Capítulo 32 Brad
—¡Joder! —grité mientras estampaba el teléfono contra el escritorio, haciendo que los guardias de seguridad se sobresaltaran ligeramente.
Sabía que Sarah estaba enfadada. Tenía todo el derecho a estarlo.
Llevaba ignorando mis llamadas y mensajes desde la noche anterior, pero en aquel momento necesitaba de verdad que contestara.
Solo rogaba que hubiera leído mi mensaje sobre el peligro que corría y que no se moviera de donde estaba.
Tenía que llegar hasta ella antes que Angela.
—¿Señor? —dijo uno de los guardias de seguridad con cierta vacilación.
Levanté una mano y negué con la cabeza. Él cerró la boca de golpe.
—Por favor. Solo puedo soportar cierta dosis de incompetencia en un mismo día. ¿Qué estabais haciendo, pedazos de mierda holgazanes, mientras saqueaban mi despacho? —pregunté, fulminándolos a ambos con la mirada.
—No sabíamos que hubiera nadie en el despacho tan temprano... —dijo uno de los guardias, encogiéndose de hombros.
—¿Vuestro colega de la entrada no os avisó? —pregunté, cruzándome de brazos.
Antes de que ninguno pudiera responder, oí la voz atronadora de mi padre romper el breve silencio. —¿Qué demonios está pasando aquí?
Me volví rápidamente y encontré a mi padre con expresión perpleja y las manos en las caderas.
Las arrugas se le marcaban en el rostro mientras una expresión de desagrado se apoderaba de él.
Miró a los guardias de seguridad y después clavó en mí su mirada escrutadora.
Era lo último que necesitaba en aquel momento.
Suspiré, frustrado, y me pasé una mano por el pelo hasta aferrarme a la nuca.
—Papá... no es nada —mentí, esperando que me dejara marchar sin someterme a un interrogatorio.
—Desde luego que es algo . Los de seguridad me han avisado de que ha habido una especie de intrusión —dijo mientras entraba en la sala y examinaba los grandes monitores. Los guardias retrocedieron para dejarle espacio.
—Me estoy ocupando —dije con firmeza.
Los guardias de seguridad observaban, probablemente encantados con aquel pequeño enfrentamiento entre padre e hijo.
El director ejecutivo y el director de operaciones.
—¿Esa es...? —preguntó mi padre con curiosidad mientras se acercaba y se inclinaba para estudiar la imagen del monitor. Su mirada se posó en Angela, congelada en el tiempo mientras recorría el pasillo de las oficinas.
—Angela, sí.
—¿Qué demonios hace aquí? —preguntó—. Creía que te habías ocupado de eso anoche.
—Y lo hice —afirmé con rotundidad.
—Está claro que no, porque se ha presentado aquí. ¿Qué parte de «poner tu vida en orden» es la que no entiendes? —preguntó mi padre, volviéndose hacia mí con una mirada acerada.
Los guardias arrastraron los pies, incómodos, sin saber qué hacer. Puse una mano en el hombro de mi padre y lo conduje fuera de la sala. Después cerré a mi espalda la puerta de la oficina de seguridad para tener algo de intimidad.
—Mira, sé que anoche discutimos, pero tienes que entender que no tengo nada que ver con Angela ni con sus numeritos —dije, negando con la cabeza—. Está fuera de mi control.
—Pues tienes que ponerla bajo control. Howard Knight me ha llamado esta mañana. Estaba avergonzado por el espectáculo que presenció anoche. Tenemos una reunión con él dentro de una hora para aclararlo todo.
Dios, estaba harto de oír el nombre de Howard Knight y de sentir la presión de que intentara dictar mi vida.
Podía prescindir de sus exigencias. También podía prescindir de su dinero, pero sabía que mi padre y el consejo no lo verían así.
Sería una pérdida enorme para la empresa, pero al menos podría seguir adelante con mi vida sin tenerla bajo la lupa.
—Que le den a Howard Knight —espeté.
Mi padre enarcó las cejas, sorprendido, antes de que el rostro se le encendiera.
—Que le den a Howard Knight. —Soltó una risa furiosa—. ¿Que le den a Howard Knight? Claro, perdamos a nuestro mayor cliente, y todo porque tú no sabes mantener tu vida en orden.
—Mi vida privada no debería tener nada que ver con Stellar Industries.
—Pero lo tiene. Es la vida que elegiste al seguir mis pasos. Cada mínimo movimiento que haces se somete a discusión. A debate. Y ahora mismo tus actos hacen que el consejo cuestione tu capacidad como líder.
—Mis dotes de liderazgo no deberían ponerse en duda solo porque no estoy casado ni tengo hijos —dije, poniendo los ojos en blanco—. Me conoces, papá. Sabes que puedo hacerlo, pero parece que buscas cualquier pretexto para desacreditarme.
Mi padre permaneció en silencio, pero no apartó los ojos de mí.
—¿Por qué no das la cara por mí? —pregunté.
Sin responder a mi pregunta, se limitó a decir: —Howard Knight estará aquí a las once. Espero que estés preparado.
—No merece todo esto —dije.
—Sí lo merece cuando hay cientos de millones en juego.
—¿Así que el dinero es más importante para ti que tu hijo?
—No eres solo mi hijo. Eres mi socio. Esta es mi empresa. La levanté desde cero. Así que sí, perdóname si no quiero perder este acuerdo.
Ya no quería seguir discutiendo. No hacíamos más que dar vueltas en círculo. Mi padre había dejado clara su postura y yo no quería malgastar más saliva intentando hacerle ver las cosas de otra manera. No cuando Sarah podía estar en peligro.
No permitiría que mi padre volviera a impedirme protegerla.
—Tengo que irme —dije con tono cortante mientras pasaba junto a él.
—Y una mierda —replicó mi padre, furioso, siguiéndome con sus pasos pegados a los míos. Prácticamente podía sentirlo echar humo a mis espaldas—. Te quedarás aquí y trataremos de contener los daños.
Pulsé apresuradamente el botón del ascensor.
Tenía que subir a mi despacho y encontrar la dirección del apartamento de Sarah, suponiendo que estuviera allí.
Parecía absurdo que ni siquiera supiera dónde vivía la mujer con la que mantenía una relación.
Aún había tantas cosas de ella que necesitaba saber.
Que quería descubrir. Solo necesitaba aquella oportunidad.
Mi padre me siguió al interior del ascensor.
Subimos en silencio mientras él se consumía de rabia a mi lado.
Intenté ignorar la tensión creciente y salí del ascensor a grandes zancadas en cuanto se abrieron las puertas.
La planta de las oficinas seguía vacía porque aún era demasiado pronto para que los empleados ficharan.
Mejor así, pues la puerta de mi despacho estaba abierta y dejaba a la vista el destrozo.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —preguntó mi padre, sorprendido, mientras entraba detrás de mí. Dio una vuelta sobre sí mismo, contemplando los papeles esparcidos por todas partes y los cajones del escritorio abiertos de cualquier manera.
—Angela —mascullé.
Empecé a rebuscar entre el revoltijo de papeles en busca de la documentación de Sarah.
No encontraba por ninguna parte su ficha de contacto ni su currículum.
Su carpeta había desaparecido. Golpeé el escritorio con ambas palmas.
El sonido resonó por toda la estancia e hizo que mi padre se sobresaltara ligeramente.
—¡Joder! —grité.
Angela debía de haberse llevado todos los documentos que contenían información sobre Sarah.
Impotente, me dejé caer en la silla del escritorio e intenté pensar cómo podía llegar hasta ella.
No iba a contestar al teléfono, eso estaba claro, y, sabiendo lo testaruda que era, lo más probable era que siguiera mandándome al buzón de voz.
Tenía que encontrar otra forma de llegar hasta ella.
—Hijo... —empezó mi padre, con la voz teñida ahora de preocupación. Se acercó con cautela hasta donde yo estaba sentado, con la cabeza entre las manos—. ¿Qué está pasando?
Quería contárselo todo, pero ya había perdido bastante tiempo discutiendo con él. No podía perder ni un minuto más. Me levanté de la silla y caminé hacia él. Le puse las manos sobre los hombros y lo miré directamente a los ojos.
—No me sigas. Si de verdad te importo como hijo y no solo como socio, dejarás que me vaya —dije.
—Pero... la reunión...
—Por favor. Te lo explicaré todo más tarde.
Apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea y asintió levemente.
Permiso concedido.
Me escabullí a su lado y caminé hacia el ascensor.
Intenté pensar en qué otro lugar podía encontrar la dirección de Sarah.
Podía preguntarle a Fred, de Recursos Humanos, pero era probable que hubiera destruido cualquier prueba de que ella había trabajado allí, puesto que yo le había pagado por hacerlo.
Además, seguramente aún no habría llegado.
Mientras bajaba al aparcamiento, se me ocurrió una idea. Sabía quién tendría la dirección de Sarah. El chófer al que había enviado para recogerla y llevarla a la gala de la noche anterior tenía que tenerla. Llamé rápidamente a la empresa de limusinas y me pusieron con él.
—¿Diga? —respondió con voz adormilada, como si acabara de despertarse.
—Soy Brad Ashcroft. Lo contraté para que recogiera anoche a una pasajera y la llevara al hotel Plaza.
—Sí, por supuesto —dijo, ahora mucho más despierto.
—Necesito esa dirección.
—¿La de Brooklyn? —preguntó.
Brooklyn. No estaba cerca.
—Sí, esa. Envíemela ahora por mensaje, por favor.
Colgué antes de que pudiera responder. Un minuto después recibí un mensaje del número al que acababa de llamar con la dirección de un apartamento de Brooklyn. El apartamento de Sarah. Solté un suspiro de alivio al entrar en el aparcamiento en penumbra. Estaba un paso más cerca de llegar hasta ella.
Cuando me acercaba al coche, me detuve en seco y el corazón se me aceleró en el pecho.
Allí, en la ventanilla del conductor, había una nota.
Miré a mi alrededor, pero no había ni rastro de nadie.
Los únicos coches presentes pertenecían al personal de seguridad y estaban aparcados en sus plazas asignadas.
Me acerqué con cautela al coche y retiré la nota de la ventanilla.
Si no puedo tenerte yo, no te tendrá nadie.
Tragué saliva mientras releía aquellas palabras garabateadas en tinta negra. No tuve que pensar dos veces quién la había dejado. Ahora sabía con más certeza que nunca que Sarah corría un grave peligro.
Abrí el coche y me metí rápidamente dentro. Arrojé la nota sobre el asiento del acompañante y arranqué; el motor cobró vida con un rugido. Introduje deprisa la dirección en el GPS y salí disparado del aparcamiento para incorporarme al tráfico matutino. Golpeé el volante con la mano, frustrado.
Tras maniobrar con cuidado entre taxis y pasos de peatones, por fin alcancé una velocidad razonable mientras me dirigía a Brooklyn. De camino, llamé a Anton y conecté el teléfono al Bluetooth para poder mantener ambas manos en el volante.
—¿Diga? —respondió con voz adormilada.
Puse los ojos en blanco. ¿Es que nadie en aquella ciudad se despertaba antes de las ocho de la mañana?
—Anton. Despierta —dije con severidad.
—¿Qué pasa? —preguntó, preocupado de inmediato.
—Necesito tu ayuda. Sarah podría estar en peligro.
—¿Qué? ¿Qué clase de peligro?
—Angela se ha lanzado en pie de guerra —dije—. Me asusta lo que pueda hacer.
Le expliqué todo lo ocurrido en la gala de la noche anterior y la escena que Angela había montado, haciendo que Sarah se marchara con sus mentiras. Después le conté cómo aquella mañana había burlado a los de seguridad y saqueado mi despacho en busca de información sobre Sarah.
—Dios santo —musitó—. Sabía que Angela estaba un poco chalada, pero esto ya es otro nivel.
—Lo sé. También ha dejado una nota inquietante en mi coche. Va a hacerle algo a Sarah.
—¿Qué necesitas que haga?
—Necesito que vayas a la oficina por si Sarah se presenta allí. Si lo hace, retenla. Llévala a seguridad y mantenla a salvo. Si ves a mi padre, no le cuentes nada.
—Vale —dijo—. ¿Y qué vas a hacer tú?
—Voy de camino a su apartamento de Brooklyn. Tengo que llegar hasta ella antes de que Angela cometa alguna locura.
Terminé la llamada justo cuando llegaba al puente de Brooklyn. Vi aparecer los distritos ante mí y sentí un leve alivio. Ya casi había llegado. Ya casi estaba con Sarah. Solo esperaba llegar hasta ella antes que mi psicótica ex.