Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

ELLIE

La fiesta de la cosecha de Sunset Valley es exactamente lo que esperarías de un pueblo tan encantador como este: guirnaldas de luces colgadas entre los árboles, mesas llenas de comida casera que huele a mantequilla y canela, música country sonando desde altavoces que han visto días mejores, y gente que se conoce desde que nacieron bailando en un descampado que han convertido en pista de baile improvisada.

Es encantador.

Es acogedor.

Y yo estoy borracha.

No era mi intención emborracharme. De verdad que no.

Pero cuando llegas a una fiesta y Sage te pasa un vaso de ponche casero «que apenas tiene alcohol, te lo prometo», y luego descubres que tu teléfono está explotando con notificaciones de tu publicista y aproximadamente quinientos medios de comunicación queriendo declaraciones sobre el último artículo de mierda que ha salido sobre ti…

Bueno. El ponche empieza a parecer una idea excelente.

Y luego otro vaso más.

Y otro.

Y ahora estoy aquí, en medio de la pista de baile, moviéndome al ritmo de una canción de Dolly Parton que ni siquiera sé cómo se llama, intentando no pensar en el titular que he leído hace una hora:

«ELLIE CAMERON: ¿VÍCTIMA O ESTRATEGA? FUENTES CERCANAS ASEGURAN QUE SU 'RETIRO' ES UNA JUGADA CALCULADA PARA AUMENTAR SU CACHÉ»

Porque claro. Ser estafada por tu propia agencia no es suficientemente humillante. Tener que huir de Los Ángeles porque no querías soportar una entrevista donde te preguntaban «¿cómo te sientes al descubrir que te robaron durante años?» no es suficientemente horrible.

No.

Ahora resulta que todo es una estrategia de marketing.

Que me escondo aquí para «crear expectación» y poder «cobrar más pasta» cuando regrese.

Como si yo hubiera planeado que me robasen. Como si hubiera querido que mi vida se desmoronase. Como si estar aquí, en medio de la nada, lejos de todo lo que conozco, fuese parte de algún plan maestro y no simplemente el último recurso de una mujer completamente rota.

—¡Ellie! —la voz de Sage atraviesa la neblina alcohólica de mi cerebro—. ¿Estás bien?

—¡Perfectamente! —grito por encima de la música, y mi voz suena demasiado aguda incluso para mí—. ¡Nunca he estado mejor!

Sage me mira con una expresión de preocupación que reconozco, pero no quiero ver. No quiero que se preocupe. No quiero ser una carga. No quiero ser la amiga patética de la hermana muerta de su prometido que no sabe cómo manejar su propia vida.

Así que hago lo que mejor se me da.

Sonrío. Me río. Finjo que todo está bien.

—Voy a coger un poco de aire —anuncio, alejándome de la pista de baile antes de que Sage pueda detenerme.

Mis piernas no cooperan tanto como me gustaría. El suelo parece moverse bajo mis pies de una forma que definitivamente no es normal, y tengo que concentrarme mucho para caminar en línea recta.

Me alejo de las luces, de la música, de toda esta gente feliz que no tiene su vida destrozada en las portadas de las revistas. Camino hacia el borde del descampado, donde los árboles dan paso a una vista de las montañas que se recortan contra el cielo oscuro.

El aire frío me golpea la cara, y por un momento puedo respirar de nuevo.

Por un momento no tengo que fingir.

Saco el teléfono del bolsillo —mala idea, lo sé— y abro Twitter. Peor idea todavía.

El hashtag #EllieVíctima está en tendencia.

Genial.

Hago scroll hacia abajo, y cada tweet es como una puñalada.

«Ellie Cameron haciéndose la víctima otra vez. Qué sorpresa.»

«Esta tía es una manipuladora profesional. Tiene todo calculado.»

«Se esconde en Montana pero sigue publicando fotos perfectas en Instagram. Sí, claro, está 'rota'. 🙄»

«Ojalá dejase de fingir y admitiese que solo busca atención.»

Las lágrimas me queman los ojos, pero las contengo con furia.

No voy a llorar.

No voy a darles la satisfacción.

—Joder —susurro, y mi voz se quiebra en la última sílaba.

¿Por qué nunca es suficiente?

¿Por qué siempre hay alguien que tiene algo que decir sobre cómo vivo mi vida?

¿Por qué nadie me cree cuando digo que estoy rota?

¿Por qué tengo que estar perfecta incluso cuando me estoy cayendo a pedazos?

—¿Cameron?

La voz detrás de mí me sobresalta tanto que casi se me cae el teléfono.

Me giro —demasiado rápido, el mundo se inclina peligrosamente— y ahí está Henry Wellington, mirándome con esos ojos verdes que ven demasiado.

—El que me faltaba para terminar de estropear este día. Vete a la mierda, Wellington —suelto, y las palabras salen cargadas de todo el veneno que llevo guardando desde que leí ese puñetero artículo—. Vete. A. La. Mierda.

Hoy no tengo ganas de ser correcta.

Henry no se mueve. Solo me mira con una expresión que no puedo descifrar.

—¿Estás bien?

—¿Que si estoy bien? —repito, y suelto una risa histérica que suena demasiado rota—. Claro. Estoy de maravilla. ¿No se nota?

—Estás borracha.

—Qué observador —replico, y el sarcasmo me sale tan natural como respirar—. Te van a dar un premio por esa deducción brillante.

—Deberías volver a la fiesta.

—¿Y tú quién te crees que eres para decirme lo que debería hacer? —exploto, y toda la rabia que he estado conteniendo sale de golpe—. ¿Tú? ¿El hombre que no me ha dirigido una palabra amable desde que nos conocimos? ¿El que me mira como si fuese basura cada vez que me ve?

Henry aprieta la mandíbula.

—No te miro como si fueses basura.

—¿Ah, no? —doy un paso hacia él, tambaleándome ligeramente—. ¿Entonces cómo me miras? Porque desde luego no es con respeto. O con amabilidad. O con cualquier cosa que se parezca a decencia básica.

—Ellie.

—¡No! —le corto, y mi voz sube tanto que probablemente puedan oírme desde la fiesta—. No me llames así. No me hables como si me conocieses. No finjas que te importa lo que me pasa.

—No estoy fingiendo.

—Mentira —escupo—. Lo último que necesito ahora mismo es tener cerca a otra persona que me desprecia.

Henry da un paso hacia mí, y hay algo en sus ojos que no había visto antes. Algo peligroso.

—No te desprecio.

—¿Ah, no? —suelto una risa amarga—. Pues tienes una forma muy rara de demostrarlo.

—Solo estoy intrigado —dice, y su voz ha bajado hasta convertirse en algo áspero— de por qué una princesa famosa como tú se está agarrando semejante borrachera en medio de la nada.

Y ahí está.

La gota que colma el vaso.

Toda la mierda que he estado aguantando —el artículo, los tweets, mi madre, mi carrera, mi vida entera— explota como una bomba.

—¿Quieres saber por qué? —grito, y las palabras salen atropelladas, furiosas, rotas—.

¿Quieres saber por qué la princesa famosa está borracha?

Porque todo el mundo me utiliza. Porque nadie me quiere.

Porque pensaba que, siendo actriz, siendo perfecta, siendo lo que todo el mundo quería que fuese, finalmente conseguiría que alguien me viese. Que alguien me quisiese.

Henry no dice nada. Solo me mira con una intensidad que hace que se me erice toda la piel.

Es casi como si le interesase lo que le estoy diciendo.

—Pero no funcionó —continúo, y puedo sentir cómo las lágrimas finalmente empiezan a caer—. Porque da igual lo que haga. Siempre hay alguien que dice que no es suficiente. Que soy falsa. Que soy una manipuladora. Que todo lo que hago es para llamar la atención.

Doy otro paso hacia él, tambaleándome.

—¿Y sabes qué es lo peor? —pregunto, y mi voz se quiebra—. Que tienen razón. Que soy falsa. Porque llevo toda mi vida fingiendo. Fingiendo que estoy bien. Fingiendo que soy fuerte. Fingiendo que no me duele que nadie me…

No termino la frase.

Porque mi pie tropieza con una piedra que no he visto, y de repente estoy cayendo.

Pero no llego al suelo.

Unos brazos me envuelven antes de que pueda caer, tirando de mí hacia un pecho sólido que huele a cedro y a aire fresco y a algo puramente masculino que hace que se me acelere el pulso.

Levanto la vista, y Henry está ahí. Tan cerca que puedo ver las motas doradas en sus ojos verdes. Tan cerca que puedo sentir su respiración contra mi cara.

—Suéltame —susurro, pero no hay fuerza en mis palabras.

—No —responde, y su voz es tan baja que casi no la oigo.

Nos quedamos así, mirándonos. El mundo se reduce a esto: sus brazos alrededor de mí, mi corazón latiendo tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo, el aire cargado de algo eléctrico que hace que se me ericen todos los pelos del cuerpo.

—Henry —empiezo, pero no sé qué decir.

No sé quién se mueve primero.

Quizás sea yo. Quizás sea él. Quizás seamos los dos al mismo tiempo.

Pero de repente su boca está sobre la mía, y el mundo explota.

Es un beso furioso. Desesperado. Lleno de toda la tensión que ha estado acumulándose entre nosotros desde el primer momento que nos vimos.

Sus manos me sujetan con fuerza, como si tuviera miedo de que fuese a desaparecer. Las mías se aferran a su camisa de franela, tirando de él más cerca, necesitando más.

Sabe a whisky y a menta y a algo puramente él que hace que se me nublen todos los sentidos.

Y por primera vez en semanas, en meses, en años…

No estoy fingiendo.

Esto es real.