Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 35 Sarah
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Capítulo 35 Sarah

Mi cabeza chocó contra la pared de ladrillo y todo se volvió negro durante unos instantes.

Un dolor abrasador me recorrió la parte posterior de la cabeza, se disparó hacia las sienes y los ojos y descendió por el cuello.

Parpadeé deprisa y se me escaparon las lágrimas mientras intentaba aferrarme a la luz del sol y mantenerme en pie.

Sentía los dedos de Angela cerrándose cada vez más en torno a mi cuello, sus largas uñas de color burdeos clavándoseme en la piel.

Abrí mucho los ojos e intenté respirar, pero me resultó imposible.

Angela me taladraba con la mirada, con una expresión descontrolada en sus ojos azules.

Era como contemplar un océano en llamas.

Sabía que no se detendría hasta que yo muriera.

Los gritos de Brittany rebotaban contra el edificio de ladrillo y otras personas pedían ayuda a voces, pero la mano de Angela se cerró aún más sobre mi garganta. Tanto que pensé que se me romperían los huesos si no me desmayaba antes.

—¡Atrás! —gritó Angela a cualquiera que osara intervenir. Lo dijo con un tono tan amenazador que, por lo que yo sabía, bien podría llevar encima una pistola o un cuchillo. La idea me provocó un escalofrío. No sabía de qué era capaz.

Parecía tan trastornada que todos los que estaban cerca le hicieron caso, incluida Brittany, que ahora suplicaba a Angela que parase. Noté que la visión empezaba a nublárseme y me concentré únicamente en la voz de mi mejor amiga.

—Te dije que te mantuvieras alejada de él —escupió Angela.

—Lo hice —conseguí decir, con la voz estrangulada, entrecerrando los ojos para mirarla, aunque todo lo veía rojo.

—Entonces, ¿por qué está aquí? —se mofó mientras encontraba con el pulgar la hendidura de mi garganta y apretaba.

¿Brad estaba allí? Miré a mi alrededor, frenética, con la cabeza aún firmemente pegada a la pared.

Lo vi a unos pasos de distancia. Mientras mis ojos trataban de enfocar, distinguí que estaba de rodillas, con las manos detrás de la cabeza, observando impotente cómo un policía lo esposaba.

Quería llamarlo a gritos, pero no podía.

Aunque estaba a punto de desmayarme, no podía evitar preocuparme por él.

Clavé la mirada en Angela y me invadió una oleada de rabia porque aquella mujer intentaba arrebatarme todo lo que amaba.

Mi vida. Mi hermana. Mi mejor amiga. Brad. El bebé.

El bebé.

No iba a permitírselo. Con las pocas fuerzas que aún me quedaban, le clavé la rodilla en el estómago, y ella soltó mi garganta al doblarse sobre sí misma. Inspiré con una fuerte bocanada, intentando llenar los pulmones. La neblina que me cubría la vista empezó a disiparse.

—¡Zorra! —jadeó Angela al alzar la vista hacia mí.

Se incorporó sin dejar de sujetarse el estómago con una mano y avanzó hacia mí de forma amenazadora. Sin embargo, Brittany se abalanzó enseguida sobre ella y derribó a Angela. Observé horrorizada cómo forcejeaban en la acera, entre una maraña de manos y cabellos.

—¡Parad! —grité cuando Angela se encaramó sobre Brittany, pero no se detuvo.

Levantó el brazo y le estampó el puño en un lado de la cara.

Corrí hacia ellas, agarré a Angela por un puñado de su pelo oscuro y tiré de ella hacia atrás.

Pero estaba preparada para recibirme. Lanzó el codo hacia arriba, me golpeó en el estómago y me dejó sin aire. Caí de espaldas sobre la acera.

—¡Por favor, ayúdela! —oí gritar a Brad. Lo miré mientras me hacía un ovillo para intentar proteger al bebé. El bebé del que él no sabía nada. El bebé que podía estar herido en aquel mismo instante.

—Por favor... —susurré suplicante al levantar la vista hacia Angela, que se acercaba.

Antes de que pudiera hacer otro movimiento, una agente se abalanzó sobre ella y la derribó. Las vi forcejear, una mancha azul oscuro del uniforme del NYPD y un destello rojo del vestido de Angela.

—¡Deje de moverse! —gritó la agente. Había conseguido inmovilizar a Angela contra el suelo.

Estaba boca abajo, con la cara pegada a la acera.

Se retorcía frenéticamente bajo la rodilla que la agente le hundía en la espalda mientras soltaba improperios a gritos.

Tenía el rostro contraído de rabia y dolor mientras la mejilla le raspaba contra la sucia acera.

—¡Quítate de encima de una puta vez! —chilló Angela a pleno pulmón.

—Queda detenida. Tiene derecho a guardar silencio... —empezó a recitar la agente sin hacerle caso mientras sacaba las esposas del cinturón. Le costaba agarrar las muñecas de Angela, que era sorprendentemente fuerte para lo demacrada que estaba.

—¡Necesito refuerzos! —gritó.

El policía que se alzaba sobre Brad abandonó su puesto a regañadientes y ayudó a la agente a colocar las tintineantes esposas de metal en las muñecas de Angela, inmovilizándole los brazos a la espalda.

Miré a Brad, que negaba con la cabeza, arrepentido, aún arrodillado en la acera tal como le habían ordenado. Parecía destrozado.

Aparté la mirada de él y me recordé que todo aquello era culpa suya en parte.

Brittany se levantó de la acera, corrió hacia mí y me rodeó con los brazos. Tenía el rostro enrojecido y empapado en lágrimas mientras me examinaba.

—Dios mío, Sarah —dijo sin aliento—. ¿Estás bien?

—N-no lo sé... —tartamudeé—. ¿Y tú?

Le examiné la cara, donde sin duda le saldría un moratón; la marca roja e inflamada de los nudillos de Angela parecía devolverme la mirada. Me sentía fatal porque mi mejor amiga estaba herida, y todo por intentar protegerme. Empecé a llorar mientras le acariciaba la mejilla con suavidad.

—Estoy bien —dijo, aunque hizo una leve mueca de dolor.

—Lo siento muchísimo —susurré.

—¿Por qué? —Brittany soltó una risita—. No podías prever que una psicópata vendría a por ti.

Negué con la cabeza y reí entre lágrimas. Si alguien podía quitarle hierro a una situación tan disparatada como aquella, era Brittany. Agradecía que mi hermana no estuviera allí para presenciarlo ni convertirse en víctima del aterrador ataque de Angela.

La sirena de una ambulancia empezó a sonar cada vez con más fuerza a medida que se acercaba.

Me retumbaba en los oídos mientras Brittany y yo permanecíamos apoyadas contra el edificio de mi apartamento, aferradas la una a la otra.

Las luces rojas intermitentes nos bañaron cuando la ambulancia se detuvo junto al bordillo y dos técnicos en emergencias médicas saltaron por las puertas traseras.

—Abran paso. Por favor, abran paso —gritaron mientras se abrían camino entre la multitud que se había congregado para contemplar el alboroto.

Los técnicos en emergencias médicas corrieron hacia Brittany y hacia mí y se arrodillaron frente a nosotras.

—¿Está bien? —preguntó uno mientras examinaba con atención a Brittany, al tiempo que el otro me atendía a mí.

Brittany hizo un gesto al hombre para que no se preocupara por ella. —Por favor, estoy bien. Atiéndala a ella. —Me señaló.

—¿Está herida? —me preguntó entonces, mientras su compañero empezaba a tomarme las constantes.

—Un poco magullada —respondí, pasando los dedos por la dolorida piel de mi garganta.

En ese momento, una oleada de dolor me atravesó el estómago. Solté un fuerte jadeo y me lo agarré.

—¡Señorita! ¡Señorita! Dígame dónde le duele, por favor —dijo el técnico en emergencias médicas, tratando de captar mi atención mientras su compañero apartaba rápidamente el estetoscopio.

—El estómago —balbuceé—. Me duele...

—¿Qué está pasando? —oí gritar a Brad, frenético. Vi que movía la cabeza con rapidez, intentando encontrarme entre la multitud.

—¡Ayúdenla! —gritó Brittany con voz temblorosa.

—Por favor —dije—. Estoy embarazada. —Me apreté el estómago con fuerza mientras cálidas lágrimas me recorrían el rostro.

Había pronunciado aquellas palabras en voz alta, y eso las volvía aún más reales.

Hacía que el peligro de aquella situación fuese aún más real.

Se me quebró la voz con un sollozo al comprender cuánto deseaba al bebé. Cuánto deseaba ser madre.

Desde que me hice la prueba el día anterior, no había sabido qué iba a hacer.

Pero ahora lo veía con total claridad. Cuando el riesgo de perder al bebé se hizo real, comprendí cuánto tenía que perder.

Quería quedarme con el bebé y dedicar mi vida a amarlo, fuera niño o niña.

Por perdida o desconsolada que estuviera, iba a seguir adelante.

Iba a ser la mejor madre posible, aunque tuviera que hacerlo sola.

—¿Q-qué? —tartamudeó Brad, dejándose caer sobre los talones mientras me miraba estupefacto.

No era exactamente así como había planeado decírselo. Diablos, ni siquiera sabía si se lo contaría alguna vez. Pero ahora ya había salido todo a la luz. Lo sabía.

Asentí levemente.

—Por favor. —Brad suplicó al policía, que volvía a estar detrás de él, dispuesto a meterlo en el coche patrulla—. Por favor, déjeme ir. Sé que infringí la ley. Sé que iba demasiado rápido, pero tenía que hacerlo. Tenía que llegar hasta ella. —Señaló en mi dirección con la cabeza.

El policía me miró con curiosidad mientras los técnicos en emergencias médicas seguían tomándome las constantes. Brittany me apretó la mano con fuerza. —Por favor, escúchelo —dijo.

El policía se volvió de nuevo hacia Brad.

—Tenía que ayudarla —dijo Brad con voz temblorosa—. Yo soy... Yo soy el padre...

Esas palabras sonaban muy extrañas en sus labios. Casi no podía creer lo que oía, aunque conocía la verdad.

El policía sopesó lo que Brad había dicho; a juzgar por la expresión tensa de sus labios, libraba un debate consigo mismo. Soltó un suspiro y desenganchó del cinturón una pequeña anilla con llaves. Se agachó y abrió las esposas que sujetaban las muñecas de Brad.

—Gracias —dijo Brad con gratitud. Se puso en pie rápidamente y corrió hacia mí. Se arrodilló delante de mí, sin hacer caso a los técnicos en emergencias médicas, a quienes no hizo ninguna gracia que los apartara. Brittany se levantó a regañadientes y se acercó a la ambulancia para pedir hielo.

Brad tomó mis manos, que aún mantenía apretadas contra el estómago, y las sostuvo con fuerza. Sus ojos buscaron los míos, como una tormenta gris y frenética.

—Sarah... —exhaló.

Tragué saliva y alcé un poco la barbilla en señal de protesta silenciosa.

—Por favor —dijo en tono suplicante—. Siento muchísimo que haya ocurrido esto.

Guardé silencio.

—Por favor, dime qué puedo hacer.

—¡No lo sé! —grité, con las mejillas empapadas en lágrimas.

En aquel momento estaba aterrada. Abrumada por el cóctel de sentimientos que bullía en mi interior.

—Eh... —dijo, tendiendo una mano hacia mi rostro. Su pulgar me acarició la mejilla y no pude evitar apoyar la cara contra su mano.

—¿Por qué no me dijiste que ibas a volver con ella? —susurré enfadada—. Quizá entonces no habría venido a aterrorizarme.

—No iba a volver con ella —dijo, negando con firmeza.

—Pero ella... —empecé, cada vez más confusa.

—Es una mentirosa. —Brad resopló con desdén.

—¡No soy una mentirosa! —gritó Angela desde el lugar donde permanecía sentada en la acera bajo la vigilancia de la agente.

—Casi me das lástima —dijo Brad, volviéndose hacia ella.

El rostro de Angela hervía de rabia.

—No tienes nada. Ni a nadie. Y por eso has caído más bajo de lo que jamás creí que te vería caer. La única culpable eres tú —dijo Brad con calma.

—Cariño, por favor —suplicó ella; sus facciones se suavizaron mientras los ojos empezaban a llenársele de lágrimas.

—No soy tu cariño. No soy nada tuyo. Entonces vi cómo eras en realidad y ahora también lo veo —dijo Brad con voz fría.

—No lo dices en serio...

—Sí. ¿Y sabes qué? Tuve que enamorarme de otra persona para comprender que no tenía por qué vivir atormentado por ti para siempre.

Hay gente buena en el mundo. Personas hermosas por dentro y por fuera.

Personas que me ven tal como soy y no como alguien de quien pueden sacar provecho. Bueno, personas no...

Brad se volvió hacia mí con una sonrisa triste en los labios. Mi corazón se rompió y sanó al mismo tiempo.

—Una persona.

—Tenemos que llevarla al hospital —interrumpió uno de los técnicos en emergencias médicas, apoyando una mano en el hombro de Brad.

Brad asintió y se levantó para apartarse mientras acercaban la camilla.

Cuando los técnicos en emergencias médicas me ayudaron a subir a la camilla, tendí la mano hacia Brad y aferré con los dedos la tela de su abrigo. Él me miró e inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Hablabas en serio? —pregunté.

—Cada palabra —murmuró.

Tiré de él hacia mí.

—Bien —dije justo antes de que se inclinara y me besara.