CAPÍTULO 4
HENRY
No puedo dejar de pensar en ella.
Han pasado tres días desde que la conocí en el pasillo de la casa de Dominic, tres días desde que me comporté como el cabrón más grande de Montana, y la imagen de Ellie Cameron empapada con el sol creándole un halo dorado alrededor de la cabeza se ha instalado en mi cerebro como un parásito que se niega a morir.
Es patético.
Soy patético.
Estoy sentado en mi cabaña a las dos de la mañana, incapaz de dormir porque cada vez que cierro los ojos veo sus iris azules mirándome con una mezcla de furia y dolor que me atraviesa el pecho como una bala.
Así que hago lo que cualquier hombre irracional haría en esta situación.
Busco sus películas en internet.
La primera que encuentro es una comedia romántica que se estrenó hace tres años. «Cuando el Destino Llama» . Ellie interpreta a una organizadora de bodas que se enamora del mejor amigo del novio. Es predecible, azucarada, exactamente el tipo de película que normalmente me haría arrancarme los ojos.
Pero no puedo apartar la mirada de la pantalla.
Porque ahí está ella. Riendo con una libertad que no vi en persona. Llorando con una vulnerabilidad que me parte algo por dentro. Besando a su coprotagonista con una pasión que hace que se me tense la mandíbula de una forma que me niego a analizar.
Y hay algo en sus ojos. Algo que la cámara captura en los momentos entre líneas de diálogo. Un destello de anhelo. De soledad. De alguien que está actuando no solo para la película, sino para su propia vida.
Es esa mirada la que me engancha.
La que hace que vea la segunda película. Y la tercera. Y luego busque entrevistas en YouTube como un acosador obsesivo.
En una entrevista con Jimmy Fallon, lleva un vestido azul que hace que sus ojos brillen como zafiros.
Se ríe de los chistes del presentador con una sonrisa perfecta que probablemente ha practicado mil veces.
Responde preguntas sobre su última película con respuestas ensayadas que suenan espontáneas.
Pero hay momentos. Pequeños momentos donde la máscara se le resbala.
Cuando Fallon le pregunta sobre su familia, y algo oscuro cruza su rostro antes de que suelte una respuesta evasiva.
Cuando habla de por qué se hizo actriz, y ese anhelo vuelve a aparecer en sus ojos como un fantasma que no puede exorcizar.
Cuando el público aplaude, y ella sonríe, pero la sonrisa no llega a sus ojos.
Es como mirar un espejo roto.
A alguien que está fingiendo estar bien. Que está interpretando el papel de su vida cada segundo de cada día. Que está tan jodidamente sola que duele verla.
Y eso me aterroriza.
Porque significa que hay algo en Ellie Cameron que reconozco. Algo que canta directamente a las partes más rotas de mi alma.
Apago el ordenador cuando el cielo empieza a clarear y me obligo a dormir dos horas antes de que empiece otro día de mierda.
Pero cuando me despierto, lo primero que pienso es en ella.
Y eso es un problema.
Una semana después de conocerla, tengo que bajar al pueblo a hacer la compra semanal.
Normalmente pospongo esta tortura tanto como me es humanamente posible, sobreviviendo con latas de judías y lo que puedo cazar o pescar. Pero incluso yo tengo límites, y llevar dos días desayunando café solo y nada más significa que necesito comida real antes de que mi cuerpo decida rendirse.
El supermercado de Sunset Valley es exactamente lo que esperarías de un pueblo de dos mil habitantes: pequeño, anticuado, con esa señora de la caja que conoce a todo el mundo y quiere saber todos tus asuntos.
Por eso vengo entre semana, a las diez de la mañana, cuando la mayoría de la gente está trabajando.
Cojo un carrito que chirría como si estuviese a punto de morir y me dirijo hacia el pasillo de los productos básicos. Pan. Leche. Huevos. Café. Lo imprescindible para sobrevivir otra semana sin tener que interactuar con la civilización.
Estoy comparando dos marcas de café cuando la veo.
Ellie está al final del pasillo, examinando una caja de cereales con el ceño fruncido de concentración. Lleva unos vaqueros ajustados, una sudadera enorme que probablemente es de Dominic, y el pelo recogido en una coleta alta. Sin maquillaje. Sin el glamour de Hollywood. Solo ella.
Y sigue siendo la mujer más preciosa que he visto en mi vida.
Mierda.
Podría darme la vuelta. Irme al otro lado de la tienda. Evitarla como un cobarde y terminar mi compra sin tener que enfrentarme al hecho de que me comporté como un gilipollas integral la primera vez que nos vimos.
Debería hacer eso.
Pero mis pies no cooperan. En lugar de alejarme, me encuentro caminando hacia ella como un idiota.
Debe oír mis pasos, porque se gira. Y cuando me ve, su expresión pasa de la sorpresa a algo helado en cuestión de segundos.
—Wellington —dice, y mi apellido suena como una palabrota en su boca.
—Cameron —respondo, porque aparentemente hoy voy a seguir siendo un idiota.
¿Por qué he tenido que acercarme?
Devuelve su atención a los cereales, ignorándome de forma muy deliberada. Coge una caja, la mira, la devuelve a la estantería. Coge otra. Lee la parte de atrás con una concentración que me dice que está haciendo todo lo posible por fingir que no estoy aquí.
Debería irme.
—Esos tienen demasiado azúcar —digo en cambio, señalando la caja que tiene en las manos—. Si es para los niños, a Dominic no le va a gustar.
Ellie me mira con una expresión que podría congelar el infierno.
—Qué detalle por tu parte preocuparte —replica con un sarcasmo afilado que reconozco de nuestro primer encuentro—. Pero resulta que los cereales son para mí, no para los niños. Y me da exactamente igual cuánto azúcar tengan.
—Solo intentaba ayudar.
—No necesito tu ayuda.
Deja la caja de cereales en el carrito con más fuerza de la necesaria y pasa por mi lado hacia el siguiente pasillo, dejando una estela de perfume caro que se me queda grabado en la memoria.
Y yo me quedo ahí como un imbécil, viéndola alejarse y preguntándome qué coño me pasa.
Dos días después, mi buzón es víctima de un atropello por parte del cartero.
El idiota no estaba mirando, se salió del camino, y ahora mi buzón está destrozado en el suelo como un soldado caído en batalla.
Lo cual significa que tengo que ir al pueblo a comprar madera nueva para construir uno.
La ferretería de Sunset Valley huele a serrín y metal, y el dueño me saluda con un gesto de cabeza cuando entro.
—Henry. ¿Qué te trae por aquí?
—Necesito madera. El cartero ha matado mi buzón.
El dueño de la ferretería suelta una carcajada.
—Es el tercero este mes. Ese hombre no debería tener licencia para conducir. La madera está al fondo.
Me dirijo hacia la parte trasera de la tienda, mentalmente calculando qué necesito. Listones de pino, tornillos, quizás un poco de barniz si me siento ambicioso.
Doblo la esquina hacia el pasillo de la madera y me detengo en seco.
Porque ahí está Ellie otra vez. Mirando un expositor de pinturas con esa misma expresión de concentración que tenía con los cereales, mordiéndose el labio inferior de una forma que hace que se me tense algo bajo en el estómago.
¿Qué coño hace en la ferretería?
Como si sintiera mi mirada, levanta la vista. Y cuando me ve, pone los ojos en blanco de una forma tan exagerada que sería cómica si no fuese tan frustrante.
—¿Me estás siguiendo? —pregunta, cruzándose de brazos.
—Eso debería preguntarte yo a ti.
—Qué maduro.
—Tú has empezado.
—No quiero discutir, ¿vale? —replica, y hay un destello de humor en sus ojos que desaparece tan rápido que casi pienso que me lo he imaginado—. ¿Qué haces aquí de todas formas? ¿Los guardabosques gruñones también hacen manualidades?
—Mi buzón ha tenido un accidente.
—Suena interesante.
Coge un bote de pintura rosa pastel y lo examina con interés. Luego coge otro, este en tono lavanda, y los compara.
—¿Vas a pintar algo? —pregunto, porque aparentemente mi cerebro ha dejado de funcionar y mi boca opera de forma independiente.
—Sage y yo vamos a redecorar la habitación de Emma —explica sin mirarme—. Quiere que sea más «de princesa». Lo cual es adorable, por cierto, antes de que se te ocurra decir algo molesto al respecto.
—No iba a decir nada.
—Seguro.
Hay un silencio incómodo donde ambos fingimos estar muy interesados en los productos de nuestros respectivos pasillos. Yo cojo un listón de madera al azar. Ella estudia las pinturas como si fuesen a revelarle los secretos del universo.
—El rosa —digo finalmente, porque soy un masoquista que no sabe cuándo mantener la boca cerrada—. Emma prefiere el rosa.
Ellie me mira con sorpresa genuina.
—¿Cómo sabes eso?
Porque presto atención. Porque aunque evito a mi familia como si fuesen la peste, sigo notando los detalles de los niños. Porque Emma me recordó su color favorito tres veces la última vez que la vi.
Pero no voy a admitir nada de eso.
—Observación básica —murmuro, encogiéndome de hombros.
Algo cambia en la expresión de Ellie. Se suaviza de una forma que hace que se me cierre la garganta. Me mira como si acabase de ver algo en mí que no esperaba encontrar.
—Gracias —dice en voz baja—. Por lo del rosa. Emma se va a poner contentísima.
Y entonces sonríe.
Es una sonrisa pequeña, casi tímida, completamente diferente de las sonrisas perfectas que he visto en sus películas. Es real. Genuina. Y me golpea con la fuerza de un puñetazo en el pecho.
Tengo que salir de aquí.
—Bien —consigo decir—. Me alegro de haber ayudado.
Me largo antes de que pueda hacer algo todavía más estúpido. Como seguir hablando con ella. O admitir que he visto todas sus películas. O decirle que la sonrisa que acaba de regalarme va a perseguirme durante semanas.
Compro la madera, salgo de la ferretería, y conduzco de vuelta a mi cabaña con los nudillos blancos de tanto apretar el volante.
Y cuando llego a casa, lo primero que hago es buscar más entrevistas de Ellie en YouTube como el acosador patético en el que me he convertido.
Una semana después de conocer a Ellie, mi madre me llama por quinta vez en dos semanas.