CAPÍTULO 8
ELLIE
Un mes.
Ha pasado un mes desde la fiesta de la cosecha, y he conseguido evitar a Henry Wellington con una habilidad que habría impresionado a cualquier espía profesional.
No es difícil cuando él también me está evitando.
Las pocas veces que nos hemos cruzado ha sido un ejercicio de incomodidad mutua. Miradas que se desvían. Saludos cortantes. Una tensión tan espesa que podría cortarse con cuchillo.
Y yo finjo que me parece bien.
Finjo que no pienso en esa noche cada segundo de cada día.
Finjo que no recuerdo cómo se sintió tenerlo dentro de mí, llenándome. Conectándome a él.
Finjo que el mejor sexo de mi vida no ocurrió en el asiento trasero de una camioneta con un hombre que me desprecia.
Pero hay algo que no puedo seguir fingiendo.
Algo que me ha estado persiguiendo durante los últimos días con una insistencia cada vez más difícil de ignorar.
Mi regla no ha bajado.
Al principio lo atribuí al estrés. A la mudanza. A los cambios de horario y de clima. A todo el caos que ha sido mi vida durante los últimos meses.
Pero ahora, mirando el calendario en mi teléfono mientras estoy sentada en el borde de la bañera a las siete de la mañana, ya no puedo seguir engañándome.
Llevo siete días de retraso.
Siete.
Y tengo los pechos tan sensibles que me duele ponerme el sujetador. Y un cansancio que no se va por más que duerma.
Dios mío.
El test de embarazo que compré ayer en la farmacia de dos pueblos más allá —porque ni loca iba a comprarlo en Sunset Valley donde todo el mundo conoce a todo el mundo— me mira desde el lavabo como una bomba a punto de explotar.
He estado mirándolo durante veinte minutos.
Veinte minutos en los que he intentado convencerme de que no hace falta. De que solo es un retraso. De que estoy siendo paranoica.
Pero ya no puedo posponerlo más.
Me levanto con piernas que tiemblan ligeramente y cojo la caja. Mis dedos se mueven por inercia mientras leo las instrucciones que ya me sé de memoria de haberlas leído quinientas veces ayer.
Es simple. Ridículamente simple.
Mear en un palo. Esperar tres minutos. Esperar con desesperación para ver si toda tu vida entera cambia.
Fácil.
Respiro hondo y abro la caja.
Luego realizo el ritual y paso los tres minutos más largos de mi vida.
He puesto el test boca abajo sobre el lavabo porque no puedo mirarlo. No puedo ver las líneas formándose. No puedo ver mi futuro materializándose en un trozo de plástico.
Así que me quedo sentada en el borde de la bañera, mirando el reloj de mi teléfono, viendo cómo los segundos pasan con una lentitud tortuosa.
Mi mente está en blanco. Completamente en blanco. Como si mi cerebro hubiese decidido que esto es demasiado y simplemente se ha apagado.
Pero mi cuerpo no está en blanco. Mi cuerpo está en alerta máxima. El corazón me late tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos. Las manos me tiemblan. El estómago se me cierra en un nudo tan apretado que me duele respirar.
El teléfono vibra.
Tres minutos.
Me obligo a levantarme. A acercarme al lavabo. A coger el test con dedos que no cooperan.
Y entonces lo giro.
Y la realidad me golpea como un mazo.
Hay dos líneas.
Dos líneas rosas, claras, inequívocas.
Positivo.
El test se me resbala de las manos y cae al suelo con un golpe seco que resuena en el baño silencioso.
Estoy embarazada.
Estoy embarazada de Henry Wellington.
Del hombre que me odia. Del gruñón más insoportable de Montana. Del hombre con el que tuve sexo una vez, en el asiento trasero de su camioneta, sin protección porque estábamos demasiado desesperados para pensar.
Estoy embarazada.
Y no sé si quiero reír o llorar o gritar o las tres cosas a la vez.
Me siento en el suelo, con la espalda contra la bañera, y me llevo las manos a la cara.
Debería estar aterrorizada. Debería estar entrando en pánico. Debería estar pensando en todas las formas en que esto va a arruinar mi vida.
Y una parte de mí lo está. Una parte de mí está absolutamente aterrada.
Pero hay otra parte —una parte más grande, más fuerte— que está…
Feliz.
Increíblemente, estúpidamente, incomprensiblemente feliz.
Porque siempre he querido ser madre.
Siempre.
Desde que era niña y veía a otras familias en el parque, con padres que abrazaban a sus hijos y les decían que los querían. Desde que crecí en una casa donde el amor era condicional y la aprobación tenía que ganarse. Desde que me di cuenta de que nunca tuve una familia de verdad.
Siempre supe que algún día la tendría.
Que crearía lo que nunca tuve.
Y ahora…
Ahora va a pasar.
No de la forma que imaginaba. No con un marido que me ame y una casa con jardín y una vida perfecta sacada de una revista.
Va a ser yo sola. Yo y este bebé.
Una familia de dos.
Pero va a ser mi familia. Mía.
Una personita a la que darle todo mi cariño.
Y nadie puede quitarme eso.
Me llevo la mano al abdomen, todavía plano, donde no hay nada que ver por ahora. Pero está ahí. Una vida diminuta.
Mi bebé.
Las lágrimas empiezan a caer, calientes y rápidas, pero esta vez no son de miedo.
Son de algo que no he sentido en mucho tiempo.
Esperanza.
—Hola —susurro, y mi voz se quiebra—. Soy yo. Tu madre. Y sé que esto es una locura y que probablemente no debería estar tan contenta porque tu padre va a pensar que estoy loca y porque no tengo ni idea de lo que estoy haciendo y porque mi vida es un desastre completo.
Me río a través de las lágrimas.
—Pero te quiero ya. ¿Vale? Te quiero tanto que duele.
Y voy a ser la mejor madre que pueda ser.
Voy a darte todo lo que yo nunca tuve. Todo el amor y la seguridad y la estabilidad.
Vas a saber cada día de tu vida que eres querido.
Que eres suficiente. Que no tienes que ganarte mi amor porque ya lo tienes.
Me quedo ahí sentada en el suelo del baño, con las lágrimas corriendo por mis mejillas y una mano sobre mi vientre, y por primera vez en meses siento algo que se parece peligrosamente a la paz.
Hasta que la realidad empieza a filtrarse de nuevo.
Henry.
Tengo que decírselo a Henry.
¿Verdad?
Me pongo de pie y me miro en el espejo. Tengo los ojos rojos e hinchados. El pelo revuelto. La camiseta de dormir arrugada.
No parezco una mujer que está a punto de cambiar la vida de alguien con una noticia que va a explotar como una bomba.
Pero supongo que así es como se ve alguien en este tipo de situaciones.
La pregunta es: ¿debería decírselo?
Podría no hacerlo. Podría irme. Volver a Los Ángeles o irme a cualquier otro sitio. Tener a este bebé sola. Criarlo sola. Construir esa familia de dos sin la complicación de un padre que no nos quiere.
Sería más fácil.
Más limpio.
Menos doloroso.
Porque sé lo que va a pasar si se lo digo. Lo he visto en películas suficientes veces. El hombre dice que no está preparado. Que fue un error. Que no puede hacer esto. Y entonces la mujer se queda sola de todas formas, pero con el peso adicional del rechazo.
Y yo ya he sido rechazada suficientes veces en mi vida.
¿De verdad necesito añadir esto a la lista?
Pero hay otra parte de mí —la parte que recuerda cómo Henry se quedó mirándome después de que nos besáramos, la parte que vio ternura en sus ojos cuando jugaba con Emma y Ethan, la parte que siente que quizás, solo quizás, hay más en él de lo que muestra— que dice que merece saberlo.
Que este bebé merece tener la oportunidad de conocer a su padre.
Aunque su padre sea un gruñón insoportable que probablemente me odia.
Debo decírselo.
No hoy. Necesito tiempo para procesar esto primero. Para preparar lo que voy a decir. Para fortalecer mi corazón contra el inevitable rechazo.
Pero voy a decírselo.
Porque este bebé merece más que una madre que huye.
Merece la verdad.
Aunque la verdad duela como el infierno.