Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

HENRY

La encuentro junto al roble viejo que hay al fondo del jardín.

Está de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando hacia las montañas que se recortan contra el cielo. El viento le mueve el pelo rubio, e incluso desde aquí puedo ver cómo le tiemblan los hombros.

Está llorando.

Y es culpa mía.

Me acerco despacio, con la cojera más pronunciada de lo normal porque el muñón me está matando después de estar sentado tanto rato. Pero no me importa el dolor. Solo me importa llegar hasta ella antes de que salga corriendo otra vez.

—Ellie.

Se tensa, pero no se gira.

—Lárgate.

—No hasta que hablemos.

—No tenemos nada de qué hablar —su voz sale temblorosa, cargada de lágrimas que está intentando contener—. Ya lo has dicho todo ahí dentro. Delante de toda tu familia. Sin preguntarme. Sin importarte lo que yo sintiera.

Las palabras me atraviesan como cuchillos.

—Lo siento.

—¿Lo sientes? —se gira entonces, y ver sus ojos rojos e hinchados hace que se me cierre el estómago—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Que lo sientes?

—No sabía cómo conseguir que me escuchases.

—¿Y has pensado que anunciarlo delante de toda tu familia era la mejor forma? —suelta una risa amarga—. Enhorabuena, Wellington. Has conseguido llamar mi atención. ¿Contento?

No. No estoy contento. Estoy jodido y desesperado y tan aterrado de perderla que no puedo ni respirar.

No sé cómo lo hago, pero cuanto más trato de arreglar mis cagadas más profundo la cago.

—Ven a vivir conmigo —suelto, y las palabras salen atropelladas, urgentes.

Ellie me mira como si me acabase de crecerme una segunda cabeza.

—¿Qué?

—Has dicho que estás buscando casa. Que quieres tu propio espacio —doy un paso hacia ella—. Vente a vivir conmigo. A mi cabaña. Vamos a ser padres. Tiene sentido que vivamos juntos.

El silencio que sigue a mis palabras es tan denso que podría cortarse con cuchillo.

Y entonces Ellie explota.

—¿Estás completamente loco? —grita, y su voz sube tanto que probablemente puedan oírla desde dentro de la casa—. ¿De verdad acabas de pedirme que me vaya a vivir contigo?

—Sí.

—¿Contigo? ¿Con el hombre que me ha tratado como si fuese una molestia desde que me conoce? ¿El que me rechazó cuando le hable del embarazo? ¿El que acaba de anunciar que estoy embarazada delante de toda su familia sin mi permiso?

Cada palabra es como un latigazo.

—Ellie…

—No —me interrumpe, levantando una mano—. No digas nada más porque te juro por Dios que si abres la boca voy a decir algo de lo que me voy a arrepentir.

Se pasa las manos por la cara, respirando hondo, intentando calmarse. Cuando vuelve a mirarme, hay algo feroz en su expresión que nunca había visto antes.

—Puede que seas un hombre muy guapo —dice con voz temblorosa—. De hecho, eres probablemente el tío más bueno que he conocido en mi vida. Pero también eres el mayor gruñón, el más borde, el más insoportable e imbécil que he tenido la desgracia de conocer.

Las palabras deberían hacerme daño. Pero lo único que puedo procesar es la primera parte.

Piensa que soy guapo.

—Y no pienso vivir contigo —continúa—. No pienso acercarme a ti más de lo estrictamente necesario. Porque cada vez que lo he hecho, cada vez que he intentado algo, me has rechazado. Me has mirado como si fuese menos. Me has hecho sentir como si no valiese nada.

—Yo nunca…

—Y ahora —me interrumpe, y las lágrimas empiezan a caer otra vez—. Ahora que estoy embarazada, de repente te importo. De repente quieres que viva contigo. De repente quieres estar cerca.

Da un paso hacia mí, y hay tanto dolor en sus ojos que me duele mirarla.

—No soy estúpida, Henry. Sé que solo lo haces por el bebé. Sé que me detestas. Y no voy a vivir con un hombre que no me quiere. No voy a criar a mi hijo en una casa donde su padre me desprecia.

—No te desprecio.

—Mentira —escupe—. Me has despreciado desde el primer momento que me viste. Admítelo.

No puedo. Porque es mentira. Porque la verdad es que la he deseado desde el primer segundo. Que me he pasado un mes evitándola desde que nos acostamos porque sabía que si me acercaba iba a hacer algo estúpido. Como enamorarme de ella.

—Vamos a ser padres —digo, porque es lo único que puedo decir sin revelar demasiado—. ¿Cómo piensas hacer esto si no vives conmigo?

—Ya me las apañaré.

—Ellie.

—No —me interrumpe, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—.

No voy a discutir esto contigo. He tomado una decisión.

Voy a buscar mi propia casa. Voy a criar a este bebé.

Y tú… tú puedes estar tan involucrado como quieras.

Pero no voy a vivir contigo. No voy a fingir que somos una familia feliz cuando no lo somos.

Se da media vuelta para volver a la casa.

—Ellie, espera.

—Déjame en paz, Henry —dice sin girarse—. Por favor. Solo… déjame en paz.

Y entonces se aleja, caminando de vuelta hacia la casa con esos pasos decididos que reconozco, dejándome ahí de pie en el jardín con el viento helado mordiéndome la piel y un vacío en el pecho que no tiene nada que ver con el frío.

La he perdido.

La he perdido antes de tenerla.

Y no tengo ni puta idea de cómo arreglar esto.

Porque ella tiene razón. La he rechazado cada vez que se ha acercado. La he tratado como si no me importase cuando la verdad es que me importa demasiado. La he alejado porque pensaba que era lo mejor para ella.

Pero ahora está embarazada. Y quiere criar a nuestro hijo sola. Sin mí.

Y yo no puedo hablarle de lo que siento de verdad. No puedo decirle que me vuelve loco. Que pienso en ella cada segundo. Que me está matando verla sufrir sabiendo que soy yo el que causa ese dolor.

No puedo decirle nada de eso.

Porque si lo hago, si me abro, va a ver lo roto que estoy. Lo poco que tengo que ofrecerle. Lo mucho que no me merezco algo tan puro como ella.

Y entonces va a huir de verdad.

Así que me quedo ahí, en el jardín de mis padres, con un frío en el pecho que nada puede calentar.

Viendo cómo la mujer que más me importa en este mundo desaparece dentro de la casa.

Y sabiendo que no tengo ni puta idea de cómo recuperarla.