Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

He ignorado las cuatro anteriores. Pero mi madre es persistente de una forma que haría que un teleoperador se rindiese avergonzado, así que finalmente respondo antes de que aparezca en mi puerta con un ejército de tuppers llenos de comida y preocupación maternal.

—Henry James Wellington —dice a modo de saludo, usando mi nombre completo porque quiere dejar claro que está enfadada—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo hace que no vienes a casa?

—Dos semanas.

—¡Exacto! Dos semanas. Tu padre pregunta por ti. Tus hermanos preguntan por ti. Yo pregunto por ti. Y tú estás ahí en tu cueva de ermitaño haciendo Dios sabe qué.

—Estoy trabajando, mamá.

—Estás escondiéndote —corrige con ese tono que no admite mentiras—. Y se acabó. Este domingo vienes a comer. No es una invitación. Es una orden.

—Mamá…

—Ni «mamá» ni nada. A las dos en punto. Y no se te ocurra llegar tarde o aparecer con esa actitud de ogro que has adoptado últimamente.

Cuelga antes de que pueda protestar, lo cual es probablemente una táctica deliberada.

Así que el domingo a las dos menos cinco me encuentro aparcando en la casa de mis padres, preparándome mentalmente para un par de horas de interrogatorio disfrazado de comida familiar.

La casa está llena de gente cuando entro. Mis padres, Iris y Liam con su expresión perpetua de alcalde preocupado, Cole con su uniforme de sheriff y abrazado a Lauren y Luna, Sage radiante de felicidad, Dominic con esa cara de «cómo he acabado aquí», los mellizos corriendo por todas partes…

Y Ellie.

Joder.

Por supuesto que Ellie está aquí.

A mi madre le gusta invitar a todo el mundo a nuestra casa y ella no podía ser una excepción. Supongo que como está quedándose en casa de Sage y Dominic ya la considera un miembro más de la familia.

Maravilloso.

En este punto de mi vida tengo claro que el universo me odia y le encanta torturarme.

Está sentada en el sofá al lado de Sage, riéndose por algo que mi hermana acaba de decir. Lleva un vestido verde claro que hace que parezca sacada de una puta película, y cuando me ve entrar, la risa muere en sus labios.

—Henry —dice mi madre, apareciendo de la nada para darme un abrazo que casi me rompe las costillas—. Has venido. Estaba empezando a pensar que tendría que ir a buscarte con un lazo.

—Aquí estoy.

—Eso veo. Ve a saludar a todo el mundo. La comida estará lista en veinte minutos.

Me obligo a hacer la ronda. Abrazo a mi padre. Estrecho la mano de Liam y Cole. Acepto los abrazos de Sage, Iris y Lauren. Hago cosquillas a Emma y Ethan cuando me atacan las piernas. Y estrujo a mi sobrina Luna en un abrazo. Por último, saludo a Dominic con un gesto de cabeza que él me devuelve.

Y finalmente, inevitablemente, tengo que mirar a Ellie.

—Cameron —digo, porque soy incapaz de ser educado como una persona normal.

—Wellington —responde, levantando su vaso de limonada en un brindis burlón—. Qué alegría verte de nuevo.

El sarcasmo gotea de cada palabra, pero hay algo en sus ojos —un destello de humor genuino— que hace que algo en mi pecho se afloje.

—Ellie nos estaba hablando sobre su última película —dice Sage alegremente, completamente ajena a la tensión—. ¡Resulta que rodó tres escenas con Brad Pitt!

—Brad es un profesional encantador —dice Ellie con esa voz de actriz que usa cuando habla de Hollywood—. Muy generoso en el set.

—¿Brad? —repito antes de poder detenerme.

Sus ojos brillan con malicia.

—Así es. Brad. También trabajé con Ryan Gosling el año pasado. Ryan y yo nos llevamos muy bien.

Me está provocando.

Lo sé. Ella lo sabe. Probablemente todos en esta sala lo saben.

Y funciona, porque tengo que apretar la mandíbula para no decir algo que no debería.

—Qué interesante —consigo decir con voz tensa.

—¿Verdad? —Sonríe con dulzura venenosa—. Hollywood está lleno de gente interesante. A diferencia de… otros lugares.

Cole nos mira a ambos con confusión creciente.

—¿Vosotros dos os conocéis ya?

—Nos conocimos hace unos días —explica Ellie, sin apartar esos ojos azules de mí—. Tu hermano se presentó de forma… memorable.

—Fue un placer —digo entre dientes.

—El placer fue todo mío.

La comida es una tortura.

Me sientan justo enfrente de Ellie, porque mi madre tiene un sexto sentido para estas cosas y probablemente lo ha hecho a propósito. Cada vez que levanto la vista de mi plato, ahí está ella. Riendo con Sage. Contándole historias a Emma. Siendo encantadora y perfecta y completamente inalcanzable.

Y yo no puedo dejar de mirarla.

No puedo dejar de notar cómo se le arruga la nariz cuando se ríe de verdad. Cómo juguetea con su collar cuando está nerviosa. Cómo sus ojos buscan los míos a través de la mesa y luego se apartan rápidamente cuando me pillan mirándola.

Y lo peor de todo es que cuando finalmente consigo escapar después del postre, cuando conduzco de vuelta a mi cabaña con el silencio zumbando en mis oídos, lo primero que hago es buscar más entrevistas suyas.

Porque soy un masoquista.

Porque no puedo sacármela de la cabeza.

Porque hay algo en Ellie Cameron —algo roto y solitario y desesperadamente hermoso— que canta directamente a las partes de mí que creía muertas.

Y eso me aterroriza más que nada que haya enfrentado en mi vida.

Incluso más que aquel oso hace años.

Porque esto —esta obsesión, esta necesidad, esta peligrosa atracción— es algo contra lo que no puedo luchar.

Y tarde o temprano, va a destruirme.