Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Dos meses antes

ELLIE

Hay algo profundamente incómodo en observar a dos personas enamoradas cuando tu mejor amiga está muerta y tú estás viviendo de prestado en la casa de su hermano.

Todo parece mucho peor cuando estás sentada en el porche con una taza de té que se ha enfriado hace veinte minutos, fingiendo leer un libro mientras en realidad observas cómo Dominic Kane —el cirujano plástico más intimidante de Beverly Hills— le quita una mota de polvo imaginaria del hombro a su prometida como si fuese la cosa más importante del mundo.

Isabelle se estaría riendo de mí ahora mismo.

«Ellie», me diría con esa sonrisa suya que iluminaba habitaciones enteras, «deja de ser una espectadora del amor ajeno y consíguete tu propia vida.»

Excepto que Isabelle lleva tres años muerta, yo llevo un mes escondida en Montana huyendo de un escándalo que ha trastocado mi carrera, y mi vida amorosa consiste en mirar cómo Dominic le coloca un mechón de pelo detrás de la oreja a Sage con tanta ternura que me dan ganas de irme corriendo.

No es que no me alegre por ellos. Me alegro. De verdad.

Es solo que ver al hombre más frío que he conocido en mi vida —y eso incluye a varios directores de cine y a mi propia madre— derretirse como mantequilla al sol cada vez que Sage respira en su dirección es… desconcertante.

Y deprimente.

Mayormente deprimente.

—¡Tío Dom! —la voz aguda de Emma rompe el momento de cursilería—. ¡Ethan dice que las niñas no pueden ser astronautas!

—Yo no he dicho eso —protesta Ethan desde el columpio, con esa indignación de niño de siete años que sabe que está a punto de meterse en un lío—. He dicho que ella no puede ser astronauta porque le dan miedo las alturas.

—¡Mentira!

—¡Verdad! Te dio pánico subir en la noria del parque de atracciones.

Dominic se levanta de donde estaba sentado junto a Sage con un suspiro que suena a «esto es lo que me pasa por tener sobrinos mellizos» y se dirige hacia el jardín con esa autoridad tranquila que hace que hasta los niños de siete años se callen.

—Emma puede ser lo que le dé la gana —dice con esa voz de doctor que no admite réplica—. Incluso astronauta con miedo a las alturas. La NASA tendrá que adaptarse.

Sage se ríe, y el sonido es tan genuino, tan lleno de felicidad pura, que algo dentro de mí se retuerce incómodo.

Aparto la vista hacia mi libro —una novela romántica que debería haberme terminado hace días pero que no consigo concentrarme en leer— e intento recordar la última vez que yo me reí así.

No me viene nada a la mente.

Lo cual es patético, considerando que mi trabajo durante los últimos diez años ha sido literalmente hacer que otra gente se ría. O llore. O sienta cualquier cosa mientras yo finjo sentir cosas en una pantalla.

Resulta que soy muy buena fingiendo.

—¿Quieres más té? —la voz de Sage me sobresalta.

Levanto la vista y ahí está, de pie junto a mi silla con esa expresión amable que siempre lleva puesta, como si el mundo entero fuese un lugar maravilloso lleno de posibilidades y no un vertedero en llamas donde la gente te apuñala por la espalda mientras sonríe para las cámaras.

Isabelle habría adorado a Sage.

Ese pensamiento me atraviesa con tanta fuerza que tengo que tragar saliva antes de responder.

—No, gracias —consigo decir, levantando la taza fría como evidencia—. Todavía tengo.

Sage mira el té con una expresión que dice «sé perfectamente que está frío pero no voy a decir nada porque eres mi invitada» y se sienta en la silla de al lado.

Mierda.

Se viene una conversación. Puedo notarlo en su expresión.

—Sabes que puedes quedarte con nosotros todo el tiempo que necesites, ¿verdad? —dice, y su voz es tan sincera que me dan ganas de tirarme por la barandilla del porche.

—Lo sé —respondo, porque es la verdad.

Dominic me lo dejó muy claro hace un mes: «Isabelle te habría abierto su casa sin pensarlo dos veces», me dijo. «Así que esta es tu casa también. Durante el tiempo que necesites.»

Lo cual fue increíblemente generoso y me hizo llorar todavía más, porque resultó que Dominic Kane tiene un corazón enorme escondido bajo todo ese hielo clínico. Quién lo habría dicho.

Isabelle, probablemente. Isabelle siempre supo ver lo mejor en la gente.

—Dominic y yo hemos estado hablando —continúa Sage, y puedo sentir cómo se me tensa el estómago—. Creemos que deberías quedarte más tiempo. Al menos hasta que las cosas se calmen con tu agencia.

Las cosas no se van a calmar con mi agencia.

Mi agencia — ex agencia, técnicamente— ha estado estafándome durante años. A mí y a otras cinco actrices. Cobrando comisiones infladas, facturando gastos falsos, básicamente robándonos a plena luz del día mientras nos sonreían en la cara y nos prometían que estaban «cuidando de nuestros intereses.»

Salió en todos los medios hace unas semanas. TMZ, Variety, Hollywood Reporter. Incluso el maldito New York Times escribió un artículo.

«Ellie Cameron, entre las víctimas del escándalo de la Agencia Morrison.»

Víctima.

Odio esa palabra casi tanto como odio que sea técnicamente correcta.

—Es muy generoso por vuestra parte —digo, y la sonrisa me sale tan automática que ni siquiera tengo que pensar en ella—. Pero no quiero abusar de…

—No es abusar —me interrumpe Sage con esa determinación dulce que tiene—. Eres de la familia, Ellie.

Familia.

La palabra me golpea en el pecho como un puño.

Porque no soy familia. Soy la mejor amiga de la hermana muerta de su prometido.

Soy una actriz que se esconde en Montana porque no tiene ningún otro sitio a donde ir.

Una actriz que debería volver a trabajar pero que no sabe lo que quiere.

Una actriz que ni es ni era feliz hace un mes.

Ahora soy una intrusa en su relación perfecta, una sombra triste que vaga por su casa como el fantasma de Isabelle.

No soy familia.

Pero Sage me mira con esos ojos verdes llenos de sinceridad, y sé que lo dice en serio. Que de verdad cree que puedo ser parte de esto, de ellos, de esta vida que están construyendo juntos.

Y quiero creerla.

Dios, cómo quiero creerla.

Amaría tener una familia como ellos.

—Gracias —consigo decir, y esta vez la sonrisa me sale un poco más real—. De verdad.

El teléfono vibra en mi bolsillo como una bomba a punto de explotar.

No necesito mirarlo para saber quién es.

Mi madre.

Es la tercera vez esta semana que me llama, y las dos veces anteriores he ignorado sus llamadas porque sé exactamente lo que va a decirme.

Pero si la ignoro una tercera vez, es capaz de aparecer aquí en persona con un equipo de relaciones públicas y un plan de cinco puntos para «rehabilitar mi imagen. »

—Perdona —le digo a Sage, levantándome—. Tengo que coger esto.

Me alejo hacia el extremo del jardín, donde los pinos crean una barrera natural entre la casa y el resto del mundo, y respiro hondo antes de deslizar el dedo por la pantalla.

—Hola, mamá.

—¡Por fin! —su voz atraviesa el teléfono como una sierra eléctrica—. Llevo tres días intentando localizarte, Elizabeth. ¿Tienes idea de lo preocupada que he estado?

No ha estado preocupada.

Margaret Cameron no se preocupa por mí. Se preocupa por lo que mi ausencia significa para su estatus social en Beverly Hills.

—Lo siento —digo, porque es más fácil que discutir—. He estado ocupada.

—¿Ocupada? —repite, y puedo imaginarla perfectamente en su salón minimalista de diseñador, con una copa de Chardonnay en la mano y esa expresión de desdén que reserva especialmente para mí—. ¿Ocupada haciendo qué? ¿Mirando vacas?

—No hay muchas vacas aquí, mamá. Esto es Montana, no Iowa.

—Es lo mismo.

—Geográficamente no lo es, pero…

—No me vengas con sarcasmo, Elizabeth —me corta, y su voz baja hasta ese tono peligroso que reconozco de mi infancia—. El escándalo de la agencia ya está resuelto. Tus abogados han hecho su trabajo. Es hora de que regreses a Los Ángeles y retomes tu carrera.

—No estoy segura de querer retomar mi carrera.

El silencio al otro lado de la línea es tan gélido que casi puedo ver cómo se forma escarcha en la pantalla del teléfono.

—¿Perdona? —dice finalmente, con esa voz que usaba cuando yo tenía siete años y sugería cosas ridículas como «querer jugar en el parque como los otros niños.»

—He dicho que no estoy segura de…

—Te he oído perfectamente —me interrumpe—. Lo que no entiendo es por qué estás diciendo semejante estupidez.

Me froto la frente, sintiendo cómo la tensión se acumula detrás de mis ojos.

—No es una estupidez, mamá. Es solo que necesito tiempo para pensar si esto es realmente lo que quiero hacer con mi vida.

—¿Lo que quieres hacer con tu vida? —repite, y suelta una risa tan seca que podría encender fuego—. Elizabeth, tienes treinta y dos años. No es momento para crisis existenciales adolescentes.

—Técnicamente una crisis existencial puede ocurrir a cualquier edad.

—¡Basta! —explota, y su voz sube tanto que me tengo que apartar el teléfono de la oreja para que no me perfore el tímpano—. ¿Sabes lo que pasó el otro día? Sandra Mitchell no me invitó a su gala benéfica. A mí, Elizabeth. ¿Tienes idea de lo humillante que fue?

Y ahí está.

El verdadero problema.

No le importa que yo esté teniendo una crisis. No le importa que mi agencia me haya estado robando durante años. No le importa que me sienta perdida, vacía, completamente agotada de fingir ser alguien que no soy.

Le importa que Sandra Mitchell no la haya invitado a una fiesta.

—Lo siento mucho por tu trauma social, mamá —digo, y el sarcasmo se me escapa antes de que pueda detenerlo—. Debe ser muy difícil para ti que tu hija tenga una crisis mientras tú intentas mantener tu estatus en las fiestas de Beverly Hills.

—No te atrevas a usar ese tono conmigo —sisea—. Después de todo lo que he sacrificado por ti. De todas las audiciones a las que te llevé cuando eras niña. De todos los contactos que movilicé para que llegaras donde estás.

Donde estoy.

Escondida en Montana, sin carrera, sin agencia, sin idea de qué hacer con mi vida.

Sí, definitivamente ha valido la pena todos esos «sacrificios.»

—Mamá.

—Siempre has sido igual —continúa, como si yo no hubiera hablado—. Una egoísta. Una diva. Todo tiene que girar alrededor de ti y tus sentimientos. ¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de todo lo que yo invertí en tu carrera?

Invertí.

Como si yo fuese un fondo de inversión y no su hija.

—Seguro que todo esto es solo para llamar la atención —dice, y cada palabra es como un puñetazo—. Como aquella vez que dijiste que querías estudiar biología marina en lugar de actuar. Puro teatro.

El recuerdo me golpea con la fuerza de un tren.

Tenía diecisiete años. Vi un documental de National Geographic y tuve la estúpida idea de que quizás podría estudiar algo que me importase de verdad.

Mi madre se rio en mi cara durante cinco minutos seguidos.

Dos semanas después estaba firmando con mi primera agencia.

—Mamá, tengo que colgar —digo, porque si sigo en esta llamada un segundo más voy a decir algo de lo que me arrepentiré.

O peor, voy a empezar a llorar.

—Elizabeth Cameron, ni se te ocurra…

Le cuelgo.

El teléfono me tiembla entre las manos, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para no lanzarlo contra el pino más cercano.

En su lugar, lo meto en mi bolsillo y me quedo ahí de pie, respirando el aire frío de Montana e intentando recordar por qué no he bloqueado el número de mi madre.

Ah, sí.

Porque soy patética y una parte diminuta y masoquista de mí sigue esperando que algún día me llame y me diga que me quiere.

Que esté orgullosa de mí.

Que le importe.

Pero eso nunca va a pasar, ¿verdad?

Porque Margaret Cameron no me ve como su hija. Me ve como una extensión de su ego. Como una forma de conseguir el estatus social que nunca logró por sí misma.

Y yo fui lo suficientemente estúpida como para hacerme actriz pensando que, si suficientes extraños me adoraban, llenaría ese vacío que llevo dentro desde que tengo memoria.

Spoiler: no funcionó.

Me giro para volver al porche, pero mis piernas no cooperan.

Se han convertido en algo pesado e inútil, y lo único que puedo hacer es quedarme aquí de pie, mirando hacia donde Dominic está empujando a Emma en el columpio mientras Ethan intenta hacer el pino en el césped y Sage los observa desde el porche con una expresión de felicidad absoluta que nunca había visto en nadie hasta que la conocí.

Y algo dentro de mí se rompe.

Porque daría cualquier cosa —mi dinero, mi fama, mi carrera, un brazo, mi colección completa de zapatos de Christian Louboutin— por que alguien me mirase con la mitad del amor con el que Dominic mira a Sage.

Por que alguien me necesitase.

Por que alguien me viese de verdad, sin el maquillaje y las luces y la actuación constante que he llevado puesta como una segunda piel desde que tengo memoria.

Pero ese no es mi destino.

Si hay algo que he aprendido en treinta y dos años es que el amor —el amor real, el que hace que Dominic mire a Sage como si fuese su razón para respirar— no es para mí.

Yo nunca he tenido eso.

Y probablemente nunca lo tendré.

Porque hay algo dentro de mí fundamentalmente roto que hace que sea imposible de amar.

No puedo quedarme aquí. No puedo dejar que me vean así, con la compostura resquebrajándose y las lágrimas amenazando con arruinar el maquillaje que me he puesto esta mañana por puro hábito.

Me dirijo hacia la casa por la puerta lateral —la que da directamente a las escaleras— y subo los peldaños de dos en dos.

Solo cuando estoy dentro de mi habitación — su habitación de invitados— con la puerta cerrada a mi espalda, me permito derrumbarme.

Me apoyo con la espalda contra la puerta, y dejo que salga todo lo que he estado conteniendo durante la llamada.

Las lágrimas caen calientes y furiosas, llevándose el rímel y el eyeliner y toda la máscara de perfección que uso incluso aquí, incluso en medio de la nada.

Me llevo las manos a la cara e intento ahogar los sollozos, pero es inútil.

Todo sale: la llamada con mi madre, el escándalo de la agencia, los años de fingir ser perfecta mientras me moría por dentro, la certeza absoluta de que nunca seré más que un objeto bonito para que la gente admire desde lejos.

Nunca seré amada.

No de verdad.

Y eso es lo que más duele.

Ni el dinero robado. Ni las mentiras de mi agencia. Ni siquiera las palabras de mi madre.

Lo que me destroza es saber que hay algo dentro de mí tan fundamentalmente defectuoso que hace que sea imposible de querer.

¿Qué hay en mí tan roto que nadie puede amarme?

La pregunta resuena en mi cabeza sin respuesta.

Afuera puedo oír las risas de Emma y Ethan. La voz grave de Dominic. La risa de Sage.

Y yo estoy aquí dentro, llorando como una adolescente dramática.

Isabelle me daría una colleja ahora mismo.

«Ellie», me diría, «deja de sentir pena por ti misma y haz algo al respecto.»

Pero Isabelle está muerta.

Y yo estoy sola.

Como siempre lo he estado.

Como probablemente siempre estaré.