Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

ELLIE

La cabaña de Henry Wellington está escondida entre los pinos, a casi diez minutos del camino principal, rodeada de árboles tan altos que bloquean la mayor parte del sol.

Es de madera oscura, con un porche que rodea todo el perímetro y ventanas grandes que reflejan el bosque.

El humo sale de la chimenea, dibujando espirales grises contra el cielo de noviembre.

Es hermosa de una forma salvaje. Aislada. Solitaria.

Como su dueño.

Aparco el coche junto a su camioneta negra y me quedo sentada un momento, con las manos aferradas al volante, intentando convencerme de que esto no es un error monumental.

He metido toda mi vida en el maletero y en el asiento trasero. Tres maletas, dos cajas de libros, una bolsa con productos de baño, y la colección de piedras que he estado guardando desde que llegué a Montana. No es mucho. Toda mi existencia reducida a lo que cabe en un coche.

Patético.

La puerta de la cabaña se abre antes de que pueda salir, y Henry aparece en el porche. Lleva vaqueros oscuros y una camiseta térmica gris que se pega a su torso de una forma que debería ser ilegal, y el pelo despeinado como si se hubiese pasado las manos por él demasiadas veces.

Está guapísimo.

Dios. Cómo odio que me atraiga tanto.

Salgo del coche antes de que pueda seguir pensando en lo bueno que está, y me obligo a sonreír.

—Hola.

—Hola —responde, bajando las escaleras del porche con una cojera sutil que ahora noto que está ahí—. Has venido sola.

—Te dije que no necesitaba ayuda.

—Y yo te dije que podía ir a recogerte.

—Y yo te ignoré.

Henry aprieta la mandíbula, pero no dice nada. Solo se acerca al maletero y lo abre antes de que pueda detenerlo.

—¿Esto es todo?

—Sí.

Me mira con una expresión que no puedo descifrar.

—Has vivido en Los Ángeles durante años. ¿Y esto es todo lo que tienes?

—El resto está en un almacén.

Henry coge la maleta más grande como si no pesase nada y la saca del maletero.

—Yo me encargo de esto. Tú entra y caliéntate.

—Puedo llevar mis propias cosas.

—Entra, Cameron —me interrumpe, y hay algo en su voz que no admite réplica—. Hace frío y llevas una sudadera ridículamente fina para estar en Montana en noviembre.

Coge la segunda maleta.

—Entra. Ya.

Debería discutir. Debería insistir en que puedo llevar mis propias cosas. Debería hacer valer mi independencia.

Pero hace un frío del demonio, y la verdad es que la sudadera no es suficientemente abrigada.

Así que subo las escaleras del porche y entro en la cabaña.

Y me quedo sin aliento.

El interior es acogedor. Esa es la única palabra que se me ocurre.

Toda la pared del fondo es de cristal, con vistas al bosque que se extiende hasta donde alcanza la vista.

Hay una chimenea de piedra en el centro, con un fuego crepitando que llena el espacio de calor.

Un sofá de cuero marrón desgastado frente a la chimenea.

Una cocina abierta con encimeras de madera y electrodomésticos que parecen de otra época, pero que están impecables.

Una mesa de comedor que claramente ha sido hecha a mano. Estanterías llenas de libros.

Es masculino. Rústico. Y sorprendentemente limpio para ser la guarida de un ermitaño.

—¿Te gusta?

La voz de Henry detrás de mí me sobresalta. No lo he oído entrar.

—Es preciosa —admito—. No esperaba…

—¿Qué no esperabas? ¿Que un hombre que vive solo en el bosque tuviese muebles? ¿Electricidad? ¿Agua corriente?

—No seas idiota —replico, girándome para mirarlo—. Solo que… es más bonita de lo que imaginaba.

Algo se suaviza en su expresión.

—Gracias. Supongo.

Se acerca a una puerta al final del pasillo y la abre.

—Esta es tu habitación.

Lo sigo, y cuando entro en la habitación me quedo completamente quieta.

Es perfecta.

Hay una cama de matrimonio con un edredón blanco que parece increíblemente mullido. Mesitas de noche de madera a ambos lados. Una cómoda alta contra la pared. Una ventana enorme que da al bosque. Y en el rincón, un sillón de lectura con una lámpara.

—Tiene baño propio —dice Henry, señalando otra puerta—. Y he puesto un cerrojo en la puerta principal. Como pediste.

Me acerco a la ventana, mirando los pinos que se mecen con el viento.

—Es preciosa —susurro—. Gracias.

—No tienes que agradecerme nada. Es tu casa ahora.

Las palabras me golpean con más fuerza de lo que debería.

Tu casa.

No he tenido una casa de verdad nunca. He vivido en apartamentos, en habitaciones de hotel e incluso en una mansión. Pero nunca he tenido algo que sintiese como un hogar.

Y esta habitación…

Esta habitación se siente como un hogar.

—Voy a traer el resto de tus cosas —dice Henry, y hay algo incómodo en su voz, como si no supiese qué hacer con mi silencio.

—Puedo ayudar.

—No.

—Henry…

—He dicho que no —se gira para mirarme, y hay algo feroz en su expresión—. Sé que quieres ser independiente. Sé que no quieres que te trate como si fueses de cristal. Pero joder, Ellie, déjame hacer esto. Déjame sacar tus putas maletas del coche sin que tengamos que discutir al respecto.

Abro la boca para protestar, pero algo en sus ojos me detiene.

—Vale —digo finalmente—. Vale. Tú ganas.

Henry asiente, y entonces sale de la habitación antes de que pueda decir nada más.

Me quedo ahí de pie, escuchando sus pasos pesados bajando las escaleras del porche, y me doy cuenta de algo.

Voy a tener un problema muy gordo viviendo aquí.

Porque Henry Wellington en pequeñas dosis ya era suficientemente peligroso. Henry Wellington siendo amable —a su manera gruñona y dominante— es devastador.

Y ahora voy a tener que verlo todos los días. Desayunar con él. Cenar con él. Compartir espacio con él.

Sin poder tocarlo.

Sin poder besarlo.

Sin poder hacer nada excepto fingir que no me afecta tenerlo tan cerca.

Esto va a ser una tortura.

Me acerco a la cama y me siento en el borde, probando el colchón. Es firme pero cómodo. Perfecto.

Henry vuelve a entrar con la última caja, y la deja junto a la puerta con cuidado.

—Ya está todo —dice, y puedo ver que está respirando un poco más rápido de lo normal—. Si necesitas algo más, dime.

—Gracias. De verdad.

Nos quedamos ahí, mirándonos, con el silencio creciendo entre nosotros de esa forma que ya reconozco. Cargado. Tenso. Lleno de cosas que no estamos diciendo.

—Bueno —dice finalmente—. Te dejo para que te instales. La cena estará lista en un par de horas.

—¿Vas a cocinar?

—¿Pensabas que íbamos a comer latas todas las noches?

—Un poco sí.

Henry suelta algo que casi suena a una risa.

—Sé cocinar, Cameron. No soy un salvaje.

—Podría haberlo jurado.

Esta vez sí se ríe. Es un sonido breve, áspero, como si estuviese oxidado por falta de uso. Pero es real.

Y hace que algo en mi pecho se apriete dolorosamente.

—Instálate —repite—. Y luego sal. Podemos hablar de cómo vamos a organizarnos.

Sale de la habitación y cierra la puerta detrás de él, dejándome sola con mis cajas y mis pensamientos caóticos.

Me levanto y empiezo a deshacer las maletas, colgando ropa en el armario, colocando libros en la estantería que hay junto a la ventana, poniendo mis productos de baño en el baño que es sorprendentemente grande y limpio.

Y con cada cosa que coloco, me doy cuenta de algo.

Esto se siente bien.

Estar aquí. En esta habitación. En esta casa.

Con Henry.

Se siente como si, por primera vez en años, estuviese exactamente donde se supone que debo estar.

Y eso me aterra más que nada.

Porque ya sé lo que pasa cuando empiezo a sentirme cómoda en algún sitio. Cuando empiezo a creer que quizás, solo quizás, he encontrado un lugar donde pertenecer.

Se me arrebata.

Como siempre.

Pero cuando salgo de mi habitación una hora después y encuentro a Henry en la cocina, cortando verduras con movimientos precisos, con el pelo cayéndole sobre la frente y esa expresión concentrada que hace que se le frunza el ceño…

No puedo evitar pensar que quizás, solo quizás, esta vez pueda ser diferente.

Aunque me dé demasiado miedo creerlo.