Odio Salvaje (Sunset Valley 4) PRÓLOGO
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Odio Salvaje (Sunset Valley 4)

Odio Salvaje (Sunset Valley 4)

Por Olivia Darcy

© inepub.com

PRÓLOGO

HENRY

Por más que lo intento, no puedo sacármela de la cabeza.

La primera vez que vi a Ellie Cameron tuve el estúpido pensamiento de que era un ángel.

Jamás había conocido a alguien tan hermosa como ella, a alguien que emanase esa energía cálida y dulce que hace que el aire se vuelva más denso solo con su presencia. A alguien que tuviera una sonrisa capaz de hacer que el aliento se me atascase en la garganta con solo esbozarla cerca de mí.

Ahora, tras varios meses teniendo que soportar su belleza tortuosa, tras sentir cómo me hace pedazos con solo existir cerca de mi órbita, sé que es un demonio subido directamente del infierno para destrozarme la vida.

Tenerla cerca ha hecho que no me reconozca a mí mismo.

Me he vuelto un acosador patético —he visto cada una de las películas en las que ha actuado, he visto cada anuncio, he leído cada artículo de la prensa rosa que habla de ella—, y nada ha calmado esta sed que se ha apoderado de todo mi ser como un cáncer.

Me he vuelto un hombre todavía más gruñón y amargado de lo que ya era.

Porque si hay algo que sé con absoluta certeza, aparte de que el sol sale cada jodida mañana, es que no merezco a una mujer tan maravillosa y preciosa como Ellie Cameron.

Lo nuestro fue solo un encuentro de una vez. Algo aislado en el tiempo que la vida decidió regalarme para que sepa todo lo que me estoy perdiendo y siga agonizando durante el resto de mi existencia miserable. Por todos mis pecados. Por el daño que he causado. Por Dylan.

Un suceso que no habría permitido que pasase de haber sabido que estaba decidida a quedarse aquí.

El hacha se clava en la madera con un sonido seco que resuena entre los pinos que rodean mi cabaña.

El sudor me gotea por la frente a pesar de que el frío me muerde la piel expuesta, pero sigo partiendo leña con movimientos mecánicos que no requieren pensar.

Solo quiero sentir el impacto, el dolor sordo que se extiende desde mi prótesis hasta la cadera, el cansancio que me mantiene demasiado ocupado para pensar en pelo rubio y ojos que brillan como estrellas.

Suena el timbre de casa, pero no me molesto en dejar de cortar la leña. Sea quien sea puede irse a la mierda. No quiero visitas. Es algo que siempre dejo claro. Si me acerco a abrir la puerta pensarán que son bienvenidos, que mi aislamiento autoimpuesto tiene grietas por las que pueden filtrarse.

No las tiene.

El timbre vuelve a sonar, insistente, seguido del golpeteo de nudillos contra la madera. Después, silencio.

Perfecto. Se han ido. Quienquiera que fuese ha captado el mensaje.

Levanto el hacha otra vez, preparándome para el siguiente golpe, cuando una voz me detiene en seco.

—Sé que estás ahí, Henry Wellington.

Mi corazón se para. Literalmente se para durante un segundo entero antes de empezar a latir como si acabase de correr un maratón.

Esa voz. Esa maldita voz que se ha apoderado de mis sueños y los ha convertido en una tortura nocturna. Suave como miel caliente, con ese ligero matiz ronco que hace que algo primitivo en mi estómago gruña de reconocimiento.

Ellie Cameron está en mi jardín.

Me giro lentamente, y ahí está. De pie junto a la valla de madera que separa mi propiedad del sendero, con un vestido azul que se pega a su cuerpo de una forma que me vuelve loco y ese cabello rubio platino cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros.

Es tan hermosa que me duele el pecho solo con mirarla.

—¿Qué coño haces aquí? —pregunto, mi voz sale más áspera de lo que pretendía.

—Necesito hablar contigo —dice, y hay un temblor en su voz que no había oído antes.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Oh, créeme. Tenemos mucho de qué hablar —replica, acercándose un paso hacia mí.

Puedo oler su perfume desde aquí: algo caro y sofisticado que huele a la vida que debería estar viviendo en lugar de estar perdida en este pueblo olvidado de Montana. A su mundo real. Al mundo donde pertenece.

Lejos de mí.

—He sido muy claro sobre lo que pienso de tu presencia en este pueblo —digo, clavando el hacha en el tronco con más fuerza de la necesaria—. No ha cambiado nada.

—¿En serio? —se acerca otro paso, y puedo ver esa determinación que reconozco porque me vuelve completamente loco—. Porque tengo la sensación de que has estado evitándome de forma muy deliberada este último mes.

Evitándola. Esa es una forma muy suave de describir la tortura autoinfligida a la que me he sometido.

Cambiar mis rutas para no cruzármela en el pueblo, rechazar todas las invitaciones familiares donde pudiera estar presente, encerrarme en esta cabaña como un ermitaño para no hacer algo estúpido como buscar excusas para verla otra vez.

—No te evito —miento—. Simplemente no tengo tiempo para el drama de Hollywood en mi vida.

Veo el momento exacto en que mis palabras la golpean. Sus ojos se endurecen ligeramente, esa vulnerabilidad que he visto durante un segundo desaparece detrás de la máscara de actriz profesional que lleva como armadura.

—Perfecto —dice con voz controlada—. Porque lo que tengo que decirte no va a requerir mucho tiempo.

Se coloca bien el vestido, endereza los hombros que parecen demasiado delicados para cargar con todo el peso que veo en sus ojos, y me mira directamente.

—Estoy embarazada —me dice, y durante un segundo puedo ver que está completamente aterrorizada.

El mundo se detiene.

El hacha se me resbala de las manos y cae al suelo con un golpe sordo que resuena entre los árboles como un disparo.

Mi corazón, que hace un segundo latía como un tambor de guerra, simplemente se para.

De hecho, si algún médico me revisase en este instante se daría cuenta de que ni siquiera está latiendo.

Embarazada.

Ellie Cameron está embarazada.

—De ti —añade, como si pensase que soy más gilipollas de lo que ya cree y no hubiese llegado yo solo a esa conclusión.

—Joder. —Es lo único que consigo que salga de mi boca, porque aparentemente el shock ha reducido mi vocabulario a monosílabos.

—Qué elocuente —comenta, y puedo ver cómo la tensión se acumula en sus hombros como cristal a punto de romperse.

—Esto no debería estar pasando —digo, porque parece que mi coeficiente intelectual ha disminuido hasta casi rozar el suelo por el pánico que me está destrozando desde dentro.

Pero no es pánico porque la odie o porque no la quiera. Es pánico porque alguien como yo no debería de tener este regalo del cielo. Mi jodido corazón, en contra del sentido común, en contra de toda lógica, se despierta y decide que es el momento perfecto para regresar a la vida.

Pero yo sé mejor que ese estúpido órgano lo que merezco.

Y no es esto. Definitivamente no es esto.

—Desde luego que no —responde, cruzándose de brazos y colocándose en esa actitud defensiva que reconozco porque la he visto dirigida hacia periodistas agresivos en las entrevistas que he visto obsesivamente—.

No debería de haber sido tan estúpida como para quedarme embarazada del hombre más idiota de Sunset Valley, pero aquí estamos.

Súmalo a la lista invisible esa que tienes de agravios que he cometido desde que me conoces.

Sus palabras me atraviesan como puñaladas, pero hay algo debajo de la rabia que me desarma completamente: dolor. Dolor real, profundo, del tipo que reconozco porque vivo con él cada segundo de cada día.

—No es una buena idea —digo, y las palabras salen como si me las arrancasen con tenazas.

Veo cómo se le abren mucho los ojos, cómo se lleva la mano al abdomen de forma protectora mientras me mira como si acabase de golpearla físicamente.

Es en ese instante cuando comprendo lo que acaba de pensar.

—No quiero decir que abortes —me apresuro a aclarar, sintiendo cómo el pánico me sube por la garganta como bilis—. Joder, Ellie. Esto se me está yendo de las manos.

Piensa que soy todavía más cabrón de lo que en realidad soy. Y considerando lo cabrón que ya soy, eso es decir mucho.

Puede que no merezca este regalo. El privilegio de haber estado con esta mujer, de haber dejado algún rastro mío en su cuerpo perfecto. Pero no soy tan tonto como para rechazarlo ahora que esta oportunidad imposible se ha presentado en mi vida.

—Tampoco iba a hacerlo —dice, y ahora su voz es más baja. Más vulnerable.

Puedo ver el miedo en sus ojos, esa fragilidad que intenta ocultar detrás de toda esa belleza. Y no por primera vez desde que la conozco siento el deseo desesperado de ser el hombre que pudiese acercarse a ella y consolarla.

Pero no soy ese hombre. Ese hombre murió el mismo día en que Dylan perdió la vida y yo perdí la mitad de mi pierna derecha.

—¿Y qué quieres de mí? —pregunto, porque soy un cobarde que no sabe cómo manejar algo tan monumental como esto.

Veo el momento exacto en que mis palabras la destrozan. Como si hubiera estado esperando, quizás incluso rogando, que dijese algo diferente. Algo mejor.

—No debería haber venido a contártelo —dice, y puedo ver cómo sus ojos se llenan de lágrimas que se niega a dejar caer—. Está claro que soy más tonta de lo que ya pensaba.

Mi corazón se acelera, se me instala una piedra de terror puro en el estómago cuando la veo darse media vuelta y alejarse de mí con esos pasos decididos que reconozco de las alfombras rojas que he visto en internet.

—Espera, Ellie.

Pero ella no me hace caso. En su lugar me enseña el dedo corazón sin molestarse en darse la vuelta mientras me dice con una voz que podría cortar cristal:

—Vete a la mierda, Henry Wellington.

Y entonces se aleja, caminando hacia el sendero con la cabeza alta y los hombros cuadrados que me dicen que está usando cada gramo de fuerza que tiene para no derrumbarse.

Me quedo ahí de pie, rodeado del olor a madera recién cortada y resina de pino, viendo cómo la mujer de la que estoy enamorado sin remedio se lleva a nuestro hijo lejos de mí.

Porque eso es lo que es, aunque sea demasiado cobarde para admitirlo: mi hijo. Nuestro hijo.

Y acabo de joder la única oportunidad que voy a tener de ser parte de algo bueno, algo puro, algo que podría hacer que valiese la pena seguir despertándome cada mañana.

Pero quizás sea mejor así. Quizás sea exactamente lo que me merezco.

Al fin y al cabo, los hombres como yo no consiguen finales felices.

Los hombres como yo solo conseguimos vivir con las consecuencias de nuestras decisiones de mierda.