Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

ELLIE

Entro en casa de los Wellington con los ojos ardiendo de lágrimas que me niego a dejar caer delante de nadie más.

Ya he hecho suficiente el ridículo por hoy.

El comedor sigue lleno de voces —más suaves ahora, más controladas— y puedo oír a Sage intentando calmar a Dominic, a los niños preguntando si van a tener más primos.

No puedo volver ahí.

No puedo enfrentarme a todas esas miradas, a todas esas preguntas, a toda esa curiosidad que sé que voy a ver en sus caras.

Así que me dirijo hacia la cocina, buscando una salida. Cualquier salida.

Pero cuando cruzo la puerta, me encuentro con Dorothy Wellington de pie junto al fregadero, secándose las manos con un paño de cocina y mirándome con esos ojos que son exactamente iguales a los de Henry.

—Ellie —dice con voz suave—. Cariño.

Y ese «cariño» hace que se me quiebre algo por dentro.

Porque mi madre nunca me ha llamado así. Nunca me ha mirado con esa calidez, con esa aceptación incondicional que veo en el rostro de Dorothy. En esta mujer que ama a sus hijos con todo su ser. Ojalá algún día pueda ser como ella. Ojalá mi madre fuese como ella.

—Lo siento —consigo decir, y mi voz sale estrangulada—. No debería haber venido. No debería…

—Ven aquí —me interrumpe, abriendo los brazos.

Y antes de que pueda detenerme, antes de que pueda levantar las defensas que me han mantenido cuerda durante años, estoy cruzando la cocina y dejándome envolver por esos brazos que huelen a canela y a hogar.

Y entonces las lágrimas que he estado conteniendo finalmente caen.

Dorothy no dice nada. Solo me sostiene, acariciándome el pelo como imagino que hacen las madres de verdad, murmurando cosas sin sentido que de alguna forma lo arreglan todo.

Cuando finalmente consigo calmarme lo suficiente como para apartarme, ella me guía hasta una silla y se sienta frente a mí.

—Sé que mi hijo es un hombre muy difícil —dice, y hay tanto amor y tanta tristeza en su voz que se me vuelve a cerrar la garganta—. Llevo mucho tiempo intentando que vuelva a ser el hombre feliz y cariñoso que era antes del accidente. Pero no lo he logrado.

Me quedo completamente quieta.

—¿Accidente?

Dorothy se queda inmóvil también, y veo el momento exacto en que se da cuenta de que acaba de revelar algo que no debería.

—Oh —dice en voz baja—. No lo sabías.

—¿Qué accidente? —pregunto, y puedo sentir cómo se me acelera el pulso—. ¿Qué le pasó a Henry?

Dorothy suspira, pasándose una mano por la cara en un gesto que me recuerda tanto a su hijo que me duele.

—Hace tres años —empieza, eligiendo las palabras con cuidado—. Henry estaba trabajando como guardabosques. Patrullando con su compañero, Dylan. Tuvieron un encuentro con un oso. Un encuentro muy… grave.

Se me para el corazón.

—¿Qué pasó?

—Dylan murió —dice Dorothy, y las palabras caen como piedras—. Y Henry… Henry sobrevivió. Pero no salió ileso.

Las piezas empiezan a encajar en mi cabeza. Su cojera. La forma extraña en que se movía cuando me cogió en brazos en la fiesta. Cómo se tambaleó. Cómo parecía estar compensando algo.

—¿Está herido?

—Estoy segura de que cuando llegue el momento, él te lo contará —dice Dorothy con suavidad—.

No es mi historia para contar. Solo… necesitaba que supieses que mi hijo no siempre fue así.

No siempre fue tan cerrado, tan amargado.

Hubo un tiempo en que era el más cariñoso de todos mis hijos.

El que más se reía. El que llenaba esta casa de alegría.

Se le quiebra la voz en la última palabra.

—Y luego perdió a Dylan. Y perdió una parte de sí mismo ese día. Y llevo años viendo cómo se castiga por seguir con vida.

Las lágrimas me vuelven a quemar los ojos.

—Dorothy…

—Espero que le des una oportunidad —me interrumpe, cogiéndome las manos entre las suyas—. Sé que lo que ha hecho hoy ahí dentro ha sido una locura. Sé que probablemente estés furiosa con él. Y tienes todo el derecho de estarlo.

Me aprieta las manos.

—Pero, cariño, el hecho de que haya contado algo tan importante delante de toda la familia… eso significa que eres muy importante para él. Aunque no sea el más experto hablando de sentimientos. Aunque lo haga todo mal.

—Me odia —susurro.

—No —dice Dorothy con firmeza—. Te aseguro que no te odia. De hecho, creo que es justo lo contrario. Y eso lo aterra.

Me mira directamente a los ojos.

—Por cierto —añade, y una sonrisa suave se dibuja en su cara—. Para mí siempre has sido de la familia desde que pusiste un pie en mi casa. Pero estoy muy feliz de que ahora lo vayas a ser de sangre. Estoy deseando conocer a la preciosa nieta o nieto que me vais a dar.

Y eso es todo lo que necesito para romperme completamente.

Porque nunca he tenido esto. Nunca he tenido una madre que me mirase así. Que me aceptase así. Que me quisiera sin condiciones, sin expectativas, sin exigirme que sea perfecta.

—Lo siento —consigo decir, levantándome bruscamente—. Necesito un momento.

Dorothy asiente con comprensión.

—La habitación de invitados del piso de arriba está libre. Puedes descansar ahí todo el tiempo que necesites.

Subo las escaleras casi corriendo, encontrando la habitación de la que habla y cerrando la puerta detrás de mí con un suave clic.

Me dejo caer en la cama, hundiéndome en el edredón que huele a detergente y a ese aroma indefinible que tienen las casas de familia, y me permito procesar todo lo que acaba de pasar.

Henry tuvo un accidente.

Su compañero murió.

Él sobrevivió, pero está herido.

Y Dorothy cree que yo soy importante para él.

Me llevo las manos al vientre, donde mi bebé — nuestro bebé— está creciendo, ahora es del tamaño de un arándano según la aplicación de embarazo que me he descargado.

¿Y si Dorothy tiene razón?

¿Y si durante todo este tiempo Henry no me ha estado rechazando porque me odie, sino porque está roto? ¿Porque piensa que no es suficiente? ¿Porque está castigándose por el accidente?

Cierro los ojos, recordando cada interacción que hemos tenido. Su hostilidad cuando nos conocimos. Esa noche en la fiesta, cuando me besó como si fuese lo único que lo mantenía con vida. Cómo se movió dentro de mí con una desesperación que no tenía nada que ver con el momento.

Y luego cómo nos evitamos durante un mes.

Dios.

¿He estado equivocada sobre él durante todo este tiempo? ¿O solo estoy viendo ahora lo que quiero ver?

Me giro de lado, acurrucándome en posición fetal, y dejo que los pensamientos me inunden.

No puedo negar que quiero que Dorothy tenga razón. Que una parte de mí —una parte enorme, aterradora— quiere desesperadamente creer que Henry siente algo por mí. Que no soy solo la madre de su hijo. Que soy más.

Me encantaría conocer al Henry del que habla su madre. El que reía. El que era cariñoso. El que llenaba las habitaciones de alegría.

Me encantaría ver qué hay debajo de toda esa amargura y ese dolor.

Pero tengo miedo.

Tanto miedo.

Porque si me permito tener esperanza y luego resulta que estoy equivocada…

No sé si sobreviviría a eso.

Ya he sido rechazada demasiadas veces en mi vida. Por mi madre. Por Hollywood. Por cada persona que solo me quiso por lo que podía darles.

¿Puedo arriesgarme a añadir a Henry a esa lista?

¿Puedo arriesgarme a enamorarme de él —porque seamos honestas, ya estoy a medio camino— solo para descubrir que nunca fui más que una obligación?

Me quedo ahí tumbada mientras el sol se mueve por el cielo fuera de la ventana, mientras las voces de abajo se apagan gradualmente, mientras Sage viene a comprobar que estoy bien y le digo que solo necesito descansar.

Y cuando finalmente oscurece, sigo sin tener respuestas.

Solo tengo más preguntas.

Y un deseo desesperado, aterrador, de que Dorothy Wellington tenga razón.

De que Henry sienta algo por mí.

De que esto —esta familia accidental, imposible— pueda convertirse en algo real.

Aunque no tenga ni idea de cómo llegar ahí desde aquí.