Capítulo 20 Brad
Vi cómo a mi padre se le abría la boca de sorpresa antes de cerrarla de golpe; la comisura de sus labios tembló y se curvó hacia arriba.
Estaba claro que las muestras públicas de afecto que presenciaba le complacían, tal como yo pretendía.
Pero yo también estaba disfrutando del momento.
De cómo sentía el culo de Sarah en la palma de la mano, prieto y respingón.
Ni siquiera se había inmutado cuando mi mano se había desviado.
Me pregunté si me había pasado de la raya. Nunca habíamos hablado de las condiciones de nuestro acuerdo.
¿Qué tipos de muestras públicas de afecto eran apropiados?
¿Qué límites no debíamos traspasar?
Cuando entró hacía un momento con aquel vestido color zafiro, mi mente se quedó en blanco por unos instantes mientras mis ojos se concentraban en la tela azul que se tensaba sobre sus pechos, se ceñía perfectamente a su cintura y descendía por sus caderas como una cascada.
Mis manos no pudieron evitar desviarse cuando las posé sobre ella.
Mi padre se aclaró la garganta y desvió la mirada. Retiré la mano a regañadientes, pero permanecí junto a Sarah. Nuestros cuerpos seguían rozándose, sin perder jamás aquel contacto.
—Supongo que debería dejaros un rato a solas —dijo mi padre mientras se ajustaba la corbata dorada. Le guiñó un ojo a Sarah, que se puso un poco tensa a mi lado. Le cogí la mano y se la apreté para tranquilizarla.
—¿Seguro que no puedes quedarte? —preguntó ella con calidez.
—Ah, no, cariño. —Mi padre hizo un gesto desdeñoso con la mano—. No querrás que un carcamal como yo se quede por aquí estropeándoos la tarde. Además, ya he terminado lo que tenía que hacer.
Y gracias a Dios que así era. Había vuelto para recordarme lo que estaba en juego si perdía el acuerdo con Music Now. Como si nuestra conversación del día anterior no hubiera bastado. Esperaba que, ahora que Sarah había aparecido en escena, no volviéramos a hablar del tema. Parecía que funcionaba.
Todos los cabos sueltos estaban atados. Mi cheque se había hecho efectivo, lo que significaba que el trato seguía adelante.
Me costó un poco convencer al banco, pero les envié por correo electrónico suficiente documentación para demostrar que el cheque era auténtico.
El ingreso se hizo efectivo a medianoche.
También mantuve una pequeña charla con Fred, de recursos humanos, cuando casi todos se habían marchado ya de la oficina.
Mi abogado estuvo trabajando todo el día en un NDA, que hice firmar a Fred durante nuestra reunión.
Estaba seguro de que solo había firmado por el dinero que le prometí.
Otro cheque que sin duda tendría que justificar ante el banco, pero merecía la pena.
Todo merecía la pena con tal de ver la expresión de satisfacción que mi padre lucía en aquel momento.
—Me alegro de que hayamos podido arreglarlo todo, papá —dije con una sonrisa petulante mientras rodeaba la cintura de Sarah con el brazo y la atraía hacia mí.
Sentía que había ganado. En más de un sentido.
—Yo también, hijo. Tengo un buen presentimiento sobre el acuerdo —dijo con un tono ligeramente cantarín.
Se ajustó los botones de la chaqueta antes de recoger el maletín del suelo.
Después de darme una fuerte palmada en la espalda, estrechó la mano de Sarah y le dedicó una sonrisa que no le veía desde hacía tiempo.
—Ya nos veremos —dijo con un gesto de asentimiento.
—Estaré encantada —dijo Sarah con voz empalagosa.
Se le daba realmente bien.
Nos volvimos, con su cuerpo todavía pegado al mío, y vimos cómo mi padre salía por la puerta. Volvió a guiñarnos un ojo antes de cerrarla tras él.
Sarah se apartó de mí y me lanzó una mirada fulminante; sus ojos castaños eran ascuas que se avivaban a cada segundo. Cruzó los brazos y frunció los labios con gesto severo.
—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué ? —replicó con brusquedad—. Me has agarrado el culo.
—Apenas te lo he rozado —dije con aire inocente.
—Lo tenías bien agarrado.
Y tanto que sí.
No pude evitar soltar una risita, lo que pareció cabrearla aún más.
—No puedes hacer eso.
—Vale, vale —dije, levantando las manos en señal de rendición.
Desvió la mirada hacia cualquier sitio menos hacia mí.
—Lo siento, ¿vale? —dije con arrepentimiento—. Solo intentaba resultar convincente.
Puso los ojos en blanco. Permaneció callada unos instantes, todavía con la mirada fija en la ventana.
Fuera, el sol comenzaba a descender lentamente por el cielo y teñía de tonos rosas y anaranjados los edificios vecinos.
Era uno de mis momentos preferidos del día, y yo tenía las mejores vistas de aquella parte de la ciudad.
—¿Crees que ha funcionado? —preguntó, arqueando una ceja cuando por fin me miró.
—Sí. Aunque creo que agarrarte el culo fue lo que terminó de convencerlo. —Sonreí con suficiencia.
Sus ojos eran ya llamas cuando dio un paso al frente y me empujó por el hombro.
—¡Ay! —exclamé, aunque no me había hecho ningún daño. Me froté el hombro con dramatismo.
—Venga ya —dijo exasperada—. Tenemos que hablar de esto.
—¿De qué?
—De cuáles son las reglas.
—¿Las reglas? —pregunté, ladeando un poco la cabeza al reparar en que seguía cerca de mí después de su intento de empujón. Decidí tentar a la suerte y acorté aún más la distancia dando un pasito hacia ella.
—Tenemos que establecer unas pautas —dijo, tragando saliva con dificultad mientras me miraba. Se esforzaba mucho por mantenerse firme. Resultaba adorable.
—Unas pautas. Claro. —Asentí y di otro paso.
—Lo digo en serio, Brad —afirmó con voz trémula.
—Pues aclaremos el asunto.
Levanté una mano, la apoyé con suavidad en su mejilla y acaricié su piel tersa con el pulgar.
—¿Esto es pasarse de la raya? —pregunté, llevando la otra mano hasta su otra mejilla. Alzó la mirada hacia mí; algo distinto había apagado las llamas de sus ojos. Nervios. Expectación. Deseo.
—No —dijo, negando ligeramente con la cabeza.
Desplacé un poco la mano y pasé el pulgar por su labio inferior. Dejó de respirar.
—¿Y esto es pasarse de la raya? —pregunté.
Volvió a negar con la cabeza mientras buscaba algo en mis ojos.
Cuando aparté el pulgar de su labio, la carne carnosa recuperó su forma y no deseé otra cosa que besar el lugar que acababa de rozar.
En lugar de eso, deslicé los dedos por su barbilla.
Por su cuello. Por el pronunciado escote del vestido, sin sentir nada más que su piel desnuda.
Los dejé allí, recorriendo la curva de sus pechos.
—¿Esto es pasarse de la raya? —pregunté con voz ronca.
—No —susurró.
Mi mano se aventuró más abajo, rozando la suave tela azul oscuro, pasó por su abdomen y se detuvo entre sus piernas. Sentí el calor que irradiaba mientras trazaba círculos con los dedos sobre la tela del vestido.
Soltó un suspiro tembloroso y cerró los ojos con un aleteo de pestañas. Un gemido tenue escapó de sus labios, me llenó los oídos y fue directo a mi polla.
—¿Esto es pasarse de la raya? —susurré.
Gimoteó cuando aumenté la presión de los dedos. Me incliné y acerqué los labios a su oído. —Necesito una respuesta... —susurré—. Por las pautas, claro.
—No —dijo sin aliento.
—¿No?
—No. No es pasarse de la raya —susurró, casi suplicante, mientras arqueaba la espalda y se apretaba aún más contra mi mano.
Mi polla palpitaba contra los pantalones, ansiosa por poseerla.
Pasé el pulgar sobre ella antes de retirar la mano.
Levantó la cabeza de golpe y me lanzó una mirada penetrante.
¿Estaba cabreada?
¿Estaba excitada?
Sin previo aviso, Sarah agarró las solapas de mi chaqueta y tiró de ellas, deslizándomela por los brazos.
Sus dedos encontraron enseguida los botones de mi camisa y empezó a desabrocharlos uno por uno hasta que la prenda acabó en el suelo.
Recorrió con la mirada mi pecho desnudo, mi vientre y la cinturilla de mis pantalones.
Arqueé una ceja para desafiarla. Para incitarla a ir más lejos.
Pareció pensárselo mejor y dio un paso atrás, hacia la puerta.
Creí que estaba a punto de marcharse, pero entonces hizo algo inesperado.
Echó el pestillo y apoyó la espalda contra la puerta.
Se arqueó de modo que sus pechos se tensaron contra la tela, y fue un milagro que esta no cediera.
Se mordió el labio y me observó. Esperaba que yo hiciera el siguiente movimiento.
Avancé despacio hacia ella, pasándome una mano por el pelo mientras recorría su cuerpo con la mirada. Apoyé las manos en la puerta, a ambos lados de su cabeza, y bajé los ojos hacia ella.
—Creo que estoy un poco confundido, cariño . —Sonreí con suficiencia—. No sé qué quieres.
—Sí que lo sabes —dijo, agarrándome por la cintura y atrayéndome hacia ella.
Su boca se estrelló contra la mía. Saboreé vainilla y menta mientras su lengua se abría paso en mi boca. Mi lengua se unió a la suya en una danza apasionada; se rozaron, se lamieron y se saborearon mutuamente. Sabía de maravilla.
Mientras nuestras bocas se movían al unísono y nos besábamos con tal profundidad que respirábamos el aliento del otro, llevé las manos a la espalda de su vestido.
Encontré la cremallera en la nuca y tiré de ella, haciéndola descender por la curva de su columna.
Se apartó del beso y me miró expectante.
Deslicé el vestido por sus hombros y la tela cayó, dejando sus pechos al descubierto.
Eran incluso mejores de lo que imaginaba.
Cremosos y exuberantes, con los pezones de un rosa pálido, endurecidos por el deseo.
Gemí mientras los recorría con la mirada.
Acerqué la boca a sus pechos, rodeé sus pezones con la lengua y saboreé su piel. Oí los latidos de su corazón a través del pecho mientras lamía sus senos. Soltó un gemido de placer y arqueó la espalda para ofrecérmelos aún más, algo que aproveché con avidez.
Mientras chupaba y mordisqueaba sus pechos, ella se contoneó para deslizarse el vestido por las caderas hasta que este quedó amontonado en el suelo.
Aparté la boca de su dulce piel y bajé la mirada hasta su diminuto tanga de encaje negro.
Recorrí con los dedos la cara interna de su muslo hasta alcanzar la suave tela que cubría su entrepierna, empapada por la expectación.
Apoyé la frente contra la suya y la miré a los ojos mientras deslizaba un dedo a lo largo de su sexo. A través de la fina tela, sentí la humedad de su deseo contra mi piel. Levantó la barbilla, atrapó mi labio inferior entre los dientes y tiró ligeramente de él. Me decía que quería más.
Se lo di: abrí la boca y la sumí en un beso profundo al tiempo que apartaba a un lado la tela de encaje.
Con su húmeda abertura a mi entera disposición, mis dedos se apresuraron a explorarla, sintiendo el calor que brotaba de su interior.
Mientras hacía girar mi lengua contra la suya, introduje un dedo en ella y lo curvé.
Gimoteó contra mi boca cuando introduje otro.
Entraban y salían, penetrándola despacio mientras su cuerpo temblaba contra el mío.
Se apartó del beso y observó cómo trabajaba mi mano. Moví la palma en círculos contra su clítoris, que comenzaba a hincharse de placer.
—¿Esto es pasarse de la raya? —pregunté mientras mi respiración se aceleraba.
—No lo bastante —gimió.
Llevó las manos a la cinturilla de mis pantalones. Desabrochó el cierre y bajó la cremallera, de modo que cayeron amontonados a mis pies y liberaron mi polla erecta. Sus ojos se abrieron ligeramente. Pasó los dedos por la punta y descendió hasta la base, provocándome un estremecimiento.
Saqué los dedos de su coño chorreante y la agarré con fuerza por las caderas.
La levanté y apreté su espalda contra la puerta mientras ella me rodeaba con las piernas.
Mi polla estaba tan cerca de su sexo y mi expectación aumentó hasta que creí que explotaría allí mismo, contra la cara interna de sus muslos.
Me rodeó el cuello con los brazos; sus pechos quedaron aplastados contra mi torso mientras apoyaba la frente contra la mía.
Ambos bajamos la mirada y observamos cómo descendía lentamente sobre mi polla.
Solté un gemido grave al sentir que me envolvía.
Se contrajo con fuerza alrededor de cada centímetro.
Toda la sangre de mi cuerpo fluyó directamente hacia mi polla cuando empezó a mecerse contra mí.
Sus caderas pasaban de girar a restregarse y después a subir y bajar.
Mi polla palpitaba a medida que penetraba más y más en ella.
Sus uñas se clavaron en mi espalda cuando empezó a moverse más deprisa, cada vez con mayor frenesí.
Aquella urgencia indicaba que estaba a punto de sufrir una arrolladora sacudida de placer.
Solo pensarlo hizo que mi polla se estremeciera, lista para correrse.
La agarré con fuerza por las caderas para ralentizar su ritmo, bajé una mano e hice girar el pulgar sobre su clítoris hinchado.
Gimió y apretó la boca contra mi piel para sofocar el sonido.
Se restregó con más y más fuerza contra mi polla y soltó un grito, amortiguado por mi hombro, cuando sentí que llegaba al orgasmo.
Con cada contracción de su coño, mi polla explotó dentro de ella y derramó todo lo que tenía en su interior.
Habíamos ido mucho más allá de «pasarnos de la raya», y no había forma humana de que pudiera echarme atrás.