Odio a mi jefe: Un bebé del multimillonario (Confesiones de bebés 8) Capítulo 19 Sarah
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Capítulo 19 Sarah

Si antes no tenía las mejillas rojas, ahora debían de estar prácticamente escarlatas.

No podía creer lo que Brad acababa de decir.

Oír aquellas palabras tan sugerentes no solo me había dejado atónita, sino que también me había encendido hasta lo más profundo.

Tampoco podía creer lo bien que sonaban al salir de sus labios.

Sabía exactamente qué teclas tocar y cómo manejarme a su antojo.

Yo era una marioneta entre sus manos fuertes y encallecidas. ¿Cómo iba a negarme?

Sobre todo teniendo delante de las narices un cheque con más ceros de los que había visto en mi vida. Ahí mismo, esperando a que lo cogiera. Casi cada parte de mi cuerpo me gritaba que lo aceptara, mientras una pequeña parte de mi conciencia negaba enérgicamente con la cabeza.

La ignoré, le arranqué el cheque de la mano y fingí que no acababa de sugerir precisamente aquello que yo había imaginado la semana anterior en aquel probador.

—Lo haré —dije con toda la serenidad que pude, sosteniéndole la mirada.

No vaciles. No parpadees. No muestres debilidad.

No dejes que vea el poder que ejerce sobre ti.

Sonrió de aquella forma que ya había aprendido a reconocer durante las últimas dos semanas. Una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que hacía y que estaba acostumbrado a salirse con la suya. Me cabreaba y me excitaba al mismo tiempo.

Doblé el cheque por la mitad y lo sostuve con cuidado, como si pudiera romperse. Era lo más valioso que había tenido jamás entre las manos. Notaba que me quemaba la palma. Ardía de posibilidades.

—Si eso es todo por hoy, me gustaría irme a casa —dije en voz baja, aún muy consciente de la escasa distancia que nos separaba. Tenía la mente inundada por todo lo ocurrido aquella mañana. Necesitaba volver a casa y ordenar mis pensamientos. Necesitaba asegurarme de que aún estaba cuerda.

Brad pareció meditarlo un momento.

—Al fin y al cabo, ya no soy tu asistente, ¿recuerdas? —lo desafié, irguiéndome un poco más. No es que sirviera de mucho. Seguía sacándome al menos treinta centímetros.

—Eso no es del todo cierto —dijo, apretando los labios hasta formar una fina línea—. Ya no eres mi asistente sobre el papel, pero, en el fondo...

Se acercó un paso y sentí como si me hubieran vaciado los pulmones.

La distancia entre nosotros había desaparecido por completo.

Desde tan cerca distinguía las líneas de su traje gris marengo, que seguían el contorno de sus músculos marcados.

Veía la tenue barba que le cubría la mandíbula, tan oscura como el cabello que llevaba perfectamente peinado hacia atrás, como si una mano invisible no dejara de recorrerlo para mantenerlo en su sitio.

No podía respirar otra cosa que no fuera su colonia, cálida y cítrica. En aquel momento no existía nada más.

Entonces deslizó las manos por mis brazos hacia arriba, haciendo que todas mis terminaciones nerviosas se pusieran firmes.

Cerré los ojos por instinto cuando acercó la boca a mi oído.

Su aliento era fresco y me provocó un escalofrío que me recorrió la columna, haciéndome arquear la espalda y apretar el cuerpo contra el suyo.

—Aún tienes que hacer lo que yo diga —susurró contra mi oído.

Aquello acabó conmigo.

En ese preciso instante habría hecho cualquier cosa por complacer a aquel hombre, pero el momento terminó tan rápido como había empezado.

Dio un paso atrás y me guiñó un ojo con picardía antes de darme la espalda y dirigirse hacia su escritorio.

Lo observé sentarse, cada vez más irritada por aquel juego al que estuviera jugando.

Y conmigo misma, por querer seguir participando.

—Puedes irte —dijo con desdén, sin apartar la mirada del ordenador.

Cerré las manos en puños a ambos lados del cuerpo e intenté contener aquel revoltijo de emociones.

Sin decir nada más, di media vuelta y salí de su despacho, recogiendo el bolso de camino.

Necesitaba recuperar el aliento. Ya fuera de su despacho, cerré la puerta con firmeza.

Cuando estuve fuera de su vista, me apoyé contra una pared y me llevé una mano al estómago, obligándome a respirar. A recobrar la compostura.

¿Qué demonios eran aquellos sentimientos?

Eran una confusa yuxtaposición que se arremolinaba en mi interior. Si pensaba seguir adelante con aquel trato —y el cheque que tenía en la mano indicaba que así sería—, debía serenarme.

Durante el trayecto en metro de vuelta a Brooklyn, bien podría haber estado dormida.

Apenas reparé en la gente que subía o bajaba del tren.

Con la cabeza apoyada contra el asiento, lo único en lo que me concentré fue en el traqueteo del metro sobre las vías mientras atravesábamos la oscuridad del túnel.

Hice cuanto pude por apartar todo lo demás de mi mente, como la sensación de sus manos sobre mi piel desnuda.

O el modo en que su susurro aún permanecía en el contorno de mi oreja.

Esto no es real , me recordé.

Brad Ashcroft podía tener a quien quisiera, y que me hubiera pedido hacer aquello por él no significaba nada. Yo no era especial, aunque él tenía un don para hacerme sentir que sí.

Mientras caminaba a casa desde la estación de metro, me pregunté por qué Brad no había encontrado a nadie si podía tener a quien quisiera. Conocía a muchas mujeres que caerían rendidas ante un multimillonario guapo. Entonces, ¿por qué me pedía a mí que fingiera?

La única explicación que se me ocurrió fue que no quería sentar la cabeza, lo cual, por algún motivo, me hizo sentir ridícula.

Una parte minúscula de mí pensaba que quizá había habido algo entre nosotros en la pista de aterrizaje de Nueva Jersey.

Estaba claro que no, porque el amor y las relaciones no le interesaban.

Por eso se encontraba en aquella situación, obligado a abrirse paso a base de mentiras para cerrar acuerdos y conservar su puesto de director ejecutivo.

Me pregunté si lo ocurrido con su prometida lo había destrozado. Hubo un momento de su vida en que estuvo a punto de dar aquel paso, pero no llegaron al altar. ¿Le había hecho daño él? ¿Se lo había hecho ella? La curiosidad empezaba a dominarme.

Sinceramente, fuera lo que fuese lo que había convertido a Brad en quien era, me entristecía.

Debía de llevar una vida muy solitaria. Una vida cargada de la presión de su padre, de su trabajo y de sí mismo.

No podía imaginarme teniendo que lidiar con todo aquello, sobre todo cuando el trabajo empezaba a infiltrarse en su vida personal.

Tampoco es que mi vida fuera mucho mejor. Yo también estaba sola. Demasiado asustada para volver a intentarlo después de haberme quemado con mi exnovio... o lo que fuera. Aun así, no tenía a nadie obligándome a encontrar el amor y sentar la cabeza.

Por muy capullo que fuera Brad y por mucho que se le ocurrieran exigencias capaces de llevar al límite a cualquier persona normal, seguía sintiendo pena por él.

Cuando me explicó su situación aquella mañana, tuve la impresión de que hacía mucho que no se mostraba tan vulnerable ni tan sincero con nadie.

Compartir sus miedos e inseguridades no parecía algo habitual en él y, sin embargo, lo había hecho conmigo.

Debía de estar desesperado.

Por eso quería ayudarlo.

Además, un millón de dólares no venía nada mal.

O quizá fuera la idea de poder cogerlo de la mano y sentir la aspereza de sus callos contra mi palma. La idea de sentir su aliento junto a mi oído y que sus susurros acapararan hasta la última pizca de mi atención. La idea de sus labios rozando los míos, brevemente, pero de un modo cautivador.

Había fantaseado con aquello. Solo que... mis fantasías habían sido reales . Lo que él me pedía no era más que una representación. Aun así, la idea me excitaba. Y las sugerentes palabras que me había dicho me hacían pensar que estaba tan impaciente como yo.

De camino a casa, pasé por el banco para ingresar el cheque, que parecía estar a punto de hacerme un agujero en el bolso.

Necesitaba quitármelo de encima y ponerlo a salvo en mi cuenta.

La ansiedad que me producía llevar encima un cheque de un millón de dólares empezaba a poder conmigo un poco más a cada minuto que pasaba.

Al acercarme a la ventanilla, sentí que me flaqueaban las piernas. ¿Y si se negaba a aceptarlo? ¿Y si pensaba que estaba blanqueando dinero? ¿Cuánta gente entraba en un banco para ingresar un cheque de un millón de dólares?

Me recibió con una sonrisa cordial y me preguntó en qué podía ayudarme.

—Tengo que ingresar un cheque. Es de una suma considerable —dije con toda la seguridad que pude. Deslicé el cheque por debajo de la mampara de plexiglás. Vi cómo se le abrían los ojos apenas un poco cuando lo cogió y lo examinó.

—Con cantidades tan elevadas como esta, lo más probable es que los fondos queden retenidos al menos durante un día laborable —dijo mientras me observaba con atención.

—Por supuesto. Asentí como si hiciera aquello todos los días.

—Y quizá tengamos que verificarlo con el titular de la cuenta... —añadió.

—Como es lógico —dije.

—Si hace el favor de firmar en el reverso, podré tramitar el ingreso, señorita Atkinson. Deslizó el cheque hacia mí.

—Por supuesto —dije, cogiendo un bolígrafo del cubilete negro de rejilla que había sobre el mostrador. Firmé rápidamente en el reverso del cheque y volví a pasárselo junto con el documento de identidad y la tarjeta de crédito que me había pedido.

Cinco minutos después, salí del banco con la sensación de caminar sobre una nube.

Si todo iba bien, a la mañana siguiente sería un millón de dólares más rica.

Era una sensación surrealista. Intenté no adelantarme a los acontecimientos pensando en todo aquello para lo que podría usar el dinero.

Todo práctico y probablemente aburrido para cualquier otra persona que recibiera semejante cantidad.

Aquella noche me acosté conteniendo el aliento. Todo podía ser una gran broma. Otra prueba. No lo sabría hasta la mañana siguiente, así que me obligué a dormir a las ocho y media de la tarde, deseando que amaneciera.

En cuanto el sol empezó a colarse por las cortinas de la ventana de mi dormitorio, cogí el móvil de la mesilla.

Apenas eran las cinco y media de la mañana.

Abrí la aplicación del banco y tecleé rápidamente mi nombre de usuario y mi contraseña.

Mientras el círculo de la pantalla daba vueltas y más vueltas, inspiré y contuve el aliento.

Solté un grito ahogado al ver que allí, en mi cuenta corriente, había un millón de dólares.

No era una broma. No era una prueba. Era real .

Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas mientras me llevaba una mano temblorosa a la boca.

En vez de llorar, solté una risita. Después estallé en una carcajada mientras pataleaba de emoción bajo las mantas.

Al recordar que Jessica dormía en la habitación de al lado, cerré la boca de golpe y apreté los ojos, intentando contener la emoción que palpitaba en mi interior.

Me cubrí la cabeza con las mantas e hice lo más responsable que se me ocurrió con mi fortuna.

Pagué el alquiler. Pagué varias facturas atrasadas del hospital.

Pagué la mensualidad del préstamo estudiantil.

Después hice algo que llevaba tiempo queriendo hacer.

Le encargué a mi hermana una silla motorizada nueva.

Aquel fue uno de esos momentos en los que una necesita que la pellizquen para saber que no está soñando.

Brad había hecho posible todo aquello. El trato que me había propuesto era completamente absurdo, pero no podía arrepentirme de haberlo aceptado. No sabiendo hasta qué punto iba a cambiarme la vida. A cambiarle la vida a mi hermana .

Salí de la cama y fui descalza hasta el baño.

Abrí la ducha y esperé hasta que el vapor empezó a elevarse, llenando el pequeño cuarto y empañando el espejo situado sobre la encimera.

Cuando el agua estuvo caliente, entré en la ducha y me tomé mi tiempo para aplicarme una mascarilla capilar y exfoliarme el cuerpo.

No dejé de sonreír ni un instante; una creciente impaciencia se instalaba en la boca de mi estómago al pensar en ir a la oficina.

Tuve que contenerme físicamente para no tocarme solo de pensar que mi acuerdo con Brad empezaba aquel día.

Llegué a la oficina alrededor de las cinco de la tarde, tal como me había indicado Brad.

Aquella mañana me había enviado un mensaje con una lista de tareas que podía hacer a distancia mientras tanto.

Llevaba el vestido color zafiro y los tacones del infierno, sabiendo que hacían que mis piernas parecieran más largas.

Los nervios empezaron a apoderarse de mí cuando entré en su despacho y vi que no estaba solo.

Él y su padre mantenían una conversación junto al escritorio.

El corazón me dio un vuelco y se me subió a la garganta.

La representación empezaba en aquel momento.

Brad me vio entrar y sonrió con naturalidad.

—Hola, cariño —dijo, levantándose de la silla. Vi que la mirada de su padre lo seguía mientras avanzaba hacia mí. Lo había dicho con tanta naturalidad, como si me hubiera llamado así mil veces. Sonaba bien. Demasiado bien.

—Hola, cielo —dije, sonriéndole mientras él me estrechaba entre sus brazos. Me besó en la coronilla—. He pensado en darte una sorpresa para animarte un poco la tarde.

—¿Qué tenías en mente? —preguntó, apartándose sin dejar de mirarme.

Solté una risita.

Su padre se aclaró la garganta y se levantó de la silla. Se acercó a nosotros con el rostro ligeramente sonrojado por nuestro pequeño intercambio.

—Sarah. Asintió con la cabeza—. Me alegro de volver a verte.

—Yo también me alegro mucho de verte, señor Ashcroft —dije con calidez mientras Brad me atraía contra su costado. Su pulgar me acarició las costillas y me hizo flaquear las rodillas.

—Por favor, llámame William —dijo su padre. La piel en torno a sus ojos se arrugó al esbozar una amplia sonrisa.

—Eso es, cariño. No hacen falta formalidades. Brad soltó una risita justo cuando su mano descendía hasta abarcarme el culo y me daba un apretón que me dejó la mente en blanco.