CAPÍTULO 7
ELLIE
El beso es fuego puro.
Henry me besa con pasión. Como si cada segundo de hostilidad entre nosotros hubiese sido solo la mecha esperando a encenderse. Su boca es exigente, hambrienta, y devora la mía con una intensidad que hace que se me doblen las rodillas.
Sus manos se clavan en mis caderas, tirando de mí contra él con tanta fuerza que puedo sentir cada músculo de su cuerpo pegado al mío. Y Dios, es como estar presionada contra una pared de piedra caliente. Duro. Sólido. Real.
Enredo mis dedos en su pelo, ese pelo que lleva despeinado siempre, y tiro con fuerza. Henry gruñe contra mi boca, un sonido gutural que vibra a través de todo mi cuerpo y hace que se me apriete algo en el bajo vientre.
—Esto es un error —murmura contra mis labios, pero no se aparta. Sus manos siguen aferrándome con fuerza como si no quisiera soltarme.
—Cállate —jadeo, mordiendo su labio inferior con suficiente fuerza como para hacerle sisear—. Cállate y alíviame.
Henry se aparta lo suficiente como para mirarme a los ojos, y lo que veo ahí me quema. Deseo. Puro, crudo, desesperado.
—Estás borracha —dice, pero su voz suena ronca, destrozada.
—No te hagas el digno ahora —replico, deslizando mis manos bajo su camisa de franela y sintiendo cómo se le contraen los músculos del abdomen bajo mis dedos.
—Cameron…
—Quiero que me folles —interrumpo, y las palabras salen crudas, sin filtro, directas—. Aquí. Ahora. Antes de que cambie de opinión.
Algo se rompe en su expresión. Veo el momento exacto en que su control se hace añicos, cuando la bestia que ha estado conteniendo finalmente se libera.
—Joder —gruñe, y entonces me está levantando como si no pesase nada.
Bueno, casi.
Se tambalea ligeramente cuando me coge en brazos, y por un segundo pienso que vamos a caernos los dos. Su agarre se tensa, sus dedos se clavan en mi carne, y puedo sentir algo rígido en su postura, como si le costase más esfuerzo del que debería mantener el equilibrio.
Pero luego se recupera, ajustándome contra su pecho, y camina —más bien cojea rápidamente— hacia donde está aparcada su camioneta, alejada de las luces de la fiesta, escondida entre los árboles.
Hay algo extraño en cómo se mueve. Algo que no puedo identificar a través de la neblina del alcohol y el deseo. Pero no me importa. No me importa nada excepto tener su boca sobre la mía otra vez.
Abre la puerta trasera de un tirón y me deposita en el asiento con una mezcla de urgencia y cuidado que hace que algo en mi pecho se contraiga dolorosamente.
—Última oportunidad para cambiar de opinión —dice, de pie entre mis piernas, mirándome con esos ojos verdes que brillan como los de un depredador en la oscuridad.
—Para de hablar —respondo, tirando de él hacia mí.
Y entonces su boca está sobre la mía otra vez, y no hay más palabras.
Solo hay manos, urgentes y torpes, desabrochando botones y bajando cremalleras. Solo hay piel caliente contra piel, y respiraciones entrecortadas que llenan el interior de la camioneta. Solo hay la necesidad primitiva, visceral, de estar más cerca, más cerca, más cerca.
Henry me quita el vestido por la cabeza con movimientos que son más desesperados que elegantes, y yo le devuelvo el favor con su camisa de franela, arrancándole prácticamente los botones en mi prisa por sentir su piel bajo mis manos.
Y cuando finalmente lo hago —cuando mis palmas se deslizan por su pecho desnudo, sintiendo el vello áspero bajo mis dedos, las cicatrices que marcan su piel como un mapa de su vida— algo en mí se enciende como nunca antes.
—Eres preciosa —murmura contra mi cuello, y su voz suena tan rota que me duele escucharla—. Tan jodidamente preciosa que me estás matando.
Sus labios trazan un camino de fuego por mi garganta, bajando hasta el hueco entre mis clavículas, y luego más abajo, hasta el borde de mi sujetador. Lo quita con dedos que tiemblan ligeramente, y cuando mi pecho queda expuesto ante él, se queda quieto, simplemente mirándome.
—Henry —jadeo, y su nombre suena como una súplica.
—Llevo desde que te conocí soñando con esto —dice con voz áspera, bajando la cabeza para tomar un pezón entre sus labios.
El placer me atraviesa como un rayo, tan intenso que arqueo la espalda contra él, empujando más de mí en su boca. Henry gruñe, el sonido vibrando contra mi piel sensible, y succiona con fuerza mientras su mano se cierra alrededor de mi otro pecho, amasándolo, pellizcando el pezón entre sus dedos.
—Dios —repito como un mantra, enredando mis dedos en su pelo y tirando.
Su otra mano se desliza por mi estómago, dejando un rastro de fuego a su paso, y luego está metiendo los dedos bajo el encaje de mis bragas. Me quedo completamente quieta, conteniendo el aliento, esperando.
Y entonces me toca, deslizando un dedo entre mis pliegues, y los dos nos quedamos inmóviles.
—Estás empapada —gruñe contra mi pecho, y suena como si acabase de descubrir algo maravilloso y terrible a la vez.
—Es tu culpa —consigo decir, aunque mi voz sale temblorosa.
Henry levanta la cabeza para mirarme, y sus ojos están tan oscuros que casi parecen negros.
—¿Mi culpa?
—Por ser tan… —empiezo, pero entonces él desliza un dedo dentro de mí y las palabras se me mueren en la garganta.
Es demasiado. Es perfecto. No es suficiente.
—¿Por ser tan qué? —pregunta, bombeando su dedo dentro de mí con movimientos deliberadamente lentos que me están volviendo loca.
—Guapo —jadeo—. E idiota. Y, oh Dios, justo ahí.
Henry encuentra un punto dentro de mí que hace que vea estrellas, y presiona contra él con precisión devastadora mientras su pulgar se mueve en círculos sobre mi clítoris.
—¿Te gusta eso? —murmura contra mi oído, y su aliento caliente me hace estremecer.
—No pares —suplico, moviendo mis caderas contra su mano, persiguiendo más fricción, más presión, más todo.
Añade un segundo dedo, estirándome, llenándome, y el placer se intensifica hasta volverse casi doloroso. Puedo sentir cómo se me tensa todo el cuerpo, cómo el orgasmo se acerca como una ola, construyéndose más y más alto.
—Mírame —ordena, y hay algo en su voz que hace que mis ojos se abran automáticamente.
Nos miramos, y la intensidad en sus ojos verdes casi me deshace por completo. Puedo ver deseo ahí, sí, pero también algo más. Algo más profundo, más aterrador, algo que hace que se me cierre la garganta.
—Córrete para mí —dice, y no es una petición. Es una orden.
Y mi cuerpo obedece.
El orgasmo me golpea como un tsunami, arrancándome un grito que Henry silencia con su boca. Las oleadas de placer me atraviesan una tras otra, interminables, devastadoras, mientras sus dedos siguen moviéndose dentro de mí, prolongando cada segundo hasta que estoy temblando y jadeando contra él.
Cuando finalmente me deja caer del precipicio, estoy deshecha. Destrozada. Rehecha.
Henry retira sus dedos lentamente, y el movimiento me arranca un gemido. Me mira mientras se lleva los dedos a la boca y los chupa, sus ojos nunca dejan los míos.
—Sabes tan bien como imaginaba —dice con voz ronca.
Y entonces me doy cuenta de que todavía lleva los pantalones puestos. Que ha estado concentrado completamente en mi placer, ignorando el suyo propio.
—Quítatelos —ordeno, y esta vez soy yo quien no acepta réplica.
Henry obedece, pero hay algo extraño en cómo lo hace. Se mueve con cuidado, casi con rigidez, desabrochándose el cinturón con dedos que se mueven con urgencia, pero también con… ¿precaución? Se baja los vaqueros hasta medio muslo, pero los deja ahí, sin quitárselos completamente.
No tengo tiempo de procesar por qué. No me importa por qué.
Porque entonces veo su erección, gruesa y dura, presionando contra el algodón de sus bóxers, y todo pensamiento coherente abandona mi cerebro.
Se baja los bóxers lo justo para liberarse, y madre mía.
Es enorme. Grueso y duro, la punta brillando con líquido preseminal que hace que se me haga la boca agua.
—Como sigas mirándome así, esto va a terminar antes de empezar —gruñe.
Me obligo a levantar la vista hacia su cara, y lo que veo ahí —deseo crudo, necesidad desesperada— me enciende de nuevo.
—Entonces será mejor que te des prisa —digo, abriendo más las piernas en una invitación clara.
Henry se posiciona entre mis muslos, y puedo sentir el calor de su erección presionando contra mi entrada. Sus pantalones todavía están medio puestos, la tela áspera del denim rozando el interior de mis muslos, pero no me importa.
No me importa nada excepto tenerlo dentro de mí.
Ambos nos quedamos quietos por un segundo, mirándonos, como si supiésemos que una vez que crucemos esta línea, no hay vuelta atrás.
Y entonces se hunde dentro de mí de una sola embestida.
El grito que suelto es medio placer, medio dolor. Es enorme, me llena hasta un punto que bordea la incomodidad, me estira de una forma que nunca había sentido.
—Joder —gruñe Henry, y puedo ver cómo se le tensan todos los músculos del cuello con el esfuerzo de quedarse quieto—. Estás tan apretada. Tan caliente. Tan… joder.
—Muévete —suplico, clavando mis uñas en sus hombros—. Por favor, Henry, muévete.
Y lo hace.
Se retira casi completamente, hasta que solo la punta permanece dentro, y entonces se hunde de nuevo, lento, deliberado, llenándome completamente. Repite el movimiento una vez. Dos veces. Tres.
—Más rápido —jadeo, moviendo mis caderas contra él, tratando de marcar un ritmo más urgente.
Henry gruñe, agarrándome las caderas con suficiente fuerza como para dejar marcas, y entonces se suelta.
Embiste dentro de mí con una fuerza que hace que la camioneta se sacuda, duro y profundo, golpeando ese punto dentro de mí que hace que vea estrellas con cada movimiento. El sonido de piel contra piel llena el espacio cerrado, mezclándose con nuestros jadeos y gemidos.
Hay algo en su postura, en cómo se apoya, que es diferente. Como si estuviese compensando algo. Pero el placer es tan intenso, tan abrumador, que no puedo concentrarme en nada excepto en la sensación de él moviéndose dentro de mí.
—Eres tan perfecta —gruñe contra mi cuello, mordiendo la piel sensible ahí con suficiente fuerza como para dejar marca—. Hecha para mí. Como si estuvieses hecha para mi polla.
Sus palabras crudas me encienden todavía más, y puedo sentir cómo un segundo orgasmo empieza a construirse, más rápido, más intenso que el primero.
—Henry —jadeo—. Estoy… voy a…
—Córrete —ordena, deslizando una mano entre nuestros cuerpos para frotar mi clítoris con movimientos precisos—. Quiero sentirte apretándome mientras te corres en mi polla.
Y eso es todo lo que necesito.
El orgasmo me golpea incluso más fuerte que el primero, arrancándome un grito que definitivamente va a oírse hasta la fiesta. Mi cuerpo entero se tensa, apretándome alrededor de él como un puño, ordeñándolo.
Henry suelta un gruñido gutural, sus embestidas se vuelven erráticas, y entonces lo siento. El calor de su liberación llenándome, marcándome desde dentro, mientras se derrama dentro de mí con sacudidas que parecen no terminar nunca.
Nos quedamos así, jadeando, sudorosos, enredados el uno en el otro en el asiento trasero de su camioneta, mientras la fiesta continúa a lo lejos, completamente ajena a lo que acaba de pasar.
Henry apoya su frente contra la mía, y ambos intentamos recuperar el aliento.
El silencio que nos envuelve es pesado, cargado de todo lo que no estamos diciendo.
Puedo sentir cómo se retira de mí lentamente, el movimiento me arranca un gemido involuntario. La sensación de vacío que deja es casi física, y tengo que morderme el labio para no protestar.
Henry se aparta, ajustándose los pantalones con movimientos rápidos, casi bruscos, sin mirarme.
Y es entonces cuando la realidad empieza a filtrarse a través de la neblina del alcohol y el sexo.
¿Qué demonios acabo de hacer?
Me he follado a Henry Wellington. Al hombre que me odia. Al gruñón más insoportable de Montana. En el asiento trasero de su camioneta. Mientras hay una fiesta a metros de distancia.
Y lo peor de todo es que ha sido…
Perfecto.
Jodidamente perfecto.
Me incorporo, buscando mi ropa con manos temblorosas. El vestido está hecho una bola en el suelo de la camioneta, y mis bragas… no tengo ni idea de dónde están mis bragas.
—Cameron —dice Henry, y su voz suena extraña. Tensa.
—No —le corto, poniéndome el vestido por la cabeza sin mirarlo—. No digas nada. Por favor.
No puedo escuchar cómo me dice que esto ha sido un error. Que no debería haber pasado. Que no puede volver a pasar.
Porque ya lo sé.
Lo sé todo.
Y duele de todas formas.
Encuentro mis zapatos y me los pongo con dedos torpes. El silencio en la camioneta es ensordecedor, roto solo por nuestras respiraciones todavía agitadas.
—Tengo que irme —murmuro.
—Espera…
Pero no espero.
Salgo de la camioneta con piernas que todavía tiemblan, y camino de vuelta hacia las luces de la fiesta sin mirar atrás.
Porque si miro atrás, si veo su cara, no sé qué voy a hacer.
Y ya he hecho suficientes estupideces por una noche.
El aire frío me golpea la cara, despejando un poco la niebla del alcohol. Puedo sentir la humedad entre mis piernas, la prueba física de lo que acaba de pasar, y tengo que reprimir el impulso de volver corriendo a esa camioneta.
¿Qué me pasa?
¿Por qué él?
¿Por qué el único hombre que me hace sentir algo en años tiene que ser exactamente el hombre equivocado?
Me alejo hacia la oscuridad, evitando la pista de baile, buscando a Sage para decirle que me voy a casa.
Porque necesito salir de aquí.
Necesito estar sola.
Necesito procesar lo que acaba de pasar antes de que mi cerebro explote completamente.
Y, sobre todo, necesito olvidar cómo se sintió tener a Henry Wellington dentro de mí.
Como si, por un momento, yo fuese suficiente.
Como si, por un momento, alguien me viese de verdad.
Aunque solo fuese un espejismo creado por el alcohol y el deseo.
Un espejismo que va a doler mucho cuando se desvanezca por la mañana.