CAPÍTULO 14
ELLIE
La caseta de guardabosques está en medio de la nada.
Literalmente en medio de la nada. He tenido que conducir durante veinte minutos por un camino de tierra que apenas merece ese nombre, esquivando baches y rezando para que mi coche no se quede atascado, hasta llegar a esta construcción de madera que parece sacada de un cuento.
Es pequeña. Rústica. Con un porche que rodea todo el perímetro y ventanas que reflejan el bosque que la envuelve por todos lados.
Y Henry está ahí.
Lo veo antes de que me vea él. Está de pie junto a un todoterreno del servicio de parques, con el uniforme de guardabosques que le queda ridículamente bien, hablando con otro hombre que no reconozco. Tiene un mapa desplegado sobre el capó y está señalando algo con el dedo.
Me quedo en el coche un momento, observándolo, intentando reunir el coraje para salir.
Porque lo que estoy a punto de hacer es una locura.
Una locura absoluta.
Pero me he pasado toda la noche despierta, dándole vueltas a las palabras de Dorothy, y he llegado a una conclusión: no puedo criar a este bebé en guerra constante con su padre.
No puedo pasar los próximos dieciocho años evitando a Henry, peleando con él, sintiendo esta tensión constante que me está destrozando por dentro.
Y si vivir con él es la única forma de intentar arreglar esto, entonces voy a hacerlo.
Aunque me aterrorice.
Aunque no tenga ni idea de cómo va a funcionar.
Y si una parte de mí lo hace porque quiere intentar ver si el Henry del que habla su madre está debajo de toda esa hostilidad, es solo porque soy más tonta de lo que creía.
Salgo del coche antes de que pueda arrepentirme. El otro hombre se despide de Henry con un gesto de cabeza y se mete en el todoterreno, dejándonos solos.
Henry me ve entonces.
Y se queda completamente inmóvil.
—Cameron —dice, y su voz suena extraña. Tensa—. ¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo.
Se pasa una mano por el pelo, un gesto que reconozco como nerviosismo, y asiente.
—Vale. Entra. Hace frío ahí fuera.
Lo sigo al interior de la caseta, y es exactamente lo que esperaba: funcional, ordenada, con mapas en las paredes y un escritorio lleno de papeles. Huele a café recién hecho y a esa mezcla de cedro y aire fresco que siempre lleva pegada a la piel.
—¿Quieres café? —pregunta, dirigiéndose hacia una cafetera que ha visto días mejores.
—No puedo tomar café con cafeína —digo automáticamente—. Por el bebé.
Henry se detiene en seco, y cuando se gira para mirarme, hay una intensidad en sus ojos que hace que se me acelere el pulso.
—Claro —dice en voz baja—. Lo siento. ¿Agua? ¿Té?
—No, gracias. Estoy bien así.
Nos quedamos ahí de pie, mirándonos, con el silencio creciendo entre nosotros como una entidad física.
—Acepto —suelto finalmente, porque si no lo digo rápido voy a perder el coraje.
Henry frunce el ceño.
—¿Aceptas qué?
—Vivir contigo. En tu cabaña. Acepto tu propuesta.
Veo el momento exacto en que mis palabras lo golpean. Cómo se le abren los ojos. Cómo se le acelera la respiración. Cómo algo se enciende en su expresión que hace que se me cierre el estómago.
—¿De verdad?
—De verdad —confirmo—. Pero tenemos que hablar de normas. De cómo va a funcionar esto.
—Vale —dice, y da un paso hacia mí—. Vale. Pon las normas que quieras.
—Primero —empiezo, levantando un dedo—. Voy a pagar alquiler. Voy a comprar la mitad de la comida y voy a ayudar con las tareas domésticas.
—De eso nada. No voy a permitir que me pagues nada.
—Henry, quiero hacerlo —lo interrumpo—. No voy a ser una carga. No voy a vivir de tu caridad, tengo mi propio dinero. Esto va a ser a medias en todo lo que se pueda.
Henry aprieta la mandíbula claramente nada de acuerdo con lo que propongo, pero asiente.
—Vale. ¿Qué más?
—Segundo —levanto otro dedo—. Voy a necesitar mi propio espacio. Mi propia habitación. Con puerta que cierre con llave.
—No iba a sugerir que durmiésemos en la misma habitación —dice, y hay algo en su tono que no puedo identificar.
—Bien. Porque no va a pasar.
—Entendido.
—Tercero —y este es el difícil, el que he estado ensayando toda la mañana—. No va a haber ninguna relación física entre nosotros. Lo que pasó en la fiesta… fue un error. No va a volver a pasar.
El silencio que sigue es tan tenso que podría romperse.
—¿Un error? —repite Henry, y su voz ha bajado hasta convertirse en algo peligroso.
—Sí. Un error. Yo estaba borracha y preocupada y nos dejamos llevar. Pero ahora vamos a ser compañeros de piso. Nada más. Dos personas que van a criar a un hijo juntas pero que no tienen ninguna otra relación.
—¿Y si yo no estoy de acuerdo con eso?
Se me para el corazón.
—¿Perdona?
—¿Y si yo no creo que fuese un error? —da otro paso hacia mí, acortando la distancia hasta que puedo oler su colonia, hasta que puedo ver las motas doradas en sus ojos verdes.
El aire se me atasca en la garganta.
—Henry…
—Pero tienes razón —me interrumpe, apartándose bruscamente—. Es mejor así. Sin complicaciones. Solo dos compañeros de piso criando a un hijo juntos.
Las palabras deberían aliviarme. Deberían hacer que respirase más fácil.
Pero lo único que siento es decepción.
—Bien —consigo decir—. Me alegro de que estemos de acuerdo.
—¿Algo más?
—Sí. Cuarto —me obligo a continuar—. No vas a tratarme como si fuese de cristal. No estoy enferma. Estoy embarazada. Hay una diferencia.
—Pero necesitas descansar.
—Necesito seguir con mi vida —lo interrumpo—. Y eso incluye hacer ejercicio moderado, trabajar, y no dejar que me trates como si fuese una inválida.
—No iba a tratarte como una inválida.
—Bien. Porque si lo haces, me largo. ¿Entendido?
Henry aprieta los puños a los lados, y puedo ver cómo le late un músculo en la mandíbula.
—Entendido. Veo que tienes muy claro todo lo que quieres. Joder, Cameron, eres la mujer más terca que he conocido en mi vida.
—Y tú eres el hombre más cabezota —replico—. Así que supongo que estamos empatados.
Nos miramos, y de repente hay algo en el aire que no estaba ahí hace un segundo. Algo eléctrico. Peligroso.
—¿Algo más? —pregunta con voz ronca.
—Quinto —y tengo que obligarme a mantener la voz firme—. No vamos a hablar de lo que pasó entre nosotros. No vamos a analizarlo. No vamos a intentar entenderlo. Simplemente vamos a dejarlo en el pasado y seguir adelante.
—¿Y si yo quiero hablar de ello?
—Pues mala suerte. Porque yo no quiero.
Henry suelta una risa amarga.
—Claro. Por supuesto que no quieres. Porque eso implicaría admitir que estuvo bien.
—No es verdad —miento, y las palabras me salen más duras de lo que pretendía—. Fue sexo. Buen sexo, vale. Pero solo sexo.
Veo cómo mis palabras lo golpean. Cómo algo en sus ojos se apaga.
—Vale —dice finalmente—. Solo sexo. Entendido.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez es diferente. Más pesado. Cargado de cosas que no estamos diciendo.
—¿Cuándo quieres mudarte? —pregunta finalmente.
—Este fin de semana. Si te parece bien.
—Me parece perfecto.
—Bien.
—Bien.
Nos quedamos ahí de pie, sin saber qué más decir, hasta que finalmente me obligo a moverme hacia la puerta.
—Ellie —dice cuando tengo la mano en el pomo.
Me detengo, pero no me giro.
—¿Sí?
—Gracias. Por darme esta oportunidad. Sé que no me la merezco.
Las palabras me atraviesan el pecho como una flecha.
—No lo hagas —digo en voz baja—. No te pongas humilde ahora. No cuando llevamos desde que nos conocemos peleando.
Me giro entonces, y lo que veo en su cara hace que se me olvide cómo respirar. Hay algo ahí —algo vulnerable, algo real— que nunca había visto antes.
—Voy a cuidar de ti —dice con voz firme—. De ti y del bebé. Te lo prometo.
—No necesito que cuides de mí.
—Lo sé. Pero voy a hacerlo de todas formas.
Y antes de que pueda responder, antes de que pueda procesar lo que acaba de decir, salgo por la puerta y camino hacia mi coche con el corazón latiéndome tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo desde ahí.
¿Qué coño acabo de hacer?
Acabo de aceptar mudarme con Henry Wellington. Con el hombre que me vuelve loca. Con el padre de mi hijo. Con el único hombre que ha conseguido hacerme sentir algo real en años.
Y vamos a tener que vivir juntos. Bajo el mismo techo. Compartiendo espacio.
Sin tocarnos.
Sin acostarnos juntos.
Sin nada excepto ser dos compañeros de piso criando a un hijo juntos.
Esto va a ser un desastre.
Un desastre absoluto.
Pero mientras conduzco de vuelta al pueblo, con el sol calentándome a través del parabrisas, no puedo evitar sentir algo que se parece peligrosamente a la esperanza.
Y quizás, solo quizás, hay más entre nosotros de lo que ninguno de los dos quiere admitir.
Aunque nos mate descubrirlo.