Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 26 Brad
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Capítulo 26 Brad

El coche con chófer avanzaba hacia el Hotel Plaza, cuya piedra blanca resplandecía bajo el brillo dorado de las luces que bordeaban el edificio.

A través de la luna tintada de la parte trasera ya alcanzaba a ver los destellos de las cámaras.

Fruncí ligeramente el ceño, sin mucho entusiasmo ante la idea de tener que plantarme una sonrisa para la prensa y los paparazzi, que a menudo intentaban desenterrar trapos sucios sobre mí. Pero formaba parte del trato.

Suspiré y apoyé la cabeza contra el respaldo, deseando que Sarah estuviera allí.

Al menos ella haría que aquella parte fuese más divertida, si no soportable.

Sin embargo, me había escrito antes para decirme que nos encontraríamos allí.

Yo había pensado recogerla en una limusina, con un ramillete en la mano y una botella de champán enfriándose, así que aquello había echado por tierra mis planes.

Pero no le di demasiadas vueltas; me bastaba con que estuviera de mi brazo el resto de la noche.

Sí insistí en que aceptara la limusina que enviaría a buscarla, y ella accedió alegando que ni loca se arriesgaría a estropear el vestido en el metro.

Me había hecho reír. No se parecía en nada a la mayoría de las damas de la alta sociedad de Manhattan, que jamás pondrían un pie en el transporte público.

El coche se detuvo despacio ante la entrada del hotel.

—Hemos llegado, señor —dijo mi chófer desde el asiento delantero.

Asentí para indicarle que estaba listo para salir y afrontar lo que me esperaba.

Bajó del coche, rodeó el vehículo y abrió mi puerta.

Las cámaras apuntaron en mi dirección y los flashes iniciaron su maratón para dejarme ciego.

Parpadeé varias veces antes de salir del coche y encaminarme hacia las escaleras cubiertas por una alfombra roja.

—¡Señor Ashcroft!

—¡Por aquí!

—¿Sin acompañante esta noche, señor Ashcroft?

Las voces y las preguntas eran casi tan insistentes como los destellos de las cámaras.

Esbocé mi habitual sonrisa con los labios apretados, saludando o asintiendo de vez en cuando.

Mi refugio estaba a apenas unos metros, escaleras arriba, bajo las luces circulares que colgaban del toldo gris de la entrada.

Los porteros permanecían inmóviles como guardias londinenses, estoicos e inexpresivos con sus uniformes negros de relieves dorados y sus sombreros a juego.

Para complacer a los fotógrafos, me detuve en los escalones y adopté mi pose habitual, abrochándome la chaqueta.

Llevaba un esmoquin de Versace hecho a medida, de un intenso color burdeos y confeccionado con una tela aún más exquisita.

Pensé que complementaría el vestido que había elegido para Sarah.

Era una lástima que no estuviéramos recorriendo juntos aquella alfombra roja.

Cuando estuve seguro de que los fotógrafos tenían lo que necesitaban, les di las gracias y entré.

No tardé en encontrar el salón de baile, un lugar en el que había estado muchas veces, ya fuera para asistir a bodas o a otras galas.

Pese a haberlo visto con anterioridad, siempre me sorprendía cuánto podía transformarse.

Los pilares de piedra arqueados se alzaban sobre mí, como siempre, al igual que la enorme araña de cristal del centro del salón, pero todo lo demás había cambiado de forma radical.

Bajo los pilares había grandes naranjos.

Naranjos de verdad , cuyas flores blancas inundaban el salón de un dulce aroma cítrico.

A ambos lados de la araña de cristal habían instalado otras lámparas hechas de flores blancas que caían en cascada como nieve.

Debajo se extendían dos hileras de mesas circulares, cada una de ellas presidida por frondosas ramas, con flores blancas y pequeñas naranjas colgando de cada ramita.

El gran jarrón de cristal estaba rodeado de velas que proyectaban un cálido resplandor en el centro.

Al fondo, en el centro del salón, había un reluciente escenario blanco donde un cuarteto de jazz interpretaba versiones de éxitos del Top 40. La pista de baile blanca se extendía al pie del escenario, mientras las luces del techo creaban un espectáculo luminoso sincronizado con la música.

A ambos lados de la pista había dos barras altas sobre las que se arqueaban naranjos cuyas ramas estaban salpicadas de luces centelleantes.

Me dirigí a una de ellas para pedir una copa mientras esperaba la llegada de Sarah.

Estaba impaciente por verla y por contemplar su reacción ante aquella gala, que de algún modo había conseguido superar la del año anterior.

Si pretendían recrear un ambiente romántico de finales de verano, lo habían clavado.

—¿Qué le sirvo, señor? —preguntó el camarero, vestido con un impecable traje blanco y una pajarita negra.

—Un whisky solo, por favor —dije mientras me volvía para apoyarme en la encimera de mármol y escrutar el lugar en busca de rostros conocidos. Me pregunté si mi padre habría llegado ya. Aquella noche sería perfecta para que nos viera juntos a Sarah y a mí en público.

No tenía claro qué éramos, pero aquello parecía algo más que una simple farsa.

Ya no teníamos sexo desenfrenado en la oficina al terminar la jornada, como si nuestra relación hubiera madurado y dejado atrás esa etapa.

No es que no hubiese pensado en ello ni que no lo deseara.

Sencillamente, ahora sentía que significaba algo más y quería hacer las cosas bien.

Desde que había seguido el consejo de Anton (otra vez) y la había invitado a una cita, las cosas habían cambiado entre nosotros.

Me había mostrado una faceta de sí misma que yo sabía que rara vez compartía, contándome las experiencias más duras de su vida, aquellas que la habían convertido en quien era.

La mayoría de la gente jamás sufriría tantas pérdidas ni adversidades en toda una vida.

Pero no era solo eso. Me había hablado de sus sueños, y daba la impresión de que nadie le había preguntado nunca por ellos.

Como si nadie le hubiese preguntado jamás qué quería.

Yo quería ser esa persona. Quería ser el primero en muchas cosas para ella o, al menos, superar las primeras veces que ya hubiera vivido.

Eso me hacía pensar que aquello era algo más que un acuerdo comercial, pero tenía que hablar con ella. Necesitaba saber si era el único que se sentía así. No pensaba permitir que otra mujer volviera a pillarme desprevenido.

—Su copa, señor —dijo el camarero, devolviéndome la atención hacia él.

—Gracias —dije mientras cogía de sus manos el vaso frío y daba un buen trago.

—Tiene buena pinta —dijo una voz conocida al tiempo que alguien se acercaba a mi lado.

Conocía aquella voz y aquel perfume, que me transportaron a una época que deseaba olvidar desesperadamente.

—Angela —dije sin siquiera mirar a mi ex mientras me apartaba de la barra.

—¿Así es como me saludas? ¿Después de todo lo que hemos pasado?

Me contuve para no poner los ojos en blanco y la miré.

Su rostro en forma de corazón exhibía un mohín teatral.

Sus labios rojos eran más gruesos que la última vez que la había visto, probablemente por las inyecciones que había conseguido que le pagara su nuevo prometido.

Llevaba un vestido negro sin tirantes que se ceñía a su cuerpo alto y desgarbado antes de derramarse sobre la ornamentada alfombra como un líquido oscuro.

—No creo que te deba mucho más que eso —dije con frialdad.

—Ay, Brad —dijo, dándome un manotazo juguetón en el brazo—. No me digas que todavía sigues obsesionado con todo aquello.

—Todo aquello —repetí despacio, cada vez más irritado por su incapacidad para asumir responsabilidad alguna.

Me había utilizado . Me veía como un trofeo que conquistar y una fortuna que gastar, mientras fingía que le importábamos tanto yo como el hombre que había detrás de los negocios. Había sido una actuación impresionante mientras duró. La verdad es que podría haber ganado un Emmy como actriz.

Fue un milagro que me diera cuenta antes de que la situación llegara demasiado lejos.

Como si ponerle en el dedo un anillo con un diamante de diez quilates no hubiera sido ir demasiado lejos, pero al menos no habíamos llegado al altar.

La descubrí cuando me topé con los correos que enviaba a otros hombres ricos.

Supuse que mantenía abiertas sus opciones por si nuestra boda se cancelaba.

—Creo que he visto a alguien que conozco —dije mientras me alejaba. No quería alimentar sus delirios más de lo necesario.

La oí resoplar, ofendida, a mi espalda, pero seguí cruzando la pista de baile hasta llegar junto a Trent Page, que sostenía una cerveza grande.

—¿Has hecho paracaidismo últimamente? —pregunté al situarme a su lado.

—¡Brad! —exclamó entusiasmado, dándome una palmada en la espalda—. No desde lo de Jersey, pero he estado informándome sobre el puenting.

—Gracias a Dios que ya firmaste el acuerdo, porque he agotado mi cupo de adrenalina. —Solté una risita.

—He oído que quizá estés a punto de cerrar un acuerdo aún mayor... —dijo con una sonrisa cómplice.

Supuse que se refería a Music Now.

—Eso espero —dije, haciendo chocar mi vaso de whisky contra su cerveza.

—¿No te obliga a saltar en paracaídas?

Me obliga a sentar la cabeza , era lo que quería responder. Algo mucho más aterrador, o al menos lo había sido hasta que conocí a Sarah.

—No exactamente —dije, negando con la cabeza.

—¿Una foto? —preguntó un fotógrafo del evento que se había acercado con la cámara en alto.

Trent se acercó un paso y sonreímos a la cámara. Justo cuando saltó el flash, sentí que un brazo se enlazaba con el mío. En cuanto el fotógrafo se marchó para retratar a otros invitados, miré a mi lado y vi a Angela junto a mí, con una sonrisa en los labios.

—¿Qué estás haciendo? —mascullé mientras liberaba el brazo de sus manos.

—Ya sabes que me encanta una buena oportunidad para salir en una foto. —Soltó una risita.

La alejé de Trent, pues no quería someterlo a lo insoportable que podía ser Angela. Tras encontrar un rincón oscuro del salón, me volví hacia ella y crucé los brazos.

—No sé a qué estás jugando, pero no me gusta —dije con firmeza.

—Antes sí —repuso con tono sugerente, intentando tocarme otra vez el brazo, pero lo aparté enseguida.

—Ya no. Creo que lo dejé muy claro.

—No te tomarás tan en serio aquella pequeña riña entre nosotros, ¿verdad? —Puso los ojos en blanco.

—Te largaste con un multimillonario de sesenta años —dije exasperado.

Se me estaba agotando la paciencia.

—Porque cancelaste nuestro compromiso.

—Perdona, pero no me gusta compartir a mi prometida con otro...

Resopló y alzó las manos con teatralidad.

—Eso es lo que hacemos las personas como nosotros , cariño —dijo con voz lánguida—. Solo me aseguraba de cuidar mi cartera de inversiones. Él no significaba nada.

—¿Ya no estáis juntos? —Arqueé una ceja y miré el dedo en el que ya no llevaba el anillo.

Negó con la cabeza y frunció el ceño, pero ni siquiera sabía por qué se lo había preguntado. No me importaba. Ya no era mi problema. Podía encontrar a otro que «cuidara de su cartera de inversiones».

—Me da igual —murmuré—. Tengo que irme.

Giré sobre los talones y me alejé de ella a grandes zancadas, pero unos metros más allá me detuve en seco al ver a Sarah entrar en el salón de baile. Levanté una mano y me la apoyé en el pecho, con la sensación de que el corazón se me había detenido.

Estaba allí.

Y estaba preciosa.

Contemplaba el salón maravillada, asimilándolo todo, sin darse cuenta de que hacía palidecer aquel vergel de cítricos.

El vestido que le había comprado se ceñía a ella como un guante de cuentas, estrechándose en torno a su fina cintura y desplegándose a su alrededor como una rosa al florecer.

Llevaba el pelo recogido en un moño, con varios mechones rizados en torno al rostro, enmarcándolo como una obra maestra expuesta en un museo.

Cuando sus brillantes ojos castaños encontraron los míos, pensé que las piernas iban a fallarme.

Me acerqué a ella, y a cada paso que daba en su dirección me parecía aún más hermosa. Un rubor rosado adornaba sus mejillas a juego con el pintalabios, y la sombra de ojos, del mismo tono champán que su vestido, le hacía resplandecer la mirada.

—Guau —dije al detenerme frente a ella, recorriéndola con la mirada.

Sus mejillas adquirieron un tono más intenso mientras bajaba la vista hacia el suelo, nerviosa. Levanté una mano y le alcé la barbilla. Negué con la cabeza.

—No hagas eso —dije en voz baja.

—¿El qué?

—Pensar que no eres lo más hermoso que hay en este salón.

Me sonrió, pero había algo tras sus ojos que no conseguía descifrar. Incliné la cabeza con curiosidad.

—Tengo que hablar contigo de una cosa —dijo con una inquietud en la voz que me provocó un vuelco en el estómago—. Más tarde.

Me cogió de la mano y me la apretó, tranquilizándome un poco.

—Yo también tengo que hablar contigo. —Asentí y le devolví el apretón.

—¡Brad! —Oí que gritaban mi nombre desde el otro extremo del salón. Alcé la mirada y vi a mi padre haciéndome señas para que me acercara.

—Vuelvo enseguida, ¿vale? —dije mientras me inclinaba para darle un beso en la mejilla.

Sarah asintió y, mientras me alejaba de ella a regañadientes, me acompañó aquel aroma a vainilla que tanto me gustaba.