CAPÍTULO 2
HENRY
Me despierto con el sabor a sangre en la boca.
No es sangre real. Eso lo sé. Pero mi cerebro no parece captar la diferencia entre la pesadilla y la realidad hasta que han pasado varios segundos de pánico puro, con el corazón martilleándome contra las costillas y el sudor empapándome la camiseta.
La misma pesadilla de siempre.
Dylan gritando mi nombre. El rugido del oso. El crujido de las ramas cuando pierdo el equilibrio. La caída. El dolor explosivo en la pierna que ya no está ahí pero que mi cerebro insiste en recordar con una claridad brutal.
Y luego el silencio.
Ese silencio horrible, definitivo, que significa que Dylan ya no está gritando.
Que Dylan ya no está respirando.
Que Dylan está muerto y yo sigo vivo.
Me incorporo en la cama con un movimiento brusco que hace que la prótesis —me quedé dormido sin quitármela otra vez, mala idea— se clave contra el muñón con un dolor agudo que me sube hasta la cadera.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba.
Me froto la cara con ambas manos, intentando borrar las imágenes que todavía flotan detrás de mis párpados, y miro el reloj de la mesita de noche.
5:47 AM.
Genial. Ni siquiera he conseguido llegar a las seis.
Me levanto de la cama y cojeo hasta el baño. La cojera es más pronunciada cuando acabo de despertarme, cuando los músculos están rígidos y el muñón inflamado de haber dormido con la maldita prótesis puesta.
Debería quitármela por las noches. Lo sé. Todos los médicos me lo han dicho.
Pero quitármela significa aceptar que no está ahí. Que la pierna se fue. Que Dylan se fue. Que todo se fue.
Y no estoy preparado para eso.
Probablemente nunca lo esté.
Me apoyo contra el lavabo y me obligo a mirar el espejo. El hombre que me devuelve la mirada tiene ojeras tan profundas que parecen moratones, barba de varios días que roza lo descuidado, y ojos que han visto demasiada mierda para tener solo veintiséis años.
Perfecto. Justo la imagen que quiero proyectar.
Abro el grifo y me echo agua fría en la cara, intentando despertarme lo suficiente como para funcionar.
El agua está helada —porque vivir en una cabaña a ocho millas del pueblo significa que el calentador de agua es una mierda— pero es mejor que el café que voy a tener que prepararme en cinco minutos si quiero sobrevivir al día.
Me quito la camiseta empapada de sudor. Luego me siento en el borde de la bañera y, con movimientos que se han vuelto automáticos después de tres años, me quito la prótesis.
El alivio es inmediato.
Y también el odio.
Porque cada vez que me la quito tengo que ver lo que queda. El muñón que termina justo debajo de la rodilla. La piel enrojecida e irritada donde la prótesis ha estado rozando todo el día. La cicatriz que recorre el extremo como un recordatorio permanente de que sobreviví.
De que Dylan no.
Me obligo a revisar el muñón con dedos que ya saben lo que están buscando: puntos de presión, ampollas, cualquier cosa que pueda convertirse en un problema.
Y ahí está. Justo donde la hebilla interior de la prótesis lleva días rozando: una herida abierta del tamaño de una moneda que se ve infectada.
Mierda.
Esto significa que tengo que ir a ver a un médico.
Y en Sunset Valley solo hay uno.
Dominic Kane.
El prometido de mi hermana.
Me ducho rápido —bueno, tan rápido como puedo con una sola pierna y agarrándome a la barra que instalé después del accidente— y me pongo ropa limpia.
Jeans oscuros que ocultan la prótesis cuando me la vuelvo a poner, una camiseta térmica negra, y una camisa de franela encima porque hace un frío del carajo incluso cuando el sol está saliendo.
El café está tan fuerte que podría despertar a un muerto, pero me lo bebo igual mientras miro por la ventana de la cocina hacia los pinos que rodean mi cabaña.
La luz de la mañana se filtra entre las ramas creando sombras largas sobre el suelo cubierto de agujas de pino, y por un momento —solo un momento— consigo olvidar.
Olvidar la pesadilla. Olvidar el dolor. Olvidar que hoy tengo que ir a ver a Dominic porque esta herida no se va a curar sola.
Olvidar que cada día que me despierto es un día más que Dylan no tiene.
Pero solo dura un momento.
Luego la realidad vuelve a asentarse sobre mis hombros como una losa de cemento, y tengo que obligarme a moverme antes de que el peso me aplaste contra el suelo.
Cojo las llaves de la camioneta y salgo de la cabaña.
El trayecto hasta la casa de Dominic y mi hermana dura una hora que paso intentando no pensar en nada. La radio está puesta en una emisora de música country que no me gusta pero que llena el silencio, y mis manos agarran el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
No quiero hacer esto.
No quiero que Dominic me examine. No quiero tener que responder preguntas sobre cómo estoy cuidando la prótesis.
Pero la herida me está matando, y soy muchas cosas —amargado, gruñón, un cabrón insoportable— pero no soy lo suficientemente estúpido como para dejar que una infección se convierta en algo peor.
Ya perdí media pierna. No pienso perder más.
Cuando llego, la casa está en ese estado de caos controlado que siempre tiene cuando los niños están despiertos. Puedo oír a Emma y Ethan discutiendo sobre algo desde el jardín trasero, y voces de adultos intentando mediar.
Aparco la camioneta en el camino de entrada y me quedo sentado un momento, preparándome mentalmente para lo que viene.
Dominic abre la puerta cuando llamo. Lleva puestos unos pantalones de vestir grises y una camisa blanca con las mangas remangadas, y me observa con esos ojos azul hielo que probablemente intimidan a sus pacientes de Beverly Hills pero que a mí solo me irritan.
—Wellington —dice a modo de saludo, y hay algo en su tono profesional que me pone los pelos de punta—. ¿Está todo bien?
—Tengo una herida que necesito que revises —digo sin rodeos, porque no veo el punto de andar con gilipolleces. Si le parece raro que venga a su casa en vez de ir a la consulta médica, desde luego no lo dice.
Dominic asiente y se hace a un lado para dejarme pasar.
—Mi despacho está por aquí.
Lo sigo por el pasillo, consciente de que mi cojera es más evidente de lo normal.
El despacho de Dominic es exactamente lo que esperarías de un cirujano plástico obsesionado con el control: minimalista, ordenado, con cada cosa en su sitio. Hay un escritorio de madera oscura, estanterías llenas de libros médicos, y en un rincón, un sofá.
—Siéntate —dice, señalando el sofá—. Voy a lavarme las manos. Ahora vuelvo.
Me siento, y el cuero frío me atraviesa los vaqueros. Dominic regresa bastante rápido. Se seca las manos, se pone guantes de látex con movimientos eficientes, y se gira hacia mí.
—¿Dónde tienes la herida? —pregunta.
—En el muñón de la pierna. Donde la prótesis roza.
Algo cruza su rostro —¿sorpresa?, ¿preocupación?— pero desaparece muy rápido.
No sabía si mi hermana le había hablado de mi accidente, pero, a juzgar por la sorpresa que ha intentado ocultar, Dominic no sabía nada.
—¿Puedo verla?
Asiento y empiezo a desabrocharme el pantalón. Dominic espera en silencio, dándome espacio, lo cual aprecio más de lo que querría admitir.
Cuando finalmente consigo quitarme la prótesis —un proceso que siempre es complicado— y Dominic ve el muñón, su expresión se endurece.
—¿Cuánto tiempo llevas con esto? —pregunta, y su voz es fría. Clínica.
—Una semana.
—¿Y cuánto tiempo lleva infectada?
—Tres días. Quizás cuatro.
—Joder —murmura, y es la primera vez que le oigo soltar una palabrota.
Se arrodilla frente a mí y examina la herida con una concentración absoluta que me recuerda por qué Sage dice que es el mejor en lo que hace. Sus dedos enguantados rozan el muñón con una delicadeza que contrasta con su expresión seria.
—Esta herida necesita una limpieza profunda y antibióticos —dice finalmente, levantando la vista hacia mí—. ¿Has tenido fiebre?
—No.
—¿Escalofríos? ¿Náuseas?
—No.
—¿Algún otro síntoma que debería saber?
—Solo que me duele como un demonio.
Dominic asiente, como si esa respuesta fuese exactamente lo que esperaba escuchar.
—Voy a tener que desbridar el tejido infectado. Puedo aplicar anestesia local para minimizar el dolor, pero va a ser incómodo de todos modos.
—Haz lo que tengas que hacer.
No dice nada más. Solo se levanta y va hacia un armario donde debe de guardar material médico. Vuelve con una bandeja llena de instrumentos que prefiero no mirar demasiado de cerca.
—Esto va a llevar un rato —advierte mientras prepara una jeringa con anestesia local—. Si necesitas un descanso en cualquier momento, dímelo.
—Estaré bien. Soy un tipo duro.
—Me estoy decantando más por la posibilidad de que seas un inconsciente.
—Puede que sea cierto.
Dominic me mira directamente a los ojos, evaluándome, y luego asiente.
Los siguientes veinte minutos son una tortura.
Dominic trabaja con una precisión quirúrgica que es impresionante y frustrante a la vez.
Primero aplica la anestesia local, esperando a que haga efecto antes de empezar a limpiar la herida.
Luego usa un bisturí para cortar el tejido necrótico, trabajando con movimientos seguros y deliberados.
No me quejo. No hago ningún sonido. Solo aprieto los puños contra el cuero de la camilla y me obligo a respirar.
Me obligo a aguantar el dolor porque sufrir es lo que merezco.
—Ya casi está —dice Dominic después de lo que parece una eternidad.
Finalmente termina y aplica una capa gruesa de pomada antibiótica antes de vendarme el muñón con gasa limpia.
—No puedes ponerte la prótesis durante al menos tres días —dice mientras se quita los guantes—. El muñón necesita tiempo para sanar sin presión adicional.
—¿Tres días?
—Mínimo —repite, y su tono no admite discusión—. Y vas a tomar antibióticos orales. Dos veces al día durante una semana.
Se acerca a su escritorio y empieza a escribir una receta en un bloc.
—¿Tienes muletas? —pregunta sin levantar la vista.
—En la camioneta.
—Úsalas. Y quiero verte en tres días para revisar cómo está sanando. Si empeora antes de eso, si tienes fiebre, el enrojecimiento que se extiende, o el dolor aumenta, vienes inmediatamente. ¿Entendido?
—Entendido.
Me pasa la receta y me observa mientras vuelvo a ponerme la prótesis. Puedo ver que quiere decir algo más, que hay preguntas formándose detrás de esos ojos azules, pero para su crédito, no las hace.
—Sage está en el jardín con los niños —dice finalmente—. Probablemente querrá verte antes de que te vayas.
Es su forma educada de decirme que debería saludar a mi hermana en vez de largarme como un fantasma. Y tiene razón.
—Gracias —digo, poniéndome de pie y probando la prótesis. El dolor sigue ahí, pero es más manejable ahora que la herida está limpia y vendada—. Por esto.
—Es mi trabajo —responde Dominic con un encogimiento de hombros.
Pero hay algo en su expresión que me dice que para él es más que eso. Que ve esto como parte de su papel en la familia ahora que va a casarse con Sage.
Lo cual es… raro. Y ligeramente incómodo.
Pero también lo aprecio, aunque nunca lo admitiría en voz alta.
Salgo del despacho y me dirijo hacia el pasillo. Puedo oír a Dominic guardando el material médico detrás de mí, y luego sus pasos alejándose en dirección opuesta.
Me quedo un momento en el pasillo, mirando hacia la puerta trasera que da al jardín.
Debería irme. Volver a mi camioneta, recoger las muletas, conducir de vuelta a mi cabaña y esconderme ahí durante los próximos tres días como un ermitaño.
Pero Sage está ahí fuera. Y los niños.
Y a pesar de todo —de mi mal humor, de mi deseo de estar solo, de mi determinación de mantener a todo el mundo a distancia— algo dentro de mí se ablanda cuando pienso en Emma y Ethan.
Son buenos niños. No merecen tener un tío que los evita constantemente.
Quizás debería al menos despedirme de ellos.
Sería lo correcto.
Me dirijo hacia la puerta trasera, preparándome mentalmente para cinco minutos de interacción humana antes de poder largarme.
Pero antes de que me mueva, Sage aparece en el pasillo.
—Henry —dice, y su sonrisa es tan genuina, tan llena de cariño, que me dan ganas de salir corriendo—. Dominic me ha dicho que estabas aquí. ¿Cómo estás?
—Bien —miento—. Solo necesitaba que me hiciese una revisión rutinaria.
Sage me mira con esos ojos verdes que siempre parecen ver demasiado, y sé que no me cree. Pero no me presiona.
—Me alegro de verte —dice simplemente—. Hace semanas que no pasas por casa de mamá y papá.
—He estado ocupado.
—Lo sé —responde, y hay algo en su tono que me dice que sabe exactamente con qué he estado ocupado: escondiéndome en mi cabaña y evitando a todo el mundo—. Pero nos encantaría verte más a menudo.
No sé qué responder a eso, así que no digo nada.
Sage suspira y se acerca para darme un abrazo rápido que no puedo evitar. Huele a vainilla y a hogar, y me recuerda a cuando éramos niños y ella venía corriendo a abrazarme cada vez que me veía.
—La fiesta de la cosecha es dentro de dos semanas —dice cuando se aparta—. Me encantaría que vinieras.
Y ahí está. Lo que sabía que vendría.
—Sage…
—Sé lo que vas a decir —me interrumpe, levantando una mano—. Que no te gustan las multitudes. Que prefieres estar solo. Que las fiestas del pueblo son una pérdida de tiempo. Ya conozco todos tus argumentos, hermano.
—Entonces sabes por qué no voy a ir.
—Pero me encantaría que hicieras el esfuerzo —continúa, ignorando mi respuesta—. Solo por una tarde. No tienes que quedarte toda la noche. Solo… aparecer. Ver a la familia. Demostrar que sigues vivo.
Las últimas palabras me golpean con más fuerza de lo que probablemente pretendía.
Porque ese es el problema, ¿verdad? Que estoy vivo. Que sigo aquí mientras Dylan no.
—Lo pensaré —digo finalmente, porque es más fácil que decir que no directamente.
—¿De verdad? A mamá le haría muy feliz —comenta Sage, y hay esperanza en su voz que me parte el corazón.
—Lo pensaré —repito.
No voy a ir. Los dos lo sabemos en el fondo. Pero decir que lo pensaré hace que Sage deje de presionar, y eso es todo lo que necesito ahora mismo.
Mi hermana me da otro abrazo rápido y luego se aleja por el pasillo, internándose en la casa.
Me quedo ahí de pie, solo en el pasillo silencioso, con el muñón palpitando bajo la venda y un peso en el pecho que no tiene nada que ver con heridas físicas.
Debería irme ya.
Pero en lugar de dirigirme hacia la puerta principal, me encuentro caminando hacia la puerta trasera. Hacia el jardín donde puedo oír las risas de Emma y Ethan, la voz grave de Dominic, el sonido de una vida normal y feliz que yo dejé de tener hace unos años.
Solo cinco minutos, me digo.
Solo para despedirme.
Y luego volveré a mi cabaña, a mi soledad, al único lugar donde puedo respirar sin sentir que le estoy robando el aire a alguien que lo merecía más que yo.
Solo cinco minutos.
¿Qué puede salir mal en cinco minutos?