Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 37 Sarah
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Capítulo 37 Sarah

Unos pitidos me llenaban los oídos. Me costó abrir los ojos, como si tuviera los párpados cubiertos de arenilla.

Al abrirlos poco a poco, se adaptaron al resplandor de las pequeñas luces de colores que parpadeaban a mi alrededor.

Unas paredes de color beige pálido me rodeaban mientras intentaba incorporarme en la cama. Una cama de hospital.

Gemí al recordar por qué estaba allí. Debía de haberme quedado dormida durante el trayecto en ambulancia, agotada después del ataque de Angela y de haber luchado por mi vida.

Por la vida de mi bebé. Me estremecí al pensarlo y, de manera instintiva, me llevé una mano al vientre en busca de alguna señal de que mi bebé estuviera bien.

En el dedo llevaba sujeto un sensor conectado a un cable largo que enviaba información a un monitor.

Intenté descifrar las líneas que recorrían la pantalla.

Algunas eran dentadas como las cimas de unas montañas; otras, suaves como un lápiz deslizándose sobre el papel.

Ninguna me ofrecía la certeza de que la preciosa vida que llevaba dentro estuviera a salvo.

Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas.

¿Dónde estaba todo el mundo?

Me sentía completamente sola en aquella habitación de hospital. Intenté llamar a alguien. A quien fuera. Pero tenía la garganta seca. Y dolorida. Terriblemente dolorida.

Recordé la mano de Angela atenazándomela, apretando con todas sus fuerzas.

Cerré los ojos con fuerza para tratar de borrar su rostro.

Aquellos ojos azul marino se clavaban en mí, frenéticos y desquiciados.

Era como si hubiera vuelto allí, contra el muro de ladrillo, mientras el aire me rodeaba pero se negaba a entrar en mis pulmones.

Nunca había sentido tanto miedo ni tanta impotencia.

Me toqué la garganta y me obligué a respirar. Me recordé que podía hacerlo. Estaba bien. Mis dedos recorrieron con delicadeza la piel sensible y me estremecí de dolor incluso ante mi propio roce, tan leve como una pluma. Solo podía imaginar qué aspecto tenía. Roja y morada. Magullada y destrozada.

—Ah, estás despierta —dijo una voz suave.

Me sobresaltó y abrí los ojos de golpe. Había una enfermera de pie junto a la puerta.

—Tranquila. Tranquila —dijo, levantando las manos.

De pronto rompí a llorar y dejé salir todo lo que llevaba dentro delante de ella. Se apresuró a acercarse y me puso una mano con delicadeza en el hombro.

—Ya está, ya está —dijo en tono tranquilizador—. Estás bien, cariño.

Debía de tener mi edad, o quizá incluso menos, pero poseía el don de consolarme con el mismo cariño que una abuela. Lloré un poco más antes de recomponerme.

—Gracias —conseguí decir con voz ronca; me costaba hablar.

—Chist —dijo, llevándose un dedo a los labios—. ¿Quieres un poco de agua?

Asentí con entusiasmo.

Sonrió y salió un momento de la habitación antes de regresar con una botella de agua. Desenroscó el tapón y me tendió la fresca botella de plástico. Bebí un sorbo con avidez, pero el agua me hizo atragantarme.

—Despacio —dijo la enfermera mientras yo seguía tosiendo.

Asentí y bebí un sorbo más pequeño.

—Has pasado por un auténtico calvario —dijo—. Ten un poco más de cuidado, sobre todo con esa garganta. ¿Cómo te encuentras?

—Me duele —susurré antes de beber otro pequeño sorbo de agua.

Al bajar por mi garganta, la sentí fría, agradable y dolorosa al mismo tiempo.

—Me lo imagino, pero aquí te pondremos como nueva. Estás en el Mount Sinai, el mejor hospital de Nueva York —me aseguró.

—Gracias —dije en voz baja—. ¿Está bien el bebé...? ¿Está bien mi bebé...?

No conseguí pronunciar las palabras, aunque tenía muchísimas preguntas que hacer.

—El médico vendrá enseguida a verla —dijo la enfermera con una sonrisa tranquilizadora que no daba respuesta a ninguna de mis preguntas. Salió por la puerta y volvió a dejarme sola. Yo no quería estar sola. La adrenalina empezó a apoderarse de mí de nuevo. Los temores regresaron en tropel.

¿Y si Angela me había seguido hasta allí?

Intenté calmarme recordándome que la policía la había detenido. Era imposible que hubiera escapado. No sabía dónde estaba yo. Estaba a salvo.

Por reconfortantes que fueran aquellos pensamientos, me costaba creerlos. Seguía atrapada en el instinto de luchar o huir.

El monitor que había a mi lado comenzó a pitar con más rapidez. Más fuerte.

Intenté respirar, pero me resultaba aún más difícil que serenar mis pensamientos.

La puerta de la habitación se abrió y entró un hombre con bata blanca y una expresión de leve preocupación. Me miró a mí y luego al monitor, que trabajaba a pleno rendimiento a mi lado.

—Señorita Atkinson —dijo con tono persuasivo—, soy el doctor Pratt. Necesito que se concentre y respire hondo. ¿Puede hacerlo?

Asentí y reuní todas las fuerzas que me quedaban para inspirar hondo por la nariz, porque tenía la impresión de que dolería un poco menos que respirar por la boca. Cerré los ojos y expulsé el aire.

—Bien. Ahora, otra vez —dijo el médico.

Hice lo que me pedía: volví a inspirar por la nariz y a expulsar el aire. Oí cómo los pitidos frenéticos del monitor que tenía al lado empezaban a ralentizarse hasta adoptar un ritmo constante.

—Aquí está a salvo, señorita Atkinson —dijo el médico.

Abrí los ojos despacio y alcé la vista hacia él. Sus serenos ojos azules no se apartaban de mí. Esbozaba una leve sonrisa cálida que me reconfortó.

Estaba a salvo.

—Gracias —susurré.

—La policía me ha informado de lo que ha sucedido hoy. Debió de ser aterrador —dijo, arqueando las cejas con preocupación.

Asentí.

—Basándonos en lo que me contaron, le hicimos algunas pruebas mientras dormía.

Me preparé para lo peor.

—La garganta se llevó la peor parte del ataque. Tendrá hematomas graves y bastante hinchazón, pero le daremos analgésicos y le aplicaremos hielo para ayudarla.

Asentí con rapidez, deseando que llegara a lo más importante.

—No tiene nada roto, pero es posible que le duela el cuerpo a consecuencia del ataque. Sentirá molestias aquí y allá, sobre todo en la espalda.

—El bebé... —dije con la voz quebrada.

—Sí, los agentes me informaron de su embarazo. Está de muy poco tiempo. Unas seis semanas, probablemente, a juzgar por la ecografía.

—¿Está...? ¿Está bien el bebé...? —Una lágrima cálida me recorrió el rostro.

—Ah, sí —respondió el médico con un asentimiento rotundo—. Pobrecilla. ¡Sí! ¡El bebé está perfectamente!

Una oleada de alivio me inundó mientras más lágrimas empezaban a caer.

—Probablemente debería haber empezado por ahí, ¿verdad? —preguntó con una risita nerviosa.

No pude evitar reír entre un sollozo que pugnaba por escapar de mi dolorida garganta.

—No hay lesiones internas que supongan ningún riesgo para el bebé. Se nota que luchó con todas sus fuerzas para proteger a su hijo —dijo.

—Así fue —dije en voz baja mientras alzaba la mirada hacia él.

Me puso una mano en el hombro.

—Ya es usted una madre increíble.

Sus palabras me henchieron el corazón y le sonreí entre lágrimas.

—La enfermera volverá enseguida con los analgésicos y una compresa fría para el cuello. Está en buenas manos, señorita Atkinson. —Se volvió hacia la puerta.

—¿Hay alguien aquí? —pregunté antes de que saliera—. ¿Ha venido alguien a verme?

—Sí, por lo que me han dicho en recepción, hay bastantes visitas en la sala de espera. —Sonrió.

—¿Pueden...? ¿Pueden entrar?

—Tendrán que hacerlo por turnos —dijo con un asentimiento y una sonrisa que le arrugó el rabillo de los ojos—. Pero, si se siente con fuerzas para recibir visitas, no veo por qué no.

—Gracias. Sí, las tengo. —Asentí con entusiasmo mientras pensaba en cuánto deseaba ver a Brad en aquel momento.

Quería volver a besarlo. El beso que nos habíamos dado frente a mi apartamento no había durado ni de lejos lo suficiente para convencerme de que todo iba a salir bien. De que él era real .

Unos minutos después, alguien llamó suavemente a la puerta y Brad entró con paso decidido.

Allí estaba. Como si no hubiera llorado ya bastante, rompí a llorar de nuevo.

Se acercó a toda prisa, se sentó en el borde de la cama del hospital y tomó mis manos entre las suyas.

Sus conocidos callos rozaron el dorso de mis manos y me tranquilizaron de inmediato.

—¿Estás bien? —preguntó, preocupado.

—Lo estaré. —Sonreí para tranquilizarlo—. Solo estoy un poco magullada.

Hice una mueca de dolor al intentar incorporarme.

—No hagas eso —dijo mientras me apretaba las manos con suavidad.

Volví a recostarme en la almohada del hospital y alcé la vista hacia él. Tenía los ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando. Levanté una mano y le acaricié la mejilla con ternura, deslizando el pulgar sobre su barba incipiente.

—¿Está bien el bebé...? —Se le quebró la voz y una lágrima descendió por su rostro hasta besar la yema de mi pulgar.

—El bebé está bien —dije mientras le secaba la lágrima—. Perfectamente.

Brad ahogó un sollozo, se inclinó y apoyó la cabeza en mi vientre. Le acaricié el pelo con delicadeza. Nunca lo había visto llorar y ahora sus lágrimas humedecían mi piel al filtrarse a través de la fina tela de mi camisón rosa de hospital.

Giró la cabeza y alzó la mirada hacia mí con una expresión casi infantil.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó en voz baja.

—Desde ayer por la mañana. —Sonreí con dulzura—. Pensaba decírtelo después de la gala.

Arqueó un poco las cejas y se incorporó desde donde estaba apoyado contra mí. Negó con la cabeza, abatido.

—Lo siento muchísimo —dijo, bajando la mirada hacia nuestras manos, que seguían entrelazadas—. Por todo. Por abandonarte en esa estúpida gala para hablar de negocios. Por ponerte en el punto de mira de las mentiras y la violencia de Angela. Nunca habría imaginado que fuera capaz de...

Miró mi cuello y se estremeció.

—¿Te duele? —preguntó mientras recorría con los ojos los hematomas que, sin duda, ya se estaban formando.

—Un poco —respondí con una voz que apenas era más que un graznido.

Se secó una lágrima.

—No pasa nada —dije en voz baja para intentar tranquilizarlo. La culpa lo carcomía y se le notaba en la cara—. No es culpa tuya.

Me miró sin parecer convencido.

—Ven aquí —susurré.

Se inclinó hacia mí y le rodeé la nuca con una mano para atraerlo. Apreté los labios contra los suyos y sentí lo familiar que me resultaba su boca sobre la mía. Saboreé el suave aliento que exhaló dentro de mí. Era real. Aquello era real.

Cuando se apartó, tenía las mejillas sonrosadas y una débil sonrisa en los labios. Tomé su mano y la coloqué con delicadeza sobre mi vientre.

—¿Estás seguro de que quieres esto? —pregunté, escrutando su rostro—. ¿Estás seguro de que quieres ser padre ?

Me miró con el ceño fruncido y no fui capaz de interpretar su expresión.

—Porque puedo hacerlo —continué—. Puedo criar sola a este bebé. Tú puedes seguir tu camino y...

—No —me interrumpió con voz firme. Se le llenaron los ojos de lágrimas y la voz se le apagó mientras fijaba la mirada en la pared que había detrás de mí—. No puedo creer que siquiera hayas pensado algo así.

—Es que... Sé que esto no entraba en nuestros planes —dije en voz baja.

—Sarah... —me interrumpió—. He estado pensando mucho. Y pensaba decírtelo anoche, antes de que ocurriera todo aquello en la gala. Antes incluso de enterarme de lo del bebé.

Incliné la cabeza mientras lo escuchaba, a la espera de que continuara.

—Te quiero . Estoy enamorado de ti. Lo quiero todo contigo. Quiero formar una familia contigo.

Sus palabras me empaparon como la lluvia en un día de verano.

—¿D-de verdad? —pregunté.

Asintió. —Creo que lo sé desde hace tiempo, pero todo ocurrió tan deprisa que no sabía cómo asimilarlo.

Llevo mucho tiempo sin poder confiar en nadie.

Pero entonces apareciste tú y conseguiste que me abriera.

Me desafiaste. Me viste a mí . —Alargó una mano hacia mi rostro y yo acurruqué la mejilla en su palma—.

Quiero decir, saltaste de un maldito avión por mí.

Me eché a reír. Aunque me dolía, también me sentaba bien experimentar aquella alegría.

—No hay nadie como tú, Sarah. Te quiero ...

Apartó la mano de mi rostro mientras se levantaba de la cama. Observé con curiosidad cada uno de sus movimientos, preguntándome adónde iba. El corazón me dio un vuelco cuando lo vi arrodillarse junto a la cama del hospital.

—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó mientras me miraba con los ojos llenos de esperanza.

—Sí —respondí sin vacilar.