Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

ELLIE

El embarazo me está volviendo loca.

No de la forma bonita y romántica que muestran en las películas. No de esa forma donde las mujeres embarazadas brillan con ese resplandor maternal y se sienten completas y felices.

No.

Me está volviendo loca de una forma completamente diferente.

De una forma que hace que me despierte de madrugada empapada en sudor y con un calor entre las piernas que no se va por más que lo intente. De una forma que hace que me pase el día entero pensando en sexo. En manos. En bocas. En cuerpos desnudos moviéndose juntos.

En Henry.

Siempre en Henry.

Al principio pensaba que era solo yo. Que mi cuerpo estaba reaccionando de forma extraña a las hormonas del embarazo. Pero luego busqué en internet —porque soy esa persona que busca absolutamente todo en Google— y resulta que es completamente normal.

El aumento de flujo sanguíneo. Las hormonas disparadas. La sensibilidad extrema en todas partes.

Aparentemente el segundo trimestre convierte a algunas mujeres en máquinas de deseo andantes.

Y yo soy una de esas afortunadas.

Lo cual sería maravilloso si tuviese una pareja con la que aliviar esta necesidad constante, ardiente, que me está consumiendo desde dentro.

Pero no la tengo.

Tengo a Henry.

Henry, que vive conmigo pero que mantiene las distancias como si yo fuese radiactiva.

Que me mira con ojos que prometen pecado pero que nunca da el paso de acercarse.

Que se pone duro cada vez que me tiene cerca —lo he visto, no es algo que pueda ocultar— pero que sale corriendo de la habitación antes de que pueda hacer algo al respecto.

Henry, que me está volviendo tan loca que estoy a punto de suplicarle que me folle.

Son las once de la noche y estoy tumbada en mi cama, con las sábanas pegadas a mi piel por el calor que me consume, y ya no puedo aguantar más.

Me muerdo el labio, debatiéndome conmigo misma durante tres segundos eternos.

Y entonces mi mano se desliza bajo el elástico de mis bragas.

El primer roce me arranca un jadeo que suena demasiado alto en el silencio de la habitación. Estoy empapada. Tan sensible que el más mínimo contacto hace que se me arquee la espalda contra el colchón.

Cierro los ojos y me permito imaginar.

Imagino que no son mis dedos los que me están tocando. Que son los suyos. Esas manos enormes, callosas, que me sujetaron con tanta fuerza aquella noche en su camioneta. Que me llenaron. Que me hicieron sentir cosas que no sabía que podía sentir.

Mis dedos encuentran mi clítoris y empiezo a frotarlo en círculos que son demasiado suaves, demasiado delicados. No como lo haría él. Él sería más duro. Más exigente. Me tocaría como si tuviese todo el derecho del mundo a hacerlo.

Como si yo fuese suya.

Meto un dedo dentro de mí, y el sonido húmedo que hace me arranca un gemido que no puedo contener.

Necesito más.

Añado un segundo dedo, estirándome, pero no es suficiente. Nunca es suficiente. Porque mis dedos no son como los suyos. No llenan. No alcanzan ese punto dentro de mí que solo él ha encontrado.

—Henry —gimo otra vez, más alto esta vez, bombeando mis dedos dentro de mí con una urgencia que bordea la desesperación.

Y entonces oigo un sonido que hace que se me pare el corazón.

Un golpe.

Algo cayendo al suelo en el pasillo.

Me quedo completamente inmóvil, con los dedos todavía dentro de mí y el corazón latiéndome tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos.

¿Ha sido…?

¿Me ha oído?

El silencio se extiende durante tres segundos eternos.

Y entonces la puerta de mi habitación se abre.

No despacio. No con cuidado.

Se abre de golpe, chocando contra la pared con un estruendo que me sobresalta.

Y ahí está Henry.

De pie en el umbral, con los pantalones del pijama colgando peligrosamente bajo de sus caderas, el pecho desnudo subiendo y bajando con respiraciones que suenan como si acabase de correr un maratón, los ojos tan oscuros que casi parecen negros, y una erección tan grande y evidente presionando contra la tela del pantalón que es imposible no verla.

Me está mirando.

Me está mirando con mis dedos todavía dentro de mí, con las piernas abiertas, con la prueba evidente de lo que estaba haciendo brillando en la luz tenue de la lámpara.

Debería sentir vergüenza. Debería cubrirme. Debería decir algo.

Pero no puedo.

No puedo hacer nada excepto mirarlo mientras él me mira a mí, y el aire entre nosotros se vuelve tan espeso que casi puedo saborearlo.

—Ellie —dice, y su voz suena destrozada—. ¿Qué estás haciendo?

—¿Tú qué crees? —consigo responder, aunque mi voz sale temblorosa.

Henry da un paso hacia la cama. Luego otro. Sus ojos no se apartan de donde mis dedos siguen enterrados dentro de mí.

—¿Cuánto tiempo llevas así? —pregunta.

—Toda la noche.

—¿Toda la noche?

—No puedo dormir —admito, y las palabras salen atropelladas—. No puedo pensar en otra cosa. Es este embarazo. Me tiene todo el día… así. Necesitada.

Henry aprieta los puños a los lados.

—¿Y por qué no has venido a buscarme?

La pregunta me desarma completamente.

—¿Qué?

—Si necesitabas esto —hace un gesto hacia mí—. ¿Por qué no has venido a buscarme?

—Porque tú… porque nosotros… porque no sé si…

—Quita los dedos —me interrumpe.

—¿Qué?

—He dicho que quites los dedos —repite, y hay algo en su voz que hace que mi cuerpo obedezca antes de que mi cerebro pueda procesar la orden.

Retiro mis dedos lentamente, y el movimiento me arranca un gemido.

Henry se acerca a la cama y se arrodilla junto a mí, tan cerca ahora que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo, y me coge de la mano. La mano que estaba tocándome. La que todavía brilla con mi humedad.

Y entonces se lleva mis dedos a la boca.

Los chupa.

Uno por uno, limpiándolos con su lengua mientras me mira directamente a los ojos, y el gesto es tan obsceno, tan erótico, que siento cómo vuelvo a empaparme instantáneamente.

—A partir de ahora —dice cuando termina, soltando mi mano—. Cuando necesites esto, vienes a mí. ¿Entendido?

—¿Y tú qué? —pregunto, señalando el bulto evidente en sus pantalones—. ¿Qué pasa contigo?

—Yo no importo.

—Sí importas.

—No —me interrumpe con firmeza—. Esto es para ti. Para asegurarme de que estás cómoda. De que tienes lo que necesitas.

Me coge de los tobillos con manos que tiemblan ligeramente y me arrastra hacia el borde de la cama hasta que mi culo queda justo en el borde del colchón.

—Abre las piernas —ordena.

Obedezco, separando los muslos, y puedo ver cómo se le oscurecen todavía más los ojos cuando me ve completamente expuesta ante él.

—Joder —gruñe—. Eres preciosa. Tan jodidamente preciosa que no sé cómo he aguantado sin tocarte todo este tiempo.

Se inclina hacia delante, y puedo sentir su aliento caliente contra el interior de mi muslo.

—Henry —jadeo—. ¿Qué vas a hacer?

—Voy a devorarte —me interrumpe—. Y vas a correrte en mi boca hasta que te olvides de tu propio nombre.

Y entonces su boca está sobre mí.

El primer contacto de su lengua me arranca un grito. Es caliente, húmeda, y me lame desde la entrada hasta el clítoris con una lentitud deliberada que me está volviendo loca.

—Dios —jadeo, enredando mis dedos en su pelo y tirando.

Henry gruñe contra mí, y la vibración hace que vea estrellas. Repite el movimiento. Una vez. Dos. Tres. Lamiéndome como si fuese su comida favorita y tuviese todo el tiempo del mundo para saborearme.

—Más —suplico, moviendo mis caderas contra su cara—. Por favor, Henry, necesito más.

Su respuesta es hundir la lengua dentro de mí.

Profundo. Tan profundo que puedo sentirla tocando ese punto que hace que se me doblen los dedos de los pies. La mueve dentro de mí, follándome con su lengua mientras sus manos me sujetan los muslos con tanta fuerza que sé que voy a tener marcas mañana.

Y no me importa.

No me importa nada excepto esto. Excepto su boca sobre mí. Excepto el placer que se acumula bajo en mi vientre como lava a punto de explotar.

—Henry —jadeo—. Estoy… voy a…

Saca la lengua y la reemplaza con sus dedos. Dos de ellos, hundiéndose dentro de mí con un ángulo perfecto mientras su boca se cierra alrededor de mi clítoris.

Y entonces succiona.

Fuerte.

El orgasmo me golpea como un rayo, arrancándome un grito que definitivamente va a oírse por toda la cabaña. Mi cuerpo entero se tensa, arqueándose contra su boca, mientras las oleadas de placer me atraviesan una tras otra sin descanso.

Henry no se detiene. Sigue chupando, lamiendo, bombeando sus dedos dentro de mí, prolongando cada segundo hasta que estoy sollozando de lo intenso que es.

—No puedo más —jadeo finalmente—. Henry, no puedo…

Solo entonces se aparta, besando el interior de mis muslos con una ternura que contrasta completamente con la intensidad de hace un segundo.

Cuando levanto la vista, lo veo arrodillado entre mis piernas con la boca brillante por mi humedad y una expresión tan intensa que hace que se me corte la respiración.

—Preciosa —murmura—. Eres tan preciosa cuando te corres que me estás matando.

Alargo la mano hacia él otra vez, decidida, y esta vez consigo rozar el bulto en sus pantalones antes de que pueda apartarse.

Está duro como una piedra. Caliente incluso a través de la tela. Y cuando lo toco, Henry suelta un gemido gutural que hace que se me contraiga todo.

—Ellie —empieza, pero no termina la frase.

—Déjame —suplico, deslizando la mano bajo el elástico de sus pantalones—. Por favor. Déjame tocarte.

Mis dedos rozan su piel, y Henry se pone rígido.

—No —dice, apartándose tan bruscamente que casi pierde el equilibrio—. No puedo.

—¿Por qué no? —pregunto, y puedo oír la frustración en mi voz—. Acabo de correrme gracias a ti. ¿Por qué no puedo devolvértelo?

—Porque esto no funciona así.

—¿Cómo que no funciona así? —me incorporo en la cama, tirando de mi camiseta hacia abajo—. Tú me das placer y yo no puedo hacer nada por ti. ¿Eso es lo que quieres?

—Sí —responde, aunque el bulto obsceno en sus pantalones dice lo contrario—. Eso es exactamente lo que quiero.

—Mentira.

—Ellie.