Capítulo 36 Brad
—Tenemos que llevarla al hospital —dijo el técnico en emergencias médicas con cierta urgencia en la voz mientras aferraba la barandilla de la camilla.
Me aparté de los labios de Sarah a regañadientes, consciente de que tenía que irse.
Consciente de la valiosa carga que llevaba dentro, además de su propio bienestar.
Escudriñé su rostro como si pudiera darme alguna pista de lo que ocurría en su interior, mientras la preocupación me inundaba por dentro.
Ella se limitó a asentir, fingiendo entereza.
Le sostuve el rostro entre las manos y volví a besarla.
—Señor, por favor... —dijo el técnico en emergencias médicas, cada vez más impaciente.
—No pasa nada —susurró Sarah contra mis labios.
Saboreé su beso, consciente de lo cerca que había estado de perderlo desde la noche anterior.
Las últimas veinticuatro horas habían sido un torbellino.
Aquel breve lapso parecía haber durado una semana: desde la gala y el robo de Angela en mi despacho hasta aquel espantoso ataque contra la mujer a la que amaba.
Amaba.
Era cierto. Me había enamorado de Sarah. Por desgracia, había necesitado estar a punto de perderla para darme cuenta, pero ahora no quería dejarla marchar. Algo que los técnicos en emergencias médicas no comprendían mientras empujaban la camilla hacia las puertas abiertas de la ambulancia.
Fui a seguirla, pero uno de ellos me puso una mano en el pecho y me detuvo. Negó con la cabeza. —Lo siento, pero no puede acompañarla —dijo con firmeza.
—¿Qué? —exclamé, mirando por encima de su hombro mientras la camilla subía a trompicones por la rampa hasta el interior de la ambulancia.
Las luces se encendieron y tiñeron de rojo intermitente la calle y la acera.
También los rostros de quienes aún se demoraban allí, disfrutando del inesperado espectáculo matutino de camino al trabajo.
—Me temo que solo pueden ir familiares —dijo, torciendo los labios mientras se mordía nervioso el interior de la mejilla.
—¡Pero soy el padre! —dije alzando la voz. Intenté pasar a su lado.
—Por favor, señor. No me obligue a pedir que intervengan los agentes.
Solté un suspiro exasperado, levanté las manos y retrocedí.
—Estará bien —dijo una voz de mujer mientras una mano delicada se posaba en mi hombro.
Me volví hacia la amiga de Sarah. La que había intentado salvarla y a la que ahora le estaba saliendo un moratón rojizo y violáceo en el lado derecho de la cara.
Le dediqué una sonrisa avergonzada, sintiéndome como un gilipollas por haber puesto a su amiga en peligro.
—Soy Brad —dije, tendiéndole la mano.
—Brittany —respondió con una sonrisa cómplice que me indicó que debía de conocer hasta el último detalle sobre Sarah y yo. Noté que me ardían un poco las mejillas.
—Siento todo esto —dije, señalando la ambulancia. Y a Angela, que seguía sentada en la acera, escupiendo odio y mentiras mientras los agentes redactaban el informe.
—Ya ha terminado —dijo—. Asegurémonos de que nuestra chica y ese bebé están bien.
Asentí.
La palabra bebé aún resonaba en mis oídos.
Iba a ser padre. Al menos, esperaba llegar a serlo si superábamos aquel día.
Era algo que nunca había sabido que deseaba y, sin embargo, ahora era todo cuanto quería.
Al contemplar a Sarah tendida plácidamente en la parte trasera de la ambulancia, supe que esa era la vida que quería compartir con ella.
Eso era lo que había querido contarme la noche anterior en la gala.
Me sentí como un completo idiota por no haberle dado la oportunidad.
Me había marchado porque antepuse los negocios y, si le ocurría algo a nuestro bebé, lo lamentaría el resto de mi vida.
Si no la hubiera dejado sola, todo aquello con Angela podría haberse evitado y la vida de nuestro bebé no estaría ahora en peligro.
Desde aquel momento, juré no volver a anteponer los negocios a lo que de verdad importaba, y eso incluía a mi padre. Incluía a Howard Knight y sus millones de dólares. Incluía al consejo, con sus opiniones y prejuicios.
Nada de eso importaba.
Aparté a uno de los técnicos en emergencias médicas justo antes de que se cerraran las puertas de la ambulancia, para poder cruzar una última mirada con Sarah.
—Quiero que la lleven al mejor hospital de la ciudad —dije con firmeza.
—Señor...
—Al Mount Sinai. ¿Entendido? —pregunté.
No sabía si estaba en mi mano decidir adónde la llevaban, pero tenía que intentarlo. Quería que estuviera en el mejor hospital posible. Se lo merecía. Nuestro bebé se lo merecía.
—Veré qué puedo hacer —dijo el técnico en emergencias médicas con un asentimiento antes de darme la espalda y subirse al asiento del conductor de la ambulancia.
La sirena cobró vida con un aullido y el vehículo se alejó del bordillo.
Cuando desaparecieron de mi vista, lo único que quería era subir a mi coche y seguirlos, pero, por cómo me miraban los policías, supe que aún tardaría un rato en poder reunirme con ella.
Me erguí un poco y avancé con paso decidido hacia el hombre que me había dado el alto de camino allí, consciente de que no me tenía precisamente en gran estima.
Angela me fulminó con la mirada desde la acera, con el rostro encendido por las lágrimas, manchas de suciedad en las mejillas y el vestido rojo rasgado y descompuesto.
—Me llamo Brad Ashcroft. Antes que nada, quisiera disculparme de nuevo por el exceso de velocidad. Ha sido una imprudencia y asumo toda la responsabilidad —le dije al agente, que me miraba con una ceja enarcada.
—Es un buen tipo —dijo Brittany, colocándose a mi lado.
Apenas me conocía y, por lo poco que sabía de mí, dudaba que lo creyera al cien por cien. Sabía que solo intentaba ayudarme para que pudiera llegar cuanto antes junto a Sarah. Le di las gracias con un gesto antes de continuar.
—No volverá a ocurrir, siempre y cuando encierren a esta mujer —dije, mirando a Angela—. Estoy seguro de que se enfrenta a unos cuantos cargos, pero también me gustaría presentar una denuncia.
—Brad... —dijo Angela despacio, mirándome mientras parpadeaba.
—Por favor, continúe —dijo el agente, pasando la página de su bloc de notas.
—Esta mañana ha entrado sin permiso en mi propiedad privada y ha robado información valiosa que no le pertenecía. Tengo grabaciones de las cámaras de seguridad que lo demuestran. Haré que mi equipo de seguridad las envíe a comisaría.
—También dejó una nota amenazante en la puerta de la víctima —añadió Brittany—. Y lanzó un ladrillo con otra nota por su ventana. Están arriba, por si los necesita como pruebas.
Miré a Angela con la boca abierta. No sabía nada de los demás horrores a los que había sometido a Sarah y a sus allegados.
Costaba creer que la mujer a la que una vez había amado, o creído amar, fuera capaz de semejante crueldad.
De semejante violencia. Me hizo comprender hasta dónde podía llegar la desesperación de una persona cuando estaba a punto de perderlo todo.
—Me aseguraré de que se tramiten sus denuncias —dijo el policía, dando unos golpecitos en el bloc con el bolígrafo antes de cerrarlo y guardárselo—. Pueden marcharse.
Un sollozo escapó de la garganta de Angela cuando los agentes la obligaron a ponerse en pie. Parecía un peso muerto entre sus brazos mientras me miraba con los ojos azul oscuro anegados en lágrimas.
—Brad... Por favor, dime que no es verdad —suplicó—. ¡Dime que no estás enamorado de... esa mujer!
—Lo estoy —respondí con frialdad—. Y está esperando un hijo mío. Y me aseguraré de que ella también presente una denuncia por todo lo que has hecho. Por todo lo que has intentado hacer.
—¡Puedes detener esto! —gritó mientras los agentes la empujaban hacia el coche patrulla que aguardaba.
—No tengo intención de impedir que recibas lo que mereces —dije, torciendo la boca con asco mientras observaba cómo se inclinaba para entrar en el coche, con las manos del agente sobre la cabeza.
La puerta se cerró, librándome de escuchar una sola palabra más de aquella boca inmunda.
Seguía llamándome a gritos cuando el coche se alejó, abriéndose paso entre el tráfico de la ciudad con las luces y las sirenas.
—Vaya —dijo Brittany, negando con la cabeza y apoyando las manos en las caderas—. Esto ha dado un giro inesperado.
—Sí —dije con una mueca—. Lo siento otra vez.
—Vas a tener que repetirlo —dijo Brittany, mirando a mis espaldas.
Me volví y vi que una furgoneta había estacionado junto a la acera y una enfermera ayudaba a una joven en silla de ruedas. Jessica. La hermana de Sarah. El parentesco resultaba evidente por sus rostros en forma de corazón y sus ojos almendrados. Eran diferentes, pero iguales.
Se despidió de la enfermera y condujo con rapidez su silla de ruedas eléctrica hacia Brittany, que se apretaba contra la cara una bolsa de hielo que le habían dado los técnicos en emergencias médicas.
Había insistido en que no necesitaba ir al hospital y quería quedarse para limpiar el apartamento.
Jessica la miraba ahora con preocupación.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jessica, mirando alarmada a Brittany—. He visto marcharse a la policía. ¡Y tu cara! —Señaló el hielo que Brittany se apretaba contra el rostro.
Brittany lo apartó y exhibió orgullosa su herida de guerra. —No es tan grave como parece.
Jessica soltó un grito ahogado antes de fruncir el ceño. —¿D-dónde está Sarah? —preguntó.
—Está bien —dijo Brittany—. Va de camino al hospital.
—¿Qué? —exclamó Jessica, apartando la mirada de Brittany para buscar respuestas en mí. Un destello de ira protectora brilló en sus ojos color avellana—. ¿Qué ha pasado ?
Tragué saliva antes de presentarme. No era así como había imaginado conocer a la única familia de Sarah, pero procedí a explicarle lo ocurrido.
Jessica escuchó con atención y la preocupación fue disipando su ira.
Vi cuánto quería a su hermana. Lo protectora que era con ella.
Sabía que solo se tenían la una a la otra.
—Lo siento muchísimo —dije en voz baja, arrodillándome en el suelo junto a Jessica. Se mostró reticente cuando fui a tomarle la mano, pero, al no apartarla, se la estreché con suavidad y la miré a los ojos.
—Quiero a tu hermana —dije en voz baja—. No permitiré que le pase nada.
—Otra vez... —me corrigió.
—Otra vez —repetí—. Juro que la protegeré y cuidaré de ella.
—Y del bebé... —dijo.
—Y de nuestro bebé.
Estudió mi rostro antes de relajar el suyo, como si acabara de darse cuenta de que me creía. Me levanté de la acera.
—Tengo que ir con ella ahora...
—No sin mí —dijo Jessica con firmeza.
—Por supuesto que no. —Negué con la cabeza.
Jessica llamó a su enfermera, que seguía sentada en la furgoneta, y le dijo que necesitábamos que nos llevara.
Llamé enseguida al Mount Sinai para asegurarme de que el técnico en emergencias médicas había seguido mis instrucciones y llevado allí a Sarah.
Cuando me confirmaron que había llegado, nos despedimos de Brittany.
Ella iba a subir para reunirse con un detective que pasaría a recoger la nota y el ladrillo como pruebas.
De camino al hospital, llamé a Anton.
—¿Sí? —preguntó sin aliento—. ¿La has encontrado?
—Sí —dije—. Ha habido un incidente, pero todos están bien.
—¿Un incidente? —preguntó preocupado.
—Te lo contaré todo. Voy de camino al hospital.
—Jesucristo... —murmuró.
—Estamos bien —volví a asegurarle—. Vamos al Mount Sinai.
—Nos vemos allí —dijo antes de colgar a toda prisa.
Noté la mirada de Jessica sobre mí mientras me guardaba el teléfono en el bolsillo de la chaqueta; su preocupación llenaba el espacio entre nosotros en el asiento trasero.
—Va a estar bien —dije.
—Es lo único que tengo —dijo con voz temblorosa.
—Lo sé —dije con tristeza—. Me contó lo que les ocurrió a tu madre... y a tu padre...
Asintió despacio mientras se secaba una lágrima de la mejilla. Vi en ella la misma fortaleza que Sarah había tratado de mostrar en la camilla; en su hermana, que había atravesado su propio infierno. Si algo era indudable, era que la fortaleza de las hermanas Atkinson estaba hecha de otra pasta.
Noté que mi propia preocupación empezaba a filtrarse mientras permanecíamos en silencio el resto del trayecto.
Si le ocurría algo a nuestro bebé, no sabía qué haría.
Todo era aún muy reciente, pero sabía que moriría por protegerlo, fuera niño o niña.
Fue entonces cuando supe que estaba destinado a ser padre.