Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

HENRY

Me dirijo hacia la puerta trasera con la determinación de alguien que va al patíbulo.

Solo cinco minutos. Despedirme de los niños. Quizás un gesto de cabeza a Dominic. Y largarme antes de que alguien intente convencerme de quedarme a comer o alguna otra tortura social.

Estoy casi llegando a mi destino cuando la puerta se abre de golpe y casi me choco con… algo.

Alguien.

Una mujer.

Una mujer empapada.

Mi cerebro tarda un segundo en procesar lo que estoy viendo, y cuando lo hace, se me olvida cómo respirar.

Frente a mí hay una mujer con el pelo rubio recogido en un moño alto y despeinado del que escapan mechones húmedos que se le pegan al cuello.

Tiene las mejillas sonrojadas por el sol y el ejercicio.

Lleva una camiseta blanca completamente empapada que se le adhiere al cuerpo como una segunda piel, dejando absolutamente nada a la imaginación.

El sujetador —joder, puedo ver el encaje— se transparenta a través de la tela mojada.

Y la luz.

La maldita luz del sol entra por la puerta detrás de ella, creándole un halo dorado alrededor de la cabeza que hace que parezca…

Un ángel.

Un puto ángel que acaba de aparecer en el pasillo de mi cuñado con la ropa mojada y una sonrisa en los labios que hace que algo en mi pecho se contraiga dolorosamente.

Es preciosa.

No. Es más que eso. Es devastadora.

—¡Ay, perdona! —exclama, riendo mientras frena justo antes de chocar conmigo—. No te había visto. Casi nos golpeamos.

Su voz es como miel caliente. Suave, con un ligero matiz ronco que hace que se me tense todo el cuerpo de una forma que no tiene nada que ver con el dolor de la pierna.

Y eso me cabrea.

Me cabrea que esta mujer —esta desconocida empapada que irrumpe en el pasillo como si fuese su casa— me haga sentir algo. Cualquier cosa que no sea el entumecimiento al que me he acostumbrado durante los últimos años.

—Ten más cuidado —suelto, y mi voz sale más áspera de lo que pretendía—. El espacio personal existe por una razón.

La sonrisa se le congela en la cara.

Veo el momento exacto en que mi tono la golpea, cómo esos ojos azules —joder, son increíblemente azules— se endurecen ligeramente y la diversión desaparece detrás de algo más frío.

—¿Perdona? —dice, y ahora su voz ha perdido toda esa calidez—. ¿Tienes algún problema? Porque me he disculpado. No hace falta que seas tan borde.

—No sería borde si no te chocases con la gente.

Las palabras salen antes de que pueda detenerlas, cargadas de una hostilidad que ni siquiera entiendo. Pero es más fácil esto. Es más fácil comportarme como un cabrón que admitir que esta mujer me ha desestabilizado completamente con solo aparecer en un pasillo.

Ella abre la boca —probablemente para mandarme a la mierda, y no la culparía— cuando Sage aparece detrás de ella con una bandeja llena de vasos de limonada.

—¡Oh, Henry! —dice mi hermana con esa alegría forzada que usa cuando sabe que algo va mal.

Es especialista en palpar la tensión en el ambiente—.

Qué bien que os hayáis encontrado. Así puedo presentaros.

Ellie, te presento a mi hermano Henry. Es guardabosques.

Henry, ella es Ellie Cameron. Era la mejor amiga de Isabelle, la hermana de Dominic.

Ellie. El nombre le queda bien.

Lo cual no debería importarme lo más mínimo.

Mucho menos cuando está empapada y preciosa y mirándome como si fuese el imbécil más grande que ha conocido en su vida.

Lo cual, considerando mi comportamiento de los últimos tres minutos, es probablemente acertado.

ELLIE

Por el amor de Dios.

Este hombre es enorme.

No solo alto —aunque debe medir casi metro noventa— sino grande .

Tiene unos hombros anchos que tensan la camisa de franela, brazos que se ven sólidos incluso bajo las mangas y una presencia que ocupa todo el pasillo de una forma que hace que se me acelere el pulso por razones que me niego a analizar.

Y guapo.

Dios mío, es guapo de una forma que duele mirarlo.

Tiene la mandíbula cuadrada cubierta de barba de varios días. Pómulos marcados. Ojos verdes que me observan con una intensidad que hace que se me erice la piel. Pelo castaño oscuro despeinado como si se pasase las manos por él constantemente.

Tiene pinta de modelo de revista masculina. De esos que anuncian relojes caros o colonia mientras miran a la cámara con expresión de «podría pasar de ti o follarte, todavía no lo he decidido.»

Excepto que este no está mirando a una cámara.

Me está mirando a mí.

Y no parece que le guste lo que ve.

De hecho, me está mirando como si fuese algo desagradable que se le ha pegado a la bota.

—Es un placer conocerte —digo, porque soy una adulta civilizada que sabe comportarse en sociedad.

Alargo la mano hacia él con mi sonrisa profesional perfectamente ensayada. La que uso en las alfombras rojas y entrevistas. La que siempre funciona.

Excepto que Henry Wellington no me coge la mano.

Se queda ahí de pie, mirando mi mano extendida como si fuese una serpiente venenosa a punto de morderle. Luego levanta la vista hacia mi cara, y hay algo en su expresión —frialdad pura, desdén apenas disimulado— que hace que el aire se me atasque en la garganta.

Deja caer la mirada de nuevo a mi mano.

Y no hace nada.

Simplemente… no hace nada.

El silencio se extiende durante tres segundos eternos en los que puedo sentir cómo se me calienta la cara. Cómo la humillación trepa por mi cuello como hiedra venenosa. Cómo algo dentro de mí —algo que pensaba que ya estaba demasiado roto para romperse más— se hace añicos.

Bajo la mano lentamente, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para mantener la sonrisa en su sitio.

Menudo imbécil.

—¿Sabes que Ellie es una actriz muy famosa de Hollywood? —comenta Sage con voz demasiado aguda, intentando llenar el silencio incómodo.

Y ahí está. El comentario que se supone que debería impresionarlo. El que normalmente hace que la gente se anime, que empiece a hacer preguntas, que quiera saber sobre películas y alfombras rojas y toda esa falsedad que forma parte de mi vida pública.

Pero a él no le impresiona para nada.

Henry me mira directamente a los ojos.

—Hmmm —murmura.

Eso es todo.

Un sonido. Ni siquiera una palabra completa. Solo un «hmmm» cargado de… nada. De absoluta indiferencia.

Como si le acabasen de contar el dato más aburrido del mundo y ni siquiera mereciese la cortesía de una respuesta verbal completa.

Y algo dentro de mí se enciende.

No es solo humillación ahora. Es furia. Pura y simple y ardiente.

Porque he aguantado muchas cosas en mi vida. He aguantado a directores que me gritaban. A productores que me trataban como un trozo de carne. A mi madre que me veía como una inversión. A una industria entera que solo me quería por mi cara y mi cuerpo.

Pero esto.

Este hombre que ni siquiera tiene la decencia de estrecharme la mano. Que me mira como si fuese molesta. Que no puede ni molestarse en fingir educación básica.

No.

No voy a aguantar esto.

—Bueno, qué conversación más encantadora —digo, y mi voz sale cargada de ese sarcasmo helado que he perfeccionado después de años en Hollywood—. Pero tengo cosas más interesantes que hacer que quedarme mirando tu cara, simpático .

Le dedico mi mejor sonrisa falsa —la que dice «vete a la mierda» en lenguaje de alfombra roja— y paso por su lado hacia las escaleras.

Puedo sentir su mirada clavada en mi espalda mientras subo, pero no me doy la vuelta.

No le voy a dar la satisfacción.

—Henry, eso ha sido extremadamente desagradable incluso para ti —oigo que dice Sage detrás de mí, con voz tensa—. Ellie no se merece que la trates así.

No oigo la respuesta de Henry.

Probablemente porque no se digna a dar una.

Subo las escaleras de dos en dos, con el agua de la camiseta dejando un rastro a mi paso y el corazón latiéndome en los oídos como un tambor de guerra.

Solo cuando estoy dentro de mi habitación con la puerta cerrada, me permito dejar caer la máscara.

Me apoyo contra la puerta y me llevo las manos a la cara, respirando hondo para controlar la furia que me está quemando por dentro.

No voy a llorar.

No voy a llorar por un gilipollas gruñón que claramente tiene serios problemas de personalidad.

No voy a llorar porque me haya tratado como si fuese invisible. Como si no valiese ni la cortesía básica de un apretón de manos.

Pero se me están calentando los ojos de todos modos.

Porque esto es lo que siempre pasa, ¿verdad?

La gente me ignora. O se acerca a mí para conseguir algo. Conexiones. Fama. Dinero. Fotos para vender a la prensa.

Nadie me ve realmente. A mí. A Ellie.

Solo ven a la actriz. A la cara bonita. Al trozo de carne con piernas que pueden usar para sus propios fines.

Y Henry Wellington ni siquiera me ha visto como eso.

Ni siquiera como algo que merecía su desprecio. Solo su indiferencia absoluta.

Me obligo a respirar. Una vez. Dos veces. Tres.

No importa.

No importa lo que piense ese hombre. No importa que sea guapo como el pecado y que por un segundo —un estúpido segundo cuando lo vi en el pasillo— pensase que quizás…

No.

No voy a terminar ese pensamiento.

Henry Wellington es un idiota. Un hombre con serios problemas para relacionarse con otros seres humanos. Y no es como si fuese a ser importante para mí.

No es como si fuese a ser el hombre de mi vida o alguna tontería romántica de esas.

Es solo otro idiota más en una larga lista de idiotas que he conocido.

Nada más.

Me quito la camiseta mojada y la pongo a secar con rabia.

Y si se me escapa una lágrima que baja por mi mejilla, es solo porque tengo agua en los ojos de haberme mojado tanto en el jardín.

No tiene nada que ver con ojos verdes y una indiferencia más hiriente que cualquier insulto.

Nada en absoluto.