Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Epílogo
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Epílogo

Sarah

Aún sentía los pies hinchados mientras avanzaba renqueando por el pasillo del hospital, como si todavía tuviera un bebé en el vientre y no fuese ahora un globo desinflado.

Me preguntaba si llegaría a acostumbrarme a la sensación de que mi bebé ya no formara parte de mí y viviera y respirara en el mundo real.

Habría pensado que, después de dos noches en el hospital oyéndola llorar y cambiándole sus diminutos pañales, la ausencia de sus pataditas no resultaría tan desconcertante.

Las enfermeras me aseguraron que era normal sentir aquel vacío, aunque tuviera el corazón lleno.

Rebosante.

Oír el primer llanto de mi hija, agudo y vigoroso, como si quisiera anunciarle al mundo que había llegado, fue probablemente el sonido más increíble que había oído y que oiría jamás.

Al instante se me saltaron las lágrimas, que se convirtieron en sollozos cuando la enfermera la depositó en mis brazos.

Un pequeño hatillo de piel roja y húmeda, con unos grandes ojos grises que me contemplaban con avidez, como si supiera exactamente quién era yo.

Sabía que los ojos de casi todos los bebés eran grises al principio, pero recé para que conservaran aquel tono frío que tanto me recordaba a su padre. Aquellos ojos en los que me perdía sin querer encontrar nunca la salida.

Su nacimiento había sido un torbellino: rompí aguas mientras almorzaba con Brad en nuestro restaurante favorito.

Estábamos disfrutando de un filete con patatas fritas y sidra espumosa, pensando que quizá…

solo quizá aquella sería nuestra última cita a solas.

Llevábamos toda la semana diciendo lo mismo en cada desayuno, comida y cena.

Aquella vez, le dábamos vueltas por enésima vez a posibles nombres para el bebé.

Ninguno parecía encajar del todo, por muchas páginas web que consultáramos o muchos libros que hojeáramos.

Cuando me levanté para ir al baño, algo que ya me había acostumbrado a hacer un millón de veces al día, sentí una presión repentina entre las piernas.

Me aferré a la mesa, tambaleante, y noté un estallido y cómo el agua me corría por las piernas hasta derramarse por el suelo del restaurante.

Brad parecía absolutamente aterrorizado, pero enseguida se quitó de encima aquella expresión de inquietud.

Dejó distraídamente un fajo de billetes de cien dólares sobre la mesa y me condujo hasta la acera, donde nos esperaba su chófer.

Durante las últimas semanas, su chófer había estado prácticamente de guardia, siguiéndonos adondequiera que fuésemos, con mi bolsa para el hospital preparada en el maletero.

Y menos mal, porque no estábamos en condiciones de volver al apartamento ahora que estaba empapada de cintura para abajo y nuestra hija venía de camino.

Brad me ayudó a subir al coche y le dijo al chófer que nos llevara directamente al hospital.

El mismo hospital al que había ido después del aterrador encuentro con Angela.

El mismo hospital donde Brad me había pedido matrimonio.

La vida era curiosa y me recordaba que hasta los recuerdos más horribles podían transformarse en algo mágico.

Llegamos al hospital en un tiempo récord, y nuestra pequeña también llegó al mundo en tiempo récord.

Parecía ansiosa por hacer su entrada, porque dos horas después ya estaba en mis brazos.

Supuse que se había cansado de estar dentro de mi vientre.

Al fin y al cabo, había superado las cuarenta semanas.

A Brad le gustaba decir que solo necesitaba un poco más de tiempo de cocción, algo que a veces me hacía poner los ojos en blanco mientras me desplazaba penosamente con una barriga gigantesca, los tobillos hinchados y ojeras por el insomnio del embarazo.

Pese a todo, Brad hacía cuanto estaba en su mano para que me sintiera mejor.

Un masaje de pies todas las noches. Una lluvia de cumplidos cuando me sentía tan enorme como un globo aerostático.

Viajes nocturnos a la tienda de la esquina para comprarme cualquier cosa que se me antojara.

No creía que pudiera pasar por un embarazo con nadie más.

Era el compañero perfecto. El marido perfecto.

Incluso durante el parto, me sujetó la mano con fuerza y siguió con entusiasmo las indicaciones de la enfermera. Nunca me había sentido tan capaz de conquistar el mundo; incluso con el dolor de cada empujón, Brad me hizo sentir como Wonder Woman.

Y cuando sostuvo a nuestra hija por primera vez…

Era un recuerdo que jamás, jamás olvidaría. Nunca había presenciado el amor a primera vista, pero allí estaba, justo delante de mí. Sus ojos grises se encontraron y habría jurado que ella le arrulló entre aquellos perfectos labios rosados.

Fue entonces cuando se me ocurrió su nombre.

Sterling.

Como la plata, del mismo tono singular que los ojos de Brad.

Cuando se lo propuse, después de que la enfermera y el médico nos dejaran a solas para disfrutar de un momento íntimo como familia de tres, los ojos se le llenaron de lágrimas de inmediato.

—Es perfecto —dijo en voz baja mientras acariciaba con su atractivo rostro el suave cabello castaño de Sterling—. Es fuerte. Como ella. Como tú .

Ahora ambos iban unos pasos por delante de mí.

Brad llevaba la sillita de coche para recién nacidos en la que habíamos tardado una eternidad en acomodar a Sterling, porque queríamos asegurarnos de que estuviera totalmente protegida antes de salir a la carretera.

Se volvió para mirarme y cambió la sillita de mano.

Los músculos del antebrazo se le tensaron ligeramente cuando se detuvo a esperar a que lo alcanzara.

No podía creer que estuviéramos a punto de llevar a nuestra hija a casa.

La carretera parecía un lugar peligroso, aunque acabábamos de comprar un todoterreno.

Nuestro coche familiar , como le gustaba decir a Brad.

Contaba con las mejores calificaciones de seguridad y estaba equipado con todo, desde pañales y toallitas hasta varias mudas de ropa.

Aun así, por muy preparados que estuviéramos, prácticamente todo seguía inquietándome.

Otra cosa que, según me aseguraron las enfermeras, era normal tanto para una madre primeriza como para una madre experimentada con varios hijos.

Me preguntaba si Brad y yo podríamos hacerlo solos, sin la ayuda de aquellas maravillosas enfermeras.

Me preguntaba si Sterling se agarraría bien al pecho, aunque hasta entonces no hubiera tenido ningún problema.

Me preguntaba si dormiría. Si nosotros dormiríamos.

Todos aquellos pensamientos me inundaban la mente, pero, cuando llegué junto a Brad y vi que me miraba con aquella sonrisa tranquilizadora tan suya, se disiparon.

Estaba radiante, rebosante de alegría, aunque podía percibir el agotamiento en las leves arrugas de su rostro.

Me rodeó con un brazo y los dos bajamos la mirada hacia nuestra hija, que dormía profundamente.

—Este es el mejor momento de mi vida —murmuró antes de besarme en la cabeza—. Volver a casa con las dos personas a las que más quiero en este mundo.

—Creo que nunca había sido tan feliz —dije.

Y era verdad. Era el mejor momento, sabiendo que estábamos a punto de comenzar nuestra vida juntos como una familia de tres.

Sentada en el asiento trasero, vi cómo Sterling cerraba su diminuta mano alrededor de mi meñique y no lo soltaba durante todo el trayecto. Y fue un trayecto largo, porque Brad condujo todo el camino a dieciséis kilómetros por hora.

Mientras subíamos en ascensor hasta nuestro ático, creció en mi interior una sensación de impaciencia por llegar; aquel era el lugar al que ahora llamaba hogar. El lugar donde nos instalaríamos como familia y convertiríamos una vivienda en un verdadero hogar.

Ya dentro, respiré hondo y disfruté de la calma y el silencio.

Era muy distinto del hospital. Desabroché con cuidado a Sterling, que seguía dormida en la sillita, y la acuné entre mis brazos.

Brad apoyó una mano en la parte baja de mi espalda y miró por encima de mi hombro el pequeño bulto que sostenía.

—De verdad que es preciosa —dijo Brad en voz baja.

—Ajá —respondí con orgullo mientras contemplaba sus mejillas rosadas y el ceño fruncido. Me pregunté con qué estaría soñando.

—¿Quieres que te prepare un baño? ¿Una ducha? Lo que necesites —se ofreció.

Negué con la cabeza, con el corazón rebosante de amor por el hombre que tenía delante. —Gracias, pero creo que solo quiero sentarme a mirarla durante un rato.

—Me parece una idea perfecta.

Me condujo por el pasillo hacia el salón.

De camino, pasamos junto a mi despacho. Un espacio que Brad había reformado solo para mí como regalo de boda.

Era una habitación preciosa, con papel pintado de flores y una elaborada lámpara de araña de cristal suspendida sobre un escritorio antiguo.

Había pasado allí muchas tardes soñando despierta mientras esperaba la llegada de Sterling.

Brad se había mostrado encantado cuando le conté que estaba pensando seriamente en involucrarme en obras benéficas.

Después de que habláramos de ello aquel día en el parque, su sugerencia había echado raíces en mi mente y había crecido hasta convertirse en algo más grande.

Acompañar a un familiar durante el cáncer me había permitido comprender mejor lo que atravesaban otras personas.

Por supuesto, padecer una enfermedad tan cruel era la mano que nadie deseaba recibir, pero afrontarla como ser querido conllevaba sus propios desafíos.

Quería poder apoyar a quienes se sentían perdidos.

Yo también me había sentido perdida. Impotente.

Ver cómo una enfermedad consumía a mi hermana hasta convertirla en alguien irreconocible había sido desgarrador, pero también la había visto salir adelante.

Jessica estaba cada vez más fuerte durante su recuperación.

Tanto que asistía a fisioterapia varias veces por semana y estaba muy cerca de poder prescindir por completo de la silla de ruedas.

Nunca creí que volvería a ponerse de pie y, sin embargo, allí estaba, caminando y cuidando de sí misma como antes hacía yo.

Como hermana mayor, su recién adquirida independencia todavía me asustaba a veces, pero sobre todo me sentía orgullosa.

Había florecido hasta convertirse en una persona nueva.

Incluso había empezado a salir con alguien, lo que despertaba en mí un miedo totalmente distinto, pero parecía feliz.

Estaba deseando que conociera a Sterling.

En el salón, Brad me ayudó a acomodarme en el sofá mientras yo procuraba no despertar a Sterling, que seguía dormida entre mis brazos.

Había dormido durante todo el trayecto y también al entrar en su nuevo hogar.

Sentí una ligera paranoia ante la posibilidad de que aquello significara que nadie dormiría esa noche, pero era tan adorable que ni siquiera importaba.

Brad se acomodó a mi lado en el sofá, levantó un brazo y me rodeó con él. Me acurruqué contra su cuerpo, respirando aquel reconfortante aroma a sándalo. Se inclinó, me besó en la coronilla y dejó los labios apoyados sobre mi cabello.

—Estoy muy orgulloso de ti —susurró—. Has estado increíble. Eres increíble.

—Tú también —le susurré.

—Lo digo en serio —afirmó, apartándose para mirarme con intensidad—. Antes habría hecho cualquier cosa por ti… pero ahora… ahora que eres la madre de mi hija… —Negó con la cabeza.

Percibía la emoción en sus ojos, la forma en que las lágrimas los empañaban. Me abruma. Creía haber visto casi todas las facetas de Brad, pero aquello…

La paternidad era algo completamente nuevo, y sentí que lo amaba aún más.

Levanté la barbilla y cerré los ojos, invitándolo a posar sus labios sobre los míos, algo que hizo de inmediato.

Nuestro beso fue tierno y suave, y me contó todo lo que necesitaba saber.

Que íbamos a compartir una vida maravillosa.

Me sentía la mujer más afortunada del mundo por poder compartir mi vida con aquel hombre y con nuestra preciosa hija.

—Gracias —susurré contra sus labios.

—¿Por qué? —preguntó, alzando una ceja con curiosidad.

—Por convertirme en madre.

Se inclinó y volvió a besarme, recreándose más que antes. Me dejé llevar encantada, pensando que no había ningún otro lugar en el que prefiriese estar que besando al hombre al que amaba, con nuestra hija acunada entre ambos. Era un sueño tan maravilloso que jamás habría podido siquiera imaginarlo.