Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

ELLIE

—Mi hermano Henry es un manitas —dice Sage con un tono de orgullo fraternal mientras preparamos limonada en la cocina—. Por eso le he pedido que venga a arreglar la valla del jardín. El viento de la semana pasada la dejó hecha un desastre.

«Ya te digo que es un manitas.»

El pensamiento se me escapa antes de que pueda detenerlo, y tengo que morderme el interior de la mejilla para no soltar una carcajada inapropiada.

Porque Henry Wellington es muchas cosas —gruñón, borde, el hombre más insoportable que he conocido en mi vida— pero también es, objetivamente hablando, el tío más bueno que he visto nunca.

Lo cual es profundamente injusto.

Si hubiera algún tipo de justicia cósmica en el universo, los hombres con esa cara y ese cuerpo deberían tener personalidades encantadoras. Deberían ser divertidos, amables, el tipo de persona con la que quieres pasar tiempo.

No deberían ser idiotas gruñones que te miran como si fueses un insecto molesto que se ha colado en su espacio personal.

—¿Ellie? —la voz de Sage me saca de mis pensamientos—. ¿Estás bien?

—Perfectamente —miento, esbozando mi sonrisa profesional mientras corto otro limón—. Solo estaba pensando en… nada. Nada importante.

Sage me mira con curiosidad, pero no sigue indagando. Solo vuelve a concentrarse en exprimir limones mientras tararea una canción que no reconozco.

Llevamos así diez minutos cuando Emma irrumpe en la cocina con la energía frenética de una niña de siete años en domingo por la mañana.

—¡Tía Ellie! —grita, y el apodo que ha decidido ponerme hace que algo en mi pecho se apriete de una forma muy agradable—. ¡Tienes que venir a ver al tío Henry! ¡Está cortando madera sin camiseta y Ethan dice que parece un superhéroe!

Me atraganto con mi propia saliva.

Sage suelta una risa que intenta disimular como tos, pero no me engaña.

—Emma, cariño —dice con voz temblorosa—. No creo que a tu tío Henry le guste que lo llamen superhéroe.

—Pero ¡es verdad! —insiste Emma, cogiéndome de la mano y tirando de mí hacia la puerta trasera—. ¡Ven a verlo!

No quiero ir.

De verdad que no quiero ir.

Porque ver a Henry Wellington sin camiseta suena como una forma excelente de torturarme a mí misma.

Pero Emma me mira con esos ojos enormes llenos de entusiasmo, y no tengo corazón para decirle que no.

—Vale, vale —cedo, dejando que me arrastre hacia el jardín—. Vamos a ver a tu superhéroe.

Salimos por la puerta trasera, y el sol de finales de octubre me golpea en la cara con esa calidez engañosa que tiene el otoño en Montana.

Hace un día sorprendentemente bueno para esta época del año, y puedo oír a Ethan corriendo por el jardín persiguiendo algo —probablemente una mariposa o un insecto raro.

Y entonces lo veo.

Henry está al fondo del jardín, junto a la valla rota, con un hacha en las manos y absolutamente nada cubriéndole el torso.

Se me olvida cómo respirar.

Porque, vale, sabía que estaba en buena forma. Es imposible no notarlo incluso bajo las camisas de franela que lleva siempre. Pero esto…

Esto es demasiado.

Tiene el cuerpo de alguien que trabaja físicamente cada día.

Hombros anchos y definidos que brillan con una fina capa de sudor bajo el sol.

Pecho marcado con una línea de vello oscuro que desciende hasta…

no. No voy a mirar ahí. Brazos enormes que se flexionan con cada movimiento del hacha, mostrando músculos que no sabía que un ser humano podía tener.

Y cicatrices.

Tiene cicatrices por todas partes. Pequeñas, casi imperceptibles algunas. Otras más grandes, más evidentes. Marcas de una vida vivida al aire libre, de alguien que no se esconde del mundo físico.

Levanta el hacha por encima de su cabeza y la deja caer sobre un trozo de madera con un golpe seco que resuena por todo el jardín. Los músculos de su espalda se contraen y se relajan con el movimiento, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para cerrar la boca.

Ya te digo que es un manitas , repite mi cerebro traicionero, y esta vez tengo que reprimir el impulso de darme una colleja a mí misma.

—¿Ves? —dice Emma a mi lado, completamente ajena a la crisis existencial que estoy teniendo—. ¡Te dije que parecía un superhéroe!

—Tienes toda la razón —consigo decir, y mi voz sale más ronca de lo que pretendía.

Como si sintiera que lo están observando, Henry levanta la vista.

Y nuestros ojos se encuentran a través del jardín.

Por un segundo —un estúpido, interminable segundo— algo pasa entre nosotros. Algo eléctrico que hace que se me erice la piel y que el corazón se me acelere.

Luego su expresión se endurece. Se convierte en ese ceño fruncido perpetuo que parece reservar especialmente para mí, y el momento se rompe como cristal.

Se mueve para coger su camiseta —que estaba tirada sobre la valla— y se la pone con movimientos bruscos que gritan «no quiero que me miren.»

Genial.

Yo tampoco quiero mirarte, idiota.

—¡Tío Henry! —grita Emma, corriendo hacia él antes de que pueda detenerla—. ¡Le estaba enseñando a tía Ellie cómo cortas madera como un superhéroe!

Henry mira a su sobrina, y algo en su expresión se suaviza. Solo un poco. Es apenas perceptible. Pero está ahí.

—No soy un superhéroe, pequeña —dice con voz más suave de lo que le he oído nunca—. Solo soy un tipo cortando maderas.

—¡Pero lo haces muy bien! —insiste Emma con esa lógica infantil que no admite réplica.

Henry le revuelve el pelo con una ternura que me sorprende.

—Ve a jugar con tu hermano. Y no os acerquéis al hacha, ¿vale?

—¡Vale!

Emma sale corriendo de vuelta hacia donde Ethan está intentando trepar a un árbol, y yo me quedo ahí de pie como una idiota, sin saber qué hacer con las manos.

Henry me mira, y esa suavidad que había en su expresión desaparece instantáneamente.

—¿Necesitas algo? —pregunta, y su voz ha vuelto a ese tono frío que ya reconozco.

«Sí. Necesito que dejes de ser tan guapo y tan gilipollas al mismo tiempo porque me estás volviendo loca.»

—No —digo en cambio—. Emma quería enseñarme tu trabajo.

—Ya lo has visto. Puedes irte.

Las palabras me golpean como un bofetón.

Porque no es solo lo que dice. Es cómo lo dice. Como si mi presencia fuese una molestia. Como si el mero hecho de estar aquí, en el jardín de la casa donde vivo, fuese una invasión a su espacio personal.

Y algo dentro de mí se enciende.

—¿Sabes qué? —digo, y puedo oír cómo mi voz sube un tono—. Tienes razón. Ya he visto suficiente.

Me doy la vuelta para volver a la casa, pero no puedo evitar lanzarle una última pulla por encima del hombro.

—Por cierto, Emma tiene razón. Sí que pareces un superhéroe. Lástima que cuando abres la boca se rompa toda la ilusión.

No espero a ver su reacción. Solo camino de vuelta a casa con la espalda recta y la cabeza alta, ignorando el calor que me sube por el cuello.

Sage está en la ventana de la cocina, claramente habiendo presenciado todo el intercambio, con una expresión entre divertida y preocupada.

—No tienes que hacerle caso —dice cuando llego a su lado—. Henry es… complicado.

—Henry es un idiota —corrijo, cogiendo mi vaso de limonada y bebiendo un trago largo—. Un idiota muy guapo, lo cual de alguna forma lo hace todavía más irritante.

Sage suelta una risa que intenta disimular cubriéndose la boca con la mano.

—Estás enfadada con él —asegura.

—¿Enfadada? No. Decir que estoy enfadada sería quedarme corta —bebo otro trago de limonada, intentando calmar el calor que todavía me quema por dentro—. Estoy… frustrada. No entiendo por qué tiene que ser tan borde conmigo.

—Creo que le gustas —dice Sage con tono casual, como si acabase de comentar el tiempo.

Me atraganto con la limonada.

—¿Qué? —consigo decir cuando recupero el aliento—. Estás de broma. Ese hombre me odia.

—No te odia —replica Sage con una sonrisa que me resulta demasiado sabia para alguien de veinticuatro años—. Confía en mí. Conozco a mi hermano. Y nunca lo había visto comportarse así con nadie.

—Sí, porque normalmente es encantador con todo el mundo —digo con sarcasmo.

—No —admite Sage—. Normalmente es distante. Frío. Educado pero desinteresado. Contigo es reactivo. Y eso significa algo.

No sé qué responder a eso, así que no digo nada. Solo miro por la ventana hacia donde Henry ha vuelto a cortar madera, ahora con la camiseta puesta, gracias a Dios.

Pero incluso con la camiseta puesta, puedo ver la forma en que se mueve. La fuerza controlada en cada golpe del hacha. La concentración absoluta en su rostro.

Y me doy cuenta de algo que me aterroriza.

Me gusta.

A pesar de que es un borde. A pesar de que me trata como si fuese una molestia. A pesar de que claramente tiene más problemas emocionales que una telenovela entera.

Me gusta Henry Wellington.

Y eso es un problema.

Porque él no solo no siente lo mismo. Él activamente parece despreciarme.

Vuelvo mi atención a la limonada, intentando no pensar en ojos verdes y músculos que brillan bajo el sol.

—No pensaba que un tío como él pudiera tener prejuicios con las actrices —murmuro, más para mí misma que para Sage.

—¿Prejuicios?

—Es a la conclusión que he llegado. Creo que le molesta que sea actriz. Me trata como si fuese una princesa de ciudad —explico—. Como si no pudiese sobrevivir cinco minutos sin mis lujos de Hollywood. Como si todo lo que soy fuese falso.

Y eso es lo que más duele, me doy cuenta.

Porque toda mi vida la gente me ha visto como una imagen. Una cara bonita en una pantalla. Una actuación perfecta que esconde a la persona real debajo.

Y Henry parece verme exactamente de la misma forma.

Como si yo no fuese real. Como si todo en mí fuese una mentira cuidadosamente construida.

Cuando la verdad es que nunca he sido más real que ahora. Aquí. En este pueblo en medio de la nada. Sin maquillaje la mayoría de los días. Sin cámaras. Sin actuar.

Pero él no lo ve.

Y quizás nunca lo haga.

—Dale tiempo —dice Sage, apretándome el hombro con cariño—. Mi hermano es terco como una mula, pero también es buena persona. Solo… necesita tiempo para darse cuenta.

Asiento, aunque no estoy segura de creerla.

Porque el tiempo no cambia a la gente. No hace que mágicamente alguien que te desprecia de repente te vea de forma diferente.

Y Henry Wellington ha dejado muy claro desde el primer momento exactamente lo que piensa de mí. Soy invisible para él.

Aunque una parte pequeña, estúpida, esperanzada de mí desea que Sage tenga razón.

Que quizás, solo quizás, detrás de toda esa hostilidad haya algo más.

Pero eso es solo mi corazón siendo idiota otra vez.

Buscando amor donde claramente no lo hay.

Como siempre.