Capítulo 33 Sarah
—Es Brad —dije con voz temblorosa, levantando el teléfono para que Brittany pudiera leer su mensaje.
Las palabras me cruzaron la mente como un letrero de neón rojo. Estás en peligro.
—¿Qué significa eso? —preguntó Brittany frenéticamente, releyéndolo.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté, frunciendo el ceño.
Entonces las piezas empezaron a encajar, una a una. La gala. Las crueles palabras de Angela y su sonrisa calculada. Claro , era ella. Lo que no había imaginado era que hubiéramos llegado tan lejos como para recurrir a las amenazas.
Al peligro .
—Angela… —exhalé.
—¿Su ex? —Brittany arqueó mucho las cejas.
—Es la única persona que se me ocurre.
—Pero si están juntos y felices, ¿por qué va a por ti?
Negué con la cabeza, sintiéndome mareada. Caminé tambaleándome hasta el sofá y me desplomé en él, colocando la cabeza entre las rodillas. Una sensación de aturdimiento se apoderó de mí.
—Eh, eh —dijo Brittany preocupada, sentándose a mi lado—. ¿Estás bien?
Asentí mientras miraba al suelo, aunque estaba muy lejos de encontrarme bien. Sentía que todo en mi vida se había puesto patas arriba. Ayer mismo descubrí que estaba embarazada y luego perdí al hombre al que creía amar. El padre de mi bebé.
Me pregunté si alguna vez lo había tenido para poder perderlo, o si desde el principio había pretendido volver con su ex.
Ella formaba parte de su mundo. Mucho más de lo que yo llegaría a formar parte nunca.
Eso quedó claro la noche anterior, cuando aparecí en la fiesta más lujosa que había visto o imaginado jamás, con un vestido más bonito de lo que nunca habría soñado para mi propia boda.
Era una marginada en una sala llena de desconocidos ricos que no tenían ni un minuto para mí.
Brad incluido, que me había dejado apañármelas sola entre los lobos.
Me había dejado enfrentarme a la loba más peligrosa de todas.
—Sarah —dijo Brittany suavemente mientras me frotaba la parte baja de la espalda—. Tenemos que llamar al 911.
—Mierda —susurré, recordando que en realidad no había llamado porque el mensaje de Brad me había distraído demasiado.
Marqué rápidamente el 911 en el teclado por primera vez en lo que me pareció una eternidad.
La última vez que había llamado a ese número fue cuando encontré a Jessica desmayada en el suelo de la cocina, con la puerta de la nevera abierta.
Se había debilitado y se había desmayado, y yo no podía dejar de pensar en lo agradecida que estaba de que siguiera respirando y de que los fogones no hubieran estado encendidos mientras yo trabajaba en el restaurante.
Tragué saliva al recordar aquel momento.
Al recordar el miedo. Al recordar la culpa.
No hacía tanto tiempo de aquello, pero ahora parecía que hubiera pasado una vida.
Desde entonces habían cambiado muchas cosas.
Ahora tenía una silla de ruedas motorizada, una enfermera para ella sola que la acompañaba a las citas y un sensor que alertaba a los sanitarios si se caía.
Todo aquello había sido posible gracias a aceptar el trabajo en Stellar Industries y el trabajo como la prometida ficticia de Brad.
Por mucho que me doliera en ese momento, no podía arrepentirme de nada porque había podido cuidar de mi hermana como antes no había podido hacerlo. Había logrado pagar sus facturas del hospital, que parecían pesos que me arrastraban hacia el centro de un lago oscuro.
Lo peor de todo era que Brad sabía todo aquello.
Sabía cuánto significaba mi hermana para mí y todas las partes horribles y feas de la vida que habíamos tenido que soportar demasiado pronto.
Nos teníamos la una a la otra, y él había puesto nuestra seguridad en peligro al enredarme en la telaraña que hubiera tejido para prosperar.
—911, ¿cuál es su emergencia? —preguntó con calma la operadora.
—Esta mañana he recibido una nota amenazadora en mi puerta —dije, preguntándome si aquello siquiera justificaba una llamada a emergencias.
—¿Y qué decía esa nota?
—«Aléjate de Brad o aténgate a las consecuencias» —dije, aferrando la nota en mi mano como si no me hubiera aprendido las palabras de memoria. La tinta se emborronó contra mi pulgar mientras la releía.
—¿Y conoce a ese Brad? ¿No se ha equivocado quien la envió?
—No. Lo conozco.
—¿Y sabe quién pudo dejarle esta nota?
—Tengo una buena idea de quién ha sido. Se llama Angela.
—Angela…
—Langley —susurró Brittany, levantando el teléfono. En la pantalla había una imagen de Brad y Angela abrazados en un evento de alfombra roja. La había encontrado en el buscador mientras buscaba el apellido de Angela.
—Langley —repetí a la operadora.
—¿Y esta Angela Langley tiene algún motivo para querer amenazarla?
—Creo que sí. La conocí anoche, pero había tenido una relación con su ex prometido —dije con timidez, sintiendo que mi estupidez empezaba a vencerme mientras le contaba todo a aquella operadora.
—¿Y es peligrosa?
—No lo sé…, pero Brad, el hombre que, bueno, ya sabe, él ha dicho que estoy en peligro.
—¿Cuál es su dirección, señora? —La operadora suspiró, como si no se tomara aquello en serio. La verdad es que no podía culparla. Todo aquello parecía un poco ridículo.
—Estoy en Brooklyn —dije, y a continuación le di la dirección de mi apartamento.
—Envío a alguien ahora mismo —dijo.
—Gracias —dije antes de colgar.
—¿Y bien? —preguntó Brittany, expectante.
—Van a enviar a alguien ahora —dije encogiéndome de hombros, sin saber si creía que el agente se lo tomaría con alguna urgencia. Estaba en medio de una disputa amorosa con la élite de Manhattan, donde el único problema real que tenía cualquiera de ellos era no tener suficiente dinero.
—Vale. —Brittany asintió—. Entonces nos quedaremos aquí. Estoy contigo. Te protegeré.
Me rodeó con un brazo y me apretó suavemente.
—Siento todo esto… —dije, negando con la cabeza.
Brittany restó importancia al asunto con un gesto. —Esto es lo más emocionante que nos ha pasado en la vida.
Por supuesto, intentaría quitarle hierro a la situación, aunque pude ver el mínimo destello de miedo tras sus ojos verdes.
Ojalá no se hubiera visto envuelta en todo aquello, pero agradecía que estuviera allí.
Agradecía aún más que fuera ella y no mi hermana.
Jessica se pondría en modo sobreprotector, y no necesitaba que esa preocupación la consumiera.
—Ya que no podemos ir a tomar el brunch porque la pájara chalada podría estar por ahí…, voy a prepararnos el desayuno —dijo Brittany, levantándose del sofá y cubriéndome con una manta.
Me reí suavemente y asentí.
—¿A la criatura le apetecen huevos y tostadas? —gritó Brittany desde la cocina mientras abría la nevera, probablemente al darse cuenta de que nos estábamos quedando sin comida.
—Siempre que no estén poco hechos —le respondí. La idea de la yema chorreando me daba ganas de vomitar. Tal vez fuera una aversión alimentaria, algo sobre lo que había leído brevemente al repasar los síntomas del embarazo.
—¡Entendido! —respondió Brittany mientras las sartenes repiqueteaban contra las rejillas metálicas de los fogones.
Justo entonces, entre los sonidos que llegaban de la cocina, oí otro.
El estrépito de cristales rotos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Brittany, saliendo corriendo de la cocina.
—N-no lo sé —dije, levantándome rápidamente del sofá—. Creo que ha venido de mi dormitorio.
Brittany me cogió de la mano y caminamos despacio hacia mi habitación, cuya puerta estaba abierta, dejando que se filtraran los sonidos de la ciudad, más fuertes de lo habitual.
Entré con cautela, con Brittany justo detrás de mí, tan cerca que su respiración superficial me hizo cosquillas en la nuca.
Vi fragmentos de cristal que relucían sobre la pequeña alfombra de pelo largo junto a la ventana, que ahora tenía un agujero grande e irregular.
—Cuidado —dije, deteniéndome de golpe. Brittany chocó contra mi espalda.
—¡Dios mío! —jadeó al ver la ventana rota.
Recorrí la habitación con la mirada en busca de cualquier señal de lo que pudiera haber roto el cristal, hasta que lo vi.
Un ladrillo rojo junto a mi cómoda. Avancé de puntillas con cuidado alrededor del cristal, que parecía brillar bajo el sol de la mañana.
Alrededor del ladrillo había una goma elástica sujetando un trozo de papel blanco.
Me temblaban las manos cuando lo cogí. Al darle la vuelta, contuve el aliento.
Allí, garabateado con la misma tinta negra y la misma letra que la nota de mi puerta, había otro mensaje.
¡Deja en paz a Brad! Es mío.
—¡Esta mujer está loca! —dijo Brittany, leyendo la nota por encima de mi hombro—. Esto empieza a dar miedo, Sarah.
Sentía el mismo miedo que ella, pero también sentía rabia.
Me sentía violada.
Aquella mujer me estaba aterrorizando y ¿ para qué ? ¿Por una relación con un hombre que nunca funcionaría? ¿Una relación con un hombre que, al parecer, la había elegido a ella de todos modos?
Aquello era una locura.
Con la oleada de rabia recorriéndome el cuerpo, corrí hacia la ventana.
Brittany gritó una advertencia sobre los cristales mientras yo los sorteaba sin cuidado.
Me asomé por la ventana, procurando no agarrarme a los fragmentos de cristal roto, y miré hacia la calle.
Busqué frenéticamente cualquier señal de Angela, pero solo vi a un hombre en bicicleta y a una pareja paseando a su perro.
Aun así, seguía teniendo aquella misma sensación de que alguien me observaba.
—¡Déjame en paz! —grité hacia abajo, sobresaltando a la pareja con el perro, que me miró con curiosidad.
A lo lejos, pude oír a una mujer riéndose a carcajadas. Estaba cerca.
Estaba disfrutando de aquello.
Eso no hizo más que cabrearme.
Me giré y agarré la mano de Brittany, llevándola hacia la puerta de mi dormitorio.
—Sarah… —dijo con cautela.
—Vamos. —La ignoré—. Nos vamos.
—Pero la policía está de camino. Ella está ahí fuera . Además, Brad viene de camino…
—Me da igual Brad. Me da igual ella . ¡Estoy harta de que esta gente dirija mi vida! —dije exasperada.
Y estaba harta.
Estaba harta de que la gente se aprovechara de mí cuando ellos tenían todas las ventajas de la vida. Dinero. Poder. Oportunidades. Y aun así, utilizaban peones para prosperar, y estaba furiosa conmigo misma por haberme convertido en uno de esos peones.
Cuando cogí las llaves de la mesa de la entrada, Brittany vaciló junto a la puerta principal. Negaba con la cabeza, con los ojos cautelosos.
—No salgas ahí fuera —dijo, agarrando mi mano, que sujetaba las llaves.
—Iremos nosotras mismas a la comisaría —dije.
—Pero están viniendo.
—Y una mierda… —dije, intentando calcular cuántos minutos habían pasado desde que llamé al 911.
—Pero Brad…
—Que le den a Brad —murmuré y me solté del agarre de Brittany. Abrí la puerta del apartamento y asomé la cabeza, mirando rápidamente de izquierda a derecha. No vi a nadie, así que salí. Brittany me siguió con cautela. Me giré y cerré la puerta con llave, aliviada al no ver otra nota pegada en ella.
—Vamos —dije, señalando el tramo de escaleras al final del pasillo.
—Sigo pensando que deberíamos esperar aquí… —dijo Brittany, aunque se puso a caminar a mi lado.
—Estoy harta de esperar mientras ella se sale con la suya con sus locuras. Esta gente cree que puede hacer lo que le dé la gana, y estoy hasta las narices —escupí.
Bajamos rápidamente los dos tramos de escaleras y atravesamos el pequeño portal, cuyas paredes estaban cubiertas de buzones negros desgastados.
Empujé la puerta negra con paneles de cristal y salí al aire de la mañana.
A mi derecha hubo un movimiento repentino, un destello de cabello negro y una mueca que dejó ver unos dientes blancos y rectos. Me giré deprisa, pero no vi a nadie.
—Sabía que al final saldrías…
La voz de Angela era melodiosa, como la de un gato jugando con un ratón, y no tenía ni idea de dónde procedía. Se me puso la piel de gallina en los brazos e inmediatamente supe que había tomado una mala decisión al abandonar la seguridad de mi apartamento.