Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 27 Sarah
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Capítulo 27 Sarah

Observé a Brad abrirse paso entre la multitud, sin perderse en aquel mar de esmóquines negros gracias al suyo de color burdeos, literalmente hecho a medida para él.

Aún sentía la calidez de su beso en la mejilla, envuelta en el familiar aroma de sándalo y cítricos, intensificado por los naranjos que me rodeaban.

Aquella gala no se parecía a nada que hubiera visto jamás en una revista, y mucho menos a ningún evento al que hubiera asistido en mi vida.

Quienquiera que la hubiese organizado dominaba su oficio porque, aunque me encontraba en The Plaza Hotel por primera vez en mi vida, me sentía transportada a un naranjal.

Uno mágico, adornado con blancas flores de azahar que caían del cielo como suaves besos, junto con cristales que centelleaban bajo las ornamentadas lámparas de araña.

Por un momento, me pregunté si debería haber ido siquiera.

A lo largo del día había cogido el teléfono varias veces para cancelar, pero siempre me había echado atrás porque quería pasar aquella noche con Brad.

Quería disfrutar de aquella velada de cuento de hadas, luciendo el espectacular vestido que él había elegido mientras hablábamos y bailábamos hasta altas horas de la noche, antes de soltarle la bomba.

Se me formó un nudo en la garganta mientras me pasaba suavemente una mano por el vientre, al recordar el secreto que llevaba conmigo.

El mismo que me había llevado a enviarle un mensaje a Brad unas horas antes para decirle que me reuniría con él allí, en el hotel.

Pensé que, cuanto menos tiempo pasáramos solos antes del evento, mejor.

No estaba segura de poder confiar en mí misma para guardar el secreto si nos encontrábamos los dos solos durante un romántico trayecto en limusina.

Aun así, había viajado en limusina, aunque sola.

Un cubo con champán me había contemplado como si se estuviera burlando de mí.

Solo acepté la oferta de Brad de mandar a uno de sus chóferes a recogerme porque no estaba segura de que aquel vestido cupiera en un taxi y, desde luego, no pensaba pasearme con él por una estación de metro. Era demasiado bonito.

Cuando Brad me vio aquella noche, pareció satisfecho con su elección.

Ver cómo una sonrisa se extendía por sus labios mientras se acercaba a mí me hizo sentir como si fuera la única mujer del salón.

Del mismo modo que yo había sentido que él era el único hombre.

Ojalá aquel momento hubiera durado más antes de que se lo llevaran.

Como no quería parecer aún más fuera de lugar de lo que me sentía, me dirigí a la barra, que era una obra de arte en sí misma.

Su encimera de mármol en cascada, enmarcada por ramas, centelleaba; las naranjas y las flores resplandecían bajo la luz dorada.

El dulce aroma de los cítricos me llenó la nariz mientras esperaba en la cola, deseando desesperadamente poder tomar una copa de vino para calmar los nervios.

Me conformé con un zumo con gas; las burbujas bastaban para hacerlo pasar por champán si Brad preguntaba, pero no para engañar a mi mente y hacerme sentir un poco achispada.

—Vaya, vaya, vaya… —dijo una voz familiar y amistosa.

Me volví y vi a Trent Page sonriéndome con las manos en las caderas.

—Trent. Qué alegría verte —dije, dedicándole una cálida sonrisa.

—Lo mismo digo —respondió—. Debo admitir que el vestido te sienta mejor que un mono de vuelo.

Me reí y negué con la cabeza. —Todavía no puedo creer que consiguieras convencer a Brad para saltar en paracaídas y que yo acabara siendo un daño colateral.

—Venga ya. En el fondo te encantó.

—Así fue —dije triunfalmente.

Había superado un miedo que jamás pensé que vencería, y todo gracias al excéntrico hombre que tenía delante.

Ahora solo necesitaba superar todo aquel asunto del embarazo.

Aún veía en mi mente las pruebas de embarazo positivas, con aquellas palabras en negrita mirándome desde el borde del lavabo. El estómago se me revolvió un poco.

—¿Estás bien? —preguntó Trent con expresión preocupada.

—Perfectamente —respondí, dedicándole una sonrisa tranquilizadora—. Puede que el tartar de atún estuviera un poco picante. Ni siquiera sabía qué era el tartar de atún, y mucho menos si lo estaban sirviendo, pero Trent pareció creérselo.

—Tomo nota —dijo—. Bueno, será mejor que vuelva con mi pareja. Recorrió el salón con la mirada, y yo seguí su vista hasta que se posó sobre una mujer rubia que podría desfilar en cualquier pasarela de Nueva York. Llevaba el pelo corto, lo que realzaba sus facciones angulosas, pero deslumbrantes.

Observé cómo Trent le rodeaba la cintura con un brazo con cómoda naturalidad, mientras le acariciaba con el pulgar la piel de la espalda que dejaba al descubierto el pronunciado escote del vestido.

Al verlos juntos, sentí una leve punzada de envidia.

Ojalá Brad regresara de una vez. Di un sorbo a mi zumo con gas y miré alrededor, sintiéndome incómoda mientras permanecía sola junto a la pista de baile.

¿Por qué me había dejado sola?

¿Y por qué no había vuelto todavía?

—¿Buscas a alguien? —La voz de una mujer, melodiosa y serena, interrumpió mis pensamientos.

Me volví y vi a una mujer despampanante que me sonreía, con los dientes más blancos que las flores de azahar suspendidas sobre nosotras. Sus ojos azul marino centellearon bajo los focos mientras me examinaba de arriba abajo con curiosidad.

¿Qué les pasaba a las mujeres de Manhattan? Todas eran absurdamente guapas y conseguían que me sintiera aún más fuera de lugar.

—Eh, sí. A mi pareja —respondí con una sonrisa débil.

—¿Ya te ha abandonado? —Se rio suavemente.

—Algo así.

—Típico de estos hombres. Siempre hablando de negocios y dejándonos a nosotras abandonadas a nuestra suerte. —Tomó un sorbo de champán. Auténtico champán. Dejó una marca de pintalabios rojo en la copa.

—Soy Angela —dijo, tendiéndome la mano.

—Sarah —respondí mientras estrechaba su mano extendida, de uñas perfectamente cuidadas.

Tenía una expresión que no lograba descifrar y que no estaba segura de que me gustara. Como si guardara algún secreto que yo desconocía, pero que debería conocer. Me tragué aquella sensación con otro sorbo de mi bebida dulce y burbujeante.

—Yo te conozco… —dijo, ladeando un poco la cabeza; su cabello castaño acompañó el movimiento y cayó en cascada sobre su hombro desnudo.

—No lo creo —respondí.

—No, sí que te conozco. Eres la Sarah de Brad, ¿verdad?

Nunca había oído mi nombre ligado al suyo y, al escucharlo, el corazón me dio un pequeño vuelco.

Habíamos resultado tan convincentes que hasta los desconocidos se habían enterado de nuestra relación.

Habíamos sido convincentes porque se había vuelto real , o eso esperaba.

Confiaba en que hablaríamos de ello al final de la velada.

—Esa soy yo. —Me encogí de hombros y el collar de diamantes se desplazó sobre mi clavícula.

—Ay, cielo… —dijo. Su voz se llenó de pronto de pesar y su expresión curiosa se transformó en un gesto compungido.

—¿Qué? —pregunté, confundida.

—Soy la prometida de Brad… —dijo.

Negué ligeramente con la cabeza, sin saber si la había oído bien. Tal vez la música estaba demasiado alta y me había jugado una mala pasada.

—Eso es. Yo soy la prometida de Brad —dije con un asentimiento, convencida de que eso debía de ser lo que ella había dicho.

Soltó una risita nasal y se llevó una mano a los labios rojo rubí para ocultar su diversión.

—Ay, cielo —dijo mientras alargaba la mano hacia mi brazo y la apoyaba suavemente sobre él.

Otra vez con aquel condescendiente «ay, cielo».

—No te lo ha contado…

Arqueé una ceja, a la espera de que por fin llegara al remate de aquella broma.

—Vamos a volver. Siempre supe que lo haríamos. Estamos hechos el uno para el otro. Todo el mundo lo dice. Solo teníamos que superar unas cuantas pruebas primero, pero hemos encontrado el camino de vuelta —explicó con voz suave y ligera, como si no acabara de soltarme una bomba encima.

—N-no lo entiendo —dije, atragantándome con las palabras.

—Todavía no habrá reunido el valor para decírtelo, cariño. Es una lástima, la verdad… —Negó con la cabeza mientras chasqueaba la lengua.

De repente, el estómago se me hundió y volvió a subir, como una montaña rusa de conmoción, pánico y tristeza.

Sentí que iba a vomitar, pero no por el embarazo.

El salón parecía girar sobre su eje, los focos resultaban demasiado brillantes y el olor a cítricos, demasiado intenso, mientras las naranjas y las flores se mezclaban en un borrón de acuarela.

Aparté el brazo de la mano de Angela y retrocedí un paso.

Aquello no podía ser real.

Ya había vivido aquello. Había visto la película y sabía cómo terminaba: conmigo convertida en una pobre enamorada con el corazón roto.

No podía creer que estuviera otra vez en el mismo punto.

Los recuerdos de mi ex cobraron nitidez en mi mente, las únicas imágenes nítidas dentro de mi visión borrosa.

Después fueron sustituidos por los momentos que había compartido con Brad. Momentos que yo creía reales.

¿Había sido demasiado estúpida para ver las señales?

Retrocedí otro paso y el tacón se enganchó en el borde de la reluciente pista de baile blanca, lo que me hizo trastabillar. Levanté la mirada y vi que los labios rojos de Angela se curvaban en una sonrisa cruel mientras observaba. Estaba disfrutando con aquello.

—Ten cuidado —dijo sin una pizca de sinceridad en la voz.

Sentí como si me hubieran dejado sin aire mientras buscaba por el salón a la única persona que podría ayudarme a recuperar el equilibrio. La persona que, con suerte, me diría que todo aquello era un gran error. Pero Brad no aparecía por ninguna parte.

Me recogí el vestido —los abalorios y los adornos parecían pesar más ahora— y me abrí paso torpemente por la pista de baile.

Era el camino más rápido hacia la salida.

Musité disculpas a las parejas con las que me cruzaba, intentando contener las lágrimas.

No podía darle a Angela la satisfacción que buscaba. Me negaba.

Atravesé las altas puertas de madera a empujones y salí trastabillando al pasillo. La música de jazz y el murmullo apagado de las conversaciones se desvanecieron a mi espalda mientras corría por el pasillo tan deprisa como podía y salía por las puertas principales de The Plaza.

Fuera, el aire fresco me rozó la piel y fue entonces cuando dejé caer la primera lágrima, allí mismo, sobre los escalones cubiertos por la alfombra roja y delante de los porteros, que me miraron preocupados. Me daba igual.

—Señora… —dijo uno de los porteros de más edad, mirándome con preocupación.

—Por favor, llámeme un taxi —susurré mientras me secaba otra lágrima que me corría por la cara.

Asintió y bajó rápidamente los escalones para levantar una mano. En cuestión de segundos, se detuvo un taxi amarillo. Abrí la puerta de un tirón y me metí dentro como pude. Mientras forcejeaba con ella, tiré del resto del vestido para introducirlo en el asiento trasero y al fin cerré de un portazo.

—Brooklyn —dije con firmeza.

El conductor me miró por el retrovisor y asintió, con un atisbo de lástima tras sus ojos oscuros. Aparté la mirada y saqué el móvil del bolso. Escribí un mensaje a Brittany.

Yo: Por favor, ven a casa. Ya voy de camino.

Brittany: ¿Ya? ¿Va todo bien?

Yo: Por favor.

Guardé el móvil en el bolso y apoyé la cabeza contra la ventanilla; mi rostro surcado de lágrimas me devolvió la mirada desde el reflejo. Me maldije por dentro por haber estado tan ciega. Por haber vuelto a hacerme pasar por aquello. Era una estúpida.

¿De verdad había esperado que lo que había entre Brad y yo fuera real? Yo solo era un peón para que él consiguiera lo que quería, mientras su ex prometida —o prometida— aguardaba entre bastidores. No entendía para qué me necesitaba si la tenía a ella. Podría haberme ahorrado aquel desastre.