Capítulo 29 Sarah
Brittany ya estaba en mi apartamento cuando entré derrotada, sintiéndome como una contradicción andante con aquel vestido reluciente en un destartalado piso de Brooklyn.
Estaba encaramada en el sofá con su conjunto de pijama rojo a juego junto a Jessica, también en pijama; las dos aguardaban expectantes.
Me di cuenta de que aquel no era el primer mensaje de «emergencia» que le había enviado en las últimas semanas.
Era un milagro que aún no se hubiera cansado de ellos.
—Hola —dije débilmente, dejando caer mi bolso de mano de cuentas sobre la consola de la entrada.
—Primero... ¡estás espectacular! —dijo Brittany, trazando con el dedo en el aire una línea desde mi cabeza hasta los pies—. Y segundo... ¿qué demonios pasa? ¡Si apenas son las nueve de la noche! ¿Qué ha ocurrido, Cenicienta?
Ya notaba cómo se me formaban lágrimas en los ojos.
Me sorprendió, porque creía haberlas derramado todas en el taxi, sintiéndome como un pastelito relleno en el asiento trasero mientras el conductor ponía baladas tristes.
Podría haberme echado una mano con una lista de canciones pop animadas, aunque quizá él también estuviera pasando por un desengaño amoroso.
—Me he ido —dije mientras caminaba hacia el sofá y ellas me hacían sitio.
Me dejé caer entre las dos con un frufrú y la falda de mi vestido se adueñó del sofá.
Jessica. Brittany. Probablemente debería haberme cambiado, pero, antes de que pudiera hacerlo, se me escapó un sollozo ahogado.
Surgió de algún lugar profundo de mi pecho. Sentía que me asfixiaba.
—Ay, hermanita —dijo Jessica, acercándose más sin importarle estar sentada sobre un vestido cuya etiqueta probablemente tuviera más ceros de los que cualquiera de las dos podía imaginar.
A mí tampoco me importaba. Me refugié en el abrazo de mi hermana y lloré sobre su hombro.
Brittany rodeó el sofá, se inclinó por encima del respaldo y me acarició la cabeza con suavidad.
Después de varios minutos llorando e intentando recomponerme, me levanté del sofá.
De pronto, ansiaba quitarme el vestido. Me disculpé y fui deprisa a mi dormitorio.
El vestido que antes me había hecho sentir como una princesa ahora parecía asfixiarme y se volvía más pesado y ceñido con cada minuto que lo llevaba puesto.
Tiré de la cremallera de la espalda hasta que cedió y el vestido quedó amontonado a mis pies, formando una enorme masa esponjosa cubierta de cuentas en el suelo del dormitorio.
Lo contemplé con tristeza. La noche había resultado muy distinta de como la había imaginado.
Lo que se suponía que iba a ser una velada romántica con el hombre del que me estaba enamorando se había convertido en un desastre.
Había pasado más tiempo sola, o con aquella mujer espantosa, que con Brad.
Él me había abandonado . Me había dejado sola para que me las apañara en un mundo que no conocía. Un mundo al que no pertenecía.
Y no solo eso: además, me había estado ocultando un secreto todo aquel tiempo. Un secreto que me había abofeteado en plena cara cuando ella se acercó pavoneándose con un vestido negro ridículamente hermoso y un rostro igual de ridículamente hermoso. Era una pena que estuviera podrida por dentro.
Aparté el vestido de una patada y me puse una camiseta rosa descolorida y enorme y unos calzoncillos de cuadros.
Me saqué las horquillas del pelo y la tensión del recogido fue desapareciendo con cada mechón rizado que caía.
Mientras me lavaba la cara en el baño, vi las pruebas de embarazo sobre el borde del lavabo y se me revolvió el estómago.
De algún modo, con todo lo que había ocurrido aquella noche, casi había olvidado que estaba embarazada.
Ahora la realidad me miraba a la cara. Aquella palabra se alzaba ante mí cargada de un peso inmenso.
Recogí las pruebas con cuidado y las guardé en el pequeño bolsillo de mis pantalones, consciente de que tenía que contárselo a Brittany y Jessica, que esperaban impacientes al otro lado de la puerta.
—¿Estás mejor? —preguntó Jessica en voz baja.
Asentí, aunque no lo estaba.
—Ahora cuéntanos qué demonios ha pasado —dijo Brittany, cruzándose de brazos con gesto protector. Volví a ocupar mi sitio entre las dos en el sofá, mucho más cómoda envuelta en suave algodón que en un corpiño con varillas. Respiré hondo y les conté todo lo que había ocurrido aquella noche.
—¡Será zorra! —exclamó Brittany con los ojos llameantes.
—Será gilipollas —masculló Jessica, negando con la cabeza.
—Sí —dije, de acuerdo con ambas afirmaciones.
—¿Crees que dice la verdad? ¿Angela y Brad van a volver juntos de verdad? —preguntó Jessica con aire especulativo.
Era algo que no me había planteado. ¿Por qué iba alguien a inventarse una cosa así? Seguro que Angela no podía ser tan mala persona. Aunque, pensándolo bien, habían roto su compromiso por algún motivo. Quizá ella fuera el motivo.
Seguía sin saber por qué lo habían dejado.
Había pensado en preguntárselo a Brad aquel día en el parque, cuando los dos nos sinceramos, pero no lo hice.
Él nunca había mencionado que hubiera estado prometido y yo no quería que pensara que había estado fisgoneando y buscándolo en internet.
Supuse que yo tampoco le había hablado nunca de mi fugaz compromiso.
Aquello no era sino otro recordatorio de lo poco que sabíamos el uno del otro. Sin embargo, antes no había parecido importar. Lo que sentía por él era intenso y aquella noche estaba dispuesta a confesárselo, con la esperanza de que él sintiera lo mismo.
—Si dice la verdad, se merecen el uno al otro —dije.
—Pues buen viaje —dijo Brittany con desdén.
Ojalá hubiera podido estar tan enfadada como ella, pero solo me sentía triste.
Había acabado exactamente igual que con mi ex: pillada por sorpresa y sola.
Lo peor era que aquel torbellino con Brad apenas había durado dos meses y, aun así, había sentido más con él que en toda mi relación con Matt.
No podía creer que me hubiera dejado arrastrar de aquella manera después de haber salido tan escaldada en el pasado.
Lo de Brad parecía diferente, o al menos yo me había engañado para creerlo.
Al recordar las pruebas de embarazo que llevaba en el bolsillo, respiré hondo y miré alternativamente a Jessica y a Brittany. —Hay otra cosa más —dije con recelo.
—¿Qué? —preguntaron las dos al unísono, presas del pánico.
Saqué las dos pruebas del bolsillo y le entregué una a cada una. Abrieron mucho los ojos, pero no dijeron nada, como si estuvieran conmocionadas.
—Estás... —susurró Jessica. Fue la primera en romper el silencio mientras apartaba lentamente la vista de la prueba para mirarme.
En aquel momento se parecía muchísimo a mi madre; tenía los mismos ojos color avellana, marcados por la preocupación.
El corazón se me resquebrajó un poco al recordarla.
Deseaba con todas mis fuerzas que estuviera allí, sobre todo para aquello.
—Embarazada —respondí en un susurro, asintiendo.
—Dios mío... —exhaló Brittany.
—Y es de... —murmuró Jessica.
—Él —confirmé. Como si pudiera ser de otro.
—¿Lo sabe?
Negué con la cabeza. —Me he enterado esta mañana. Pensaba decírselo esta noche. Le dije que quería hablar con él después de la gala, pero entonces ha pasado todo esto.
Recordé que Brad también me había dicho que quería hablar conmigo y el dulce destello que había iluminado sus ojos grises.
Me pregunté qué habría querido decirme. ¿Iba a hablarme de Angela?
¿O se trataba de otra cosa? Me permití albergar por un instante la pequeña esperanza de que fuera a decirme que aquello que había entre nosotros era real, pero enseguida la reprimí.
No seas tonta , pensé.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Brittany.
Aquel «vamos» me hizo llorar, porque me confirmó que no estaba sola en aquello, aunque así lo sintiera.
—¿Se lo vas a contar? —preguntó Jessica.
—No lo creo. —Negué con la cabeza.
—¡Pero trabajas para él! —me recordó Brittany.
—No volveré. Empezaré a trabajar otra vez de camarera. Todavía me queda bastante dinero del cheque que ingresé. Lo guardaré para el bebé —dije mientras empezaba a trazar un plan en mi cabeza. Un plan que jamás había imaginado que tendría que urdir.
—No sé, Sarah... —dijo Jessica con vacilación—. Debería saberlo.
—Es el padre —dijo Brittany.
—No puedo —logré decir con voz ahogada mientras me secaba una lágrima.
Las dos se miraron y asintieron, como si supieran que no debían presionarme más.
—Consúltalo con la almohada. —Jessica alargó la mano y me apretó la mía.
—Por ahora, pongamos un programa de repostería —dijo Brittany, cogiendo el mando y encendiendo el televisor. Sabía que aquellos programas me reconfortaban.
—Gracias —dije con una sonrisa apagada.
Dirigí la atención al televisor, me acurruqué en el sofá con mi manta favorita y observé cómo los concursantes del programa se apresuraban a dar los últimos retoques a sus tartas de intrincada decoración. Nunca dejaba de asombrarme lo que podían hacer con masa de bizcocho y glaseado.
—Yo traeré el helado —dijo Jessica, impulsándose para levantarse del sofá y sentarse en su silla motorizada.
Con un zumbido, llegó a la cocina y empezó a rebuscar en el congelador.
Regresó con varios botes: chocolate con nubes y frutos secos, menta con virutas de chocolate y vainilla—. ¡Tenemos donde elegir!
Me reí por lo bajo, mirando de una a otra. Estaba muy agradecida de tenerlas. No podría hacer aquello sin ellas. Aunque seguía sin estar segura de poder hacerlo siquiera, con ellas a mi lado ahora parecía más posible.
—Y yo tengo vino. Todo para mí —dijo Brittany mientras sacaba una botella de cabernet del botellero de la encimera. Meneó un poco el trasero y alzó los dedos al aire.
Jessica levantó la mano para hacerle un gesto obsceno y yo la imité. Ella no podía beber por su medicación y yo no podía porque estaba embarazada.
Embarazada.
Me pregunté si alguna vez me acostumbraría a aquella palabra.
Dos horas y cuatro episodios del concurso de repostería después, Brittany dormía en el sofá con la boca manchada de vino y Jessica bostezaba, adormilada.
Tapé a Brittany con una manta mientras Jessica apagaba el televisor.
Antes de irse a su habitación, me miró y me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Vas a estar bien, hermanita —dijo.
—Gracias, hermanita —respondí, esperando que tuviera razón.
Después de asearme para acostarme, me quedé dormida enseguida.
Mis emociones habían sido una montaña rusa y tenía la mente agotada.
Pero mi sueño fue de todo menos tranquilo.
Mis sueños no tenían pies ni cabeza. Mis padres aparecieron en mi apartamento cargados con grandes cestas de fruta.
Hacía mucho que no soñaba con ellos. Verlos me reconfortó, pero el sueño se deformó y se convirtió en algo completamente distinto.
Estaba en la oficina, sentada a mi escritorio, cuando entraron Angela y Brad.
Iban cogidos de la mano y se reían de algo.
En el dedo anular de ella había un diamante negro parecido al que yo había llevado colgado al cuello durante la gala.
Brad se inclinó para besarla a lo largo del cuello mientras ella me observaba con una sonrisa satisfecha.
Cuando él apartó la boca de su piel, los dos me miraron y se echaron a reír.
Sus carcajadas resonaron con fuerza incluso cuando el sueño se desvaneció en un abismo negro.
Quería ahuyentar la pesadilla con un grito, pero entonces surgió una imagen que se volvía cada vez más nítida conforme se acercaba. Era Brad y llevaba dos copas de champán, con una enorme sonrisa en la cara. Me entregó una y chocó la suya contra la mía.
—Feliz aniversario, cariño —dijo.
Reparé en la alianza de oro de su dedo anular y observé cómo su mano ascendía rozándome la pierna, pasaba por la cara interna del muslo y se deslizaba bajo la tela azul de mi vestido.
Gemí cuando pasó el pulgar sobre mí, húmeda por la expectación.
Se arrodilló ante mí y me empujó hacia atrás, hasta que tuve la sensación de flotar en el aire.
Me separó las piernas, se inclinó y sentí su aliento contra mí. Después sentí su lengua.
Desperté de golpe, con una mano aferrada al edredón y la otra dentro de mis calzoncillos. Estaba mal correrme pensando en el hombre que me había hecho daño, pero el sueño seguía fresco en mi mente, así que cerré los ojos e imaginé que era la boca de Brad la que se movía contra mí.
Cuando desperté a la mañana siguiente, alargué la mano buscando a Brad, pero la cama estaba vacía. Aquello volvió a abrir la herida que había olvidado por un momento y lloré contra la almohada. No pensaba salir de la cama ni de mi apartamento. Solo necesitaba ahogarme un rato en mi desdicha.