Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 34 Brad
85%

Capítulo 34 Brad

Toqué el claxon como si su estruendo pudiera abrirme paso de algún modo por el puente, pero no.

Estaba atrapado. Y, a juzgar por los dedos que asomaban por las ventanillas de los coches de alrededor, cabreando a la gente.

No conocían la gravedad de mi situación, así que me quedé mirando al frente con expresión pétrea mientras aferraba con fuerza el volante, cada vez más impaciente.

Por lo que había averiguado, Angela me llevaba ventaja, al menos una hora según las imágenes de las cámaras de seguridad en las que se la veía salir del edificio de oficinas.

No sabía cuáles eran sus planes ahora que había conseguido la información personal de Sarah, pero saber que tenía su dirección me llevaba a imaginar escenarios aterradores.

No sabía de qué era capaz Angela, pues distaba mucho de ser la mujer que había conocido años atrás. La mujer de la que me había enamorado y con la que había planeado pasar el resto de mi vida.

Aquella mujer había sido dulce y sexy, y siempre me animaba a aspirar a más en la vida.

Cuando las cosas iban bien, iban muy bien, pero, cuando iban mal, nuestras discusiones eran explosivas.

Podía cambiar de actitud en un instante, pero yo creía que la amaba, así que lo pasaba por alto.

Estaba demasiado comprometido, con un anillo en su dedo, para echarme atrás, sobre todo con mi padre presionándome para que sentara la cabeza.

Supuse que algunas cosas nunca cambiaban.

Pensándolo bien, quizá la Angela de ahora no fuera tan distinta de aquella mujer de mi pasado.

También había sido manipuladora entonces; yo sencillamente no lo había visto, aunque mis allegados sí.

Me advirtieron de que solo le interesaba mi dinero y de que su empeño en exigirme más no tenía nada que ver conmigo, con mi persona ni con lo que era capaz de hacer, sino con el dinero que podía ganar.

Me descubrí deseando que se sintiera orgullosa de mí.

Deseando ver en su rostro aquella sonrisa que me hacía sentir completo cuando cerraba un acuerdo importante o tenía un buen día en bolsa.

Daba por hecho que era feliz gracias a mis esfuerzos y porque estaba construyendo lo que podría haber sido nuestra vida juntos.

Pero yo no era el único con quien estaba construyendo una vida.

Tenía un plan alternativo, tal vez más de uno, por si la vida que yo me esforzaba tanto en darle no era suficiente.

Como si convertirme en uno de los multimillonarios más jóvenes de Nueva York no bastara.

Parecía haberse quedado ya sin ninguno de sus planes después de que su multimillonario geriátrico la dejara.

Me pregunté si él también habría descubierto cómo era, igual que hice yo al final.

O quizá tuviera algo que ver con la malversación de la que me había hablado mi padre.

Me pregunté qué podía haberla llevado a hacer algo así. Tal vez todo la había superado y por eso había caído tan bajo, hasta el punto de recurrir al robo cuando no conseguía de un hombre lo que quería.

Solo me preguntaba hasta qué punto había caído y qué otras cosas la impulsaría a hacer.

No me gustaba que Sarah estuviera en el centro de su furia.

Ser codiciosa y manipuladora era malo, pero me preguntaba si llegaría al extremo de hacer daño físico a alguien. Recordé la nota que había dejado en mi coche.

Si no puedo tenerte yo, no te tendrá nadie.

Me estremecí ligeramente justo cuando sonó mi teléfono; el timbre resonó por los altavoces Bluetooth de mi descapotable y me arrancó de mis pensamientos.

—¿Diga? —contesté con ansiedad, esperando que fuera Sarah, que por fin me devolvía la llamada. Solo quería saber que estaba a salvo.

—No está aquí. Estoy en la oficina y no hay ni rastro de ella —dijo Anton al otro lado de la línea.

Suspiré, frustrado y decepcionado. Eso significaba que nadie tenía localizada ni a Angela ni a Sarah, y me ponía aún más nervioso.

—¿Has mirado en mi despacho de arriba?

—Claro. Ha sido el primer sitio en el que he mirado, y ahora estoy en el vestíbulo vigilando a todo el mundo. Me siento como una especie de policía infiltrado.

Por supuesto, Anton tenía que convertir aquello en una especie de juego.

—Vale, vale. Quédate ahí, por si acaso. Por favor —añadí, al recordar que estaba metiendo a mi mejor amigo en aquel lío.

—Sí, vale —dijo. Oí sus pasos y entonces su voz volvió a llegarme, esta vez más baja—.

Tu padre está aquí. Parece cabreadísimo, tío.

No deja de pasearse por el vestíbulo y nunca le había visto la cara tan roja.

Bueno, quizá cuando montamos aquella fiesta de graduación improvisada en su casa de Saratoga Springs.

—Lo sé, lo sé. Siento haberte puesto en esa situación, tío.

—Es que no para de hacer preguntas y no sé cuánto tiempo podré mantenerlo a raya con mis respuestas ambiguas y mis intentos fallidos de hacer gracia. —Anton soltó una risita nerviosa.

—Inténtalo, por favor —dije.

—¿Sabe algo ?

—No. Con sus intromisiones solo empeoraría las cosas.

—O quizá ayudaría —sugirió Anton.

—Lo dudo —murmuré.

—¿Estás a punto de llegar? —preguntó esperanzado.

—Estoy atrapado en un atasco —le dije.

Oí la voz de mi padre al fondo. —¿Es ese idiota de mi hijo?

—Mierda. Tengo que colgar —susurró Anton antes de que oyera el clic del teléfono.

Consulté el GPS para ver cuántos minutos faltaban para llegar al piso de Sarah. Con el tráfico del puente, indicaba que tardaría al menos veinte minutos. Tamborileé impaciente con los dedos sobre el volante.

Estiré el cuello para mirar más adelante, hacia la derecha.

El carril bici parecía despejado y el final del puente estaba muy cerca.

Sin pensarlo demasiado y movido por la pura desesperación, giré el volante a la derecha y empecé a circular por el carril bici.

Todos los coches que adelantaba tocaban el claxon con furia; el sonido me retumbaba en los oídos mientras intentaba concentrarme en no atropellar a nadie.

Pisé el freno de golpe al ver, más adelante, a un hombre en bicicleta que, debido a los auriculares que llevaba puestos, no era consciente de mi presencia detrás de él.

—Vamos, vamos —murmuré.

Avancé poco a poco, intentando hacerle saber que quería pasar. Volvió la cabeza de golpe y abrió la boca, sorprendido, antes de perder el equilibrio y desviarse hacia el tráfico detenido. No se cayó, sino que alzó el puño y empezó a gritarme obscenidades.

—¡Lo siento! —grité por la ventanilla bajada.

Parecía estar bien. Solo un poco alterado. Al menos, eso fue lo que me dije para sentirme mejor por haber estado a punto de matar al pobre hombre.

Cuando salí del puente y me incorporé a una zona con menos tráfico, respiré aliviado. Pero el alivio duró poco porque, de repente, unas luces rojas y azules empezaron a reflejarse en mi retrovisor.

—No. No. No —le supliqué al universo.

Entonces sonó la sirena, atronándome los oídos.

—¡Joder! —Golpeé el volante con la mano y miré por el retrovisor. Detrás de mí había un coche de policía que acababa de salir del puente y me seguía. El agente había presenciado mis múltiples infracciones de tráfico y yo estaba jodido.

Ante un semáforo en rojo y con el policía detrás, tenía que tomar una decisión.

Podía rendirme, lo que me impediría llegar hasta Sarah, o ignorarlo y salir disparado.

Mi coche era rápido. No había pagado cientos de miles por él para que fuera lento.

Tal vez consiguiera darle esquinazo. Seguro que ya estaba comprobando mi matrícula, pero podría ocuparme más tarde de toda la jerga legal.

Cuando el semáforo se puso verde, ya había tomado una decisión. Pisé el acelerador y salí disparado. La aguja del velocímetro fue avanzando mientras hundía más el pie en el pedal. Zigzagueé entre el tráfico, pero el policía seguía pegado a mí.

Oí su voz por el altavoz situado en el techo del coche.

—¡Échese a un lado!

Lo ignoré y aceleré aún más, consciente de que estaba alcanzando una velocidad peligrosa para el tráfico urbano de media mañana. Según el GPS, llegaría al piso de Sarah en cinco minutos. Solo tenía que evitar estrellarme o que me detuvieran antes.

Giré rápidamente por una calle lateral y evité por muy poco un camión de la basura que venía de frente.

Debido al enorme camión verde, el policía tuvo que frenar en seco y no pudo hacer el giro.

Solté una carcajada, sintiéndome como un demente mientras conducía el coche de vuelta a una vía principal.

Eché un vistazo rápido a la imagen del edificio de Sarah que mostraba el GPS. Busqué a mi alrededor el edificio de ladrillo, pero aquello era Brooklyn. Todo parecía igual.

Por fin vi el edificio de ladrillo de cuatro plantas. Las molduras blancas lo delataban. Acerqué rápidamente el coche al bordillo y golpeé los neumáticos contra él. Antes incluso de que pudiera bajar, el sonido familiar de una sirena bramó detrás de mí y quedé bañado en luces rojas y azules.

Mierda.

El agente me había alcanzado, y en el peor momento posible.

Abrí rápidamente la puerta y salí del coche. Si al menos pudiera subir para comprobar que estaba bien…

—¡Quieto! —gritó el agente. Oí cómo quitaba el seguro de su pistola y me quedé clavado en el sitio.

Levanté de mala gana las manos temblorosas y me las coloqué detrás de la cabeza.

—Por favor, señor… —dije con toda la calma que pude, procurando no hacer ningún movimiento.

—¡No se mueva! —gritó, mientras sus pasos se acercaban con cautela.

—No lo entiende. Es una emergencia, agente.

—Seguro que sí —masculló.

Me agarró rápidamente una muñeca y me retorció el brazo detrás de la espalda. Hice una leve mueca de dolor, pero no opuse resistencia. La pistola que ahora me apretaba contra la espalda me tenía paralizado.

—Mi… Ella… —Ni siquiera sabía cómo llamar a Sarah a esas alturas—. Está en peligro.

—Tiene derecho a guardar silencio…

Cerré los ojos, frustrado, mientras el agente me bajaba el otro brazo detrás de la espalda y me apretaba unas esposas alrededor de las muñecas.

—Por favor…

—Cualquier cosa que diga podrá y será utilizada en su contra…

—Sí, sí. Vale —dije frustrado, deseando que terminara de una vez para poder explicarle la gravedad de la situación.

Eso solo consiguió cabrearlo aún más. Me clavó la rodilla en la parte posterior de las piernas, haciendo que me plegara como una figura de origami. Caí de rodillas sobre la acera, apretando los dientes por el dolor. Abrí los ojos de golpe al oír unos pasos frenéticos.

No podía creerlo. Era Sarah. Estaba bien y la acompañaba una amiga.

Pero entonces vi un movimiento junto a ellas, un destello rojo.

Quise gritar, pero solo logré emitir un graznido al ver a Angela salir de detrás de una esquina.

Llevaba un vestido rojo, tenía el pelo oscuro enmarañado y, a juzgar por su maquillaje, parecía haber estado llorando.

La expresión de sus ojos la volvía irreconocible. Había muchísima oscuridad en ellos.

Alargó rápidamente el brazo, agarró por el pelo a la amiga de Sarah y la pilló desprevenida. Sarah lanzó un grito al ver cómo arrojaba a su amiga al suelo. Su amiga gritó cuando el cuerpo le golpeó la acera y quedó desplomada en un montón.

—¿Pero qué demonios…? —se preguntó el policía, apartando de mí la atención y dejando de recitarme mis derechos Miranda. Llevó rápidamente la mano a la radio enganchada al cinturón, aunque sin apartar la pistola de mi espalda.

—Necesito refuerzos. St. John’s Place, 814 —dijo.

—Por favor. Ayúdela —supliqué.

—Usted cállese —espetó, clavándome la pistola en la columna.

Observé horrorizado cómo Angela se volvía hacia Sarah y daba dos pasos rápidos en su dirección antes de empujarla contra la pared de ladrillo que tenía detrás.

El rostro de Sarah se contrajo de dolor cuando su cabeza rebotó contra el ladrillo rojo.

Angela agarró rápidamente a Sarah por el cuello y, al ver cómo apretaba los dedos, comprendí que no tenía intención de soltarla.