Capítulo 23 Sarah
Tomé un sorbo de mi café matutino en el sofá mientras el vapor ascendía hasta acariciarme la cara e intentaba concentrarme en el libro que estaba leyendo.
Era una novela romántica contemporánea con el típico tópico de enemigos que se convierten en amantes que tanto me gustaba.
Pasé la página justo cuando se abrió la puerta de la habitación de Jessica y ella entró en el salón con su silla de ruedas.
—Buenos días —dije con una sonrisa soñolienta.
No había dormido mucho; me había pasado la noche dando vueltas en la cama y pensando en mi velada con Brad.
No entendía cómo aquel hombre podía ejercer semejante poder sobre mí.
Era imposible resistirse a él, incluso cuando me sacaba de quicio.
Era como si ambos disfrutáramos más del sexo cuando venía después de una discusión, como solía ocurrir.
—Buenos días —dijo Jessica mientras se dirigía a la cocina, donde le había dejado una cafetera preparada—. Gracias por el café.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté desde el sofá, acurrucada bajo mi manta suave y peluda favorita.
—Puedo sola. —Me hizo un gesto para que no me levantara.
Asentí y volví a centrarme en el libro, aunque notaba que mi hermana me observaba desde la cocina.
Intenté no hacerle caso y retomé la lectura.
La historia se estaba poniendo interesante justo cuando la protagonista empezaba por fin a aceptar lo que sentía por el chico guapo de su edificio.
Una sonrisa se dibujó en mis labios al leer su ingenioso diálogo interior.
—Tú y tus novelas románticas —dijo Jessica mientras se acomodaba en el sofá con el café en su taza favorita, una pieza de cuadros rosas y blancos pintada a mano que había comprado en un mercadillo navideño unos años antes.
—Son buenas —dije, encogiéndome de hombros.
Seguía observándome con una mirada que no lograba descifrar.
—¿Qué? —pregunté, arqueando una ceja.
—Anoche llegaste tarde. —Se encogió de hombros. Era una afirmación que sonaba más bien a pregunta.
—Hubo una reunión a última hora. —Bebí un sorbo de café y sentí cómo el calor se llevaba consigo la mentira.
Ojalá también se hubiera llevado mi culpa.
Odiaba mentirle, pero sabía que mi hermana se preocuparía.
Era muy protectora conmigo y, desde todo lo sucedido con Matt, no se fiaba de mi criterio con los hombres.
Mi teléfono vibró en ese momento, interrumpiendo una conversación que podría haberse vuelto aún más incómoda. Era Brittany:
¿Hola? ¿Sigue viva mi mejor amiga?
Sonreí al mirar el teléfono.
—Es Brittany —dije, disipando cualquier sospecha que pudiera estar gestándose en la cabeza de mi hermana.
Ella se limitó a asentir, cogió el mando y encendió el televisor. Se acomodó en su rincón habitual del sofá, me robó la manta y se acurrucó bajo ella. Le saqué la lengua y ella se echó a reír mientras se apretaba la coleta de pelo castaño y enredado.
Yo: Aquí estoy.
Brittany: ¿Dónde te has metido? ¡Me parece que hace UNA ETERNIDAD que no te veo!
La había visto apenas una semana antes, cuando nos encontramos en la cafetería después de que le enviara un mensaje presa del pánico para hablar del acuerdo comercial que Brad me había propuesto.
No la había puesto al corriente de todo lo ocurrido desde entonces, como si yo misma siguiera intentando asimilarlo.
Yo: Lo sé. He tenido mucho trabajo.
Brittany: Seguro que sí. Ser una falsa prometida debe de quitarte mucho tiempo.
Yo: Y es divertido…
Brittany: ¿Ah, sí?
Yo: Tenemos MUCHÍSIMO de lo que ponernos al día.
Brittany: Me parece que necesitamos una noche de chicas.
Yo: Sin duda.
Brittany: ¿Esta noche?
Yo: Si no me hacen quedarme hasta tarde en el trabajo, sí. ¡Te escribiré!
Brittany: ¿Tu jefe te hace trabajar demasiado?
Si ella supiera…
Mi teléfono volvió a vibrar, pero aquella vez no era Brittany. Era Brad. Intenté fingir que el corazón no se me había acelerado en el pecho con solo ver su nombre en la pantalla iluminada, pero era imposible ignorarlo. Brad me excitaba incluso por mensaje.
Brad: ¿Puedes quedar conmigo en Sarabeth’s? En el que está junto al parque.
Hundí un poco la barbilla, sorprendida por la invitación. Desde nuestro viaje improvisado a Nueva Jersey, no habíamos ido juntos a ningún sitio, al menos no fuera de la oficina o del edificio de algún cliente para asistir a una reunión. Quizá se tratara de una reunión durante el brunch.
Yo: Claro. ¿Cuándo?
Brad: ¿A las 9?
Miré la hora en el teléfono. Eran poco más de las ocho de la mañana. Tendría que darme muchísima prisa.
Yo: Nos vemos entonces.
Me terminé rápidamente el café y me levanté del sofá.
—¿Te vas a trabajar? —preguntó Jessica sin apartar la vista del concurso que estaba viendo en la televisión.
—Ajá —respondí. Me sentía mal por dejarla sola.
Estaba segura de que pasarse casi todos los días en el apartamento era muy solitario.
Mi hermana, antaño tan vital, se había convertido en una sombra de sí misma y dependía de los demás, algo que le pesaba mucho.
Sabía que no debía sentirme mal. Tenía que trabajar, pero últimamente aquello no parecía tanto un trabajo.
Era divertido y emocionante. Tal vez por eso me sentía culpable mientras iba a mi habitación para prepararme.
Apenas tenía veinte minutos para vestirme.
Opté por recogerme el pelo sin lavar en un moño retorcido.
Solté algunos mechones ondulados para que me enmarcaran la cara.
Después, me apliqué rápidamente una capa de máscara de pestañas y un poco de brillo transparente en los labios.
Me puse el vestido rosa pálido que había llevado el primer día de trabajo, cuando conocí mi primer club exclusivo para socios.
Me miré al espejo y sonreí. La ilusión por ver a Brad bullía en mi interior.
Por mucho que intentara reprimirla, seguía allí.
Mi sonrisa se transformó en un ligero ceño al recordarme que solo era un trabajo.
Los sentimientos que empezaba a albergar por él eran peligrosos y solo conseguirían que alguien acabara herido. Y ese alguien sería yo .
De pronto me sentí ridícula. Me estaba acicalando para un hombre en el que no podía dejar de pensar.
Con el que no podía dejar de correrme noche tras noche.
No era real. Nada de aquello lo era. Ni cogernos de la mano, ni los besos, ni las miradas cariñosas.
Tampoco la forma en que me abrazaba después de hacer temblar todo mi cuerpo mientras una oleada de placer tras otra me recorría.
¿Acaso no había aprendido la lección después de enamorarme de un hombre que no estaba disponible? ¿No había sufrido ya bastante por amor?
Negué con la cabeza ante el reflejo que me devolvía la mirada. —Céntrate de una vez, Sarah —susurré.
Tenía que centrarme en el trabajo y apartar aquellos sentimientos incipientes para, con suerte, olvidarlos.
Debía distanciarme de aquella relación. Tenía que recordar que no era real.
Me habían contratado para eso. Solo había aceptado por el dinero, para que mi hermana y yo pudiéramos dejar de ahogarnos en deudas y disfrutar de una vida mejor.
Tenía que seguir el ejemplo de Brad. Era un tiburón. Un hombre de negocios de los pies a la cabeza. Mantenía separados el trabajo y la vida personal, y se centraba en el dinero y en las mejores jugadas para conseguir más. Eso era lo que yo tenía que hacer.
Me convencí de que sería un desayuno aburrido en el que escucharía a unos empresarios comparar el tamaño de sus pollas y salí del apartamento.
Eso mitigó un poco mi ilusión por ver a Brad, pues sabía que tendría que tomar notas con discreción sobre asuntos que no me interesaban en absoluto mientras fingía ser la novia solícita de un hombre capaz de sacarme de quicio con la misma facilidad con que me quitaba la ropa.
Cogí el siguiente tren de Brooklyn a Manhattan y llegué a mi parada justo a las nueve de la mañana.
Recorrí a toda prisa la manzana en dirección a Central Park, con los pies embutidos en unos tacones que repiqueteaban contra la acera.
Llegaba tarde, pero ¿qué esperaba Brad? Me había avisado de aquel desayuno sin apenas antelación.
Abrí la puerta de Sarabeth’s y eché un vistazo al abarrotado restaurante.
Para mi sorpresa, vi a Brad en una mesa de la esquina.
Estaba solo. Respiré hondo y comencé a abrirme paso entre las mesas cubiertas con manteles blancos mientras el aroma de los gofres belgas y el beicon flotaba hacia mí. Me rugió el estómago.
—Perdona el retraso —dije, dejándome caer en la silla de madera teñida de color cerezo que había frente a él.
—No pasa nada. —Sonrió con naturalidad.
Me fijé en que la mesa estaba puesta para dos.
¿No iba a acompañarnos nadie más?
Como si me hubiera leído el pensamiento, dijo: —Solo estamos nosotros. Pensé que podríamos… conocernos un poco más.
Un momento. ¿Aquello era una cita?
No tuve valor para preguntárselo.
Tragué saliva, me recosté en la silla y jugueteé con los cubiertos envueltos en una servilleta blanca de lino.
Eché un vistazo al restaurante, contemplando las paredes de color rosa pálido y las lámparas de araña que colgaban del techo y proyectaban una tenue luz amarilla.
Notaba que Brad me observaba, pero estaba demasiado nerviosa para sostenerle la mirada. Estaba más confundida que nunca.
La camarera se acercó y los dos pedimos café.
Yo pedí también tortitas de limón y ricota, y Brad, huevos benedictinos con salmón ahumado.
Hablamos de trabajo durante un rato mientras esperábamos la comida, sumidos en una tensión incómoda.
Parecía una primera cita; los nervios me revoloteaban en la garganta como si no hubiera pasado prácticamente todos los días de las dos últimas semanas con él. Sin embargo, aquello era diferente.
Cuando llegó la comida, probé un bocado de las tortitas dulces y esponjosas y los ojos se me pusieron en blanco por puro instinto. Estaban deliciosas. Eran como una nube de bizcocho cítrico que se deshacía en mi lengua.
—Están buenas, ¿verdad? —preguntó Brad con un gesto cómplice mientras cortaba su plato y la yema de huevo se derramaba desde debajo del salmón sobre el plato.
—Celestiales —dije antes de llevarme otro bocado a la boca.
—De pequeño venía aquí a todas horas —contó mientras probaba su comida—. Es uno de los sitios favoritos de mi madre.
—Es acogedor —dije, recorriendo el restaurante con la mirada e intentando imaginar a Brad de niño, disfrutando de una torre de tortitas—. ¿Eres hijo único? ¿No tienes hermanos ni hermanas?
Negó con la cabeza y se limpió la boca con una servilleta. —Que mi madre se quedara embarazada de mí ya fue un milagro. No quiso tentar a la suerte.
—Vaya. Estabas destinado a venir al mundo, ¿eh?
—Supongo que sí. —Se encogió de hombros con una risita.
—¿Cómo fue crecer en la ciudad? —pregunté con curiosidad, preguntándome cómo sería para un niño pequeño crecer en una ciudad tan ajetreada como Manhattan. No podía ser más distinto de mi infancia en Reading, Pensilvania.
—Mi madre me llevaba mucho a los museos. Y al zoo de Central Park. Probábamos restaurantes nuevos, desde pizzerías de barrio hasta restaurantes dirigidos por chefs con estrellas Michelin.
—Parece increíble —dije.
—Sí. Supongo que lo era.
—¿Tu madre y tú estáis muy unidos? —pregunté.
—No tanto como antes. Supongo que el trabajo se interpuso entre nosotros —respondió mientras removía la comida con el tenedor antes de llevarse otro bocado a la boca.
—Entonces debes de estar muy unido a tu padre.
— Unidos no es la palabra que yo utilizaría. Somos más bien socios. —Se encogió de hombros. Percibí la punzada de tristeza que impregnaba su voz y mi corazón quiso lanzarse hacia él y darle un abrazo.
—Lo siento —dije en voz baja.
—No pasa nada. Ya me he acostumbrado… a vivir a su sombra y a intentar demostrar constantemente lo que valgo.
—Debe de ser duro. —Quería cogerle la mano, pero mantuve la mía pegada a la mesa.
—Oye —dijo Brad con una leve sonrisa en los labios, rompiendo la solemnidad del momento—. Hagamos novillos.
—¿Qué? —Me eché a reír.
—Hoy no quiero volver. Vayamos al parque.
Sorprendida por la propuesta y sin querer que aquella cita, o lo que fuera, terminase, acepté su invitación. Dudaba que hiciera algo así a menudo y quería formar parte de ello. Quería saber más de él, consciente de que apenas había arañado la superficie.