Capítulo 28 Brad
Tamborileé con el pie, impaciente, mientras buscaba a Sarah con la mirada por el salón de baile.
Aquella breve conversación para la que mi padre me había llamado estaba alargándose más de lo que había previsto.
No entendía por qué teníamos que repasar las cifras justo en ese momento.
Estábamos en una gala benéfica, por el amor de Dios.
¿Acaso no podíamos limitarnos a beber un poco de champán y disfrutar de la noche sin pensar en el trabajo?
En momentos así era cuando deseaba que mi madre estuviera allí para hacer entrar en razón a mi padre, pero se encontraba fuera de la ciudad visitando a su madre en el norte del estado.
Había esperado que estuviera allí para conocer a Sarah, pero teníamos todo el tiempo del mundo.
Al menos, eso esperaba. Si aquella noche salía según lo previsto, bailaríamos, beberíamos y nos besaríamos, y nada de eso sería una farsa.
—¿Tienes que ir a algún sitio? —preguntó mi padre, siguiendo mi mirada con una ceja enarcada.
—Pues sí, la verdad —dije—. He dejado allí a mi acompañante.
Soltó un leve bufido e hizo una seña al camarero que pasaba para que acercara la bandeja de aperitivos que sostenía en una mano. Mi padre cogió un hojaldre de cangrejo y se lo metió en la boca.
—Pues vete —dijo, espantándome con la mano—. Está claro que tienes cosas mejores que hacer que hablar de cifras con tu viejo. —Soltó una risita, animado ante la idea de que hubiera llevado a una mujer.
—Gracias —dije con gratitud y me volví para ir a buscar a Sarah, pero entonces vi a Howard Knight, el propietario de Music Now, avanzando directo hacia mi padre y hacia mí.
Mierda.
—Vaya, vaya. Pero si son los caballeros Ashcroft —dijo Howard con voz atronadora mientras se colocaba entre mi padre y yo. Le olía el aliento a puros y whisky.
—Howard. Es un placer —dije, tendiéndole la mano, que él estrechó con firmeza.
—Igualmente, Brad. Y tú también, William. —Bebió un sorbo del licor oscuro de su vaso mientras nos examinaba con atención a mi padre y a mí.
—Esperamos reunirnos pronto contigo para hablar del próximo trimestre —dijo mi padre, irguiéndose un poco más—. Auguro una colaboración fructífera en el futuro.
Howard dejó escapar un gruñido sordo y posó los ojos en mí.
—Ya veremos. Todavía no he visto nada que incline la balanza a vuestro favor —dijo Howard, nada impresionado.
Lo miré confundido. Sarah y yo lo habíamos hecho todo bien. La noticia de nuestra relación había ido propagándose por el mundo empresarial, ya fuera por la prensa, que hablaba de mi nuevo interés amoroso, o de boca en boca entre quienes nos habían visto juntos en la oficina.
¿Qué más quería aquel hombre? ¿Una boda y un bebé para el mes siguiente?
—Entiendo que es usted un hombre de familia, señor Knight. Es algo que admiro, no solo en usted, sino también en mi padre. Su matrimonio con mi maravillosa madre ha resistido el paso del tiempo y todas las adversidades. Aspiro a honrar su amor encontrando lo mismo para mí en una relación sólida.
—¿Y a cuál de esas relaciones te refieres? —preguntó Howard, enarcando una ceja.
—No estoy seguro de qué quiere decir —respondí con un ligero ceño.
—Esta noche te he visto con dos bellezas morenas del brazo. No tengo muy claro cuál es tu prometida. Y no estoy seguro de que tú tampoco lo sepas.
Se me cayó el alma a los pies.
Angela.
Debía de haberla visto rondándome como la sanguijuela que era.
—¿De qué está hablando? —preguntó mi padre, mirándome con incredulidad.
—Puedo aclararlo... —empecé.
—Por favor, hazlo —dijo Howard, cruzándose de brazos sobre el vientre redondo y frunciendo el ceño mientras la piel envejecida se le arrugaba alrededor de los ojos.
—Una de esas mujeres es mi ex. Parece que no capta las indirectas, ¿sabe? —Solté una risita con la esperanza de distender el ambiente, pero Howard se limitó a mirarme con el ceño fruncido.
—Solo estoy con una mujer —dije—. Me encantaría que la conociera.
Howard puso los ojos en blanco. —La conoceré y me reuniré con Stellar Enterprises cuando hayas decidido quién es. Parece que aún llevas una vida de soltero, señor Ashcroft, y no me interesa hacer negocios con hombres que no quieren tomarse la vida en serio.
Dicho eso, dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas hasta desaparecer entre la multitud.
—¿Qué cojones? —murmuró mi padre, mirándome con severidad.
—Es Angela... —dije, negando con la cabeza, frustrado.
Mi padre se apretó las sienes con los dedos y dejó escapar un largo suspiro.
—Por favor, dime que no estás liado con ella —dijo mi padre en voz baja.
—¡No lo estoy!
—Bien, porque ha salido a la luz que está implicada en algún tipo de escándalo de malversación. No sé cuánta gente lo sabe ni si Howard Knight está al corriente, pero mantén a esa mujer bien lejos de ti y de Stellar Enterprises.
Lo miré conmocionado. Sabía que a Angela le encantaba el dinero, pero jamás pensé que fuera a arriesgarlo todo robándolo.
—Lo arreglaré —le aseguré.
—No. Yo lo arreglaré. No puedo confiar en que no estropees nada más. Ve a buscar a una de esas mujeres y pídele que se marche.
Me tragué la rabia y asentí mientras veía a mi padre abrirse paso entre la multitud para intentar arreglar las cosas con Howard.
En cuanto desapareció de mi vista, empecé a buscar a Angela.
Si quería disfrutar de la noche con Sarah y volver a ganarme el favor de mi padre, tenía que deshacerme del problema.
Odiaba tener que pasar un solo minuto más lejos de Sarah, pero antes debía ocuparme de aquello.
Vi a Angela junto a la barra, rellenando su copa de champán y riéndose con otra mujer. Me acerqué a grandes zancadas, le agarré el brazo y tiré de ella para apartarla. Me miró sorprendida antes de adoptar una sonrisa astuta.
—Sabía que volverías —dijo, aleteando las oscuras pestañas mientras alzaba la mirada hacia mí.
—Tienes que irte —dije.
—¿Perdona? —Enarcó una ceja y miró alrededor para comprobar si alguien nos había oído o estaba mirando en nuestra dirección. Las mejillas se le tiñeron de un rosa intenso.
—Sé lo de la malversación —dije, bajando la voz.
Abrió mucho los ojos y arrancó el brazo de mi mano. —No sé de qué estás hablando... —dijo.
—Sí que lo sabes. La noticia está corriendo, Angela.
—Sabes que yo nunca haría algo así —dijo, parpadeando con inocencia al mirarme.
—Claro que sí. Querías casarte conmigo por dinero y, cuando lo descubrí, te fuiste con un multimillonario que te doblaba la edad. No me digas que no caerías tan bajo por dinero.
Puso los ojos en blanco. —Ay, cariño, qué serio eres. Sinceramente, ni siquiera sabía nada de la malversación. Simplemente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Todo el mundo se ha hecho una idea equivocada. —Hizo un mohín.
Me pasé una mano por el pelo, frustrado y con ganas de arrancármelo solo con mirar a Angela.
—Tienes que creerme —dijo, alzando una mano para deslizar los dedos por mi pecho.
La agarré de la muñeca y aparté su mano.
—No volveré a creer una sola palabra de lo que digas —dije entre dientes.
La pequeña actuación de Angela me frustraba cada vez más. Su incapacidad para asumir responsabilidades era inconcebible. Aquella mujer me había roto el corazón y, aunque ya la había olvidado, las heridas aún estaban cicatrizando. La confianza que había destruido todavía se estaba reconstruyendo.
—Brad... por favor —suplicó en voz baja, con los ojos azul oscuro vidriosos.
Apreté los labios hasta formar una fina línea y esperé a oír cualquier otra sarta de gilipolleces que quisiera soltarme. Ni siquiera sabía por qué seguía prestándome a aquello. Quería que se marchara. Si escuchar su triste historieta servía para sacarla del salón, que así fuera.
—Estoy arruinada. —Se atragantó con un sollozo—. No tengo nada.
—A juzgar por los diamantes que llevas en las orejas y por el vestido que vistes, lo dudo mucho.
—Me los han prestado. Lo digo en serio. Lo he perdido todo —insistió, agarrándome por las solapas del esmoquin—. Y mi prometido... me ha dejado.
—Un hombre listo —dije, zafándome de sus manos.
—Te necesito —dijo desesperada.
—Necesitas dinero.
—¡No! Te necesito a ti. Éramos tan felices juntos... Lo sabes.
—No sé yo...
—Por favor, Brad. He aprendido la lección. Por favor, vuelve conmigo. —Una lágrima le resbaló por la mejilla, dejando tras de sí un rastro de maquillaje corrido.
—Angela... —dije exasperado. Aquello estaba alargándose demasiado. Tenía que encontrar a Sarah.
—Puedo hacerte feliz —dijo, asintiendo con entusiasmo—. Incluso puedes quedarte con tu amiguita, la del vestido color champán...
Mi mente se aferró a aquella última frase.
¿Cómo sabía qué llevaba puesto Sarah aquella noche?
Un profundo temor se apoderó de mi estómago.
—Ah, sí, Brad. Esta noche he conocido a tu pequeño juguete, Sarah. Es guapa, pero no está hecha para este mundo, por mucho que hayas intentado disfrazarla con un vestido bonito.
—¿Qué has hecho? —pregunté, cada vez más desesperado mientras buscaba a Sarah entre la multitud.
—No está aquí.
—Angela...
—Le he dicho que íbamos a volver.
—¡Joder! —grité prácticamente, atrayendo la atención de los demás invitados, que me miraron de reojo mientras cuchicheaban.
Me dirigí rápidamente hacia las puertas principales y encontré a un guardia de seguridad, al que llevé hasta donde Angela seguía de pie, bebiendo champán con aire orgulloso. Al verme acompañado por el guardia, se quedó boquiabierta.
—Hay que sacar a esta mujer de aquí. No es una invitada. Es una delincuente —dije, cruzándome de brazos y fulminándola con la mirada.
El guardia de seguridad le quitó la copa de champán y la dejó en una mesa cercana antes de agarrarla del brazo y conducirla hacia las puertas.
—¡Suéltame! —chilló Angela mientras todos observaban con creciente curiosidad.
Cuando sus protestas se perdieron por el pasillo, recorrí todo el salón en busca de Sarah, pero no estaba por ninguna parte.
Si Angela le había dicho eso de verdad, lo más probable era que se hubiera marchado. No la culpaba.
Me dirigí hacia las mismas puertas por las que habían sacado a Angela, dispuesto a ir tras Sarah y explicárselo todo.
—¡Brad! —La voz atronadora de mi padre me llamó desde atrás y me detuvo.
—Papá, ahora no. Por favor —dije exasperado.
—¿Qué demonios está pasando? —exigió saber.
—He hecho lo que me dijiste. Angela se ha ido.
—Pero ¿por qué estaba aquí para empezar? Creía que había desaparecido de tu vida.
—¡Así es ! —exclamé, cada vez más impaciente.
Como si no me hubiera oído, mi padre continuó: —Por eso apoyaba tanto lo tuyo con esa tal Sarah...
—Sigo con Sarah —dije. Al menos, eso esperaba.
Mi padre entornó los ojos. —Después del numerito de esta noche, dudo mucho que Howard Knight vuelva a querer hacer negocios con nosotros. Tú tienes la culpa.
—¡No puedo evitar que mi ex prometida se presente en un evento y decida comportarse como una loca! —espeté, levantando las manos—. ¡Y tampoco puedo evitar que Howard Knight tenga unas expectativas absurdas sobre cómo debería ser el mundo en esa anticuada cabeza suya!
—Baja la voz —dijo mi padre, mirando alrededor.
Suspiré, frustrado.
—Mira —dijo con severidad—. A estas alturas, me da igual con quién te cases. Pero hazlo de una vez.
Solté un bufido. Se había vuelto loco.
—Lo digo en serio, hijo. Tienes que demostrar que eres un hombre de familia. Estable, leal y digno de ser amado, con una mujer colgada de ese maldito brazo tuyo. —Me clavó el dedo en el bíceps.
—¿Y si no, qué? —lo desafié.
—Si no, tendrás noticias del consejo. No podré impedir la absorción hostil que estén planeando cuando sepan que hemos perdido a nuestro mayor cliente, y todo por culpa de tu «estilo de vida». Te echarán y no habrá nada que yo pueda hacer.
—Eso te gustaría, ¿verdad? —escupí—. Así podrás seguir siendo el director ejecutivo hasta que abandones este mundo miserable.
Me arrepentí de las palabras en cuanto salieron de mi boca, pero ya había dado media vuelta y cruzado las grandes puertas de madera. Tenía que encontrar a Sarah y arreglarlo todo.