Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 25 Sarah
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Capítulo 25 Sarah

—Has vuelto pronto —gritó Jessica mientras yo dejaba las llaves sobre la pequeña mesa de la entrada y soltaba el bolso negro a su lado.

De la cocina llegaban ruidos y el aire olía a queso fundido y mantequilla.

Estaba preparando sus famosos sándwiches de queso a la plancha.

El estómago me rugió al percibir el aroma.

Se me encogió el corazón al recordar cómo los preparaba cuando era más joven.

Eran lo único que podía hacer que fuese sencillo y no le llevase demasiado tiempo, lo que le proporcionaba cierta independencia cuando se encontraba más débil.

Había dedicado mucho tiempo a perfeccionarlos.

Miré el reloj que había sobre la puerta y comprobé que, en efecto, apenas pasaban de las cinco y media de la tarde. Era la quinta noche de esa semana que volvía a casa a una hora razonable. Ya no había más jornadas interminables que me retuvieran en la oficina fuera de horario.

Algo había cambiado desde que Brad y yo fuimos a desayunar y pasamos el resto de la mañana en el parque.

No lo habíamos llamado oficialmente una cita, pero eso era lo que había parecido.

Conocernos mejor mientras disfrutábamos de una comida deliciosa y paseábamos del brazo por el parque.

Era tal y como me había permitido imaginarlo durante las últimas semanas, pero también me daba miedo.

Los sentimientos que tanto me había esforzado por negar ocupaban ahora el primer plano.

Desde entonces, durante los días que habíamos pasado juntos en la oficina, habíamos mantenido una relación profesional: yo me centraba en mis tareas de secretaria y de vez en cuando intercambiábamos alguna muestra pública de afecto para seguir convenciendo a las miradas vigilantes de la oficina.

Ya no discutíamos. En su lugar, se había instalado entre nosotros una serenidad agradable.

Era suficiente para impedir que me obsesionara con el motivo por el que no intentaba nada conmigo cuando todos se habían marchado a casa.

Las cosas iban bien entre nosotros. Muy bien.

Los muros que ambos habíamos levantado se habían derrumbado aquella mañana en el parque, dejándonos vulnerables a los dos.

Eso nos había unido. Yo descubrí una faceta nueva de él y él conoció mi «trágico pasadito», como le gustaba llamarlo a mi ex.

Me escuchó de verdad y, en vez de compadecerse de mí como hacía casi todo el mundo, me vio de verdad y me animó a utilizar el dolor como combustible.

Había pasado tiempo suficiente para que empezara a creer que quizá fuera posible.

Quizá.

—Sí, la cosa se ha calmado un poco —dije al entrar en nuestra pequeña cocina. Mis suposiciones sobre la cena de aquella noche resultaron acertadas cuando vi el pan dorado chisporroteando en la sartén.

—Eso está bien —dijo Jessica—. ¿No?

Debió de fijarse en el ligero ceño que fruncía.

¿De verdad estaba bien? Pasar menos tiempo con Brad no me parecía necesariamente algo bueno, aunque el tiempo que sí compartía con él me hacía sentir plena.

—Claro —dije—. Significa que puedo pasar más tiempo contigo. —La rodeé con un brazo y la estreché contra mí. Ella sacó la lengua en señal de protesta y cogió una espátula que había cerca, sobre la encimera. Dio la vuelta al sándwich de la sartén con destreza y me sonrió, satisfecha consigo misma.

—Voy a preparar la sopa —dije mientras me volvía para rebuscar en la despensa una lata de sopa de tomate ecológica.

—¡Pon dos! —dijo Jessica—. Brittany viene a casa, ¿recuerdas?

—¡Ah, sí! —dije al recordar que habíamos aplazado nuestra «noche de chicas» hasta aquella noche.

Me venía muy bien en ese momento, con la gala a solo un día de distancia y mis sentimientos hechos un lío.

Cogí otra lata de sopa y la llevé hasta los fogones.

Jessica ya había sacado una olla de un armario bajo y la había colocado sobre el fuego.

Desde que había recibido la silla de ruedas motorizada, se desplazaba más deprisa. Su mayor movilidad la hacía irradiar felicidad. Había recuperado las ganas de vivir. Y todo se debía a aquel trabajo. A Brad.

Cuando llegó, no podía creérselo. Nunca habíamos pensado que pudiera entrar en nuestro presupuesto y, después de muchas discusiones con la aseguradora, habíamos renunciado a conseguirla. Pero ahora Jessica se movía con destreza por la cocina y yo no sentía más que orgullo.

En ese momento llamaron a la puerta.

—¡Ya voy yo! —dijo alegremente. Pulsó un botón de la silla y serpenteó a mi alrededor para dirigirse a la puerta principal. Me reí mientras se alejaba y empecé a verter la sopa de tomate en la olla, bajo la cual titilaba una llama.

—¡Madre mía! ¡Tus famosos sándwiches de queso! —exclamó Brittany al cruzar la puerta. Entró entusiasmada en la cocina y cogió medio sándwich del plato que había en la encimera. Le aparté la mano de un manotazo.

—¡Espera a que esté la sopa! —dije, apuntándola con una cuchara cubierta de tomate.

Puso los ojos en blanco y dejó de nuevo el sándwich.

—Tengo hambre —dijo con un mohín—. ¡Hoy la boutique ha sido una locura! Nunca había vendido tantos vestidos en mi vida.

—Oh, pobrecita —dije con dramatismo—. Creo que sobrevivirás otros diez minutos.

—Lo dudo —murmuró antes de sacar de los armarios superiores tres cuencos y tres platos a juego.

Ella y Jessica empezaron a poner nuestra pequeña mesa de madera mientras yo terminaba de calentar la sopa.

Una vez sentadas, entre bocados de pan con mantequilla y queso fundido, nos pusimos al día sobre los últimos diseños de vestidos de Brittany, y Jessica nos contó todo lo relativo a su nueva silla motorizada.

Era agradable estar con ellas. Hacía unas semanas que no coincidíamos las tres.

Jessica se secó la boca con una servilleta y de pronto me miró. —Se me había olvidado decírtelo. Hoy han llegado unas cajas para ti. Las he dejado en tu dormitorio.

—¿Unas cajas? —pregunté sorprendida. No esperaba nada.

—Sí, y además eran elegantes. Blancas, con un lazo negro.

—No tenías por qué cargarlas tú —dije preocupada.

—Ahora puedo hacer cualquier cosa con este trasto. —Dio unos golpecitos a la silla con orgullo.

Asentí, tratando de reprimir aquella preocupación tan familiar mientras me preguntaba qué podían haberme enviado. Entonces caí en la cuenta.

Brad. Había dicho que se aseguraría de que tuviera todo lo necesario. Se me había olvidado, y había dado por hecho que al día siguiente tendría que buscar a toda prisa algo que ponerme para la gala.

—¿Qué te han mandado? —preguntó Brittany, lanzando una mirada curiosa hacia la puerta abierta de mi dormitorio. Vi cómo la comisura de sus labios se curvaba en una sonrisa, impaciente por averiguarlo.

Me limpié la mantequilla de las manos y salí disparada hacia mi dormitorio, con Brittany y Jessica pisándome los talones entre sonoras carcajadas. Salté entusiasmada sobre la cama e hice que las cajas rebotaran.

—¡Madre mía! —exclamó Brittany—. ¡Son de Bergdorf Goodman!

—¿De quién? —preguntó Jessica entre risas mientras avanzaba hasta los pies de mi cama.

Brittany saltó sobre la cama a mi lado. —¡Ábrelas! —dijo, dando palmas con entusiasmo.

Me puse la caja más grande sobre el regazo, sorprendida por su peso. Retiré la tapa y desplegué con cuidado el papel de seda negro. Debajo había un vestido color champán con cuentas negras. Contuve el aliento al levantarlo. Era precioso, con capas de tela que caían como pétalos por la falda evasé.

—Es el vestido más bonito que he visto en mi vida —dijo Brittany maravillada mientras pasaba los dedos con cuidado por el corpiño adornado con cuentas.

Jessica cogió otra caja y retiró la tapa para descubrir un par de zapatos negros de tiras con la suela roja. Eran los zapatos perfectos para el vestido. Clásicos y elegantes.

Abrumada, deslicé otra caja sobre mi regazo con la mano temblorosa.

Esta era mucho más pequeña y, cuando arranqué la tapa, solté una exclamación ahogada.

En el interior, acomodado con cuidado, había un collar cuajado de diamantes que relucían incluso bajo la mortecina luz del techo de mi dormitorio.

En el centro descansaba un gran diamante del color de una noche sin estrellas que, pese a ello, brillaba aún más que los diamantes pequeños que lo acompañaban.

—Esto no puede ser de verdad —susurré, temerosa de tocarlo.

—¿Quién demonios ha enviado todo esto? —preguntó Brittany con los ojos muy abiertos, mirando del collar a mí.

Noté que las mejillas se me encendían al pensar en Brad y supe que ya no podía ocultarlo. Jessica y Brittany me miraron expectantes.

—Estoy empezando a salir con alguien... —dije, conteniendo una sonrisa.

Brittany soltó un chillido. —¿Qué? ¿Desde cuándo? ¿Quién es? —me bombardeó con preguntas entusiasmadas.

—Es todo muy reciente. Todavía no sé si esto llegará a ser algo... —dije, procurando no dejarme arrastrar por su entusiasmo. Notaba que Jessica me observaba con una mezcla de curiosidad y recelo.

—Basta ya de vaguedades —dijo Jessica—. Suéltalo.

Respiré hondo y se lo conté todo. Brittany ya sabía que había aceptado el trato de fingir ser la prometida de Brad, pero mi hermana no, y por eso me miraba boquiabierta por la impresión.

Seguí contándoles lo de las noches hasta tarde en la oficina.

Había sido una imprudencia, pero también el mejor sexo que había tenido en mi vida.

—¡Qué pillina eres! —dijo Brittany, dándome un empujón.

Me reí con nerviosismo y me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja, aún consciente de la mirada de mi hermana. Me removí un poco bajo ella, preguntándome qué estaría pensando.

Continué y les hablé de la cita del lunes, o de lo que fuera aquello, y de cómo había cambiado algo entre nosotros.

—¡Estás enamoraaaada! —dijo Brittany mientras daba unos pasitos de baile de felicidad.

—No nos emocionemos demasiado. —Puse los ojos en blanco, aunque había una pequeña parte de mí que quizá estuviese de acuerdo con ella. Si aún no lo estaba, iba camino de estarlo.

—Jess... —dije con vacilación—. ¿Qué estás pensando?

Hice una ligera mueca mientras esperaba a que dijera algo. Mi hermana se había mostrado muy protectora conmigo desde lo ocurrido con mi ex. No podía imaginar que aquello le pareciera bien.

—Creo que... —Hizo una pausa que pareció durar un año entero antes de sonreírme—. Creo que es genial. De verdad que es genial.

—¿Qué? —logré articular.

—Pareces más feliz desde que aceptaste el trabajo. Y ahora todas esas noches hasta tarde tienen sentido. —Movió las cejas con picardía y me hizo reír.

—¿De verdad te parece bien?

—¿Por qué no iba a parecérmelo? —Se encogió de hombros—. Quiero que seas feliz, Sarah. ¡Quiero que vivas tu vida! Has renunciado a muchas cosas para cuidar de mí. A tus sueños. A tu tiempo. A tu vida. Ya va siendo hora de que hagas algo por ti.

Noté que los ojos empezaban a llenárseme de lágrimas mientras miraba a mi hermana. Ella me cogió la mano y me la apretó para tranquilizarme, como si percibiera mi incredulidad. Brittany me rodeó entonces con los brazos y sentí que todo empezaba a encajar.

Quizá de verdad pudiera tener mi final feliz.

A la mañana siguiente me desperté agotada, incluso después de haber dormido toda la noche.

Me incorporé en la cama, aturdida, con la sensación de tener la cabeza envuelta en niebla.

Parecía una resaca, pero no había bebido.

Al apartarme las sábanas, de pronto noté que las náuseas me subían desde el estómago hasta la garganta.

Corrí al baño y me abalancé sobre el inodoro justo antes de vaciar el estómago en la taza.

—Qué asco —murmuré para mis adentros mientras me limpiaba la boca con el antebrazo.

La gala era aquella noche. No podía ponerme enferma, no cuando Brad me había invitado a la que podía ser nuestra segunda cita oficial.

Aquella podía ser la noche en que me dijera que lo que había entre nosotros era real.

No quería perderme ese momento ni, ya puestos, ningún momento con él.

Tendría que aguantar como fuera aquel virus estomacal.

¿O era otra cosa?

De pronto se me ocurrió algo. No recordaba cuándo había tenido la última regla.

¿Se me había retrasado?

El temor se arremolinó en mi interior y se instaló en la boca del estómago.

Salí del apartamento con la camiseta extragrande y las mallas de ciclista con las que había dormido, y pasé inadvertida junto a la puerta cerrada de Jessica.

Recorrí a paso rápido la manzana hasta la tienda de la esquina, donde busqué una prueba de embarazo en los estantes.

No parecía real. No podía ser real. Cogí con mano temblorosa una caja que contenía dos pruebas y pagué deprisa en efectivo al dependiente, porque no quería quedarme más tiempo del necesario peleándome con una tarjeta de crédito.

Me marché antes de que pudiera contar el cambio.

Solo tenía que volver al apartamento y confirmar que aquello era un virus estomacal. Era imposible que estuviera embarazada.

Pero, de vuelta en el baño, la palabra embarazada apareció en la pantalla de ambas pruebas y confirmó mis peores temores.

Me senté en el frío suelo de baldosas y apoyé la espalda contra la bañera mientras las lágrimas empezaban a caer.

Justo cuando sentía que mi vida empezaba a encajar, acababa de ponerse patas arriba.

Tenía que decírselo a Brad. Pero tendría que esperar hasta después de la gala. Ahora sabía que, de un modo u otro, obtendría respuestas sobre lo que éramos y hacia dónde nos dirigíamos, puesto que podía haber un bebé de por medio.

Ese era el único resquicio de esperanza en la inesperada situación en la que me encontraba.