Capítulo 39 Sarah
—¡Parezco una ballena! —exclamé con dramatismo mientras me ponía de perfil y me miraba en el ornamentado espejo de cuerpo entero. El vestido que había elegido unos meses antes parecía ahora un caso perdido, pues el tejido de satén tiraba sobre mi creciente barriga.
—¡Eso no es verdad! —dijo Juliet desde el otro lado de la habitación, donde se estaba dando los últimos retoques al pelo.
Parecía una diosa, algo que normalmente no me habría molestado, pero el día de mi boda, con las hormonas del embarazo disparadas, sentí el impulso de tirarle mi zapato de satén blanco.
—¿Por qué elegí este vestido? —murmuré, intentando alcanzar la cremallera de la espalda aunque no había forma humana de que fuera a moverse, de modo que la parte trasera del vestido quedaba abierta de par en par.
—Porque es precioso. Y tú eres preciosa —dijo Jessica mientras se acercaba a mí en su silla de ruedas. Me cogió de la mano y me la apretó con suavidad mientras me miraba a través del espejo.
—Tú también —dije en voz baja, contemplando el vestido color champán de mi hermana, que realzaba su piel clara y hacía resaltar su cabello castaño oscuro.
Aunque normalmente no le importaba arreglarse ni ponerse nada elegante, parecía una auténtica princesa Disney.
Vi en ella tanto de nuestra madre que sentí como si esta me devolviera la mirada.
Una punzada de tristeza se me instaló en la boca del estómago. Era el día de mi boda y, aunque sabía que mis padres no estarían allí, me dolía más de lo que había imaginado. Parpadeé para contener el escozor de las lágrimas que empezaban a formarse tras mis ojos. No iba a estropearme el maquillaje.
—Están aquí —susurró Jessica, como si me hubiera leído el pensamiento—. Están contigo.
Volvió a apretarme la mano antes de soltarla, mientras Brittany se apresuraba hacia nosotras con alfileres, agujas e hilo blanco.
—Vamos a arreglarlo —dijo con un asentimiento que no resultó demasiado convincente, pero agradecí que lo intentara.
Empezó a tirar de unas hebras del vestido, sujetando con cuidado la tela con alfileres en sitios nuevos y ordenándome que girara hacia un lado y hacia el otro.
Prácticamente me estaba cosiendo el vestido al cuerpo.
Me pregunté cómo iba a quitármelo... o cómo Brad iba a quitármelo. Ya nos preocuparíamos de eso más tarde.
Brittany se pinchó un dedo con una aguja y soltó un pequeño chillido.
—¡Un médico! —exclamó antes de meterse el dedo en la boca y chupárselo.
—¡Yo me encargo! —dijo Juliet mientras rebuscaba en el bolso y sacaba una tirita de Hello Kitty. Se acercó corriendo y se la puso alrededor del dedo a Brittany para que pudiera volver al trabajo.
—Lo siento —dije, negando con la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó Brittany, que ya había retomado la labor con la aguja y daba puntadas rectas en el tejido de satén.
—Por esto —dije, dándome unas palmaditas en la barriga, que había adquirido un tamaño considerable durante los últimos cinco meses—. De verdad creía que habíamos acertado con la talla para que la niña tuviera espacio para crecer dentro de esta cosa.
—No te disculpes nunca por mi sobrina —dijo Brittany con una sonrisa.
Sonreí mirando a mi mejor amiga, que llevaba a mi lado desde el instituto y me había acompañado en todos los altibajos de la adolescencia y de los años posteriores. Esperaba que mi hija encontrara una amiga como ella.
—Con esto debería bastar —dijo Brittany mientras se ponía en pie y me giraba hacia el espejo.
Solté una exclamación ahogada al ver el vestido retocado.
De algún modo, era aún más bonito que la primera vez que me lo había probado en la boutique nupcial.
Cuando oí el suave recorrido de la cremallera al subir por mi espalda, respiré aliviada.
—Es perfecto —dije maravillada, pasando las manos por el tejido sedoso que se ceñía a mi barriga y caía en cascada hasta el suelo, formando un charco de color blanco lechoso.
—¡Las tetas te quedan de maravilla! —exclamó Juliet, dando una palmada emocionada.
—Brad va a ponerse a llorar —dijo mi hermana.
—Más le vale... —dijo Brittany con una sonrisa socarrona.
Me hizo dar una vuelta para comprobar una vez más que todo estuviera perfecto. Solté una risita al sentir que, por fin, los nervios comenzaban a desvanecerse.
Era el día de mi boda . Estaba a punto de casarme con el hombre de mis sueños. Nuestro primer paso para empezar una vida juntos. Jamás habría imaginado que aceptar aquel trabajo tantos meses atrás me conduciría hasta allí.
Mientras ajustaba los cierres de los pendientes de diamantes y perlas que la madre de Brad me había regalado aquella mañana, Brittany empezó a guardar su costurero y me pareció que algo le rondaba la cabeza.
—¿Estás bien? —pregunté en voz baja.
—Ajá —respondió con un tono demasiado animado.
Arqueé una ceja y le dirigí una mirada que le dejó claro que me conocía demasiado bien como para creerla.
—Sí que tengo algo que contarte, pero puede esperar hasta después de la boda —dijo.
Antes de que pudiera sonsacarle nada más, llamaron a la puerta. Juliet abrió y se apartó para dejar pasar al padre de Brad.
—¡William! —dije sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
—Solo quería venir a ver a mi casi nuera en su gran día —contestó con una sonrisa que se ensanchó al contemplar mi vestido. Se llevó una mano al corazón y pareció estar a punto de llorar. En realidad, no era más que un enorme osito de peluche.
Durante los últimos meses había pasado mucho tiempo con la familia de Brad y había llegado a quererlos como si fueran la mía.
Brad no mentía cuando decía que sus padres eran de verdad.
Estaban completamente enamorados. Me recordaban mucho a mis propios padres por el modo en que se hablaban, como si fueran las únicas personas del mundo.
A pesar de haber tenido crianzas muy distintas, nuestras familias compartían los mismos valores.
Además de preparar la habitación de nuestra pequeña en su ático, un lugar al que pensaba llamar hogar después de aquel día, Brad también había estado pasando tiempo en la oficina con su padre.
Se preparaba para asumir su nuevo cargo de director ejecutivo.
Aunque no lo haría hasta después del nacimiento de la niña y de tomarse un permiso de paternidad adecuado, aún quedaba mucho por hacer entretanto.
—Mi hijo es un hombre afortunado —dijo William, secándose con rapidez una lágrima que le resbalaba por la mejilla.
—La afortunada soy yo —dije, atrayéndolo hacia mí para darle un abrazo.
—Gracias por aparecer y recordarle qué es lo importante en la vida —susurró William.
—Vamos, vamos —dije mientras me apartaba e intentaba sacudirme de encima mis propias emociones—. No me hagas llorar.
—Claro, claro. —William se aclaró la garganta—. No querría estropearte el maquillaje antes de que recorras el pasillo hacia el altar.
Me reí por lo bajo.
—Nos vemos ahí fuera —dijo antes de escabullirse por la puerta.
—Será mejor que nosotras también salgamos —dijo Juliet mientras cogía los ramos y empezaba a repartir las rosas blancas entre las damas de honor.
Cuando las tres empezaron a ponerse en fila junto a la puerta, agarré a Brittany de la muñeca. Se volvió y me miró con curiosidad.
—¿Qué? —preguntó.
—¿Qué era eso que querías contarme? —pregunté con prisas, aunque ya oía empezar a tocar al cuarteto de cuerda. La suave música llegó a mis oídos como un beso cálido. Había merecido la pena gastar de más para contratarlos después de que Brad insistiera.
Brittany hizo un gesto desdeñoso con la mano. —Dejémoslo para nuestra próxima noche de chicas..., a la que más te vale no faltar ahora que eres una mujer casada. —Me guiñó un ojo, pero vi que las lágrimas hacían brillar sus ojos verdes.
—Eres mi mejor amiga. Jamás te dejaría tirada —afirmé con firmeza.
Asintió y se secó las lágrimas antes de que terminaran de caer. La estreché entre mis brazos mientras Jessica y Juliet salían por la puerta en dirección a la ceremonia.
—Te necesito —dije—. Siempre te necesitaré.
—Lo mismo digo. —Se rio por lo bajo.
Me dio un último apretón y salió por la puerta detrás de Juliet y Jessica.
Respiré hondo y aferré con fuerza el ramo entre las manos. Recorrí sin prisas el pasillo hasta llegar a las grandes puertas de madera cerradas que conducían al salón de baile. Esperé mi señal en la música, un cambio sutil hacia la tradicional marcha nupcial.
Cerré los ojos y me permití vivir por completo aquel momento.
Me pasé una mano por la barriga, transmitiendo amor y calidez a nuestra pequeña, que hacía que me sintiera menos sola.
Giré la cabeza a izquierda y derecha, imaginando que mi madre me plantaba un beso en la mejilla mientras mi padre se ajustaba la corbata y miraba al frente con nerviosismo.
Estaban allí, tal como había dicho Jessica.
Estaba deseando ver a Brad. No habíamos pasado tanto tiempo sin vernos desde mi estancia en el hospital. No lo veía desde el brunch de bienvenida del día anterior, lo que convirtió las mariposas que ya revoloteaban en mi estómago en un frenesí de alas agitadas.
Oí que los violines comenzaban su melodía familiar y abrí los ojos justo cuando las grandes puertas de madera empezaron a abrirse lentamente.
Contuve el aliento al notar diminutos copos de nieve caer sobre mi rostro mientras seguían descendiendo desde lo alto.
A mi alrededor había pinos adornados con guirnaldas de luces, que llenaban la estancia de un aroma a bosque y magia.
Ante mí se extendía un camino flanqueado por velas y rosas blancas que me guiaba por el pasillo hasta una visión aún más hermosa.
Brad.
Ahogué un sollozo al encontrarme con su mirada.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo y se llevó una mano al pecho cuando di el primer paso hacia él.
Estaba más guapo que nunca con un esmoquin negro como la noche y una impecable camisa blanca abrochada al cuello con una pajarita negra.
Me dedicó una sonrisa tranquilizadora que le alzó una comisura de los labios antes de mirar a su derecha.
Seguí su mirada y solté una exclamación ahogada.
Allí, en lo alto de los escalones, estaba Jessica junto a Brittany y Juliet.
De pie.
Ya no había forma de contener las lágrimas. Sentía los pies pegados al delicado tejido del camino que me conducía hacia todas las personas a las que amaba. Negué con la cabeza, incapaz de creer del todo lo que estaba viendo.
Jessica me sonrió entre sus propias lágrimas. Estaba preciosa. Y tan orgullosa.
Comprendí que aquel era su regalo para mí y no pude detener las lágrimas que me resbalaron por las mejillas al pensar en cuánto debía de haberse esforzado para lograrlo. Para demostrarme que era fuerte y que iba a estar bien. Para liberarme de aquel estado perpetuo de preocupación por ella.
Aceptar mudarme con Brad había sido una decisión agridulce.
Por supuesto, quería unir nuestras vidas, pero tenía que pensar en Jessica.
Había cuidado de ella desde que murieron nuestros padres.
Yo no conocía otra vida, y ella tampoco, aunque se había vuelto más independiente con la ayuda de una enfermera que la acompañaba a las citas médicas.
Estaba claro que había progresado más de lo que yo sabía.
Brad había insistido en que ella también se mudara con nosotros, pero Jessica se negó educadamente.
Afirmaba que había llegado el momento de desplegar las alas.
Quería tener su propia casa y, tras pasarnos meses buscando, encontramos un lugar con el que me sentía lo bastante cómoda como para permitirle recuperar su independencia.
Parecía hecho para ella, con adaptaciones por todo el piso.
Al verla de pie, haciendo gala de su fortaleza, me sentí aún más tranquila con la decisión.
Cuando mis pies volvieron a moverse y sentí firmes las piernas, subí los escalones y me coloqué frente a Brad, aunque no sin antes lanzar una última mirada a mi hermana, que me guiñó un ojo con seguridad.
Con el corazón henchido en el pecho, me tomé un momento para asimilarlo todo y le devolví la sonrisa.
Articulé sin voz las palabras «Estoy orgullosa de ti» y vi que se le empañaban los ojos.
Me dedicó un leve asentimiento que quizá nadie más habría percibido, pero yo sí.
Intercambiamos una sonrisa más antes de que volviera a mirar a Brad, que prácticamente irradiaba felicidad mientras tomaba mis manos entre las suyas.
Susurró «Te quiero» y yo se lo devolví en un susurro.
Cuando el oficiante comenzó la ceremonia, empecé a tomar fotografías mentales.
Detrás de Brad estaba Anton, con una sonrisa bobalicona y una lágrima en los ojos.
Era la Brittany de Brad, y yo había llegado a quererlo tanto a él como todas las pizzas que nos había traído.
En primera fila estaban sentados los padres de Brad, ambos con sonrisas llorosas mientras se cogían de la mano.
Justo detrás se encontraba Chester, el marido de Juliet, con su hija Blair, que parecía literalmente un ángel mientras daba pequeños botes sobre su rodilla.
Volví a mirar a Brad, que ya tenía los ojos clavados en mí; aquellos ojos grises se mostraban tiernos y llenos de amor. Mantuve la mirada fija en la suya, acomodándome en ella como en una cama cálida en pleno invierno, mientras recitábamos nuestras promesas de amor eterno.