Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 31 Sarah
78%

Capítulo 31 Sarah

Brittany entró en mi dormitorio con un gemido, envuelta de pies a cabeza en una manta de punto color crema y con unas gafas de sol mías que debía de haber cogido prestadas de la mesa de la entrada.

Me incorporé en la cama y me eché a reír al ver el aspecto tan ridículo que tenía. Era la viva imagen de la resaca.

—¿Cómo te encuentras? —pregunté con expresión divertida.

Di unas palmaditas en la cama a mi lado para que se sentara. Se apretó las sienes y se acomodó con cuidado en la cama como si tuviera cien años. Dejó escapar otro gemido.

—¿Tan bien? —Contuve una risita.

Sentaba bien reír después de lo de la noche anterior. La gala. Brad. Angela.

Menudo desastre .

La prueba de que había sucedido yacía en el suelo junto a mí, convertida en un montón color champán de tul y cuentas negras que parecían haber perdido su brillo.

El collar de diamantes estaba tirado encima sin cuidado, como si fuera bisutería de juguete.

Aparté la mirada y volví a fijarla en Brittany, que ahora estaba tumbada con las manos cruzadas sobre el pecho y la vista clavada en el techo.

—Pareces una momia —dije, recostándome contra la almohada.

—Me siento como una momia —murmuró mientras se cubría la cabeza con la manta.

—Te bebiste tú sola una botella entera de vino —le recordé.

—Bueno, nadie más iba a bebérsela. No quería que se desperdiciara. —Se encogió de hombros y la manta se movió con el gesto.

—¿Está viva? —preguntó Jessica al entrar en el dormitorio con su silla de ruedas. Arqueó una ceja al mirar el bulto tumbado a mi lado, con una sonrisa burlona asomándole a los labios. Ya estaba vestida para salir, con un jersey fino y una falda larga.

—Por los pelos —respondí.

—¿Y tú cómo estás? —me preguntó con ese tono preocupado de hermana.

—Estoy mejor —dije.

Y así era, aunque solo fuera por una diferencia mínima. Pasar la noche con mi hermana y mi mejor amiga había ayudado a disimular el dolor de mi corazón roto, aunque esa mañana había vuelto a sentir cómo se colaba en mi interior al darme cuenta de que estaba sola.

Brittany bajó un poco la manta, dejando a la vista únicamente las gafas de sol.

—Vaya —dijo Jessica, conteniendo la risa.

—Cállate —espetó Brittany.

—Anoche estabas sembrada. Intentaste preparar una tanda de galletas en la cocina, pero aquello no había quien se lo comiera. Parecían plátanos chafados que se hubieran echado a perder. Y olían aún peor —dijo Jessica con una mueca.

—Sí, estabas convencida de que deberías salir en el programa, aunque solo fuera para impresionar a uno de los jueces —añadí.

—Mi madurito de pelo canoso —suspiró Brittany con aire soñador.

—Podría ser tu padre —dije, sacándole la lengua.

—¡Qué va! Solo tiene cincuenta y tantos...

—Solo... —repitió Jessica.

—Voy a buscarlo en Google —dije, alargando la mano hacia el móvil que había en la mesilla de noche. Lo había apagado la noche anterior porque no quería ver aparecer el nombre de Brad en la pantalla. O, peor aún, no ver ninguna llamada suya. No sabía qué quería.

Mientras mi móvil cobraba vida poco a poco, las notificaciones empezaron a brotar como malas hierbas en primavera.

Una. Otra. Otra.

Mis ojos se acostumbraron a la pantalla cuando por fin dejaron de aparecer. Contuve el aliento. Todas eran de Brad. Mensajes. Llamadas. Varias de cada. Creía que me alegraría ver su nombre, pero en ese momento solo sentía tristeza. Incluso rabia.

Suspiré exasperada y volví a tumbarme sobre la almohada, con la mirada fija en el techo, olvidándome por completo de para qué había encendido el móvil.

—Es él, ¿verdad? —preguntó Jessica.

—Ajá. Las trece notificaciones. —Suspiré y lancé el móvil sobre el edredón, cerca de mis pies.

—Más le vale estar suplicándote perdón —dijo Brittany.

—Más le vale dejarme en paz e irse a vivir feliz para siempre con su prometida —murmuré.

—¿Vas a leer alguno? —preguntó Jessica.

Negué con la cabeza. No estaba preparada para oír lo que tuviera que decirme. Nada de lo que dijera podría arreglarlo. Había jugado conmigo mientras mantenía a su ex prometida en la recámara. No entendía por qué me había hecho algo así después de que yo me hubiera abierto a él de aquel modo.

Jessica asintió y acercó la silla de ruedas a mi lado de la cama.

Se incorporó, separándose de la silla, y me plantó un beso en la frente.

Era un gesto muy sencillo, pero me recordó muchísimo a nuestra madre.

Me recordó que solo nos teníamos la una a la otra y la suerte que tenía de contar con una hermana que ejercía a la vez de hermana, mejor amiga y madre.

Y cuánto me esforzaba yo por hacer lo mismo por ella.

—Ojalá pudiera quedarme, pero tengo que ir a mi cita con el médico —dijo, dejándose caer de nuevo en la silla.

—¿Seguro que no puedo llevarte? —pregunté mientras empezaba a apartarme las mantas.

Jessica negó con la cabeza y levantó una mano para detenerme. —Ya viene una enfermera a recogerme. Estaré bien.

Asentí. La enfermera era otra de las cosas para las que había usado el dinero que recibí de Brad, aunque en aquel momento no sentía hacia él ni pizca de agradecimiento.

Ahora Jessica no tenía que depender de mí ni de mi horario de trabajo para acudir a sus citas.

El transporte público resultaba demasiado complicado, aunque Jessica aseguraba que podía apañárselas.

Yo siempre se lo desaconsejaba y había organizado mi horario en función de sus citas.

Pero ahora tenía ayuda y ese pequeño extra de independencia que había devuelto el brillo a sus ojos color avellana.

Llamaron a la puerta de nuestro apartamento.

—Ahí está —dijo Jessica con alegría.

—Mantenme informada —dije.

Jessica asintió mientras maniobraba con la silla de ruedas hacia la puerta. Justo antes de cruzarla, volvió la vista hacia Brittany, y yo no sabía si estaba despierta o dormida detrás de las gafas de sol.

—¿Tú también necesitas venir, Britt? ¿Tal vez para que te pongan una vía? —preguntó Jessica con sorna.

Brittany sacó una mano de debajo de la manta y le hizo a mi hermana un gesto obsceno que provocó que esta se echara a reír.

Yo también solté una risita y me despedí de ella con la mano mientras desaparecía de mi vista.

Oí abrirse la puerta del apartamento y a la enfermera saludarla con afecto antes de que sus voces se apagaran tras el clic de la puerta al cerrarse.

—Supongo que no vas a ir a trabajar —dijo Brittany mientras se subía las gafas de sol a la cabeza.

Negué con la cabeza. —No puedo.

Aún no sabía qué iba a hacer, pero ir a trabajar y ver a Brad era lo último que quería. Probablemente debería llamar para decir que estaba enferma, pero ni siquiera podía hacer eso. No podía oír su voz. Lo cual suponía un problema, ya que era mi jefe.

Seguía siendo su asistente personal, aunque parecía que nuestro otro acuerdo se había acabado.

Ya no me necesitaba. Tenía a su prometida, o lo que fuera, y eso era todo cuanto su padre le exigía para cerrar cualquier trato que tuvieran entre manos.

Daba igual que la relación fuera real o que él sintiera algo siquiera por aquella persona, siempre y cuando Brad pareciera un hombre «estable».

Pero Angela debía de gustarle. En algún momento la había amado , lo suficiente para hincar una rodilla y pedirle matrimonio.

El pensamiento abrió una fina grieta en mi corazón.

Ahora todo parecía ridículo cuando lo reproducía en mi cabeza.

Aquella gente jugaba para conseguir lo que quería, sin importarle quién pudiera resultar herido por el camino.

Mientras obtuvieran su dinero o cerraran su siguiente negocio, eso era lo único que les importaba.

Yo creía que Brad era diferente, aunque en realidad nunca había demostrado ser otra cosa que un multimillonario de éxito.

Aquel poder y aquella dedicación eran cualidades que había admirado e incluso encontrado sexis, pero ahora solo me parecían tristes.

Ahora que yo me había convertido en un daño colateral.

—Sabes que te apoyaré decidas lo que decidas —dijo Brittany en voz baja mientras se volvía de lado para mirarme.

—Gracias —dije.

En ese instante me recorrió una oleada de náuseas y bajé una mano para apretarme el estómago.

Si por un momento había olvidado que estaba embarazada, aquel era un irritante recordatorio.

Me quité las mantas de encima de un empujón y corrí al baño, cerrando la puerta tras de mí.

Me sentía tan resacosa como parecía estar Brittany, pero sin haber disfrutado del vino.

—¡Oh, oh! —gritó Brittany—. ¿Me necesitas?

—¡Estoy bien! —grité a través de la puerta del baño justo antes de vaciar el contenido del estómago.

Cuando estuve segura de haber terminado, tiré de la cadena y me lavé en el lavabo. Desesperada por quitarme de la boca el sabor a vómito, me cepillé los dientes dos veces y después usé enjuague bucal. Odiaba vomitar con toda mi alma.

Salí del baño y encontré a Brittany rebuscando en mi armario. Me miró preocupada, con una camisa blanca abotonada y unos vaqueros sobre el brazo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Probablemente me sienta tan bien como tú —dije con una risita.

—Uf. —Hizo una mueca—. ¿Sabes qué nos hará sentir mejor a las dos? —Sonrió con picardía.

—¿El qué? —pregunté, arqueando una ceja con curiosidad.

—Hacer novillos en el trabajo e ir a tomar el brunch con la tarjeta de empresa de ese gilipollas.

Me reí. —Me gusta la idea.

—Bien. ¿Te importa que me ponga esto? —preguntó mientras ya empezaba a ponerse la camisa.

—Adelante —dije.

Mientras Brittany se embutía en mis vaqueros desgastados, yo me cepillé el pelo y me puse un poco de protector labial. Después de haber ido tan arreglada de pelo y maquillaje, aquel día solo quería algo limpio y sencillo.

—Un bloody Mary me devolverá a la vida y podremos hablar de qué vas a hacer ahora —dijo Brittany con una sonrisa alentadora—. De qué vamos a hacer ahora.

Asentí mientras pasaba con dificultad a su lado para entrar en el armario y cogía unos leggings negros y una camiseta de manga larga de los Yankees. La verdad era que en ese momento me apetecían unas tortitas. Y beicon. Mucho beicon.

Cuando las dos estuvimos seguras de que no necesitábamos hacer más visitas al baño, salimos de mi apartamento.

Al volverme para cerrar con llave, vi una nota pegada a la puerta, justo debajo de la mirilla.

Me pregunté si la enfermera de Jessica la habría dejado allí por alguna extraña razón.

Cuando la arranqué de la puerta y leí el garabato de tinta negra, contuve el aliento.

Aléjate de Brad. O atente a las consecuencias...

—¿Pero qué coño...? —preguntó Brittany mientras la leía.

—¿Qué es esto? —susurré, leyéndola de nuevo para asegurarme de que no me lo estaba imaginando.

—Una amenaza... —murmuró Brittany, mirándome preocupada.

Miré por el pasillo, pero no había ni rastro de nadie. Aun así, tenía la inquietante sensación de que alguien me observaba.

—Volvamos dentro —dije deprisa mientras abría la puerta e indicaba a Brittany que entrara. Estaba pálida, y sabía que no era por la resaca. Era miedo.

—Tenemos que llamar a la policía —dijo mientras yo cerraba la puerta con llave y echaba el cerrojo.

Asentí y rebusqué el móvil en el bolso. El corazón me latía con fuerza.

Me pregunté quién dejaría una nota así. Peor aún, me pregunté cómo sabía dónde vivía.

Además, debía de haber estado allí hacía muy poco.

Jessica o su enfermera habrían visto la nota en la puerta al salir.

Odiaba saber que quienquiera que lo hubiera hecho probablemente seguía cerca.

Saqué el móvil del bolso y estaba a punto de marcar el 911 cuando el nombre de Brad apareció en el identificador de llamadas.

Ignoré la llamada mientras una rabia repentina se formaba en la boca del estómago.

Lo culpaba a él. Lo culpaba de todo aquello.

Iba a decírselo, pero antes tenía que llamar a la policía.

Pulsé el botón rojo para rechazar la llamada. Unos segundos después, recibí un mensaje.

Brad: Puede que estés en peligro. Voy a buscarte.