Capítulo 22 Brad
El cielo del exterior era de un azul marino oscuro, salpicado de lo que parecían estrellas, aunque en realidad eran las luces de la ciudad.
Contemplé las vistas desde el suelo de mi despacho, tumbado junto a la ventana entre un amasijo de extremidades y el pelo castaño de Sarah.
Levanté la cabeza y miré el reloj de la pared. Eran casi las ocho de la tarde.
Al moverme, desperté a Sarah, aunque no sabía si de un duermevela provocado por el sexo o del sueño.
—Mmm... —dijo adormilada, alzando la cabeza para mirarme.
—Hola —dije en voz baja, mordisqueándole la nariz.
Soltó una risita y me apartó con la mano. —¿Qué hora es?
—Casi las ocho.
—¿En serio? —preguntó, incorporándose de golpe.
Se me fueron los ojos a sus pechos, desnudos y bamboleándose por el movimiento repentino. Alcé una mano y recorrí con los dedos sus pezones rosados.
—De eso nada, señor —dijo, negando con la cabeza mientras apartaba de mi alcance aquel par de maravillas.
Me reí cuando intentó tapárselas con el brazo, aunque entre sus piernas aún quedaba mucho por ver. Al darse cuenta de que mi mirada se desviaba hacia allí, cerró las piernas de golpe mientras buscaba su ropa sobre el suelo de madera.
Bueno, el vestido y el sujetador porque, para mi deleite, no llevaba bragas. De haberlo sabido cuando entró antes, habría colgado el teléfono y cancelado mi reunión.
—Eres insaciable, ¿lo sabías? —preguntó, poniendo los ojos en blanco con aire juguetón.
—No soy yo quien se ha presentado aquí sin ropa interior... —le recordé.
Se le sonrojaron las mejillas al coger el sujetador.
Se pasó los tirantes por los hombros. Era un sujetador realmente bueno.
El encaje dejaba ver justo lo necesario y su diseño hacía que sus pechos, ya de por sí perfectos, parecieran aún mejores.
Se volvió de espaldas y señaló el cierre sin decir nada.
Abroché a regañadientes los delicados corchetes y deslicé los dedos por la curva desnuda de su espalda.
Se arqueó un poco hacia atrás al sentir el roce de mis manos, mientras su pelo castaño me hacía cosquillas en la muñeca.
Me miró por encima del hombro y sonrió. La imagen casi me dejó sin aliento: sus labios entreabiertos en un mohín perfecto y el cabello cayéndole alrededor del rostro, enmarcándolo a la perfección.
Joder, era preciosa.
Y flexible. Lo que acabábamos de hacer sobre mi escritorio había sido alucinante. No creía que pudiera volver a verlo con los mismos ojos. Al menos, no sin imaginármela inclinada sobre él.
La forma en que había gritado mi nombre contra la superficie del escritorio resonaría para siempre en mis oídos.
Me alegraba de que no hubiera nadie para oírla.
Ni para oírme a mí. Ambos habíamos alcanzado el clímax en una sinfonía de placer que nos había dejado destrozados tanto el cuerpo como la garganta.
Cada noche era mejor, algo que parecía imposible desde la primera vez que la poseí contra la puerta del despacho. Prácticamente habíamos follado sobre cada superficie y contra cada pared de mi despacho o, al menos, nos habíamos propuesto hacerlo. Nunca tenía suficiente de ella. Era insaciable.
Y no era solo por el sexo.
Cada día me ilusionaba más verla, tanto si me traía el almuerzo como si asistía a una reunión o hacía a escondidas su trabajo de secretaria.
Siempre tenía los nervios a flor de piel al saber que la vería ese día.
Al saber que hablaríamos, discutiríamos o intercambiaríamos pullas en una especie de dúo sarcástico.
Sabía manejarme. Me gustaba cómo se encendía y me ponía en mi sitio casi todos los días.
Era inteligente, sexy e ingeniosa, y sabía que decirle hoy que «se fuera a jugar por ahí» la cabrearía y acabaríamos teniendo un sexo increíble y furioso. Sabía que se cabrearía porque Sarah podía seguirle el ritmo a cualquier hombre, cuando no dejarlo atrás. Era pura dinamita.
Pero todas las noches, después de un sexo explosivo, tenía que marcharse a toda prisa, y yo me preguntaba a qué venía tanta urgencia. Esa noche era cuando más se había quedado. Si le preocupaba el personal de limpieza, no llegaría hasta las diez, algo que le había recordado casi todas las noches.
—¿Adónde vas con tanta prisa? —pregunté, apoyándome sobre los codos. Observé cómo sus ojos recorrían mi cuerpo desnudo. Cómo tragaba saliva. Por un instante, pensé que quizá se quedaría para repetir.
—A casa —respondió, apartando la mirada mientras se ponía el vestido por la cabeza.
—¿A qué viene tanta prisa? —pregunté.
—Ya te dije en la entrevista que cuido de mi hermana... —contestó, poniéndose de pie sin dar más detalles. Yo no la había presionado para que lo hiciera, pero sentía cada vez más curiosidad por la otra vida que llevaba fuera del despacho.
—Cierto. —Asentí, consciente de que no iba a darme ninguna explicación.
Me volví, recogí la ropa y empecé a vestirme a regañadientes.
Una parte de mí deseaba que pudiéramos quedarnos allí toda la noche, dentro de aquella burbuja que habíamos creado.
Una burbuja de la que no esperaba disfrutar tanto cuando llegué a aquel acuerdo con ella.
Entre todos los besos y todas las veces que nos habíamos cogido de la mano de cara a la galería, una pequeña parte de mí creía que era real.
Quería que lo fuera. Odiaba admitirlo, pero empezaba a sentir algo por ella.
Estaba jugando con fuego, pero no quería ser yo quien acabara quemándose.
Otra vez no.
Una vez vestido, Sarah señaló la puerta, pero negué con la cabeza. —Vete tú. Creo que voy a terminar algo de trabajo.
En realidad, solo necesitaba poner en orden mis pensamientos.
—Vale. Bueno, buenas noches —dijo en voz baja antes de ponerse de puntillas para besarme en la mejilla. Me pregunté por qué lo había hecho. Era un gesto tan tierno y nadie estaba mirando para que tuviera algún sentido. Debió de pensar lo mismo, porque se apartó enseguida y salió por la puerta.
¿Quizá ella también sentía algo?
Cuando se marchó, saqué el móvil y escribí a Anton, el hombre al que se le había ocurrido aquella farsa. Me debía una copa y una conversación.
Yo: ¿Unas copas?
Anton: ¿Cuándo?
Yo: Ahora. ¿En el Oscar Wilde?
Anton: Sabes que nunca rechazaría un old fashioned de allí.
Yo: Nos vemos en veinte minutos.
Bajé en ascensor hasta el aparcamiento y subí al coche.
Descapoté antes de recorrer las dos plantas en espiral hasta salir al aire fresco de la noche.
Habíamos llegado a ese momento del final del verano en que las noches por fin empiezan a ser más frescas.
Sonreí cuando la brisa me golpeó la cara mientras avanzaba entre el tráfico rumbo a Chelsea.
Tras aparcar junto a un parquímetro libre, entré en el bar tenuemente iluminado, cuya única luz procedía de la ecléctica colección de lámparas colgantes del techo.
Me senté en una silla de terciopelo rojo y dorado junto a la barra de mármol blanco.
Detrás de ella había dos pilares ornamentados que enmarcaban un gran espejo con varias estanterías llenas de bebidas.
Fotografías enmarcadas de Oscar Wilde se extendían sobre el papel pintado dorado de motivos estampados.
—¿Qué le pongo? —preguntó el camarero.
—Dos old fashioned, por favor.
Unos instantes después regresó con dos copas generosas que olían a bíter de naranja y humo. Bebí un buen trago.
—Has empezado sin mí, ¿eh? —preguntó Anton, acomodándose en el taburete contiguo.
—Acaban de traerlos —dije, acercándole su copa.
—Gracias. —Bebió un largo trago—. Y ahora, ¿a qué viene esta noche de chicos improvisada?
Anton me conocía lo bastante bien para saber que yo no hacía nada espontáneo. Lo tenía casi todo programado.
—Es por Sarah —dije con vacilación.
—Mierda, claro. ¿Cómo va ese asuntillo vuestro? —preguntó, inclinándose hacia mí con una sonrisa curiosa. Aún no le había contado que habíamos acabado acostándonos y que seguíamos haciéndolo.
—Genial. Es fácil. Quizá demasiado fácil.
—Di otro largo trago a mi copa—. Puede que nos hayamos acostado —añadí, bajando la voz.
No sabía por qué me mostraba tan reservado al respecto.
Anton y yo solíamos presumir de las mujeres con las que habíamos dormido y compartir otros detalles subidos de tono para alimentar nuestro ego.
Pero con Sarah sentía la necesidad de protegerla.
Anton se dio una palmada en el muslo antes de echar la cabeza hacia atrás entre carcajadas.
—Sabía que iba a pasar —dijo, señalándome con un dedo.
Puse los ojos en blanco. —Yo no —murmuré.
—Pero querías que pasara. —Movió las cejas con picardía y me entraron ganas de borrárselas a golpes de su cara de suficiencia.
—Es que ella es... diferente —dije—. Tiene los pies en la tierra.
Lleva sus propios asuntos, aunque todavía no sé muy bien cuáles son.
Me gusta que sea independiente. Sabe seguirme el juego con el sarcasmo y devolvérmelo con creces.
Es preciosa a rabiar. —Negué con la cabeza; mis propios sentimientos estaban saliendo a relucir y me confundían.
—Si no te conociera, diría que te has enamorado de esa chica —dijo Anton, sorprendido.
Bajé la mirada hacia la copa y negué con la cabeza. —No. Solo es un acuerdo —dije, sintiendo cómo alzaba mis defensas—. En cuanto firme el cliente, pondremos fin a esto y ella podrá buscar otro lugar donde trabajar.
—¿Estás seguro? —preguntó Anton, escudriñándome el rostro—. Porque, por cómo hablas de ella... hacía mucho tiempo que no te oía hablar así de nadie. Desde...
—Angela —murmuré, haciéndole una seña al camarero para que me sirviera otra copa.
—Aquello fue de locos —dijo Anton, pidiendo también otra copa con un gesto—. Te dije que traería problemas en cuanto la conocí.
Así había sido. No se fiaba de ella y aseguraba que solo buscaba una cosa: dinero. Yo estaba demasiado cegado por todas las buenas cualidades que exhibió desde el primer momento y caí en sus redes. Al final resultó que no poseía ni una sola de ellas. Me había estafado y lo odiaba.
Al menos, con Sarah habíamos hablado con claridad del dinero. Al fin y al cabo, aquello era un trabajo.
—Da gracias por haber perdido solo el orgullo y un poco de tiempo —dijo Anton mientras acercaba nuestras nuevas copas.
—Ahora habrá ido a por el siguiente para dejarlo seco —dije.
—Ese viejo, ¿no? —Se rio entre dientes.
—Pardillo —murmuré—. El pobre cree que está enamorado. Le ha dado un anillo para que al final ella se quede con la mitad de todo. Seguro que convenció al incauto para que no firmaran un acuerdo prenupcial.
—Ahora ya es historia.
Asentí. —Y también lo son mis preocupaciones en la empresa. Mi padre se ha tragado por completo lo de mi relación con Sarah.
—Probablemente porque lo representáis muy bien —dijo Anton, dándome un empujón con el hombro.
—Es fácil. A veces me descubro deseando que sea real. Hacía mucho que no quería algo así.
—¿Y ella?
—No lo sé. —Me encogí de hombros—. A veces creo que también siente algo, pero puede que solo sea muy buena actriz.
—¿Por qué no lo pones a prueba? —sugirió Anton.
—¿Cómo?
—Llévala a una cita de verdad. Fuera del despacho. A ver cómo te sientes entonces.
Era algo que no me había planteado. Nuestra «relación» se había limitado al despacho.
A nuestra pequeña burbuja. Tal vez, si salíamos de allí, podría descubrir lo que sentía de verdad.
¿Era real o solo resultaba emocionante por el carácter prohibido de todo aquello?
Una cita no era mala idea. Lo que no sabía era si ella aceptaría.
—¿Está ocupado este asiento? —ronroneó una voz femenina muy cerca de mi oído.
Alcé la mirada y vi a una belleza pelirroja, de grandes ojos verdes y labios carnosos y brillantes, que me sonreía. Era el tipo de mujer por el que solía sentirme atraído. Tetas grandes, cintura diminuta y una larga melena que podía enrollarme en la mano.
—Todo tuyo —dije, señalándolo.
Cuando se sentó, dejé un billete de cien dólares sobre la barra.
—La verdad es que me voy a casa. Pero mi amigo Anton sabe escuchar de maravilla. —Le guiñé un ojo y me levanté, dejando a la mujer con la boca abierta.
Sonreí para mis adentros mientras salía del bar, sabiendo cuál era mi siguiente paso: convencer de algún modo a Sarah para que tuviera una cita de verdad conmigo.