Capítulo 21 Sarah
—Ajá —respondí con voz cantarina mientras volvía hacia el armario y sacaba un vestido nuevo de la percha—. ¿Qué te parece este?
Me puse delante del cuerpo el vestido tubo de color verde esmeralda; el suntuoso tejido resultaba suave entre mis manos. Lo había comprado el día anterior en una boutique después de verlo puesto en un maniquí del escaparate cuando regresaba a casa del trabajo.
Trabajo. Si es que se podía llamar así.
Había pasado una semana desde que acepté el acuerdo de Brad de hacerme pasar por su prometida.
Aquel primer día habíamos conseguido engañar a su padre con facilidad y seguimos fingiendo hasta bien entrada la noche, ya sin testigos.
Tener sexo en su despacho había sido una imprudencia, pero, por mucho que intenté mantenerme firme aquel día, todas mis inhibiciones se esfumaron en cuanto me tocó.
Y, Dios, cómo me tocó.
Junté los muslos con fuerza al recordarlo. Al ansiarlo.
Durante el día, interpretábamos nuestros papeles con diligencia y, por la noche, lo hacíamos aún mejor. Me preguntaba si de verdad seguíamos fingiendo cuando nos perdíamos el uno en el otro, normalmente después de una de nuestras discusiones. Éramos como un matrimonio de ancianos.
Un matrimonio de ancianos salidos .
Ya teníamos nuestra rutina bastante bien ensayada.
Yo solía trabajar desde casa unas horas antes de ir a la oficina para llevarle el almuerzo y exhibir nuestro afecto delante de todo el personal, incluido a menudo su padre, pues Brad parecía saber cuándo se pasaría por allí.
William siempre se marchaba con un brillo especial en los ojos, y su alegría por su hijo a veces me provocaba una punzada de culpabilidad por mentirle al pobre hombre.
Cuando Brad y yo nos quedábamos solos en su despacho, desempeñaba las tareas habituales de una asistente personal y me ocupaba de cualquier labor administrativa que necesitara.
Cuando entraban llamadas, utilizaba un nombre falso y se las pasaba a Brad o tomaba nota del mensaje.
Repasábamos su horario, siempre cambiante, ahora que había compartido conmigo su calendario digital y se había despedido de aquellos malditos pósits.
Sabía que habían sido una prueba. Algo pensado para sacarme de quicio.
Si Brad tenía visita, fingía estar allí como su solícita novia. Actuaba como si me embelesara cada pequeña cosa que hacía, aunque muchas veces no era fingido. Brad era impresionante. Una bestia en los negocios. El poder y la seguridad que poseía me parecían tremendamente sexis.
A veces lo acompañaba a reuniones, me sentaba en un rincón de la sala y fingía entretenerme con el móvil cuando, en realidad, estaba tomando notas.
Mi presencia allí era pura fachada, para que por el mundo empresarial se extendieran rumores sobre la nueva prometida de Brad Ashcroft.
Tenía que resultar convincente para que su gran operación saliera adelante.
A los hombres de negocios les gustaba cotillear más que a unas adolescentes en la mesa del comedor.
Aunque interpretar tantos papeles distintos daba mucho trabajo, lo estaba disfrutando. Había algo emocionante en ello. Además, el dinero ayudaba. Nunca en toda mi vida había sentido tanta seguridad económica. Me otorgaba cierta libertad.
Puede que esa libertad hiciera que mis inhibiciones salieran por la puerta junto con el resto de los empleados de la oficina y acabáramos teniendo un sexo explosivo en el despacho de Brad.
No podía pensar en otra cosa. Él ocupaba casi todos mis pensamientos, y yo esperaba con impaciencia a que se pusiera el sol y me lanzara esa mirada que parecía decir que iba a devorarme entera.
Mi hermana suponía que era mi generoso sueldo el que pagaba nuestras facturas, y yo dejaba que creyera que solo era una asistente personal y que no formaba parte de una farsa.
No quería preocuparla. Brittany era la única que lo sabía, así que al menos tenía a alguien con quien hablar. Aunque no le había contado lo del sexo.
—Es bonito —dijo Jessica, que ahora entraba con la silla de ruedas en mi dormitorio y se subía a mi cama.
Hice una leve mueca al verla maniobrar valiéndose principalmente de la fuerza del torso.
Seguía teniendo las piernas débiles, aunque tanto ella como sus médicos me aseguraban que estaba ganando fuerza.
Aun así, dejé que lo hiciera, consciente de que necesitaba esa independencia.
—Hoy vas a entrar tarde... —dijo con un tono que encerraba una pregunta.
—Mi horario cambia constantemente. —Me encogí de hombros con indiferencia.
De pronto me sentí incómoda por mentirle a mi hermana, como si la estuviera traicionando.
Me puse el vestido y llevé las manos a la espalda para subir la cremallera. Me miré en el espejo y sonreí. Era un vestido precioso de verdad.
—Estás guapísima —dijo Jessica con un anhelo en la voz que hizo que se me encogiera el corazón.
—Solo es un vestido. —Quité importancia a sus palabras con un gesto y cogí mis pendientes de perlas de la cómoda cercana. Habían pertenecido a mi madre. Me los puse y coloqué los cierres.
—Estaría orgullosa —dijo Jessica con un asentimiento solemne.
Me pregunté si sería cierto, dadas las circunstancias. Como no quería seguir pensando en ello, estreché a mi hermana en un fuerte abrazo y me marché a toda prisa.
Cuando llegué a la oficina con dos capuchinos con canela y dos cruasán hojaldrados del Café Lola, eran casi las cuatro de la tarde.
Brad estaba hablando por teléfono, así que entré en silencio y dejé su bollo y su bebida sobre el escritorio.
Me dedicó una leve sonrisa y posó la mirada en el pronunciado escote de mi vestido.
El nuevo sujetador con relleno había cumplido sus promesas.
Lo supe por el modo en que sus ojos estallaron en llamas plateadas.
Tragó saliva antes de poner de vuelta y media a quienquiera que estuviera al otro lado de la línea. Era increíble la facilidad con la que podía pasar de sexi a severo.
Me senté a mi mesa y empecé a revisar sus correos electrónicos, borrando el correo basura y marcando con una estrella los mensajes más importantes.
Cuando terminé, hice lo mismo con sus mensajes de voz.
La cantidad de llamadas que recibía era alucinante.
Todo el mundo se lo rifaba, y eso lo hacía aún más atractivo.
Poco antes de las cinco, alguien llamó a su puerta y yo me levanté enseguida, abandoné el trabajo que tenía sobre la mesa y me acerqué a él.
Era hora de interpretar el papel de prometida enamorada.
Le rodeé los hombros con los brazos mientras colgaba el teléfono e invitaba a entrar a la visita.
Un hombre con un traje impecable entró con paso decidido y nos miró a ambos con frialdad, claramente indiferente ante nuestra representación de muestras públicas de afecto.
Brad se aclaró la garganta y se volvió hacia mí. —Cariño, ¿por qué no te vas por ahí y dejas que los hombres hablemos? —dijo con un guiño que casi me cabreó tanto como sus palabras. No me había dirigido la palabra desde que llegué, ¿y eso era lo que se le ocurría?
El cliente soltó una risita, lo que empeoró aún más el comentario misógino de Brad.
Tuve que hacer acopio de todo mi autocontrol para no fulminarlo con la mirada, pero retiré los brazos de sus hombros y sonreí. Solté una risita como una imbécil descerebrada y me encaminé hacia la puerta.
—Os dejo con vuestras cosas de hombres —dije, cerrando la puerta a mi espalda antes de empezar a echar humo al otro lado.
Seguí rumiando mi enfado en la zona de espera situada frente a su despacho, agradecida de que casi todo el mundo se hubiera marchado ya y nadie pudiera ver mi expresión avinagrada.
Veinte minutos después, el cliente salió con paso decidido y me dedicó una sonrisa de suficiencia antes de dirigirse a los ascensores. Cuando estuve segura de que se había ido, irrumpí hecha una furia en el despacho de Brad.
—¡Cómo te atreves! —exclamé mientras cerraba la puerta de un golpe y avanzaba hacia su escritorio.
—Oh, cariño. ¿He hecho algo que te haya molestado? —preguntó mientras se levantaba y caminaba hacia mí con los brazos extendidos.
—No vuelvas a hablarme así jamás. No soy una rubia tonta sin cerebro —espeté.
—¿O qué? —preguntó, dando otro paso hacia mí y alzándose imponente sobre mi cuerpo.
—O me iré —lo desafié—. El trato se cancelará y todo esto te estallará en la cara.
Él se limitó a sonreír y, por muchas ganas que tuviera de borrarle aquella expresión de una bofetada, me rodeó con los brazos y me atrajo hacia sí, quebrando mi determinación.
Me hizo girar de golpe hasta que mi espalda quedó apoyada contra su escritorio y apretó su cuerpo contra el mío, arrancándome un jadeo.
Movió los labios contra los míos y me recorrió la boca con la lengua hasta abrirse paso en mi interior.
Gemí al saborearlo, al sentir cómo su lengua se enroscaba en torno a la mía.
Sus manos ascendieron por mi cuerpo hasta abarcarme los pechos.
Los amasó a través de la tela del vestido.
Necesitaba más, así que llevé las manos a la espalda, bajé la cremallera y dejé que el vestido resbalara por mis brazos para revelar el sujetador de encaje negro.
Brad interrumpió el beso y posó la mirada en mis pechos, que prácticamente me llegaban a la barbilla, con los pezones tensos bajo el encaje negro.
—¿Es nuevo? —preguntó, arqueando una ceja mientras deslizaba los dedos por los delicados tirantes.
Asentí. —Venía con unas braguitas a juego, preciosas y de encaje —comenté con desenfado antes de pronunciar despacio mis siguientes palabras—. Pero parece que hoy me he olvidado de ponérmelas.
Brad apretó la mandíbula. —¿Ah, sí? —preguntó con voz grave mientras sus dedos volvían a descender por los tirantes del sujetador hasta rozarme suavemente los pechos, como besos de pluma.
Me mordí el labio mientras lo miraba desde debajo de las pestañas, prácticamente suplicándole que siguiera.
Cerró los dedos alrededor de mis pezones y los pellizcó con fuerza, haciéndome gritar de dolor y placer.
De repente, me agarró por las caderas y me dio la vuelta para dejarme frente a su escritorio.
Sin apartar las manos de mis pechos, que seguía amasando, me inclinó sobre el borde de la mesa.
Mi rostro quedó pegado a la superficie lisa.
—¿Sabes una cosa? —preguntó mientras bajaba una mano, cogía la tela de mi vestido y la subía más allá de mis caderas.
Dejó caer la mano con rapidez y me propinó una palmada en la piel desnuda del culo que escoció un poco.
Ahogué un pequeño grito y miré hacia atrás.
Tenía una expresión desatada mientras contemplaba el lugar donde acababa de golpearme.
—¿Qué? —grazné.
—No creo que fueras a irte —dijo, sosteniéndome la mirada, desafiante.
Sentí que sus dedos ascendían por el interior de mi muslo, enviando un escalofrío por mi columna hasta lo más profundo de mí. Siguieron subiendo hasta encontrar mi expectación húmeda.
Se inclinó hacia delante y apretó el pecho contra la parte superior de mi espalda mientras acercaba los labios a mi oído. Inspiré en silencio. El corazón me latía con fuerza. Me ardían las entrañas. Notaba su erección contra mí, dura de deseo.
—Sé que no lo harías porque estás chorreando por mí —susurró justo cuando introdujo un dedo en mi interior. Con la lentitud con que lo movía, parecía medir kilómetros, y yo me cerré a su alrededor. Mis entrañas se estremecieron cuando lo sacó y volvió a hundirlo en mí hasta llegar a los nudillos.
Gemí y me desplomé contra el escritorio.
Mientras seguía introduciendo el dedo en mi interior, oí que con la otra mano bajaba la cremallera de sus pantalones.
Entre el sonido húmedo que producía su dedo dentro de mí, los oí caer al suelo.
Sacó la mano y me apretó con fuerza la carne del culo.
Alcé ligeramente las caderas para pedírselo.
—¿Lo ves? Me lo estás suplicando —dijo.
Miré hacia atrás y vi cómo se agarraba la polla y frotaba de manera provocadora el glande hinchado contra mi hendidura húmeda.
Eché las caderas hacia atrás con desesperación y gemí.
Con la otra mano, subió hasta agarrarme el pelo de la nuca y me tiró de la cabeza hacia atrás.
Gimoteé; el tirón en el pelo me sacudió por dentro mientras los mechones se tensaban entre sus dedos.
De repente, sentí que me partía en dos al penetrarme y llenarme con su gruesa longitud. Podía notar cada centímetro de su miembro, cada vena, la humedad de su líquido preseminal y sus testículos firmemente apretados contra mi clítoris.
En ese preciso instante supe que no iba a ninguna parte.