esto.
—Es tu bebé también —repito, porque no sé qué más decir.
—No hay nada mejor que esta sensación.
Margaret vuelve con las fotos impresas y nos las entrega con otra sonrisa.
—Enhorabuena a los dos. La próxima cita es en cuatro semanas. Pasad por recepción para agendar la fecha.
Salimos de la consulta todavía dados de la mano, y no nos la soltamos hasta que llegamos al coche.
Y mientras Henry conduce de vuelta a Sunset Valley, con las fotos del bebé en mi regazo y ese latido todavía resonando en mis oídos, me doy cuenta de algo que me aterra.
He hecho bien en invitarlo.
Más que bien.
Ha sido perfecto.
Y eso significa que estoy mucho más jodida de lo que pensaba.
Porque cada gesto de Henry me está arrastrando más profundo hacia algo de lo que no sé si voy a poder salir.
Algo que se parece peligrosamente al amor.