Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 38 Brad
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Capítulo 38 Brad

Salí sigilosamente de la habitación del hospital.

Sarah se había quedado dormida con la cabeza plácidamente apoyada en la almohada y la respiración lenta y acompasada.

Se merecía descansar. Después de todo lo que había sufrido, por fin podía hacerlo, sabiendo además que nuestro bebé estaba a salvo.

Había supuesto un enorme alivio que el médico nos diera la noticia.

Pudimos celebrar aquel notición, aunque fuera entre las cuatro paredes blancas de una habitación de hospital.

Ya lo celebraríamos cuando volviéramos a casa, estuviera donde estuviese.

Manhattan. Brooklyn. Aún teníamos muchas cosas que resolver, pero no importaba mientras estuviéramos juntos.

Y lo estaríamos para siempre, ahora que había aceptado mi propuesta de matrimonio.

La pregunta había sido espontánea, pero no por ello carente de amor ni de reflexión.

Sabía que quería que Sarah fuera mi esposa, pero me había pillado sin preparar y no tenía ningún anillo que ponerle en el dedo.

Mis sentimientos habían ido más deprisa que mi cerebro.

Mientras me hacía una nota mental para llamar a mi joyero, atravesé las puertas batientes y entré en la sala de espera, donde vi a Brittany y Jessica leyendo una revista que compartían entre las dos.

Frente a ellas estaban sentados Anton y, para mi sorpresa, mi padre.

Me pregunté cuánto sabría. ¿Y qué había sido de su importante reunión?

Se suponía que debía estar celebrándose justo en aquel momento. Seguro que no se la había perdido.

Cuando Brittany levantó la vista de la revista y me vio, corrió hacia mí con Jessica pisándole los talones.

—¿Cómo está? —preguntó Brittany, preocupada, escudriñándome el rostro.

—¿Está bien el bebé? —preguntó Jessica, igual de alarmada.

—Ella está bien. Y el bebé también —dije con una sonrisa tranquilizadora.

Las dos respiraron aliviadas.

—¿Podemos entrar a verla ya? —preguntó Jessica mirando más allá de mí, hacia las puertas.

—Está dormida, pero seguro que se alegrará de veros cuando despierte.

Asentí y me aparté. Las dos me dedicaron sonrisas de agradecimiento al pasar.

Me alegraba de que Sarah tuviera a dos personas que se preocupaban tanto por ella y que ambas me hubieran dado una oportunidad cuando, desde luego, yo no la merecía.

Sabía que aún tenía mucho que demostrarles a las dos, en especial a Jessica, por ser su protectora hermana pequeña.

Sin embargo, en aquel momento tenía otro asunto del que ocuparme...

Mi padre.

Tanto él como Anton se acercaron. A juzgar por la expresión de mi padre, no parecía entender qué hacía allí.

—¿Cómo está? —preguntó Anton, poniéndome una mano en el hombro.

—Se pondrá bien —dije—. Gracias por venir.

—¿Qué está pasando? —preguntó mi padre, mirando alternativamente a Anton y a mí—. Anton dijo que había algún problema. He tenido que cancelar mi reunión con Howard Knight, así que más vale que sea importante.

—Probablemente haya llegado el momento de contárselo, ¿no? —Anton me dio unas palmadas en la espalda y nos condujo hacia un grupo de sillas.

—¿Contarme qué? —preguntó mi padre con impaciencia.

—Papá, siéntate. Señalé una silla y me senté frente a él.

—¿Estás bien? —preguntó con recelo mientras se acomodaba en la silla.

—Estoy bien. Asentí. —Pero hay algunas cosas sobre las que debo ser sincero.

—Ay, Dios... Mi padre se llevó los dedos a las sienes y se las masajeó.

—¿Te acuerdas de Sarah?

—Sí, sí. Tu prometida. O exprometida. Ya sabes que no consigo seguirte el ritmo —murmuró.

—Bueno, en realidad nunca fue mi prometida. Al menos, no de verdad .

—No lo entiendo... Mi padre me escudriñó los ojos mientras una profunda arruga se formaba entre sus cejas.

—Allá vamos —murmuró Anton, recostándose en la silla mientras miraba alternativamente a mi padre y a mí. Parecía estar a punto de disfrutar de un bol de palomitas y de su película favorita. Sin hacerle caso, continué.

—Al principio la contraté como asistente personal porque la anterior había dimitido. Trabajó para mí durante un breve periodo, hasta que le propuse un empleo distinto. Le pedí que fingiera ser mi prometida.

—¿Por qué demonios harías algo así? —preguntó mi padre, incrédulo.

—Porque me presionabas muchísimo para que encontrara a una mujer y sentara la cabeza. Estábamos a punto de perder Music Now y solo necesitaba que tú, el consejo y todo el mundo dejarais de atosigarme.

—Esto es una completa locura —dijo—. No quiero ni saber cuántas normas éticas de la empresa has infringido con esa idea absurda tuya, y el hecho de que esa mujer aceptara...

—Lo sé, lo sé. Negué con la cabeza y bajé la mirada hacia el suelo de madera clara del hospital.

—La idea fue mía, William... —dijo Anton, avergonzado.

—Claro que lo fue. Mi padre puso los ojos en blanco. Sentía debilidad por Anton y valoraba que hubiera sido mi mejor amigo durante casi veinte años. Valoraba que fuera mi amigo sin buscar ningún beneficio personal. En este mundo era difícil encontrar personas así.

—Pero fui yo quien la llevó a cabo —dije, asumiendo la culpa—. Al principio era solo un negocio, pero entonces algo cambió entre Sarah y yo.

—Ay, Dios. ¿Estamos ante un caso de agresión sexual? Mi padre abrió mucho los ojos.

—No. Negué con la cabeza. —Lo que ocurrió entre nosotros fue consentido. Se convirtió en algo real . Tenía pensado intentar iniciar una relación con Sarah y decírselo anoche en la gala, pero entonces apareció Angela y lo arruinó todo.

—Entonces, ¿vosotros dos no estáis juntos? —reflexionó mi padre.

—En absoluto. Negué con la cabeza. —Quiero a Sarah.

Mi padre pareció desconcertado. —¿La quieres? —repitió, y la voz se le fue apagando.

Asentí.

—¿Y ella... corresponde a tus sentimientos?

—Sí. Sonreí. —Y sé que no tuvimos el comienzo más ético ni ideal, pero es nuestra historia, papá. No cambiaría nada de ella y espero que puedas dejar eso a un lado y ver que soy feliz. Feliz de verdad .

Pareció meditar aquellas palabras durante unos instantes, asimilándolas y dándoles vueltas.

No había vuelto a intimar con ninguna mujer desde Angela e, incluso antes de conocerla, había estado demasiado centrado en el negocio como para plantearme sentar la cabeza.

Cuando salieron a la luz las mentiras de Angela, mis padres vieron lo duro que había sido para mí.

Lo difícil que me resultaría volver a confiar en alguien.

Y, sin embargo, allí estaba, dispuesto a correr de nuevo el riesgo.

—Sigo sin entender qué hacemos ahora mismo en el hospital... —dijo mi padre, mirando alrededor.

—Sarah está embarazada, papá. Quería contároslo a mamá y a ti juntos, pero, ya que estás aquí...

—¿Embarazada? —exclamó, levantándose de golpe.

—¡No está dando a luz ahora ni nada parecido! —me reí.

—Iba a decir que la semilla de los Ashcroft es fuerte, pero no tan fuerte. Chasqueó la lengua con orgullo.

—Hoy ha habido un incidente con Angela. Lo viste, y por eso estuve hoy en las oficinas de seguridad. Por eso tuve que marcharme. Sarah acabó bastante maltrecha.

—Dios mío —susurró mi padre, negando con la cabeza—. ¿Está bien?

—Sí. Está perfectamente. Y el bebé también está bien.

—El bebé... —repitió mi padre, abstraído. Una pequeña sonrisa le cruzó los labios mientras me miraba. —Voy a ser abuelo.

—Así es. Asentí.

Sus ojos grises se humedecieron mientras hacía algo inesperado.

Me estrechó en un abrazo. Un abrazo de verdad .

No una palmada en la espalda por algún negocio ni un apretón de manos, sino un abrazo de padre.

Me quedé rígido durante un segundo, sin saber qué pensar, antes de abrazarlo con fuerza.

Anton se apartó para dejarnos disfrutar de aquel momento y se dirigió hacia una máquina expendedora cercana.

Mi padre se separó y me puso las manos sobre los hombros. La pequeña sonrisa de su rostro se había convertido en una mueca llorosa. Se secó una lágrima que se había alojado en una arruga junto al ojo.

—Esto es todo lo que siempre he querido para ti, hijo —dijo—. Sé que no he sabido expresártelo bien, pero lo único que quería era que fueras feliz. Probablemente te haya presionado demasiado.

—Solo un poco. Solté una risita.

—No se trataba solo del negocio —dijo—. Sé que lo parecía, pero quería que tuvieras los pies en la tierra y una vida estable. Una vida llena de amor. No hay nada como una buena mujer y un bebé a los que mimar.

—Entonces, ¿no se trataba solo de Howard Knight? —dije con una sonrisa burlona.

—Ah, que le den. Hizo un gesto desdeñoso con la mano y sus palabras me sorprendieron.

—¡Papá! —me eché a reír.

—Lo digo en serio. He permitido que los negocios se interpusieran entre nosotros durante demasiado tiempo. Perdí de vista que eras mi hijo, y eso no es justo para ti.

Sus palabras eran lo que llevaba años queriendo oír sin saberlo. Tragué saliva, con las emociones agolpándoseme en la garganta.

—Quiero compensártelo —continuó—. Puedes tomarte todo el tiempo que necesites lejos de la empresa. Dedica un tiempo a instalarte antes de que nazca el bebé y, cuando llegue ese querubín, espero que aproveches al máximo el permiso de paternidad. Todo el tiempo que necesites.

—Es muy generoso por tu parte, pero no quiero abandonar la empresa.

—Yo puedo mantener el fuerte. Hizo un gesto desdeñoso con la mano. —Y, cuando estés listo para volver, te venderé mis acciones.

Lo miré dos veces, sin estar seguro de haberlo oído bien.

—Quieres decir... —empecé.

—Ocuparás mi puesto como director ejecutivo. Ha llegado el momento, hijo. Hace tiempo que llegó . Siento haber sido tan obstinado.

—No sé qué decir.

—No digas nada ahora. No quiero hablar más de negocios. Negó con la cabeza y entonces una sonrisa se dibujó en sus labios. —En cambio, quiero hablar de la boda.

—¿La boda? —me reí. Ni siquiera había pensado con tanta antelación, pero ahí estaba mi padre, precipitándose con entusiasmo.

—Tienes pensado casarte, ¿ verdad ? —arqueó una ceja.

—De hecho, acabo de proponérselo. Señalé con el pulgar hacia atrás, en dirección a las puertas dobles. —De verdad esta vez. Aún tengo que comprarle un anillo, pero ha dicho que sí.

—Bueno, ¡pues vamos! —Mi padre dio una palmada con energía.

—¿Q-qué? —tartamudeé.

—Esa mujer se merece un anillo después del infierno por el que la has hecho pasar, y se lo darás hoy —dijo mi padre con rotundidad. Sacó el teléfono e hizo unas cuantas llamadas mientras Anton regresaba comiendo una bolsa de patatas fritas.

—¿Cómo ha ido? —preguntó, limpiándose una miga de la barbilla.

—Creo que vamos a comprar un anillo... —dije encogiéndome de hombros.

—Así es, chicos. La joyería no está lejos.

El joyero acaba de cerrar la tienda solo para nosotros.

Volveremos antes de que nadie note que os habéis ido —dijo mi padre con entusiasmo, conduciéndonos hacia el ascensor.

No me habría marchado si no hubiera sabido que Sarah estaba dormida y rodeada de sus seres queridos, pero sí quería ver un anillo en su dedo.

Que mi padre formara parte de aquello lo hacía aún mejor.

Veinte minutos después, comparaba tallas y quilates mientras los diamantes proyectaban prismas de arcoíris sobre los estuches de terciopelo negro.

Mientras examinaba los distintos anillos, mi padre nos contó a Anton y a mí cómo le había pedido matrimonio a mi madre y que un anillo debía representar a la mujer.

Nunca lo había oído hablar así. Solo había visto esa faceta suya cuando estaba con mi madre.

No me había dado cuenta de cuánto deseaba tener lo mismo que ellos hasta que conocí a Sarah.

Cuando encontré el anillo perfecto, mi padre me rodeó los hombros con un brazo mientras el joyero lo empaquetaba.

—No puedo creer que mi hijo vaya a casarse —dijo, maravillado—. Espera a que tu madre se entere. ¡Vamos a ser abuelos !

—Y yo, tío —añadió Anton con una sonrisa.

—Todavía estoy intentando asimilarlo.

—Aunque tengo una petición —dijo mi padre.

—¿Cuál?

—¡Quiero que me llamen Paw-Paw! —sonrió—. Igual que a mi abuelo.